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Una mirada psicoanalítica sobre Eros y Tánatos: la pulsión

Domingo 11 de abril de 2010, por José Eduardo Tappan Merino

La vida y la muerte son los aspectos más importantes para la humanidad, así pues para su tratamiento, es necesario contemplar muchas superficies, planos y densidades teóricas. ¿Cómo abordar algo tan complejo, tan sabidamente inabarcable, que se encuentra en el mismo lindero de lo imposible? El psicoanálisis propone: “seamos realistas, busquemos lo imposible”.

Freud intenta a partir de una influencia poderosa de la filosofía, articular las nociones de vida y muerte, para ello, se propone entender las dinámicas que se esconden e influyen en la constitución del psiquismo, y las maneras en que determinan la existencia de los seres humanos. Para ello, emplea primeramente la noción de trieb, que ha sido traducida como pulsión; su teoría de la pulsión de vida y pulsión de muerte, se va desarrollando progresivamente hasta que alcanza su expresión más clara en 1920, en su trabajo Más allá del principio del placer, sin embargo comenzaré por los antecedentes filosóficos, para después encontrar la fuerza que tiene la propuesta freudiana aún en nuestros días.

Es justamente a los presocráticos, a quienes debemos dirigir nuestra atención, ya que son ellos, los que primeramente se preguntan sobre la naturaleza del hombre. El pensamiento de Parménides es relevante puesto que muestra una actitud, una forma de pensar, que se ha repetido a lo largo de la historia, podríamos llamarla esencialista-estática. Que anima a las formas de conocimiento basadas en clasificaciones y nosologías. Dice “del Ente es ser; del Ente no es no ser [...]” (Parménides. 1984 p. 39). El ente es, por lo tanto, tiene un plano de existencia como ser y se separa de la especulación de aquello que no es, es decir, un no-ser, es un no-ente. Para Parménides no existe ni es pensable un no-ente, ni un no-ser. Diríamos que con Parménides, reflexionar sobre la no-existencia, el no-ser o el no-ente, serían puras figuraciones de una mente enferma. El ser es único e inmutable, en cuanto a que es por sí mismo, ya que si el ser fuese móvil o mutable, en cada movimiento o mutación se transformaría en otra cosa, por lo que el ser sólo tiene referencia a “sí mismo”, en que es “el sí mismo”. La mutabilidad o el cambio para Parménides consisten en dejar de ser algo para ser otro. Siguiendo su pensamiento tendríamos ahora que encontrar aquello esencial y característico de un fenómeno, para poder identificarlo como tal. Se trata de reconocer las esencias, las características que le otorgan identidad, que determinan su mismidad.

 Sin embargo, la propuesta de Parménides aunque posterior a la de Heráclito, no tiene la fuerza, ni el vigor de Heráclito, de hecho se ha señalado que el pensamiento de Parménides y de Heráclito mantienen una franca oposición, mientras el primero destaca el carácter inmutable del ser, el segundo elabora una filosofía del devenir del ser. Podríamos decir de manera preliminar, que Parménides mantiene una fuerte influencia en las maneras de pensar psicológicas y psiquiátricas, que buscan la etiología o la esencia en una causa necesaria. Mientras que la forma de abordar el ser por parte de Heráclito es propiamente la base del pensamiento psicoanalítico.

Para Heráclito, podríamos considerar que el aspecto central de su doctrina es el λóγος. El logos es a la vez, discurso, razón y condición de ser de las cosas. Se trata de una verdad única. Él mismo propone que el logos es también la ley universal del devenir, de la que derivan, o corresponderían derivar, todas las leyes humanas. Será Lacan quien reviva ésta perspectiva heraclitiana, al destacar la importancia del logos, comprendido ahora como significante en la constitución de la condición humana, y como el parámetro de los parámetros.

