Herbert Graf: El hombre que no fue Hans.

 Héctor Escobar Sotomayor

Para Néstor Braunstein, maestro y amigo.

 

 

 

 

Preferiría iniciar este breve ensayo con la confesión de una dificultad.

Cuando se me invitó a participar en este 2º congreso de psicoanálisis, auspiciado por la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional, en torno del “caso Juanito” y del psicoanálisis de niños, pensé en un título que diera sentido a lo que pretendía desarrollar. El título que había pensado originalmente, y bajo el cual se presentó ante el público una versión previa de este trabajo era “El imaginario Juanito”, y mi primera intención era apuntar a toda una parafernalia interpretativa y esencialmente especulativa que el caso habría reconocido desde su planteamiento original por Freud. Una segunda vía de este “imaginario” eran los efectos que la construcción del caso Juanito había tenido como matriz imaginaria, tanto en la interpretación como en la intervención con niños, esto último más como lector que como clínico pues mi experiencia clínica no se ha centrado nunca en el trabajo con niños.

Seguí ambas vías, aunque dediqué mayor espacio a la segunda, pues me parece que la primera es la más endeble de todas, y la parafernalia es amplísima, desde el “considerar lo que Freud no consideró”, una de las vías preferentes, donde casi siempre se lee implícitamente un “yo lo habría hecho mejor”; o las posibilidades de construir interpretaciones a partir de lo que en muchos casos me parece no son más que “las asociaciones del analista”.

Sin embargo señalaría, que mientras trabajaba este texto, de hecho apenas terminado, algunas cosas se fueron acomodando lentamente en mi reflexión y esos pensamientos e ideas resultaron al cabo dominantes en esta reflexión. Devino así hacer un trabajo sobre las narraciones que tenemos de la historia de Herbert Graf y de su entorno, a saber: el historial del caso del pequeño Hans escrito por Freud (1909)[1]; la entrevista que concediera Herbert Graf al periodista Francis Rizzo en 1972, publicada con el título de “Memorias de un hombre invisible”[2]; la entrevista concedida por el padre, Max Graf, a Kurt Eissler en 1952[3] y el artículo del propio Max Graf “Reminiscencias del doctor Freud” publicado en el Psychoanalityc Quarterly en 1942[4].

Así, me parece que “el imaginario Juanito” se integraba plenamente en una historia (al modo de una narración, un cuento –Geschichte[5]-) y que es esta historia la que puede dar cuenta de los elementos que sostienen ese trasfondo imaginario. Vayamos pues, con las historias de Juanito.

 

El imaginario Hans

 

Entre principios de enero y el 2 de mayo de 1908 ocurrirá un proceso clave para el desarrollo de la teoría psicoanalítica. Max Graf, a la razón amigo cercano de Freud ha de iniciar el trabajo del primer análisis de un niño, su propio hijo Herbert Graf a la razón de 4 años y 3/4.[6] En este trabajo el padre estará acompañado por la supervisión de Freud que va a encontrar en el pequeño el sustento de su teoría sobre la sexualidad infantil, misma que hasta ahora solo había sido elaborada a partir del análisis de adultos.

Me parece que es preciso que primero nos situemos respecto de la obra de Freud y su construcción teórica como trasfondo, o territorio conceptual, en el que se dará el análisis del pequeño Hans.

En septiembre de 1897 Freud ha dado el paso esencial que permite la construcción de la teoría psicoanalítica con el abandono de la teoría del trauma. “Ya no creo en mis neurótica” le escribe a Fliess el 21 de septiembre y poco después, el 25 de octubre:

“Un solo pensamiento de validez universal me ha sido dado. También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre, y ahora lo considero un suceso universal de la niñez temprana, si bien no siempre ocurre a edad tan temprana como en los niños hechos histéricos. (Esto es semejante a lo que ocurre con la novela de linaje en la paranoia: héroes, fundadores de religión.) Si esto es así, uno comprende el cautivador poder de Edipo rey, que desafía todas las objeciones que el intelecto eleva contra la premisa del oráculo, y comprende por qué el posterior drama de destino debía fracasar miserablemente. Nos rebelamos contra toda compulsión individual arbitraria [de destino], como la que constituye la premisa de Die Ahnfrau [de Grillparzerl, pero la saga griega captura una compulsión que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella. Cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía un Edipo así, y ante el cumplimiento de sueño traído aquí a la realidad objetiva retrocede espantado, con todo el monto de represión {esfuerzo de desalojo y suplantación} que divorcia a su estado infantil de su estado actual.”

