C. Gibrán Larrauri Olguín
“Humanidad
eres una enferma
hija de puta.”(1)
Escritor nacido en
Alemania en 1920 y fallecido en 1994 en los Estados Unidos de Norteamérica,
Charles Bukowski representa para muchos lectores el último escritor de la
memorable generación beat, la cual
reconoce en Burroughs, Ginsberg y Kerouac a sus estandartes, y para muchos
otros simplemente representa el mejor escritor estadounidense. Comparado con
Celine y con Hemingway, Bukowski ha sido inspiración y cómplice de diversas
cintas cinematográficas como Barfly (Barbet
Schroeder, 1987) y Ordinaria locura (Marco
Ferreri, 1981); y es, sin lugar al
equívoco, por temerario o irresponsable que esto parezca, uno de los literatos
más irreverentes que han germinado en la hortaliza de lo humano.
Debido precisamente a ese
espíritu irreverente, debido a decir y hacer lo políticamente incorrecto,
Bukowski ha sido centro de innumerables críticas tanto de aquellas que intentan
minimizar su obra para así poder desecharla, como de aquellas que la defienden
a rajatabla como si esa misma obra representara el manual para desarrollar un
pensamiento revolucionario. Es decir, es común que la literatura de Bukowski
sea llevada a recorrer dos tipos de caminos opuestos: o se le lleva por la
senda en donde impera un juicio de valor que la identifica como un peligro para
las buenas formas que cohesionan a la sociedad, o se le lleva por la avenida en
donde es revestida como el paradigma del cómo habría que pensarse el mundo en
miras a derrocar todo aquello que representa la atadura del hombre.
Opino que ambas
perspectivas son del orden de lo maniqueo y que han soslayado, o mejor dicho,
forcluido, el punto central en las letras del escritor en cuestión, el cual no
se halla en la denuncia del célebre “sistema” para la posible implantación de
otro mejor, sino en la puntuación de la irremediable insatisfacción del sujeto
ocasionada por la ausencia del objeto que pudiera colmarlo, ausencia que no
sólo procede de la cultura del american
way of life o estadounidense sino de la cultura a secas.
Por su parte, el
psicoanálsis ha sido en su momento blanco de las mismas críticas difamadoras y
de las mismas esperanzas revolucionarias, pues, de la creación de Freud se ha
dicho que no representa más que el afán de liberar al hombre del superyó y
otorgarle en ese movimiento el permiso para la anarquía, por lo cual,
constituye un grave atentado para el tejido social; y también se ha proclamado
que el psicoanálisis es una posibilidad concreta para que los sujetos arriben a
un estado de equilibrio en el que el síntoma que rige a la civilización y al
sujeto mismo sería por fin y para siempre erradicado.
Es de la matriz de estas
visiones parciales tanto de la obra de Bukowski como de lo teorizado por el psicoanálsis,
que nace el trazo de una verdad latente que ya he anticipado, y que corresponde
tanto a uno como a otro, verdad que Lacan llamara en algún momento de su
enseñanza “dolor de existir”, o sea, la inaccesibilidad del sujeto al goce que
vendría a sellarle la grieta causada por el símbolo, una vez que éste
desnaturaliza su cuerpo y produce así su subjetividad.
En lo sucesivo pretendo
profundizar en esa verdad recurriendo a un diálogo precisamente entre la
experiencia que nos transmite el viejo indecente (en especial en sus poesías),
y la indecencia que representa el psicoanálsis, disciplina no subsidiaria de
los ideales de bienestar que pretenden acabar con el registro de la falta y que
hoy más que nunca se reproducen de manera agobiante.
Sirvan las siguientes
líneas como homenaje a Bukowski y como un acercamiento más del psicoanálsis a
la literatura y viceversa.
Bukowski: escritor de la incompletud.