 Para Heráclito es fundamental la idea de que la esencia de las cosas, es un asunto de tránsito, de movimiento, de cambio constante. No hay un “algo” que defina, caracterice o represente a las cosas del mundo, no hay “un ser de la cosa”. Nada propiamente es, esta siendo transitivamente, toda pregunta a lo que soy obtendrá diferentes respuestas dependiendo de los momentos de mi historia en que se haga la pregunta.

“No hay manera de bañarse dos veces en la misma corriente; que las cosas se disipan y de nuevo se reúnen, van hacia el ser y se alejan de ser” (Heráclito. 1984 p. 247)

 Esta idea del movimiento constante como característica de la esencia de las cosas, y como condición necesaria para que ellas existan, rivaliza con las perspectivas que buscarán algún tipo de esencialidad, de materia prima, de alguna manera “fija”, que hace que las cosas sean lo que son, es decir, que garantizarían su condición de ser por su sustancia, con lo que es absurdo determinar límites y caracterizaciones tipológicas, como por ejemplo: los asesinos son personas con ciertas características particulares, bajo la perspectiva heraclitiana cualquiera puede ser un asesino, si es fuertemente empujado a ello. Windelband dice sobre este fluir:

“Heráclito [...] recalca que el intento de encontrar una materia cósmica permanente, es una faena sin perspectivas de éxito. No existe nada estable: ni en cosas en particular, ni en el universo en general. No solo las apariencias concretas; también el universo en su integridad está sometido a una incesante y eterna mudanza: todo fluye nada permanece. No se puede decir que las cosas sean, sólo devienen y sucumben en el juego eternamente cambiante del movimiento universal. De ahí que lo único invariable [...] no sea ninguna cosa, ninguna materia, sino el movimiento, el acontecer, el devenir mismo” (H. Windelband: 1960 p.37).

 Esta perspectiva del continuo devenir, ha sido llamada dialéctica heraclitiana, por lo que si bien, se trata de movimiento y de cambio permanente; se trata de un movimiento que es resultado de una lucha entre los opuestos, por lo tanto, del conflicto que busca el equilibrio, es ésta dinámica lo que caracterizaría el motor de la condición de ser de las cosas, podemos ver que ésta es también una de las características del aparato psíquico freudiano, el conflicto en el que se encuentra, y lo fecundo y necesario que resulta esta lucha, para desplegar nuestra existencia. Así encontramos en el filósofo:

“Lo distendido vuelve a equilibrio; de equilibrio en tensión se hace bellísimo coajuste, que todas las cosas se engendran de la discordia” (Heráclito. 1984 p. 240)

 Podemos desprender de lo anterior que el cambio, es un eterno retorno, una compulsión a la repetición a los estado previos, que es motivada por la dialéctica del choque de los opuestos, con lo que no es sólo importante que no nos bañamos en el mismo río, sino que si bien el río es uno, el río nunca será el mismo. Quizá ahora, ya no resulte extraño en nuestra comprensión de estas dinámicas, cuando el propio Heráclito nos dice: “Y uno son bien y mal.” (Heráclito. 1984 p. 244), ¿de qué “uno” estará hablando? Si no existiera más que claridad, no podríamos concebir la oscuridad, por lo que en realidad tampoco podríamos nombrar a la claridad, la claridad existe únicamente y en contraposición a que existe la oscuridad, lo mismo podríamos decir de la presencia, si una persona se encuentra siempre presente, no tenemos la distancia subjetiva para advertir su presencia, podemos saber de su presencia únicamente por la posibilidad de hacerse ausente, sería en la ausencia que podríamos reconocer la condición de existencia de la presencia. Con lo que no hay claridad sin oscuridad, presencia sin ausencia, bueno sin malo, arriba sin abajo, Eros sin Tánatos. Ese será precisamente el orden significante como lo llamara Lacan: significante, entendido como posibilitador de la diferencia. El “uno” que son bien y mal. El uno es la característica señalada por Heráclito: el λóγος.