El Edipo que Freud estudia y teoriza es el Edipo de Sigmund Freud, lo que un amigo entrañable llamara “Edipo vienés”[7], y es ese Edipo vienés y la neurosis infantil del niño Sigmund la que servirá de eje a la teoría psicoanalítica y a las interpretaciones de sus casos. Sea de modo directo como Ida Bauer (Dora) en 1899, Sergei Pankejeff (El hombre de los lobos) entre 1909 y 1914 o la joven homosexual a fines de la década del 10. Así como los casos que no trató directamente, como el presidente Schreber (a partir de la lectura de las memorias de un neurópata) (1912) o el caso del pintor Christoph Haizzman (del relato de una posesión demoniaca) (1923), o para lo que aquí nos convoca: Herbert Graf (Hans) en 1908

Freud edipiza a sus pacientes porque es el fantasma freudiano el que organiza sus interpretaciones, un Edipo eminentemente imaginario, el escenario de un drama familiar que se repite -en el sentido sintomático de la expresión- desde este primer análisis de un niño y que ha llevado a cada niño a ser un pequeño Hans, un pequeño Edipo freudiano.

Decimos que edipiza pues Freud no ha dado aún el paso que le llevará del Complejo de Edipo al Complejo de Castración. En este sentido, el Edipo es un momento en una trama teatral, un teatrito burgués dirán Deleuze y Guattari[8]. Edipiza porque primeramente Sigmund y luego el pequeño Hans serán el modelo para los análisis. Modelo sin duda chato, porque Freud no se ha percatado aún de la importancia del orden fálico que el fantasma edípico pone en escena.

Edipiza porque en este esquema la mujer es un pequeño hombrecito en negativo. Si el varoncito toma por objeto a su madre y rivaliza con su padre; la mujer deberá hacer lo contrario: tomar por objeto al padre y rivalizar con la madre, es la representación imaginaria del complejo de Edipo. Dora sufrió esta mirada y por el ende el fracaso de su tratamiento. Una mirada que, al partir del Edipo del niño Sigmund, no tiene cabida para la posibilidad de un deseo femenino. Por eso Freud insiste en que Dora reconozca el enamoramiento del Señor K, como relevo del enamoramiento edípico de su padre, y por eso no puede ver que para Dora el objeto es la Sra. K.

Todavía en una fecha bastante posterior, en 1921,en el capítulo VII de Psicología de las Masas y Análisis del Yo, Freud propone que lo mismo que opera en el niño ocurre en la niña “con las correspondientes sustituciones”. Sin embargo, el deseo femenino y por ello la única posibilidad de entender el deseo en función del orden fálico se abre necesariamente paso en el pensamiento de Freud. Es así como aparece en Algunas Consecuencias Psíquicas de la Diferenciación Anatómica de los Sexos (1925) y el artículo Sobre la Sexualidad Femenina (1931).

Con el replanteamiento del Edipo como un episodio al interior de la dimensión simbólica del Complejo de Castración. Al situar el orden fálico como fundante de lo masculino y de lo femenino, en la ecuación que iguala al niño y al pene respecto del falo, se abre la comprensión de esta cara doble del deseo, la bisexualidad psíquica; lo masculino y femenino como posiciones subjetivas ante el orden fálico; comprensión indispensable para que pueda haber análisis tanto de hombres como de mujeres. Es así que el Edipo toma su lugar en la teoría como un elemento fantasmático sostenido por la estructura simbólica del orden fálico. Es por eso también, que no hay tal complejo de Electra, como Freud no dudará en afirmar categóricamente en el artículo Sobre la sexualidad femenina ya referido (1931), y en especial en Esquema del psicoanálisis (1937).

No puede comprenderse el deseo masculino sin interrogarse por el deseo femenino, ni puede comprenderse el deseo femenino sin preguntarse por el deseo masculino. Sólo en relación con el significante fálico se puede apuntar a ese límite mismo de todo análisis, lo reprimido, entendido como lo propio del sexo contrario, como concluirá Freud en Análisis terminable e interminable (1937).

 

Había una vez un niño que tenía miedo a los caballos

 

¿Cómo opera el Edipo en Hans?, cómo se da la imaginería de este pequeño que quizá culmine su análisis en ese jugueteo de “soy un potrillo”. No está de más subrayarlo, un potrillo, no un caballo.

Sabemos los elementos de la interpretación freudiana en donde el caballo deviene el símbolo del padre; la fobia entendida como una angustia ante la posibilidad de la castración (la mordida); pero en distintos momentos, también el caballo devendrá imagen de la madre embarazada de la pequeña Hanna, el vagón de carga (Wagen) y las resonancias respecto del “ser capaz” (wegen); e igualmente el caballo como imagen de la rivalidad con la pequeña Hanna; así como el desarrollo –no quisiera usar esta palabreja-paulatino hacia una identificación con el padre testimoniada con la atenuación o la virtual desaparición de los eventos sintomáticos contenidos en la fobia.