El descubrimiento central de Freud a
partir del cual se erigieron toda una serie de conceptos y teorías con la
finalidad de crear una terapéutica del alma, es la situación del sujeto como
carente de respuesta sobre su propio basamento, sobre lo que establece su razón
de ser en el universo. De este descubrimiento fundamental, el de la división
del sujeto, que tuvo que esperar el inicio del siglo pasado, se desprende el
célebre elogio de la histeria como reconocimiento a esa estructura neurótica
que se define como pregunta incesante y angustiante sobre cuál es el objeto del
deseo del Otro, y por ende, del sujeto mismo, aquel que pudiera completar la
falta de saber, llegando a la conclusión de que dicho objeto es del orden de lo
inefable.
El
psicoanálsis propone así un sujeto que se constituye en cuanto el organismo o
envoltura biológica es tomada por la cultura, por el significante, es decir,
por aquello que vendrá a nombrar ese organismo y a delimitarle lo que le estará
permitido hacer y aquello que le estará vedado, lo cual es básicamente la
prohibición del incesto y del parricidio, pues es de esta ley negativa que se
posibilita la continuación de la sociedad. En este sentido, se colige que el
psicoanálsis señala que si bien el significante otorga un nombre, unos
apellidos, una nacionalidad, una sexuación, o sea, una filiación, no otorga así
una definición sobre lo que el sujeto es. En otros términos, la cultura no
otorga la explicación última del por qué del mismo lenguaje, por consiguiente,
el Otro tiene como premisa la transmisión de su castración en el sentido de que
no puede señalarle al sujeto el objeto del deseo que ella misma propicia con su
acción significante.
El
lenguaje, herramienta básica de la construcción del mundo humano, tiene la
capacidad de nombrar y definir todo cuanto le rodea, excepto al sujeto, a quien
sólo puede designar, esto es así ya que al final del día es ese mismo sujeto el
inventor constante y soporte perenne de toda la cadena significante, es el
punto de pérdida, el cero sin el cual nada podría contarse y que no obstante,
es tierra fértil para que algo del orden del significado germine, siempre a
partir de un mismo fenómeno fundante que Freud llamara el asesinato del padre,
siendo éste:
“el
fundamento de la sociedad que se organiza como memoria viviente de un crimen
cuyo recuerdo está reprimido. Este crimen no es sino la expresión mítica de una
violencia constitutiva, la violencia que el símbolo ejerce sobre lo real y que
tiene por efecto abrir la dimensión de una falta en el campo de lo
representable.”(2)
Esta es la razón que hace
del humano el único ser viviente deseante, el único que pregunta el qué, el por
qué, el para qué, y el cómo de la vida, preguntas todas derivadas en última
instancia de saberse mortal. Así pues, la diferencia entre lo animal y lo
humano radica en que aquél cuenta con la brújula de su instinto que lo lleva a
la actividad, mientras que en el humano existe la pulsión, instancia sin
brújula estable en busca de un objeto indefinido que incita el acto creador e
incluso el destructor. El escritor que hoy me ocupa, lo expresa de esta forma:
“Los muertos no me necesitan/ no viven/ pero los muertos/podrían necesitar/ a
los demás. /De hecho, los muertos/ podrían necesitar/ todo lo que nosotros/
necesitamos/ y/ necesitamos tanto/ si tan sólo supiéramos/ qué es.”(3)
De acuerdo al
psicoanálisis podría proponerse que aquello que “necesita” el sujeto es el
goce, esa sustancia que es extirpada por la Ley en la castración. Del goce
habría entonces que decir que es a lo que el sujeto apunta con sus acciones, es
por así decirlo, el objetivo máximo al que aspira, pues su ganancia representa
el cese del deseo, se sabe que donde hay goce no hay deseo. Para ejemplificar
lo que es el goce habría que pensar en el momento del éxtasis, ese instante en
donde la satisfacción inunda al cuerpo, en donde muere el sentido y emerge la
nada, la completud.