El pensamiento de Heráclito jugó un papel decisivo en la época moderna, Hegel lo reivindicó como el antecedente más antiguo de su concepción dialéctica, también podemos encontrar sus influencias en el pensamiento de Marx y Freud. Nietzsche consideró a Heráclito como el más puro manifestante del pensamiento frente a la corrupción de la filosofía que es protagonizada por parte de Sócrates y Platón, “representantes de un pensamiento ficticio del ser”. De la misma manera Heidegger subrayó una cierta proximidad entre su propio pensamiento con el de Heráclito, ya que ambos proponen la importancia de la verdad que se produce como develamiento: alétheia. Pero dirijámonos sobre el tema mismo del presente artículo, en el que el dinamismo, el movimiento, fuerza y la transformación anidan en el concepto de pulsión, para la filosofía alemana. Se trata de unir en el concepto esencial es Freud, y al parecer lo fue también para Fichte.

Así disecciona el problema Etcheverry:

“intentaremos fundamentar nuestra opción terminológica (<<pulsión>>) mostrando que el término se aloja mejor dentro de la filosofía clásica alemana. Escogemos para ello Los principios de la doctrina de la ciencia (1794-95) de Fichte. El lector advertido <<oirá>> ciertos temas que Freud desarrolla en <<Pulsiones y destinos de pulsión>>” (Etcheverry, 1981, p.50).

Si bien diferimos de Etcheverry en cuanto a que es la filosofía clásica alemana el lugar en dónde se obligarían a comenzar nuestras pesquisas sobre la pulsión, ya que cual ha sido expuesto, esta problemática debe rastrearse hasta los presocráticos, testimoniando la importancia de la concepción dinámica sobre el ser, no se puede negar que en la filosofía alemana de ese periodo finales del XVIII, representa un escaparate ideal para comprender la importancia y complejidad de la pulsión. Le tocará a Freud transformar dicho concepto en una categoría, para después proponerlo como un principio que fundamenta la teoría y la práctica psicoanalítica.

En Los principios de la doctrina de la ciencia, Fichte desarrolla una compleja apuesta, al intentar abordar las preocupaciones de parménides desde una perspectiva heraclitiana, eso es un verdadero reto intelectual: juntar a los antagónicos, y el ejercicio más claro de la dialéctica, de la que puede denominársele padre moderno. Fue él, precisamente, quien continuando las tres categorás de Kant: afirmación, negación, limitación, “designó el proceso del espíritu como <<tesis>>, <<antítesis>> y síntesis” (Fischl 1994. p. 320). Lo primero que muestra es que la esencialidad de la cosas, sí puede ser considerada por la investigación filosófica, sin embargo, le parece claro que esta esencialidad es producida por fuerzas opuestas que buscan que algo sea por un lado y que no sea por el otro, a estas fuerzas opuestas a las que llamó pulsiones, vemos que para que algo “sea”, implica que su condición de “ser” es por la lucha entre las distintas tensiones, lo que permitan la existencia de ese ser particular. El ser es efecto de las luchas entre las posiciones opuestas que luchan unas contra otras, para que nosotros mismos seamos lo que somos. Se trata de una conflictiva entre el “yo” y el “no-yo”, en el que la negación aparece para Fichte, como suprema referencia de la negatividad, es en este diálogo y sólo por él, que aparece como posibilidad el “yo”. Citemos nuevamente a Etcheverry:

“En el parágrafo 8 de su obra, Fichte define trieb: la pulsión es una fuerza interna que determina ella misma la causalidad; un querer-alcanzar (Streben) [...] Mantenerse en su ser: ninguna cosa natural conservaría su forma determinada si no tuviera una fuera interna, centrípeta, que se define como inercia (Trägheit). [...] Pero esa inercia no es mera ausencia de movimiento, sino, por sí misma, una fuerza: actividad centrípeta. Mejor dicho: si a la cosa se le aplica una fuerza opuesta, su inercia se convertirá en actividad, a causa de esa relación suya con la actividad opuesta. ¿No estaremos sobre el rastro de la pulsión de muerte del último Freud?” (Etcheverry, 1981, p.50-51).