Conocemos además el trabajo que dedicará Lacan al caso, especialmente a lo largo del seminario 4 sobre la relación de objeto[9], en donde se introduce la referencia al actuar del padre real y sus dificultades para hacer valer una ley que separe a la madre del pequeño, devenido su falo imaginario. Se trata de un padre “bueno”, razonable, permisivo, y ese es su problema, o más bien es esta posición de Max Graf lo que implica un problema para su hijo. Un padre del cual el hijo se burla, un padre que está al mismo nivel del hijo, por ejemplo en las fantasías de traspasar la barda, o de que como a él le corresponde la madre, al padre le correspondería la abuela

Así, Hans deviene un punto preciso en la enseñanza lacaniana como elemento de teorización respecto de la diferencia entre las formas del padre; el padre real, el padre simbólico y el padre imaginario, así como del “no ser capaz” “wegen” del padre en la relación con su hijo y su mujer. El giro de Lacan se da pues en la otra cara del fantasma de castración, no se trata de perder a la madre, sino de no poder librarse de ella. El padre no es entonces el lugar del miedo sino el lugar de una interrogación, ante la cual el objeto fóbico se construye como respuesta; pues es mejor un objeto, por fallido que sea, a la angustia sin objeto, como se dará cuenta Freud muchos años después, 1926 para ser precisos, en Inhibición, Síntoma y Angustia.

 

Historias de familia

 

¿Cuál es la estructura de esta familia en la cual el pequeño Hans deviene sujeto?

Tenemos aquí algunas fuentes importantes con las cuales no se contaba antes. Lacan por ejemplo no tenía estas referencias. En primer lugar la entrevista de Fritzl a Herbert Graf “Memorias de un hombre invisible” en la cual es aclamado director de escena operático reconoce ser el pequeño Hans; tenemos además dos textos fundamentales, el escrito del padre “Max Graf” sobre sus “Reminiscencias del profesor Sigmund Freud” y la entrevista que Kurt Eissler hiciera a Max Graf, en 1952 –cuando éste tenía ya casi 80 años- entrevista que había permanecido clasificada en los archivos de la Fundación Sigmund Freud.

Nos enteramos por estos documentos de numerosos hechos que será necesario precisar para intentar hacer una lectura de la situación de la familia Graf y su fantasmática posible.

Max Graf había nacido en 1873 y moriría en 1958, se casaría en tres ocasiones, la primera de ellas con Olga Honing, la madre de Hans en 1898; días después de su divorcio de Olga, en noviembre de 1920, Max se casa con Roa Zentner y en 1929 con Polly Bastic (a la sazón de la misma edad que su hija Hanna). En 1938 emigra a Estados Unidos, regresa a Viena después de la guerra en 1947 y muere en 1958.

Olga Honing, la madre de Hans, había nacido en 1877, era 4 años menor que Max. Era la sexta de siete hermanos, dos de los cuales se habrían suicidado y además habría una hermana menor con parálisis cerebral. Los Graf se divorcian en septiembre de 1920 y para octubre de ese año (veinte días después) Olga casa nuevamente conFranz-Josef Briychta. A partir de este momento se pierde el rastro de Olga y solo sabemos que murió después de la guerra en una fecha indeterminada.

Olga había sido paciente de Freud y hay algunas breves menciones respecto de ella en la correspondencia de Freud con Fliess (carta del 22 de junio de 1897), por la que sabemos que se trata de una muchacha con sintomatología obsesiva dos de cuyos hermanos se habrían suicidado disparándose un tiro. Dice Freud:

“Este verano tomé dos nuevos casos que van bastante bien. El último de ellos es una muchacha de 19 años con casi únicamente ideas obsesivas, lo que me ha dado mucha curiosidad, De acuerdo con mis especulaciones, la ideas obsesivas se remontan a una edad psíquica posterior y por lo tanto no necesariamente apuntan al padre, quien tiende a ser más cuidadoso con el niño mientras mayor sea éste, más bien apuntan a los hermanos ligeramente mayores, para quienes la niña no es todavía una pequeña mujer. Ahora, en este caso el Todopoderoso fue lo suficientemente amable para permitir que el padre muriera antes que la niña llegara a los 11 meses, pero dos hermanos, uno de ellos tres años mayor que la paciente, se pegaron tiros”[10]

Respecto de este párrafo es necesario precisar, que fue escrito en el contexto de la teoría del trauma, en la cual Freud supone una seducción por parte del padre como causa de la neurosis. Como el padre de Olga murió antes de que la niña cumpliera los 11 meses, no se sostiene la idea de la seducción paterna como causante de la neurosis obsesiva[11], por esa razón Freud sospecha de los hermanos.

No hay mayores comentarios –reconocibles-respecto de Olga en la obra de Freud, excepto una mención en una carta a Jung de 1912, en la cual Freud le menciona a éste que Olga está siendo analizada por su propio marido.

