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Exorcist 4 y 4 bis.

Lunes 12 de abril de 2010, por Julio Ortega Bobadilla









Había visto hace poco The Exorcist (William Friedkin 1973), probablemente una de las más aterrorizantes películas de la historia del cine. La versión modificada que hoy se ofrece al cinéfilo como sin cortes. Contiene más de 10 escenas que en el estreno no aparecieron y que la hacen aún más impresionante, por ejemplo, Linda Blair bajando por las escaleras con el cuerpo literalmente volteado en una posición imposible que horroriza al espectador. Al parecer, fueron eliminadas a última hora por las críticas de los productores sobre el director, que pensaban había hecho una película demasiado grosera y ruda, en la que incluso se veían los cables si uno ponía atención.

Verla después de 25 años o algo así, no le quita nada de su poder. Sigue siendo un filme extraordinario que en su momento se convirtió en una vivencia que no todos podían experimentar. Friedkin había hecho un clásico más en su carrera después de filmar French Connection (1971), y se situaba con esta película como uno de los directores contemporáneos más importantes de la industria.

Se me ocurrió el domingo, mirar en la televisión, la secuela No. 4 de lo que se volvió una franquicia a nombre de W. P. Blatty, autor de la novela original. La exhibían por enésima vez, pero no había tenido la oportunidad de verla completa y compararla con su casi gemela que personalmente me había gustado. Sí, porque de la película que muestra a Stellan Skarsgård, como el padre Merrin (personificado en el filme de Friedkin por el inmortal Max Von Sidow), trabajando en África, muchos años antes de su “reencuentro” con el mismo diablo en el sereno Georgetown… hay dos versiones muy diferentes.

La primera es del extraordinario y poco convencional director Paul Schrader que realizó la película por encargo de Morgan Creek Productions, en Hollywood. Él es conocido por su trabajo también como guionista y escritor, habiendo dado como productos trabajos tan excepcionales como el guión de Taxi Driver (1976) o la extraordinaria segunda versión de Cat people (1982)… y no olvidemos el obsesivo proyecto fílmico Mishima: A life in four chapters (1985).

Al parecer, justo al terminar la película fue despedido, por la compañía que tembló ante la posibilidad de que el filme fuese un fracaso de taquilla y estaba convencido de que la dirección había sido muy a la estética Schrader sin atender a los supuestos requerimientos comerciales.

La película fue planeada de una manera particular, la fotografía es del grandísimo Vitorio Storaro (Apocalypsis now, 1979), quien realizó un trabajo extraordinario de luces y sombras, color e imágenes que hace a ésta y la otra película realmente perturbadoras. Al parecer los productores no pusieron mucha atención en el guión que se le proporcionó al director, si hubiesen tomado más interés en examinarlo, estarían al tanto del tipo de película que iba a realizar. El caso es que, pensaron que había manufacturado una película no tan espeluznante como la que deseaban.

Entonces se contrató a Renny Harlin, un director hábil − más artesano que artista − , que ha realizado un montón de películas de acción y suspense, entre las que se cuentan Die Hard 2 o Night on Elm Street 4. Es un caso único, al parecer, en la misma industria de Hollywood. Se transformó el guión y se cambiaron cuestiones fundamentales de la historia, amén de que se relevó a un par de actores de encarnar a ciertos personajes.

La versión que se ofreció primero al público fue la segunda, cuenta la historia de un sacerdote desencantado de su oficio (ante el silencio de Dios en la 2ª guerra mundial, y su indecisión frente al poder) y que ha dejado su profesión para trabajar en sus intereses arqueológicos en Kenya, África. Él va en busca de una reliquia por la que le van a pagar pingues beneficios. Allí se encuentra con una doctora (Izabella Scorupco) que atiende a los nativos en un pequeño poblado en una colonia inglesa.