 Para Sigmund Freud, inscrito a la problemática del dinamismo del ser, existen dos pulsiones antagónicas que constituyen la subjetividad, sobre el que los hombres construyen su destino. La pulsión de vida y la pulsión de muerte. Con esta perspectiva de una lucha permanente y constitutiva entre Eros y Tánatos, es que los hombres forjamos la tragedia de nuestra existencia. Con esta perspectiva que hoy podría parecernos que no tiene mayor relevancia es que Freud se aleja de las corrientes psicologistas de corte rousseniano, en las que los seres humanos veníamos al mundo en una condición objetalizable de sanos-buenos. Eran las instituciones sociales: familia, religión, gobierno, educación etc. las que corrompían el alma, por lo que la verdadera naturaleza humana se encontraba al nacer en una condición de pureza. Lo que la podía enrarecerla, era el ambiente y las condiciones sociales. Los niños eran buenos al nacer, todo problema psicológico por lo tanto, debía rastrearse en la educación, en las relaciones familiares, pero para Rousseau existía una condición ontologizable se trataba de un absoluto, inamovible, para él los seres humanos somos buenos por naturaleza.

Lo que propone Freud, es que lo realmente constitutivo es el conflicto, de hecho de eso esta hecho el psiquismo. La condición humana es el efecto de la desnaturalización, del trastrocamiento del instinto en pulsión, además la sexualidad es efecto de otro de los avatares del camino de la hominización, con lo que la infancia es perversa polimorfa, lo masculino y lo femenino, luchan por la hegemonía en las identificaciones como en los objetos, lucha que inclinará en un sentido o en otro a las personas. Freud, a éstos representantes y empujes, a éstas fuerzas que luchan las llama pulsiones, tomando la idea con mucha probabilidad de Fichte, y considera que dos son las protagónicas en la constitución del psiquismo y de lo que sería propiamente la condición humana: Eros y Tánatos. Vida y muerte se enfrentan tratando de atraer a la criatura a sus territorios. Se trata por lo tanto de un sistema de opuestos en los que uno depende del otro, no puede existir uno sin la presencia del otro, como lo dijo Heráclito son “uno” en la medida en que no puede existir el uno sin el otro. Una forma de representar a las pulsiones sería: la de la acción de crear, por un lado versus la de destruir, por el otro, o bien siguiendo el ejemplo de la música podemos pensar en las pulsiones: toda la algarabía de los sonidos, tendría que ver con la pulsión del Eros, mientras que la pulsión tanática tendría que ver con la destrucción de esa algarabía, con la aniquilación de las notas, es decir, con el silencio, la música como la existencia depende del las notas y los silencios, la una requiere de la otra, en la que los excesos de cualquiera de las dos pulsiones, llevan necesariamente al aniquilamiento de su contraparte: un puro y constante silencio o un puro y constante ruido, con ello la música como la existencia desaparecen. Además Freud, saca a la pulsión del “yo” que era el lugar donde la situaba Fichte para que tenga una nueva morada: el “ello”, de un “eso” más cercana a la noción de “ente” de la filosofía, pero lejana a “yo”. Siguiendo el hilo del razonamiento de Etcheverry:

“en la negación, de 1925, se lee que la afirmación en el juicio pertenece al Eros, en tanto la negación pertenece a la pulsión de destrucción. Ahora bien, el juicio como operación, las supone a ambas” (Etcheverry, 1981, p.55).