Olga y Max se casan el 20 de diciembre de 1898[12], mientras Olga estaba en tratamiento con Freud.Es Olga quien introduce a su prometido Max en la amistad con Freud, y es ella quien le habla de las teorías del profesor, y de ahí a la conformación de una sólida amistad entre Max Graf y el sabio de Viena. Max Graf pasa a formar parte del círculo cercano de Freud y se vuelve asistente asiduo a las reuniones de los miércoles, en donde incluso presentará algunos trabajos y Freud le obsequiará uno “Personajes psicopáticos en el teatro” (1905). No exageraremos, me parece, si proponemos, que el fascinante profesor habría devenido para Max Graf una figura paterna.

El padre de Max, Josef Graf, era un analista político, violento y malhumorado. En la entrevista con Eissler, Max Graf no duda en decir abiertamente -y a pregunta expresa- que le temía, que su método educativo consistía en palizas y del gran temor que tenía de ser golpeado por él. Nos preguntaremos –aunque siempre especulando pues no tenemos de otra- si este “buen padre” Max Graf no querría evitar ser para su pequeño Hans/Herbert, ese padre terrible que él de niño tanto había temido. Su no ser capaz “wagen” no obedecería a un fantasma de reparar en su hijo, eso que en él marcaría su propia infancia. El deseo es el deseo del otro. No encontraba Max en la relación con su hijo su propio mensaje en forma invertida.

Volvamos a la relación con Olga. Y dejemos la palabra al propio Max Graf en su entrevista con Eissler:

“¡Sí, por favor! Mi primera mujer era -o es- muy interesante, llena de espíritu, muy bella. No hay duda. Era una histérica, ¿no es cierto?[13]; eso que yo no podía juzgar para nada, en tanto era un hombre joven. En sus momentos de histeria -se trataba seguramente de histeria- era para mí también atrayente e interesante. Ahora bien, esta mujer después de un año antes de decidirme a casarme con ella fui a la casa del Profesor Freud, pues ella era todavía su paciente en esa época. Le pregunté si podía casarme con esta mujer, si su estado permitía casarse con ella. A lo que Freud me dijo: «¡Cásese. Lo que sucederá solamente es que usted encontrará placer!» Placer no tuve verdaderamente, pero es posible que yo fuera demasiado joven. Es posible que me hubiera realmente reído si hubiera tenido más edad. La cosa se presentaba simplemente así: por un lado estaba en el comienzo de una carrera de joven escritor, de joven crítico que quería imponerse, que quería progresar. Tenía la ambición de un joven talentoso habiendo ya publicado dos libros a los veinticinco años. Por otro lado mi mujer no quería aparecer en sociedad. Allí no se sentía segura, se sentía inquieta, no estaba cómoda. Y por esta razón evitaba ir. Pero he ahí que uno no tiene una mujer joven y bella para encerrarse en un departamento, no es cierto? He ahí una de las razones. Otra era que esta mujer se volvía de repente celosa de mis trabajos y que ella me rompió algunos. En resumen, después de un año fui a ver al Profesor Freud: «¡Señor Profesor, este matrimonio no anda!» Él estaba sorprendido y yo hice un nuevo intento. Pensé que los niños podrían probablemente cambiar la situación, pero no fue así.Resistí sin embargo dieciocho años y medio en este matrimonio hasta que los niños fueran bastante grandes para que yo pudiera irme tranquilamente, sin perturbar demasiado su desarrollo. La duda me vino solamente un poco más tarde, saber si no hubiera sido mejor irme más temprano. Yo no lo sé, ¿no es cierto?”

Este pequeño párrafo lo dice todo. Max Graf ha pedido consejo a Freud –como se pediría a un padre- sobre la posibilidad de un matrimonio. El consejo “cásese” no fue afortunado. Pero Max no se hace cargo, prefiere dejar su destino en manos del profesor, como después lo hará con Hans.

Max quería una mujer que sirviera como apoyo a su carrera de escritor y crítico musical. Sin duda que Olga no es esa mujer, detesta la vida social prefiere quedarse en su casa, uno no tiene una mujer joven y bella para encerrarse en un departamento, ¿no es cierto?”. Olga Tampoco se lleva bien con la familia de Max, especialmente con la abuela.

“En presencia de gente ella siempre estaba inhibida, estaba sujeta a inhibiciones”

Respecto de la vida sexual de la pareja tampoco quedan muchas dudas, como se desprende claramente de la entrevista con Eissler:

“Los estados depresivos aparecían en ella siempre después de una relación sexual.”

Y más adelante:

“Hubo todavía otras cosas de las que no quiero hablar mucho más, que no han jugado. En un joven matrimonio se debería tener, digamos, alegría en el erotismo.”

