En el quinto número de Carta
Psicoanalítica se publicó un artículo donde se analizaban a los medios
masivos de difusión desde una mirada teórica psicoanalítica, y en su final se
anunciaba que el mismo continuaría, que es lo que se hace ahora pero desde otra
perspectiva: si en el primero se buscaba mostrar cómo los medios -todos, pero
en particular los electrónicos- contribuyen de una manera decisiva en los
procesos a la conformación del aparato psíquico, ahora interesa estudiar ver el
problema desde la perspectiva de los receptores.
Su contexto es una investigación que se desarrolla hace muchos años donde
se busca conocer el aporte de los medios masivos de difusión a la formación del
sujeto psicosocial de nuestra época -lo que se hizo en el otro trabajo-,
comprendiéndose que su importancia hace que tengan una fundamental incidencia
en ese proceso, a veces mayor incluso al de las instituciones educativas,
religiosas y en múltiples aspectos al de la familia.[1] En
otras palabras, se trata de comprender -lo que implica un importante cambio
respecto al de las posturas de las principales corrientes psicológicas,
psicoanalíticas, e incluso muchas de las sociológicas-, como la magnitud actual
de los medios incide en la formación del modelo de sujeto -con todo lo que este término connota de sujetación- que cada marco social
requiere para su mantenimiento y reproducción, cómo se vinculan con otras instituciones
y de qué manera intervienen.
En lo indicado puede verse una
búsqueda de estudio claramente transdiciplinaria,
comprendiéndose que los medios -al ser realidades sociales, políticas,
económicas, antropológicas y con incidencia en esos ámbitos como en los
psíquicos, etc- no pueden estudiarse, como ha ocurrido y ocurre
preponderantemente, desde perspectivas disciplinarias cerradas que impiden el
conocimiento de tal interacción de múltiples ámbitos donde ellos son una clara
demostración de algo concreto como síntesis de múltiples determinaciones. Y a
tal multiplicidad aquí se le agregan aportes de un marco teórico psicoanalítico
leído de manera abierta desde una perspectiva donde se comprende la constante y
permanente dialéctica entre sujeto y sociedad, es decir donde los primeros se
constituyen en una marco histórico concreto que los determina pero que al mismo tiempo es de alguna manera también afectado
por ellos; se trata por tanto de un marco teórico psicoanalítico no domesticado, es decir que mantiene
una postura crítica sobre la incidencia de los factores sociales y culturales
en la producción del sujeto y su psico(pato)logía,
a diferencia de los dominantes ortodoxo, dogmático e institucional, y de las
versiones actuales posmodernizadas, ambos en diferentes medidas a-históricos y
viéndose a lo social casi sólo como inhibidor de la satisfacción de deseos
(aunque muchas veces sus seguidores lo nieguen, pero sin poder demostrar que no
es así).[2]
Una
fundamental aclaración: de inicio hay que reiterar la necesidad del mantenimiento (y/o recuperación) de la doble
dialéctica entre los procesos de emisión y de recepción, y en torno a la
comprensión de la incidencia de los aspectos histórico-sociales y de la
subjetividad en ambos procesos (de manera especial en el último).
Pero todo indica que, si bien
respecto a lo primero se ha intensificado el estudio del momento de la recepción -a
veces sobrecompensando su importancia, tendencia que generalmente se produce
cuando surge una "moda" o un nuevo aporte-, respecto a lo segundo se
mantiene en diversos grados el desconocimiento y/o la desvalorización de la
importancia del nivel de la subjetividad en
el proceso de la recepción (pese a reconocerse su importancia o al menos de la
presencia de factores afectivos en los receptores), ausencia que limita a las
investigaciones que se realizan en tal campo.
Debe una vez más señalase tal
carencia y reiterar la necesidad de una imprescindible apertura. Pero no sin
antes reiterar lo indicado respecto a la fundamental
necesidad de integrar estos estudios a los de los procesos de emisión, hoy abandonados en importante medida por las
tendencias dominantes en los estudios de la comunicación que prefieren
centrarse en los análisis del discurso, de la recepción, de las culturas, etc., pareciendo desconocer que -aunque a veces
fueron unilaterales y tal vez exageradas- las importantes denuncias de las
décadas pasadas hoy se mantienen al tener una base mayor por haberse
incrementado las causas que las provocaban (control de los medios,
contenidos ideológicos de los mensajes, etc).[3] En este sentido es válida la observación de una comunicóloga brasileña que
comparte esta crítica a la visión unilateral de algunos estudios puntuales o
“micros” sobre recepción: “La recepción no es un proceso reductible a lo
psicológico o a lo cotidiano, sino que es profundamente cultural y político.