Freud comprendía a las pulsiones y las caracterizaba dinámicamente, de la pulsión erótica o de autoconservación engendraba muchas de las mociones de agresividad, y también de odio, como mecanismo de defensa, mientras que la destrucción caracteriza a la pulsión de muerte, las pulsiones mantienen en tensión al aparato psíquico, en la medida en que una pulsión depende de la opuesta, se trata por lo tanto de una interdependencia, de la misma manera que Kant, Freud no concibe la maldad o la destrucción como una mera ausencia de bienestar o del bien, sino como una acción decidida y permanente dirigida en contra de bien.

La existencia entonces no puede ser localizada en algún objeto, sustancia o fenómeno ontologizable a la manera de Parménides. El ser es efecto del movimiento, del conflicto psíquico, de la manera en que nos posicionamos subjetivamente en el mundo y que se va transformando en nuestra existencia. Se trata de arrebatarle un instante a la muerte, no pretender que somos inmortales porque siéndolo se posterga la propia vida, solo aquel que es conciente de su propia muerte, obtiene el regalo de la prisa, con lo que puede encontrar el significado de la vida, en cuanto a que sea vivida. El psicoanálisis nos enseña que vivir no es durar, ni morir es desaparecer. “En pulsiones y destinos de pulsión Freud explica que la pulsión no actúa como una fuerza (Kraft) de choque momentánea, sino como una fuerza constante” (Etcheverry, 1981, p.56).

Para Freud la diferencia que establece Aristóteles entre psique y soma, es artificial, ya que es precisamente a través del concepto de pulsión que se hace fronterizo lo somático respecto de lo anímico, es el gozne entre cuerpo y alma, es en la manera en que se expresa esa dialéctica representada por la pulsión, que mostrará su conflictiva proyectada en los síntomas ya sea psíquicos, somáticos o como trastornos psicosomáticos. Además de que comienza a comprender que las pulsiones se presentan fenomenológicamente como pulsiones parciales, es decir, localizables a partir de los objetos o características que son investidos. Dicho de otra manera, en la medida en que las pulsiones actúan inconscientemente, únicamente tenemos noticia de su existencia por sus efectos, por los objetos que ha investido, y de los que se sirve para obtener su meta (satisfacción y/o destrucción), con lo que las pulsiones de vida y muerte en tanto puras son inasequibles, o bien, lo son únicamente de forma en que las pulsiones parciales en forma de mezclas y desmezclas pulsionales. Freud es claro al sostener que una pulsión nunca puede pasar a ser objeto de la conciencia; sólo puede serlo la representación, que es su delegado. La pulsión es un esfuerzo, una fuerza, un empuje constante, por lo que de la pulsión tenemos noticia únicamente por el objeto empujado, la fuerza en sí, no es representable de ninguna manera.

 Podríamos resumir lo expuesto, al mostrar la dialéctica del Eros y de Tánatos en cuanto a su despliegue existencial y a la necesidad recíproca de ambas pulsiones en la constitución del psiquismo, como expresiones de fuerzas inconscientes y constantes, que se tejen y destejen, mostrándose en aquellos objetos o fenómenos que nos permiten deducir su presencia. Podemos avanzar a otros niveles de la dialéctica que establece el psicoanálisis con lo principios del Eros y el Tánatos.