La civilización entera es
pues el resultado de esa búsqueda humana de rencuentro con el goce, es el
resultado del intento repetido por aprehender lo real mediante el intento por
romper el límite que lo simbólico determina. Lo real, “es lo que no cesa de no
escribirse”(4), es por esta razón que el mismo Lacan llama a la civilización “cloaca
máxima”, es decir, la civilización como el resto de la operación que ejerce la
pulsión en el entorno en el que se vierte, producto de lo que en Freud se llama
compulsión a la repetición, búsqueda, o para identificarla con un pleonasmo
popular, quehacer humano, frase
pleonástica pues el humano es el único que hace mientras que el resto de lo viviente simplemente es. Bukowski, refiriéndose a la actividad del artista, describe
esta búsqueda que las más de las veces está destinada al fallo en su poema qué quieren, el cual transcribo:
“Vallejo
escribiendo sobre
la soledad mientras se muere
de hambre;
la oreja de Van Gogh rechazada por una
puta;
Rimbaud
huyendo a África
buscando oro y encontrando
una sífilis incurable;
Beethoven
quedándose sordo;
Pound
arrastrado por las calles
dentro de una jaula;
Chatterton
comiendo veneno para ratas;
el cerebro de Hemingway derramándose en
un jugo de naranja;
Pascal
rebanándose las muñecas
en una tina de baño;
Artaud
encerrado por su locura;
Dostoievsky
en el paredón de fusilamiento;
Crane
lanzándose a las aspas de un barco;
Lorca
baleado en el camino por tropas
españolas;
Berryman
saltando de un puente;
Burroughs
disparándole a su esposa;
Mailer
acuchillando a la suya.
esto es lo que ellos quieren:
un dios maldito
que muestre un anuncio de neón
en medio del infierno.
esto es lo que ellos quieren
montón de
estúpidos
dispersos
seguros
tristes
admiradores de
carnavales.” (5)
Pareciera que lo que todos ellos buscaban era la
completud, un algo más allá de lo que otorga la realidad, ese dios maldito el
cual podríamos llamar goce, y es maldito porque el goce es lo inmundo, lo fuera
del sentido, aquello que barre con la subjetividad y pone fin al deseo, el
momento en que falta la falta. Y lo esperan en el infierno que no es más que en
sociedad, sociedad que en el fondo es infierno al no proponer a los sujetos más
que la insatisfacción e incitarlos a la lucha constante en pro del Bien
Supremo, ya que la represión que ejerce el lenguaje no es del todo eficiente al
provocar en el humano un anhelo de recuperación que florece precisamente en
cuanto aquella, la represión, se aplica.
Como he señalado, la
sociedad reposa en la constancia de la Ley cuya función es la de mantener a
raya el goce, sin embargo, el goce es lo reprimido y como tal, tiene la
característica de determinar a los sujetos, de animarlos a ese más allá de las
cosas en pro de la Cosa. El psicoanálsis reconoce que todo sujeto es propenso a
romper los límites que lo alejan del goce, y lo más importante, reconoce que
incluso el sujeto que se dirige cumpliendo al pie de la letra el mandato de las
leyes topará con eso antisocial que es el goce, pues seguir la ley sin más ni
más, viene a representar la idea de acabar con el vacío, de negarlo, total
sometimiento al superyó que, como se sabe, es la instancia que indica al sujeto
que algo le faltará por siempre, y es por eso, voz de mando de regresar a la
perfección alias satisfacción. Es síntesis, la ligazón del sujeto al goce es
estructural y prácticamente indestructible, y quien más intente tratar de negar
esa ligazón haciéndolo todo, incluido lo socialmente esperado, más fuerte
vuelve esa ligazón y más próximo de ella se encuentra. Tratar de desembarazarse
de la culpa que procede de la castración no hace más que aumentarla y perderse
en ella.