Esto es, los procesos de recepción deben ser vistos como parte integrante de
las prácticas culturales que articulan procesos tanto subjetivos como objetivos,
tanto micro (entorno inmediato controlado por el sujeto) como macro (estructura
social que escapa a ese control). La recepción es entonces un contexto complejo
y contradictorio, multidimensional, en que las personas viven su cotidianidad.
Al mismo tiempo, al vivir esa cotidianidad, las personas se inscriben en relaciones estructurales e históricas, las
cuales extrapolan en sus prácticas”.[4]
Por supuesto que el estudio de los
procesos de recepción debe partir de lo muy reiterado acerca del reconocimiento
de la recepción activa y no pasiva de los
mensajes, así como la presencia de diferentes mediaciones en ese proceso.[5]
En todo lo hasta ahora señalado es
notorio cómo se habla de un receptor al que se comprende como activo, como
parte de un contexto social determinado e incluso poseedor de un conjunto de
intereses y características psíquicas, pero
a éstas se las da como partes del mismo sin analizarse sus contenidos ni
necesidades. Tal vez, o seguramente, por uno de los más claros límites de
toda visión unilateralmente disciplinaria, que es el desconocimiento (o
conocimiento relativo) de otras disciplinas, lo que impone un marcado tope al
conocimiento del proceso de recepción. En este sentido la dificultad "de
acceso a la mente” es infinitamente mayor (y a veces incluso imposible) para un
comunicólogo, pero no para un psicólogo o psicoanalista (sobre todo infantil),
conocedor de los procesos de una subjetividad que estudia y con la que trabaja,
sobre la que puede dar aportes
importantes y significativos.
Una gran parte de quienes formulan o plantean una especie de “teoría de la
manipulación”,
parecen partir de una comprensión del hombre como una tabula rasa que nace con nada propio y es construido como si fuese
un material moldeable por
quienes operan sobre él. Tal idea, de signo conductista aunque no exclusivo de
esta corriente, no es para nada compartida en el presente trabajo.
En contraposición a ella se intentará una aproximación
a partir del marco teórico psicoanalítico, siempre desde una perspectiva no dogmática
y en relación con una visión social que constantemente está presente en la obra de
Freud, aunque ésta sea no pocas veces muy discutible o poco explícita en sus
sentidos concretos. Para este acercamiento se utilizarán básicamente sus obras
llamadas “sociológicas” -porque estudian
problemas sociales y no porque en otras
esté ausente una visión social o de la realidad- aunque, se reitera una vez más,
nunca hacen referencia específica a los medios pero igualmente se considera que
muchas de sus observaciones resultan pertinentes para ellos: no por transpolaciones mecánicas
sino vistas desde la concepción general de su marco teórico.
Una forma de comienzo es partir de una afirmación de
Freud que resulta muy clara: “[El psicoanálisis] parte de la representación
básica de que la principal función del mecanismo anímico es aligerar a la
criatura de las tensiones que le producen sus necesidades. Un tramo de esa
tarea es solucionable por vía de la satisfacción, que uno le arranca al mundo
exterior; para este fin se requiere el gobierno sobre el mundo real. A otra
parte de estas necesidades -entre
ellas, esencialmente, ciertas aspiraciones afectivas-, la realidad por regla general les
deniega la satisfacción. De aquí se sigue un segundo tramo de aquella tarea:
procurar una tramitación de otra índole a las aspiraciones insatisfechas. Toda
historia de la cultura no hace sino mostrar los caminos que los seres humanos
han emprendido para esta ligazón de sus deseos insatisfechos, bajo las
condiciones cambiantes, y alteradas por el progreso técnico, de permisión y
denegación por la realidad”.[6]
De aquí no sólo surge la importancia que el marco
social tiene para los caminos que tomarán las necesidades humanas, sobre todo
las afectivas, sino también una cierta perspectiva pesimista frente a tal
realidad social, donde se ven más las limitaciones impuestas por ella que sus
aportes (al punto que las satisfacciones, le tienen que ser “arrancadas”). Pero más allá de la discusión
sobre el pesimismo ¿o realismo? freudiano, lo cierto es que en las obras que
aquí se analizarán se perciben con mucha claridad aspectos a cómo el hombre es tal por vivir en sociedad.
Aunque ello le obligue a un conjunto de represiones sin las cuales la vida
social no sería posible y que traen como consecuencia insatisfaccioñes,
desplazamiento de necesidades, conflictos psíquicos diversos, etcétera, El
título mismo de una de sus obras “sociológicas” es representativo de esta
situación: El malestar en la
cultura.