“Quiero decir solamente que después de cada, digamos, noche de amor, temprano a la mañana, aparecía un acceso [de depresión]”[14]

Un dato, sin duda curioso, es la abierta omisión que Freud hace de todas estas dificultades al interior de la pareja, mismas que eran evidentes si tomamos en cuenta los datos proporcionados por Max Graf. Era también evidente que Freud debía conocerlos, a causa de su trato con Olga. Mas si observamos los comentarios que hace sobre los padres, en el estudio del caso, Freud relata una situación de lo más común y tranquila y aparentemente sin problema alguno y sin hacer la menor mención de estas desavenencias.

Hay otra anécdota que nos arroja luz sobre el fantasma del padre. Éste cuenta que el uso de la letra “H” como inicial e los nombres de los hijos no era casual. Josiane Pratz, citando las minutas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, nos informa que Max tenía una curiosa conducta sintomática consistente en una fascinación por la letra “H”, la cual dibujaba constantemente.Esta fascinación marcó la elección del nombre de sus hijos (Hanna y Herbert). La inicial “H” provenía del nombre de su prima Hedwig, de quien había estado enamorado de adolescente. Podemos preguntarnos, si ya casado con Olga no estaba todavía enamorado de Hedwig. Max se sentía ligado a esta prima por coincidencias “telepáticas”. No es casualidad tampoco, que su propio padre, tanto como su abuelo se hubieran casado con sus primas.

Es en este universo fantasmático donde Herbert Graf viene a nacer. ¿Cómo?, Max Graf lo dice claramente “pensé que los niños podrían cambiar la situación”. Es con esta expectativa, un hijo para salvar un matrimonio que Max decide hacerle un hijo a su mujer. El producto de este primer embarazo es una mola, lo que hoy llamamos un teratoma, una bola de carne, sangre, cabellos y uñas. Herbert es el segundo embarazo y Hanna el tercero. He aquí pues al pequeño Hans venido a nacer con la misión de ser la solución un matrimonio mal avenido.

Nos falta un lado de la ecuación, la pregunta por el fantasma materno en que Herbert viene a colocarse. No lo sabemos.

 

Freud, el padre.

 

De lo ya trabajado hemos de plantearnos la posibilidad de que Freud jugara una función paterna respecto de Max, ¿acaso un gran Otro en el cual reparar a través de su hijo la relación con su propio padre? ¿Era Freud también un abuelo amoroso del pequeño Hans? No puede dejar de sorprender la siguiente anécdota misma que tiene dos versiones que han sido muy claramente contrapuestas por Ariel Perricone[15].

En 1942, en su artículo “Mis reminiscencias del doctor Sigmund Freud” Max Graf Relata:

Freud tenía un papel entusiasta en todos los acontecimientos familiares de mi casa; esto, a pesar de que yo era un hombre joven y Freud era ya de edad avanzada y sus cabellos maravillosamente negros comenzaban a encanecer. En ocasión del tercer cumpleaños de mi hijo, Freud le trajo de regalo un caballo de balanceoque por sí mismo llevó hasta arriba por los cuatro tramos de escalera que conducían a mi casa.”

Freud regalándole un caballito al pequeño Hans Antes del estallido de la neurosis fóbica. ¿Es este el origen de la imaginería del síntoma fóbico?, el don del padre transmitido a través de ese “abuelo” Freud. Esto sería maravillosamente claro si el mismo Max Graf no hubiera dicho en 1952 que:

» Quiero completar la descripción de Freud con algo que era característico de él: Después que el niño había sido curado, y fue su cumpleaños, Freud vino a mi departamento y cargó bajo su brazo, subiendo por los cuatro tramos de escalera, un caballo de madera de balanceo , el cual le fuera entregado a mi hijo como regalo”

Prácticamente la misma historia, pero con una enorme diferencia. Mientras que en la primera el caballo es regalado por Freud antes del brote sintomático (a los 3 años), en el segundo relato el regalo ocurre a los 5 años, una vez superado el síntoma. Presagio y don significante de Freud para la simbolización del pequeño Herbert, o bien un testimonio, un trofeo conmemorativo del dominio del niño sobre el significante “caballo”. En ambos casos es Freud quien proporciona el significante.

Max Graf también había consultado, y seguido, el consejo de Freud sobre un tema sumamente importante relativo a la misma identidad del pequeño Herbert, respecto de si sería adecuado educarlo como judío, la respuesta de Freud fue clarísima:

«¡Déjelo crecer como judío pues si los judíos son tan oprimidos que deben luchar tanto y producir el doble que los otros, usted le sacará a este chico mucho de esta energía. Le hará bien dejándolo crecer como un judío!»

Muy parecida es la versión que da Graf en sus Reminiscencias:

«Si usted no deja que su hijo sea educado como un judío, dijo, lo privará de esas fuentes de energía que no pueden ser reemplazadas por nada. Él tendrá que luchar como judío y usted debería desarrollar en él toda la energía de la que tendrá necesidad en esta lucha. No lo prive de este beneficio».