“hay ciertas razones
esenciales para prohibir el LSD, el DMT, el STP. Puede hacer que un hombre
pierda permanentemente el juicio. Claro que lo mismo podría aplicarse a la
recolección de remolacha, o al trabajo en cadena apretando tornillos en una
fábrica de coches o a lavar platos. . .si prohibiésemos todo lo que vuelve locos a los hombres, toda
la estructura social se derrumbaría: el matrimonio, la guerra, las líneas de
autobuses, los mataderos, la apicultura, la cirugía, todo lo que se ocurra.
Cualquier cosa puede volver loco a un hombre, porque la sociedad se asienta en
bases falsas.” (6)
Bases falsas, partidarias del símbolo, y por eso, frágiles. Una constante en la obra de Bukowski
es la certidumbre de la imposibilidad de salvación social siempre acechada por
el goce, la constante de un hueco de donde emana la misma sociedad: “tenemos
todo y no tenemos nada/ algunos hombres lo consiguen en las iglesias/ otros
partiendo mariposas por la mitad/ y otros en Palm Springs/ metiéndoselas a
rubias deliciosas/ con almas de Cadillacs/ de Cadillacs y mariposas/ todo y
nada. /”(7) Tenemos todo el sistema cultural pero estamos
exiliados de su génesis, y éste, mediante su sentido nos exilia de toda
certidumbre final, de hacer realidad el sueño de Einstein que era inventar la
Teoría del Todo.
Empero,
más allá del posible carácter fatalista de esa verdad, la del humano como
deseante de algo que de obtenerlo lo eliminaría y de la imposibilidad de
deshacerse de ese deseo, se puede apreciar otra dimensión que es la del acto
creador, la de la poiesis, ya que si algo puede ser creado es sólo a partir de
la ausencia, del dolor, como Camus lo mencionara en El mito de Sísifo “si el mundo fuese claro no existiría el arte.”(8) Así pues, desde mi perspectiva,
colijo que Bukowski es una de los escritores más honestos al demostrar sin la
jerga de la Academia que no puede haber creación artística sin dolor, sin que
surja desde el lugar de la herida, y opino que desde su posición de relegado de
la sociedad muestra la verdad que a ésta determina, su malestar. En esta
vertiente, esto es parte de lo que él alguna vez recomendara a quienes le preguntaron cómo ser un buen escritor, un escritor
original:
“dale duro/ haz como si
fuera una pelea de peso completo/ mata al toro antes de que te envista/
recuerda a los perros viejos/ que pelearon bien:/ Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamrun./ si crees que
ellos no se volvieron locos/ en sus diminutos cuartos/ como tú ahora/ sin
mujeres/ sin comida/ sin esperanza/ entonces no estás listo.”(9)
El mensaje es no caer en masoquismos ni adoptar una actitud
pesimista e incluso paranoica frente a la existencia, sino aventurarse desde la
desventura, asumir la incompletud; idea que el psicoanálsis comprende, ya que si
bien reconoce la existencia de la castración que se traduce en sufrimiento,
también reconoce que dicha castración o entrada en el circuito social es indispensable
para constituirse como humano, dicho lo cual, el tratamiento que propone al
sujeto apunta a que este llegue a dar la falta, atreverse al amor como la única
vía posible de hacer de la vida algo más que tristeza o aburrimiento. Esto no
con la promesa de restituir el narcisismo, ya que se advierte que no hay amor
que venga a colmar el pozo de la falta de goce, sino la experiencia que
precisamente lleva a producir experiencia, mediante la cual el sujeto se
historiza y deja la huella de su paso por el mundo, la obra de su deseo en y
para la cultura.
Bukowski,
por ser un escritor impugnador de los ideales de felicidad, es un memorable
escritor del encuentro fallido, o sea, del amor, al cual no deja de evidenciar
y a la vez de alabar como ese brío quemante que circula entre los humanos y que
les da la vida, en todos los sentidos en que esto pueda ser entendido.
Se busca La Mujer.
Dar
lo que no se tiene, eso es términos lacanianos el amor. Son innumerables las
alusiones a este amor en la obra de Bukowski, todos marcados por el sello de lo
imposible, de la inexistencia de la relación sexual que propicia que el mismo
amor exista, pues está llamado a encubrirla.