Los hombres tienen necesidades -sobre todo pulsionales- que chocarán con muchos
imperativos y necesidades culturales, y por eso “la cultura debe ser protegida contra
los individuos, y sus normas; instituciones y mandamientos cumplen esa tarea, no sólo persiguen el fin de
establecer cierta distribución de los bienes, sino el de conservarlos; y en
verdad deben preservar de las mociones hostiles de los hombres todo cuanto sirve al dominio
sobre la naturaleza y a la producción de bienes”.[7] Continúa diciendo de que “se creería posible
una regulación nueva de los vínculos entre los hombres, que cegara las fuentes
del descontento con respecto a la cultura renunciando a la compulsión y a la
sofocación de lo pulsional, de suerte que los seres humanos, libres de toda
discordia interior, pudieran consagrarse a producir bienes y gozarlos. Sería la
Edad de Oro; pero es dudoso que ese estado sea realizable. Parece, más bien,
que toda cultura debe edificarse sobre una compulsión y una renuncia de lo
pulsional; ni siquiera es seguro que, en caso de cesar aquella compulsión, la
mayoría de los individuos estarían dispuestos a encargarse de la prestación de
trabajo necesaria para obtener nuevos medios de vida. Yo creo que es preciso
contar con el hecho de que en todos los seres humanos están presentes unas
tendencias destructivas, vale decir, antisociales y anticulturales...”´.[8]
Más
importante que esta última afirmación -vinculada a su segunda teoría de las pulsiones (1920) donde
incluye la de “muerte” y destructiva, un aspecto
discutido dentro de la propia escuela analítica‑ resulta evidente que es
imposible un desarrollo humano con individuos que satisfacen todas sus
necesidades, aunque Freud hace hincapié más en la sexual que, por sus
características, es pasible de ser canalizada a otras actividades (básicamente
las productivas). “Lo decisivo
-sigue diciendo, y esto tiene fundamental importancia para lo aquí estudiado-
será que se logre (y la medida en que se lo logre) aliviar la carga que
el sacrificio de lo pulsional impone a los hombres, reconciliarlos con la que
siga siendo necesaria y resarcirlos por ella”.[9] En primera instancia reconocerá que el único camino es a través de la coerción,
aunque lo que la cultura pretende es que ella sea interior y no exterior, es
décir se convierte en lo que vimos como superyo, pero en otros momentos verá los
caminos por los cuales es posible el antes citado alivio para el sacrificio y
cómo resarcirlo. Claro que todo esto con respecto a las mociones pulsionales
reprimidas y no respecto a situaciones de otro tipo, donde el conservador Freud
hace, aunque desde una perspectiva liberal, una llamativa denuncia.[10]
El individuo, entonces, está amenazado por todos lados
y Freud compara esta situación de indefensión con la que viven los niños,
concluyendo que por ello (y por todo lo anteriormente descrito) que los hombres
encuentran refugio, en las creencias religiosas: “Misión de los dioses será ahora
compensar las deficiencias y los perjuicios de la cultura, tomar en cuenta las
penas que los seres humanos se infligen unos a otros en la convivencia, velar
por el cumplimiento de los preceptos culturales que ellos obedecen tan mal. Se
atribuirá origen divino a los preceptos culturales mismos, se los elevará sobre
la sociedad humana, extendiéndoselos a la naturaleza y al acontecer universal.
De ese modo se creará un tesoro de representaciones, engendrado por la
necesidad de volver soportable el desvalimiento humano, y edificado sobre el
material de recuerdos referidos al desvalimiento de la infancia de cada cual, y
de la del género humano. Se discierne con claridad que este patrimonio protege
a los hombres en dos direcciones: de los peligros de la naturaleza y el
destino, y de los perjuicios que ocasiona la propia sociedad humana”.[11]
Lo anterior ha sido citado por dos motivos: el primero
para indicar la situación general de los hombres, obligados a reprimir sus
pulsiones (en diferentes grados según las sociedades y momentos históricos), y
así compelidos a buscar formas sustitutivas a ello y a las angustias que les
provoca la vida social; pero en segundo
lugar porque gran parte de lo señalado con respecto a las causas de las
creencias religiosas es también válido para explicar la función de los medios
en nuestras sociedades actuales. Esto puede parecer una extrapolación
exagerada e incluso antojadiza, y pudiera serlo de no aceptarse que existen
diferencias muy grandes en muchos aspectos -las religiones cubren .también otras necesidades y los medios
no provocan creencias tan fuertes, definitivas y sistematizadas, entre otras
diferencias‑ pero esto no puede omitir que algunas de las funciones indicadas son
perfectamente cubiertas por los medios como tratará de mostrarse luego.