La película está llena de referencias a la obra de Friedkin y guiños al espectador. A diferencia de Schrader, ahonda menos en el dilema moral que representa para Merrin su encuentro con los nazis. Mientras que Schrader hace de esta escena el núcleo de su pérdida de fe, y autoconfianza, Harlin la toma como un hecho importante para la configuración del personaje, pero no un recuerdo fundamental que modele su vida. Schrader toma la dimensión humana del personaje, su vacilación será el inicio de una ruta de culpabilidad y pérdida del sentido de la vida, sus demonios le persiguen y son en los que él profesa más que en el Mal mismo que se aprovecha de su hesitación.

Harlin inclina más la película hacia Indiana Jones que hacia Sophie’s Choice. No significa esto que su visión desmerezca frente a la de Schrader. Es desafortunado el final de Dominon, dónde Merrin logra vencer a las fuerzas del Mal y evita la masacre de los soldados, así como la muerte de la doctora Rachel, que pasa en la historia a ser una especie de Madre Teresa. Y afortunado el final de la película de Harlin dónde no puede evitarse la catástrofe y la sangre es inevitable.

La película de Schrader construye poco a poco a un personaje (Cheche), que será fundamental en el guión. Un paciente deforme, lastimado, con un leve retardo mental pasa a ser poseído y convertirse en una figura del mal con connotaciones orientales y que se muestra claramente en la figura de un demonio flotando con las piernas en flor de loto. Es la lucha de Occidente contra Oriente, la que también está en juego en la película, aunque por otro lado, también está presente la dimensión anticolonialista − muy impresionante −, que equipara a los nazis con los soldados ingleses. Fuera de los uniformes, el idioma y la geografía son los mismos animales imperialistas que desprecian a sus conquistados. Cheche vence al padre Francis que personificado por Gabriel Mann, que uno desea que salga bien pronto de escena. Le da a Merrin en la historia de Schrader, la oportunidad de volver atrás y enfrentar con valor a los nazis, sólo para hacerle comprender que la Voluntad de Dios es malvada o impotente ante el Mal. Le invita así a unirse a él y cambiar de bando, Merrin es obstinado y desecha la lógica de esos argumentos y prosigue en su fe en un Dios bueno.

Cheche no está en el guión de Harlin, que adopta como figura poseída por el Mal a un niño de rostro ingenuo y contento: Joseph (Remy Sweeney). No hay en esta elección más intención que producir la sorpresa, el miedo y la indignación del espectador. Es un resorte fácil, pero efectivo. Merrin en la versión de Harlan lo libera fácilmente, pero no puede evitar que el demonio se corra como síntoma hacia el cuerpo de su amada.

A mí personalmente, me gusta más el casting que coloca a Izabella en el papel de Sarah pues amén de ser una mujer más bella y sensual, parece en todo sentido más humana. En la versión de Schrader, Clara Bellar encarna a Rachel y no convence del todo, como objeto del deseo de Merrin. Uno se pregunta qué habría pasado si la versión de Schrader hubiera incluido a Izabella, creo que habría ganado en estética pero también en vigor, porque ella proyecta una personalidad mucho más fuerte y menos agónica.

Yo prefiero el giro argumental que convierte en demonio a la doctora y que termina con la muerte de ella como única liberación posible del demonio. También hay implícita la liberación del deseo y la sexualidad, conseguible sólo al alcanzar la muerte.

El final de Harlin hace que Merrin enfrente a su patrón con dignidad y que se vuelva hacia la Iglesia. Muerta su amada, no le queda más remedio que seguir el camino de la fe y dedicar su vida a la lucha contra el Mal.

Los dos filmes fueron un fracaso de taquilla, no así de crítica. Las opiniones se dividen y la mayoría concede a Schrader mayor trascendencia estética y moral. Quizá Harlan haya actuado más con recetas probadas, pero tampoco produjo un filme despreciable. Recomiendo ver ambas, incluso en el orden cronológico en el que fueron hechas, así entiende uno mejor los cambios que introduce Harlan que toman en cuenta las elecciones de Schrader. En este caso, no se cumple el dicho: nunca segundas partes fueron buenas.

 

 

 

 

 

 

 

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