Así
pues, Bukowski le escribe a La Mujer, no a las mujeres. Si bien sus escritos
van dirigidos en repetidas ocasiones a un nombre en específico, me parece que
más bien van dirigidos a la ausencia de poder aprehender la esencia de La Mujer.
Sus escritos amorosos, y en específico sus poemas, contienen un alto grado de
insatisfacción, no tratan historias que llegan a un feliz acuerdo sino de
historias que tocan una constante que se traduce en un eterno malentendido
entre el amante y el amada. Historias de putas, poetisas, borrachas, adictas, y
fanáticas a su obra inundan las hojas que Bukowski dedicara al ser de La Mujer,
un ser escurridizo que, demuestra que Lacan tenía razón cuando señalaba que las
mujeres están medio locas, no por mostrarse peyorativo o sexista, como muchos
quieren hacer creer, sino para explicar que las féminas además de ser subsidiarias
del goce fálico procedente del lenguaje, son subsidiarias de otro goce, un goce
del que los hombres no tiene idea pero que notan en las incomprensiones que
marcan sus relaciones con ellas, o sea, la posición subjetiva de las mujeres es
simplemente diferente a la de los hombres de ahí la imposibilidad de
complemento que moviliza el amor que ofrece algo que no se posee.
Existe en la escritura de
Bukowski la alusión al anhelo humano, especialmente neurótico, de encontrar la
media naranja, de encontrar a la persona ideal que encaje con los bordes de la
propia falta. A este respecto Julien menciona: “en el amor hay una pasión de ser el único, la única, en saber cuál es
el bien del otro.”(10) Una pasión a la cual se dirige frontalmente Bukowski en
su poema chicas tranquilas y limpias con
lindos vestidos:
“necesito una buena
mujer, necesito una buena mujer/ más de lo que necesito esta máquina de
escribir/ más que a mi coche, más que a Mozart/ necesito tanto una buena mujer
que/ siento que la huelo en el aire/ que la siento en las yemas de mis dedos/
que veo aceras hechas para que sus pies caminen sobre ellas, /que veo almohadas
para su cabeza, / que siento mi sonrisa esperando,/ que veo a un gato como su
mascota,/ que la veo dormir,/ que veo sus pantuflas sobre el piso./ sé que
existe/ ¿pero en qué lugar de la Tierra estará mientras las putas siguen
rondando?”(11)
La teoría freudo-lacaniana pone en claro que esa “buena
mujer” en realidad no existe, que no hay en el mundo complemento para el vacío
que representa el deseo, pues éste “esta más allá de la demanda de
reconocimiento por otro deseo. Esta más allá del lenguaje, espacio siempre
abierto, lugar de terror y fascinación, al mismo tiempo.” (12) Como lo dijera
el mismo Bukowski:
“a la carne que cubre el hueso/
le ponen una mente/ y a veces un alma, / y las mujeres avientan/ floreros
contra las paredes/ y los hombres beben/ demasiado/ y ninguno encuentra al/
otro/ pero se mantienen/ observando/ arrastrándose dentro y fuera/ de la cama.
/ no hay otra salida:/ todos estamos atrapados/ por un
singular/ destino./ nadie encuentra/ al otro.”(13)
¿Entonces qué queda? Si se reconoce la impotencia del amor
como garante de felicidad y se reconoce al deseo como deseo de nada. No queda
más que el intento, la re-petición y lo que esto re-presenta para el humano, es
decir el envión para apartarse de la esperanza de un amor final y a la vez de
adrentarse en un conocimiento sobre lo real que demuele el afán de paz final.
Esto es la asunción de la problemática que, mal que bien, hace posible la vida
humana, y abre la posibilidad de mal-decir en torno a ella, camino de la
sublimación. La historización de la que hablaba líneas atrás, aquí se devela.