Incluso Freud entiende que no puede limitarse a las
religiones tal papel: “Después
de haber discernido las doctrinas religiosas como ilusiones, se nos plantea
otra pregunta: ¿no serán de parecida
naturaleza otros patrimonios culturales que tenemos en alta estima y por los
cuales regimos nuestras vidas?”[12] Y menciona a otras que no son
los medios -recuérdese su peso en la época-, pero tampoco creencias de tipo
religioso (el fundamento de las
instituciones estatales, por ejemplo).
Porque en definitiva el objetivo que hace surgir tal
necesidad es uno, que los medios también cubren y que ayuda a explicar el
éxito que las más de las veces tienen: “Estas que se proclaman enseñanzas [se refiere a las de la religión pero
se pueden extender a otras formas] no son decantaciones de la experiencia ni resultados finales
del pensar; son ilusiones, cumplimientas
de los deseos más antiguos, más intensos, más urgentes de la humanidad; el secreto de su fuerza es la fuerza de estos deseos”.[13]
Y si Freud hace específico objeto de estudio
a la génesis de las creencias religiosas, en otras continúa con el análisis de
las insatisfacciones vistas, así como con
la necesidad de los hombres de encontrar escape entre ellas. En una obra no muy posterior (de
1930) es tal vez aún más categórico al respecto y expresa algo de fundamental importancia general: “La vida, como nos es
impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas
insolubles. Para soportarla, no
podemos prescindir de calmantes. Los hay quizá, de tres clases: poderosas
distracciones, que nos hagan valuar un poco nuestra miseria; satisfacciones
sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan
insensibles a ellas. Algo de este tipo es indispensable”.[14] Y aquí ya no se trata de ninguna transpolación porque de esos tres “calmantes” los dos primeros se
relacionan de manera directa con los medios, e incluso el tercero no pocas
veces es igualmente válido, aunque en este caso no como narcóticos que producen
modificaciones químicas sino una adicción psíquica (adicción a la televisión,
por ejemplo, algo no raro en algunos niños, adolescentes o adultos). Aunque esto se dice
porque, efectivamente, los medios ofrecen tanto “poderosas distracciones” como “satisfacciones
sustítutivas” para
poder hacer frente a los
deseos más antiguos, más intensos, más urgentes" de los hombres.
Claro que puede decirse que los medios han surgido y
se han desarrollado en este siglo, y los hombres siempre recurrieron a la
búsqueda de distracciones y satisfacciones sustitutivas: ello es cierto, pero
también lo es -y se repite una afirmación freudiana ya citada- que “toda la historia de la
cultura no hace sino mostrar los caminos que los seres humanos han emprendido
para esta ligazón de sus deseos insatisfechos, bajo las condiciones cambiantes,
y alteradas por el progreso técnico”. Antes se hacía de otro modo, pero todo indica que el
portentoso desarrollo que tienen los medios electrónicos aumentará su
importancia en esta tarea.
Si bien los medios funcionan como los “calmantes” que mencionaba Freud
para prácticamente todos los aspectos de la vida actual, es interesante ver un
poco más detalladamente su papel en dos grandes limitaciones de la vida
pulsional. Uno se vincula “a
aquella orientación de la vida que sitúa al amor en el punto central, que
espera toda satisfacción del hecho de amar y ser amado”. Y una visión de esto aparentemente
tan sencillo muestra sus dificultades, hecho no sólo limitado a una mirada
psicoanalítica: la realidad contemporánea indica que la situación actual
presenta algo contrapuesto
a su concreción, y mucho más si lo logrado se mide de acuerdo con las
expectativas del principio del placer. “El programa que nos impone el principio del placer -dirá
Freud-, el de ser felices, es irrealizable; empero, no es lícito -más bien: no
es posible- resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento.
Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos [...] Por ninguno de ellos
podemos alcanzar todo lo que anhelamos”.[15] Si
esto se dice con respecto a algo tan aceptado y respetado como el amor, no hace
falta demostrar que es mucho más difícil para una parte del mismo, todo lo relacionado con
la sexualidad, que si bien ha logrado notorios avances de permisividad en los
últimos tiempos, continúa siendo objeto de prejuicios, limitaciones y temores.