El devenir de la relación Freud – Graf no fue del todo bueno, ya que hubo grandes discrepancias, especialmente a partir de las teorías de Adler. El padre amoroso que fuera Freud se convertía en un hombre díscolo y frío cuando se le contradecía; un hombre que no admitía cuestionamientos a su edificio teórico. Se sabe de las difíciles amistades de Freud con Fliess y Breuer, luego con Jung y Adler y finalmente con Ferenczi. El propio Max Graf intentó mediar en el conflicto con Adler y el resultado fue un distanciamiento de Freud y el enojo del maestro.

Max lo recuerda en varios fragmentos de la entrevista con Eissler, así como en sus Reminiscencias del profesor Sigmund Freud:

“Traté de hablar de ello [de las diferencias con Adler] en mis charlas con el Profesor Freud, en particular en mi casa, dado que había trabado mucha más amistad con él. Lo invité varias veces a nuestra casa y debo decir que él venía muy a menudo. Aunque hubiera concluido un trabajo diario pesado y estuviera bastante fatigado. Hubiera ciertamente preferido quedarse en su casa. Y he vuelto a discutir muy a menudo, justamente, en el transcurso de esas veladas en mi casa de la oposición entre sus concepciones y las de Alfred Adler. Le dije una vez: mire señor Profesor, si usted ordena las piezas de monedas en un cierto orden. Digamos, una vez faz, dos veces Adler, tres veces faz, y así seguidamente. Si usted da vuelta las piezas de moneda la visión permanece exacta, ¿no es cierto? Se trata de la misma ley de distribución tanto de un lado como del otro. Lo que significa entonces que debe ser posible tratar una neurosis en el plano psíquico, sin embargo, debe también haber una posibilidad de tratarla igualmente en el plano somático. El profesor Freud lo aceptó. Me dijo solamente: «Pero nosotros disponemos solamente de una vía, la del camino psíquico».

“Y cuando intenté, en una conversación con el Profesor Freud, encontrar un puente entre su teoría y las del Profesor Adler me retó de manera bastante enérgica diciéndome: «¡O bien usted lo acepta o no!». Eso me dio la impresión de que mi tiempo había terminado, ¿no es cierto? No quería participar en grandes discusiones de escuela que me recordaban las discusiones de los Concilios del primer cristianismo. No me sentía verdaderamente dotado para eso. Y así no fui más a las sesiones de la Sociedad Psicoanalítica. “

“Posteriormente, después de que mi chico fue recibido cálidamente por Freud, yo no lo había visto durante algunos años -en el curso de los cuales la escuela se había vuelto internacional- tuve una entrevista con él y quería todavía hablarle, justamente del chico. Cuando llegué me recibió de manera bastante cerrada y poco amable. No pude conseguir llevarlo hacia una entrevista amistosa, como era habitual y le hice una pregunta: «Dígame Señor Profesor, francamente ¿qué pasa que usted cambió de tono con respecto a mí?» Él me respondió: «Sí, usted renunció a la Sociedad Psicoanalítica. No pagó más la cuota que usted debía y no participó más.» Sí, era verdad. Sí yo debía la cuota, no sé, era posible, ¿no es cierto? Pero vi que la conversación no se desenvolvía más sobre la antigua base de amistad y me despedí. No encontré más a Freud excepto algunas veces en la calle. Naturalmente lo saludé muy cortésmente, pues mi opinión sobre él no había cambiado. Pero él siempre miró de costado, con la mirada desconfiada.”

He aquí uno de los ejes que quiero resaltar. Max Graf ha buscado un padre en Freud; un padre que le diga qué hacer con su vida, con su esposa, con su hijo. ¿Debe o no casarse?, ¿Debe o no educar al hijo como judío? ¿Qué hacer con la fobia del niño? Diríamos que se trata de la pregunta esencial de todo hombre ¿Qué es ser un padre? En todos estos devenires Freud jugó –sabiéndolo o no- un papel fundamental. ¿Cómo operó esto en Herbert Graf?

El hombre que no fue Hans

 

Hay un último punto que quiero tomar como referencia y es el futuro de Herbert Graf, El movimiento de construcción –deconstrucción- que va del pequeño Hans a ese “hombre invisible” que será Herbert Graf. Quiero hacer esta reflexión tomando como referencia a otro famoso paciente –este sí de Freud- Sergei Pankejeff, el Hombre de los lobos.