 En el libro El erotismo, de George Bataille, propone que Eros en su batalla contra Tánatos , se expresa primeramente como una lucha, entre naturaleza y cultura, entre lo animal (instintivo) y lo humano (pulsional), entre la necesidad y el deseo, que lleva a constitución de interdicciones, entendidas como prohibiciones: el no, que hace posible el sí (el “uno” del que hablaba Heráclito); la negación como juicio que instituye límites y genera delimitaciones: placer-displacer, bueno-malo, permitido-prohibido, crudo-cocido, muerto-vivo. Esta expresión de la vida como fuerza cultural y humanizante, la llama el erotismo, el amor a la existencia. Por ejemplo, en el momento que surgió en un grupo la necesidad de dar sepultura o de quemar a sus muertos, implicó una nueva forma de ver el mundo; ahora el cadáver debe recibir un tratamiento ceremonial, y de preparación, ya no pueden los miembros del grupo dejar el cadáver a la intemperie como una excrescencia, o como si se tratara de una simple cáscara. Aparece un imperativo, “debe ser erogenizado”, es decir, pintado, preparado para que los miembros del grupo tramiten su dolor a través del duelo. Esa es la diferencia que les permite enfrentarse de forma diferente frente al cadáver, ahora con una pujante pérdida que debe ser tramitada afectivamente. El Eros de Bataille, combate directamente lo proporcionado espontáneamente por la naturaleza, no nos adaptamos al entorno, lo adaptamos lo transformamos, es la condición del orden humano, entendido el erotismo no solo como logos, sino también como pathos, es el vínculo entre el símbolo y el afecto. En una doble dialéctica que se inscribe entre: Eros, lo humano, frente al Tánatos, la naturaleza, y el Eros delimitado, frente a la porneia (entendida como abuso, como exceso); dialécticas paradojales ya que en última instancia, si nos situamos desde la perspectiva del Eros, se ve amenazado por la demasía tanto como por la carencia, la destrucción es la expresión de Tánatos, se dirigen a aniquilar los interdictos, que lo mantienen “en el reino de lo humano”. Erogenización del cuerpo humano, implica escribir en él (in-scribir) el logos y el pathos, desnaturalizarlo, haciendo que pierda su dimensión de organismo y se sujete al orden simbólico, transformado en un cuerpo erógeno.

 Por otro lado, en esta compleja dialéctica debemos diferenciar: Eros y anakhé. Freud se ve precisado a emplear en varios momentos el concepto de Platón de anankhé, para diferenciarlo de Eros al de anankhé, entendida como algo más que necesidad que surge de la pura sobreviviencia, concepto empleado primeramente en las conferencias de introducción al psicoanálisis y posteriormente en: El malestar en la cultura, de 1930. Anankhé para dar cuenta de ese principio vital, irreductible al orden simbólico, esa fuerza que busca la sobrevivencia y que se opone al Tánatos , entendido como retorno a lo inorgánico, como el envejecimiento que va acompañando día a día, a la vejez y a la destrucción propiamente orgánica. La anakhé rige la condición animal, desorganizada, carente de un telós o finalidad. Es una fuerza arcaica que busca perpetuarse y que debe ser vencida para organizar y ordenar el mundo bajo parámetros y condiciones humanas y transformarlo en un cosmos. Por eso encontramos en Freud esta afirmación: “Así, Eros y Anankhé pasaron a ser también los progenitores de la cultura humana” (Freud. 1979. p. 99). Se trata de fuerzas que en sus diálogos y confrontaciones gobiernan lo propiamente humano y de las que no podemos escapar.

Por otro lado, sumando mayor complejidad a la dialéctica y a las fuerzas que nos constituyen y determinan, aparece el filos, ya que de Eros se ha mostrado suficiente, sin embargo, no se ha presentado su relación con el amor en este ensayo. Han sido traducidos indistintamente Eros y filos por amor, sin embargo deben ser diferenciados: Eros es el amor con expresión de la forma humana, como deseo que se enfrentan a la simple necesidad, mientras que filos da cuenta del amor directamente dirigido a una persona, a un fenómeno, a un tema. Filos-sofía, que es el amor al conocimiento. Su opuesto es el fobos, que se puede entendido como miedo, odio o aborrecimiento, filos y fobos, dialogando y construyendo las características de nuestras relaciones con los prójimos y con el mundo. Un mundo en el que a partir de estas fuerzas somos sus arquitectos y no pasivos inquilinos.