El amor del que hablo y que ve la luz a través del reconocimiento de la castración
es un amor a la vida misma, un amor generoso pues “no hay amor más generoso que
el que se sabe al mismo tiempo pasajero y singular.”(14) Un amor que genera, que deja su marca en las generaciones perpetuando así la continuación del desgarramiento humano
con su bajeza y grandeza, es, por así decirlo, un amor al defecto.
“Majestuosa, mágica
infinita
mi mujercita es
sol
sobre la alfombra
saliendo por la puerta
arrancado una flor ¡ah!
un viejo
curtido por la batalla
emerge de su silla
y ella me mira
y solamente ve amor
¡ah!
y yo me transformo
con el mundo y el amor
y todo lo que eso significa.”(15)
Cada encuentro fallido que Bukowski nos relata lleva la marca
de una memoria, da la tinta necesaria para escribir una hoja más en el libro de
su propia vida, transformándola con la envergadura de un testimonio irrefutable
de su ser-en-el-mundo, testimonio que perdura gracias a su fuerza lírica,
tomando tamaños de ser una obra artística transcultural como es toda obra de
arte que retrata lo sublime, esa categoría tan próxima a la belleza como a lo
trágico, néctar de la vida humana.
Bukowski en la posmodernidad.
He dicho que la obra de Bukowski es
una obra transcultural debido a que habla de una constante en el humano la cual
desde la estética podemos definir como lo sublime, más allá de otras categorías
estéticas también presentes en la creación artística como lo grotesco, lo
cómico, etc. Lo es por el hecho de que a mi entender toda obra de arte que
perdura en el tiempo gracias a lo sublime es aquella que refleja la insistencia
del deseo humano, deseo que como hemos visto, parte de la incompletud que el
mundo simbólico instaura. Esta constancia del deseo en la obra de arte no es
otra cosa que la plasmación de la célebre ruptura, pero, ¿ruptura de qué? Digamos
que ruptura del Ideal que cohesiona a los sujetos siempre a partir de su
inconsistencia. Ruptura del modo de apreciar la vida conforme a un estándar
ideológico sostenido por el amo en curso. Es decir, la ruptura artística
implica la impugnación de la idea de la existencia del Otro no horadado que
podría traer el alivio a los sujetos mediante su adhesión a él, para demostrar
que ese Otro es ante todo imaginario.
A los ojos de esta época
posmoderna surgida del discurso de la tecnociencia que tiene como premisa la
total reducción de lo real a lo simbólico, que intenta determinar al sujeto
cuantitativamente para así eliminar la dimensión del imprevisto que yace en su
corazón mismo, la obra de Bukowski representa el fresco de algo que será visto
como lo antisocial, aquella mala cabeza que impide que el curso de la historia
se complete en cuanto a su fin que es la total armonía del hombre con su mundo,
es la parte odiada por los amantes de la búsqueda de perfección que impera en
gran parte de la población humana, alimentada ésta por los avances científicos
que parecen explicar todo cuanto se proponen intentando así la amputación de la
molestia que implica el deseo.