Ya en 1922, Hans a la sazón de 19 años, luego de reconocerse y desconocerse a partir de lugares y fechas al leer la historia del pequeño Hans, Herbert Graf decide visitar al profesor Freud. Dice Herbert, respecto de ser el pequeño Hans:

“No recordé nada de esto hasta años más tarde, cuando me encontré de casualidad con un artículo en el estudio de mi padre y reconocí algunos de los nombres y lugares que Freud había conservado sin modificación. En un estado altamente emotivo, visité al gran doctor en su consultorio de Berggasse y me presenté como el «pequeño Hans». Detrás del escritorio Freud se asemejaba a los bustos de los filósofos griegos con barba que había visto en la escuela. Se levantó y me abrazó afectuosamente diciendo que no podía desear mayor vindicación de sus teorías que el ver al alegre y saludable joven de diecinueve años en que me había convertido.”[16]

El relato de Freud es casi idéntico:

Hace unos pocos meses -en la primavera de 1922- se me presentó un joven declarando ser el «pequeño Hans», acerca de cuya neurosis de infancia yo había informado en 1909. Me alegró mucho volverlo a ver, pues lo había perdido de vista apenas dos años después de concluido su análisis, y llevaba más de diez años sin tener noticias sobre su destino. La publicación de este primer análisis realizado en un niño había provocado un escándalo grande, y una indignación mayor; le profetizaron al pobre joven una gran desgracia por haberlo «despojado de su inocencia» a edad tan tierna y convertido en víctima de un psicoanálisis.

Ninguno de esos temores se cumplió. El pequeño Hans lucía su brillante juventud de 19 años. Aseveró hallarse totalmente bien y no padecer de males ni inhibiciones. No sólo había pasado sin daño la pubertad, sino que había superado una de las más difíciles pruebas para su vida afectiva. Sus padres se habían divorciado, y cada uno de ellos concertó un nuevo matrimonio. En consecuencia, él vivía solo, pero se mantenía en buenos términos con ambos progenitores, lamentando únicamente que la disolución de la familia lo hubiera separado de su querida hermanita.

Una comunicación del pequeño Hans me resultó particularmente curiosa. Por lo demás, no me atrevo a darle una explicación. Cuando leyó su historial clínico -refirió él-, todo se le antojó ajeno, no se reconoció, no pudo acordarse de nada, y sólo cuando se topó con el viaje a Gmunden vislumbró algo así como una chispa de recuerdo de que podría haberse tratado de él mismo. Así, el análisis no había preservado de la amnesia el episodio, sino que él mismo había caído bajo ella.

Creo que el punto esencial es el no recuerdo de Herbert sobre el pequeño Hans. Herbert Graf no se identificó con la historia del pequeño Hans y en esa medida pudo construir su propia historia, la de Herbert Graf. Pongamos como contraste el Hombre de los Lobos, que no Sergei Konstantinovich Pankejeff. El hombre de los lobos fue siempre la historia construida por Freud, luego por Ruth Brunswick[17] y luego por la IPA. Son las memorias del hombre de los lobos, un texto que Sergei Pankejeff nunca firma. El caso que se sostiene –y mantiene- del psicoanálisis y que sostiene al psicoanálisis. En la medida en que Sergei Pankejeff es el hombre de los lobos no es Sergei Pankejeff. Se ha convertido dirá Braunstein en el personaje de una novela.[18]

Por el contrario, al pequeño Hans se le anticiparon futuros y se le construyeron pasados, historias, novelas, que no fueron las de Herbert Graf. No fue la pobre víctima inocente de un psicoanálisis como anticipaban los críticos de Freud, ni tampoco, como profetizara el mismo Freud, un chico que querría servir en la caballería.

El mismo Max Graf señala que hay algunas cosas no normales en su hijo[19] ¿Cuáles serían y qué entendería Max Graf por normalidad?

El mismo Lacan decía en las lecciones finales de su seminario sobre las relaciones de objeto

“Juanito se sitúa en determinada posición pasivizada, y cualquiera que sea la legalidad heterosexual de su objeto, no podemos considerar que agote la legitimidad de su posición. Se acerca en este sentido a determinado tipo que no les parecerá ajeno a nuestra época, el de la generación de cierto estilo que conocemos, el estilo de los años 1945, esa gente encantadora que esperan que las iniciativas vengan del otro lado —esperan, por decirlo todo, que les quiten los pantalones. En este estilo veo dibujarse el porvenir de este encantador Juanito, por muy heterosexual que parezca.”

Es muy difícil sostener esta tesis lacaniana. Herbert Graf fue todo menos un hombre pasivo. Fue un creador, quizá incluso un alborotador, como lo fue de niño. Y ciertamente fue un padre. Aunque existe el mito de que no tuvo hijos, tuvo en realidad dos, Werner Graff nacido en 1933 de su primera esposa (Lisselote Austerlitz), y luego en segundas nupcias con Margot Thuering una niña nacida en 1966. Hanna Katrina Graff. Como si hubiese resurgido esa respuesta que da al padre de niño “yo tendré mi propia Hanna”.