 De la misma manera en que mostramos matices esenciales en la pulsión de vida entendidos como erotismo, la anankhé, y el filos, es necesario diferenciar los planos que se presentan al interior de la pulsión de muerte, de Tánatos. En una primera instancia sería necesario comprender las condiciones axiológicas de Tánatos, y nada mejor para hacerlo que comprender el concepto heideggeriano, de dasein, que podríamos comprender como: “el ente que es, siendo para la muerte”. Como puede verse el ser se traslada a la existencia, pero ésta se encuentra marcada por la conciencia de su finitud, de su muerte, sin ésta idea de nuestra condición mortal, podríamos creer que somos inmortales y posponer las cosas importantes de nuestra vida, aquellas que tememos que enfrentar, pero es el saber que moriremos lo que nos empuja a vivir. Fenómeno que ha sido advertido por infinidad de poetas. Jaime Sabines dice: “[...] Alguien me habló al oído despacio lentamente, me dijo: vive, vive, vive, era la muerte”.

Sin esta concepción de la muerte como fin y límite a la existencia no hay apremio de vida. Aquellos que huyen de aceptar su condición mortal, de hacerla jugar con su dramatismo y crudeza, no tiene otra posibilidad, que estar como seres automatizados, atrapados en las repeticiones, evitando las preguntas, es decir, aquello que cuestione y exponga los engaños que nos hacemos. Huir de la muerte conduce a confundir: que durar no es vivir, que lleva a pensar que la seguridad se encuentra en los automatismos, esta sería una muerte-viviente, como un zombi, transformarse autómata, esa es la dicotomía que sobre la muerte nos presenta, a “grosso modo” Heidegger: a) ser un muerto viviente ó b) vivir la muerte para caer en la cuenta de que somos únicamente en las cosas que revelan nuestra existencia, son esos encuentros con nuestro deseo, lo que nos hacen sentir que estamos vivos.

 Otra muerte que debe ser comprendida es la pérdida del Eros en la existencia, tiene que ver con que no hay un lugar para nosotros en nuestra vida, y morir físicamente podría ser menos doloroso que llevar una “vida como muertos”, se trata de un sordo sufrimiento que nos amordaza, que se muestra como melancolía, como el penar doloroso de una existencia que se va desangrando de Eros, “me muero porque no me muero” (Santa Teresa de Ávila), es decir, la existencia como una insufrible condena, como una agonía.

 Podemos concluir que para el psicoanálisis, el despliegue del Eros y Tánatos, parten necesariamente de la nociones de: fuerzas, empujes, choques; de movimiento dialéctico, caracterizado por la oposición de una multiplicidad de pulsiones que Freud llama parciales, pero que pueden ser agrupadas sin mucha dificultad en dos grupos: pulsiones de vida y pulsiones de muerte, son fuerzas constantes que constituyen al aparato psíquico, como necesaria y permanentemente en conflicto. Sin embargo la complejidad de Eros y Tánatos va más allá al señalar otra clase de dinámicas mucho más complejas que han seguido de cerca la filosofía y la poesía, por lo que el psicoanálisis en sus descubrimientos y en sus investigaciones no camino solo, es mucho lo que podemos aprender ampliando los diálogos, siguiendo distintas propuestas disciplinarias y dirigirnos a responder las grandes preguntas de la humanidad.

Bibliografía citada.

Cortés Jordi, y Martínez Antoni. Diccionario de filosofía en CD-ROM. Editorial Herder. Barcelona.1996

Etcheverry José Luis. Sobre la versión castellana. En Obras completas es XXIV Volúmenes. Ed. Amorrortu. Buenos Aires 1981.

Fischl Joham. Manual de historia de la filosofía. Ed. Herder. Barcelona 1994.

Freud Sigmund. El malestar en la cultura. En Vol. XXI. Ed. Amorrortu. Buenos Aires 1979

Heindelband Windelband Historia de la filosofía. Ed. Ateneo. México 1960.

Jenófanes, Parménides, Empédocles Heráclito .... Los presocráticos. Col. Popular 177. Ed. FCE . México 4ª Edición. 1984.

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