Bukowski
en repetidas ocasiones se dirige al pensamiento que intenta pregonar haber
llegado al punto de final búsqueda, ya sea apegándose a lo socialmente
aceptable o a lo contrario, para escribir ahí la denuncia de una mentira sostenida
sólo en base a la negación de la singularidad del deseo. En su relato El gran juego de la hierba, dice
Bukowski:
“ellos se iban a Malibú,
a una cabaña y quemaban un poco de yerba. Me recordaban, en cierto modo, a las
viejas que venden en una esquina “La Atalaya” de los testigos de Jehová. toda la tropa del LSD, el LST, la marihuana, la heroína, el
hashish, el jarabe para la tos, sufre del prurito “Atalaya”: tienes que estar
con nosotros, hombre, si no te quedas fuera, estás muerto. Esta propaganda es una constante y similar OBLIGACION de
todos los que le dan al asunto (. . .) su Dios del Ácido, Leary, les dice: “dejadlo
todo. seguidme”. luego, alquilan un local aquí en la ciudad y
les cobran cinco dólares por cabeza por oírle hablar. luego llega Ginsberg al lado de Leary. luego Ginsberg
proclama a Bob Dylan gran poeta. autopropaganda de los
devoratitulares del orinal de la
mierda.”(16)
Difícilmente podría
pensarse a partir de lo anterior que Bukowski estuviese en contra del uso de
estupefacientes, o que viera con malos ojos la decisión de hacer con su cuerpo
lo que a cada quien le viniera en gana, lo que critica con ironía y sarcasmo es
la posición del amo que ciertos intelectuales adoptan, y la falta de
cuestionamiento a propósito de su mensaje por parte de quienes se unen al
rebaño, quienes por otro lado, se sienten autorizados de publicitar su estilo
de vida como el más válido. Aquí encontramos tal vez la razón más poderosa para
que Bukowski se rehusara a ser calificado como último representante de la beat generation, pues, le parecía claro
que ese movimiento dejó de representar una denuncia del sistema estadounidense y
a su espíritu positivista, para convertirse en otro sistema igual de dictador
en el sentido que también proponía la felicidad y la realización personal sólo
que bajo otros conceptos. Y me parece que Bukowski lo hacía poniendo énfasis en
la anulación de lo que desde el psicoanálsis se conoce como el deseo, e
insinuando que no hay revolución de lo grupal que no sea a través de ceder en
lo individual, es decir, renunciado al deseo para difuminarse en la masa
ideológica.
Es así como se valora la
importancia de las palabras del viejo indecente en esta época tan dominada por
la idea de éxito y confort, de poder y bienestar que supuestamente el libre
mercado y su propulsor científico nos otorgarán por fin. Idea que no puede
cumplir lo que pretende y que sí ha contribuido a la multiplicación del
malestar el cual se traduce en suicidio, xenofobia, depresión, bulimia,
anorexia, adicción, ortorexia, etc., etc., todas manifestaciones desesperadas
emanadas de la impotencia del sujeto de cumplir con la obligación oficial de
“estar bien”, y emanadas de un deseo que desde su desconocimiento clama por
tomar lugar. Malestar posmoderno que surge del encuentro de un mandato que
dicta que no falte nada y de la constancia de que algo falta.
No ceder el deseo, esta
es una de las premisas que desde mi punto de vista más identifican la obra de
Bukowski. El rechazo a la afiliación a los amos que propone la ideología
dominante, ya que después de todo el amo dicta algo que ni siquiera él puede
alcanzar, lo que inevitablemente lo hace sucumbir mostrando el engaño que
constituye su ideología:
“el hombre que viste ayer
fajándose diez rounds/ o bebiendo tres días y tres noches/ en las montañas de
Sawtooth ahora está debajo/ de una sabana o junto a una cruz o una piedra/ o
viviendo una cruenta decepción/ cargando una Biblia, unos palos de golf o un
portafolio: / ¡cómo ceden!/ todos esos que creíste/ que nunca cederían.”(17)
Se trata de tomar distancia de todo Mesías, de asumir la
verdad de que en el fondo se está sólo en el mundo, lo cual, representa tanto
una pérdida como una ganancia, siendo lo primero pérdida de la esperanza de
salvación, y lo segundo ganancia de hacerse un lugar único en el mundo
garantizado por la particularidad del deseo que habita a cada quien, deseo que
no nos exenta de tropiezos ni amarguras de ningún modo, pero que contiene la
peculiar satisfacción de haberlo seguido, hecho que puede abrir la posibilidad
de asumir la muerte antes que ésta nos encuentre y, parafraseando al mismo
Bukowski, abrazarla en la oscuridad de nuestra existencia.
Con esto pongo fin a este modesto ensayo. Sin duda muchas
alusiones más podrían hacerse a la obra de Charles Bukowski en relación al
psicoanálsis. Será labor para quien así lo sienta. Yo prefiero dejarle la
palabra al poeta:
Cómo está tú
corazón.