Aunque sea un lugar común decir que el análisis del pequeño Hans fue un análisis fallido disto mucho de compartir dicha opinión. Creo que fue un análisis logrado en la medida de lo que la teoría y el método permitían en 1908. Se logró diluir el síntoma fóbico y apostaría aún que el principal logro del mismo es la amnesia de Herbert, esa amnesia que le permitió construirse su propia historia y construir una historia con su padre que no pasa por Freud. En pocas palabras podríamos decir: Herbert Graf no fue “el niño de los caballos”

Que nos dice Herbert de su padre:

Fue, por supuesto, un hombre extraordinario, el más extraordinario que he conocido… Se sentía igualmente cómodo en la filosofía y en la ciencia y estaba perfectamente capacitado para hablar de matemáticas con Einstein, lo cual hizo cuando se encontraron en los Estados Unidos. Fue un hombre universal, pero al mismo tiempo un auténtico vienés en todo sentido: sabía cómo disfrutar de un vaso (o más) de vino y de la compañía de mujeres bonitas. Una de mis memorias infantiles más vívidas es la de verlo en el estribo atestado de gente del tranvía, yendo al partido de fútbol del domingo al Hohe Warte, con una mano en la banderilla y con la otra empuñando su libro más preciado, una copia muy usada, llena de anotaciones, de la Crítica de la razón pura de Kant.

Herbert Graf se convirtió en un creador en el campo de la música –en toda la extensión de la palabra ‘creador’- recordemos que su padre fue un famoso y reconocido crítico musical –un esteta musical se decía él-. El hijo se vio atrapado por el canto desde temprana edad. Según la entrevista del padre con Heissler desde los dos años de edad Herbert cantaba y es en el mundo de la ópera donde debutará como cantante en 1925. Para después construir hasta el fin de sus días en 1973 la profesión de “maestro director de escena de ópera” campo en que es reconocido como un creador absoluto, un “enfant terrible” se le llamará en la entrevista con Fritzl, un creador que revolucionará el mundo de la puesta en escena.

Primavera 2009

 


[1]Todas las referencias a la obra de Freud han sido tomadas de la edición de Amorrortu, Argentina, 1991. Entre paréntesis se indica el año de la publicación original.

[2]Rizzo, F. Memorias de un hombre invisible, en Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, Nº 10, noviembre de 2008. Argentina.

[3]Eissler, K. Reportaje con Max Graf, en Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, Nº 10, noviembre de 2008. Argentina.

[4]Graf, M. Reminiscencias del Doctor Sigmund Freud, en Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, Nº 10, noviembre de 2008. Argentina.

[5]La diferencia en alemán entre las palabras “Geschichte” e “Historische”, ambas traducidas al español como “historia” implica una diferencia similar a los términos ingleses “story” e “history” en donde en primer caso se trata de un cuento un relato, mientras que el segundo correspondería a hechos objetivos. Así, los historiales clínicos de Freud son “Krankengeschichte”. En este texto usamos el término “historia” siempre en el primer sentido mientras que para el segundo usaremos “Historia”.

[6]No podemos omitir los efectos de que las intervenciones y observaciones analíticas hayan sido hechas por el padre del hijo-paciente. Muchos caos similares encontramos en la Historia del psicoanálisis como Freud con su hija Anna, ésta con su sobrino Ernst (el niño del Fort-Da), Melanie Klein con sus hijos, etc.

[7]Braunstein, N. Edipo Vienés, en Braunstein, N. (comp). El Discurso del psicoanálisis, Siglo XXI, México, 1986.

[8]Deleuze, G; Guattari, F, El antiedipo, Paidos, Argentina.

[9]Lacan, J. Seminario 4, La relación de Objeto, Paidos, Argentina.

[10]Masson, J. The complete letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, Belknap Harvard, 1985. La traducción es mía a partir de la versión en Inglés.

[11]En el esquema del trauma, los síntomas histéricos eran ocasionados por una seducción anterior a los 4 años, mientras que los síntomas obsesivos eran efecto de una seducción posterior a los 4 años, como Olga tenía 11 meses cuando muere su padre, la seducción tendría que haber ocurrido por otra persona.

[12]Muchas de las discrepancias respecto de las fechas recordadas por Max Graf en 1952, han sido pertinentemente aclaradas en un interesante artículo de Josiane Pratz. Pratz, J. El pequeño Hans y su Familia: datos históricos y biográficos, en Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, Nº 10, noviembre de 2008. Argentina.

[13]Como vimos, el diagnóstico de Freud era neurosis obsesiva.

[14]Todas las notas entre corchetes son mías.

[15]Perricone, A. El legado de Freud y la cuestión del padre en el caso del pequeño Hans, en Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, Nº 10, noviembre de 2008. Argentina.

[16]Cfr. Memorias de un hombre invisible…

[17]Ruth M. Brunswinck. En Los casos de Sigmund Freud. El Hombre de los Lobos por El Hombre de los Lobos. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1971.

[18]Braunstein, N. La memoria la inventora, Siglo XXI, México, 2008. P.170 y ss.

[19]En la entrevista con Eissler.