“Durante mis peores
momentos
en las bancas de los parques
en las cárceles
o viviendo con putas
siempre tuve este cierto
contento.
No podría llamarlo
felicidad,
era más que un balance interior
que se acomodaba para
lo que fuera a ocurrir
y que ayudaba en las fábricas
y cuando las relaciones
iban mal
con las chicas.
Ayudaba
a través
de las guerras
y las resacas
las peleas de antaño
y los hospitales.
Para despertar en un
cuarto barato
en una ciudad extraña
y jalar la sombra.
Este era el tipo más loco
para el contento
Y para
caminar a través del piso
hacia un viejo vestidor
con un vidrio roto
para mirarme a mi mismo, feo
en desacuerdo con todo.
Lo que más importa es
cómo caminas
a través del fuego.”(18)
Notas.
(1) Charles Bukowski, fragmento del poema “Esta” de Poemas del viejo indecente, México, Angelito Editor, 2003, p.158.
(2) Daniel Gerber, El
psicoanálisis en el malestar en la cultura, Buenos Aires, Lazos, 2055,
p.16.
(3) Charles Bukowski,
fragmento del poema “Todo” de Poemas del
viejo indecente, México, Angelito Editor, 2003, p.17.
(4) Jacques Lacan, Seminario XX. Aun, Barcelona, Piados, 1981, p.
114.
(5) Charles Bukowski, El amor es un perro infernal, México,
Ediciones del Milenio, 1999, pp.40-41.
(6) Charles Bukowski, La máquina de
follar, Barcelona, Anagrama, 2005, p. 131.
(7) Charles Bukowski,
Fragmento del poema “algo para los coyotes de los hipódromos, las monjas, los
empleados de abarrotes y para ti…” de el
mundo visto desde la ventana de un 3er piso, México, Editorial letras
vivas, 2005, p. 73.
(8) Albert
Camus, El mito de Sísifo, Buenos
Aires, Losada, 2004, p. 112.
(9) Charles Bukowski, Fragmento del poema “cómo ser un
gran escritor” de El amor es un perro
infernal, México, Ediciones del Milenio, 1999, p.44.
(10) Philippe Julien, dejarás a tu
padre y a tu madre, México, Siglo XXI, 2002, p. 42.
(11) Charles Bukowski, Fragmento del poema “chicas tranquilas y limpias con lindo vestidos” de El amor es un perro infernal, México, Ediciones del Milenio, 1999,
pp.38-39.
(12) Philippe Julien, dejarás a tu padre y a tu madre, México,
Siglo XXI, 2002, p. 44.
(13) Charles Bukowski, Fragmento del poema “solitario con todos” de El amor es un perro infernal, México,
Ediciones del Milenio, 1999, p.45
(14) Albert Camus, El mito de Sísifo, Buenos Aires, Losada,
2004, p. 88.
(15) Charles Bukowski, Poemas del vejo indecente, México, El
angelito editor, 2003, p.30.
(16) Charles Bukowski, La maquina de follar, Barcelona,
Anagrama, 2005, p.149.
(17) Charles Bukowski, Fragmento del poema “algo para los coyotes de los
hipódromos, las monjas, los empleados de abarrotes y para ti…” de el mundo visto desde la ventana de un 3er
piso, México, Editorial letras vivas, 2005, p. 76.
(18) Charles Bukowski, Poemas del
vejo indecente, México, El angelito editor, 2003, p.164.
Bibliografía.
Bukowski, Ch. (1999) El amor es un perro infernal. México: Ediciones del milenio.
Bukowski, Ch. (2003) Poemas del viejo indecente. México: El
Angelito editor.
Bukowski, Ch. (2005) La maquina de follar. Barcelona:
Anagrama.
Bukowski, Ch. (2005) el mundo visto desde la ventana de un 3er
piso. México: Letras vivas.
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