Es
evidente que los prodigiosos éxitos de los mensajes de los medios relacionados
con el amor, los vínculos afectivos, los múltiples
conflictos que surgen de éstos, y -en los últimos tiempos- la sexualidad directa, se apoyan en las necesidades de los
receptores, es decir en sus propios conflictos y carencias. En tanto que los requerimientos
del principio del placer nunca alcanzan su realización de manera absoluta -y la mayor parte de las veces se encuentran muy lejos de la
perfección deseada- siempre se mantiene la búsqueda a través de las formas
sustitutivas que hoy los medios ofrecen en variables de todo tipo y para todas
las necesidades. Por eso llegan incluso a tener éxito hasta las fantasías más
increíbles y delirantes desde el punto de vista argumental: los analistas de
contenidos, siempre intelectuales, buscan con la razón aquello que -sobre todo las mayorías populares y de no alto nivel
cultural- buscan por necesidades afectivas e inconcientes.
El segundo aspecto a que Freud hace referencia
explícita es a las necesidades agresivas de los hombres, aunque -se repite-
todo lo vinculado a su teoría de la pulsión de muerte se encuentra en fuerte
polémica dentro del propio campo psicoanalítico; de cualquier manera, y más
allá de tal polémica, es difícil negar la. existencia de una agresión en el
hombre, independientemente de que surja de una pulsión o de lo que fuere.
Respecto a la misma Freud indica la dificultad de su ejercicio y la represión a
la que es sometida: “La
existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros
mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba
nuestros vínculos con el prójimo y que compele a la cultura a realizar su gasto
[de energía]. A raíz de esta hostilidad primaria y recíproca de los seres
humanos, la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza de
disolución. El interés de la comunidad de trabajo no la mantendría cohesionada;
en efecto, las pasiones que vienen de lo pulsional son más fuertes que unos
intereses racionales. La cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites
a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para frenar mediante
formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones. De ahí el recurso a
métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de
meta inhibida; de ahí la limitación de la vida sexual y de ahí, también, el
mandamiento ideal de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad
efectiva sólo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la
naturaleza humana originaria. Pero con todos sus empeños, este,afán cultural no
ha conseguido gran cosa hasta ahora”.[16]
La cuestión no termina aquí y se complica bastante
para el individuo: Freud se pregunta de qué medios se vale la cultura para
volver inofensiva o erradicar la agresión, y contesta: “¿Qué le pasa para que se vuelva
inocuo su gusto por la agresión? Algo muy asombroso que no habíamos colegido
aunque es obvio. La agresión es introyectada, interiorizada, pero en verdad
reenviada a su punto de partida; vale decir: vuelta hacia el yo propio. Ahí es recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto
como superyó y entonces, como 'conciencia moral', está pronta a ejercer contra
el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en
otros individuos, ajenos a él. Llamamos 'conciencia de culpa' a la tensión
entre el superyó que se ha vuelto severo y el yo que le está sometido. Se
exterioriza como necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura yugula el
peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, desarmándolo, y
vigilándolo mediante una instancia situada en su interior, como si fuera una
guarnición militar en la ciudad conquistada”.[17] Más
adelante indicará que puede llegar a considerarse culpable quien nada haya
hecho pero tuvo la intención, y no duda en “situar al sentimiento de culpa como el problema más importante
del desarrollo cultural, y mostrar que el precio del progreso cultural debe
pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de
culpa”.[18]
Nuevamente aquí, como antes con referencia a los
deseos amorosos nunca del todo satisfechos, es válido observar cómo gran parte
de las tendencias agresivas encuentran caminos sublimatorios y catárticos ‑con
todos los límites que se quiera- en los contenidos de violencia que siempre han existido pero
que en la actualidad tienen un notorio incremento, con la preocupación que ello
ocasiona.. Es cierto que la causa de su existencia no responde sólo a lo
señalado por Freud y el psicoanálisis -resultaría equivocado no tener en cuenta cómo tales contenidos
también responden a las tendencias agresivas de potencias imperiales, caso
concreto de la serie de "Rambo" por ejemplo-[19], pero estos planteamientos deben ser considerados para estudiar en qué medida las
programaciones violentas se apoyan en estas necesidades y deseos. En todo caso,
y una vez más, se busca canalizar estas tendencias hacia posturas ideológicas
compatibles con los sistemas de dominación (caso del muy conocido odio del
nazismo a los judíos, derivación hacia ellos de una agresividad surgida en
otras causas).
Freud comprende también que otra técnica para evitar
sufrimientos se vale de desplazamientos (sobre todo de los libidinales),
sublimándolos en actividades creativas -el arte por ejemplo- pero ello sólo es
posible para un ámbito bastante reducido. ¿Qué pueden hacer entonces quienes no
tienen acceso a tal posibilidad? Su respuesta es: “Si ya en el procedimiento anterior [las actividades
creativas] era
nítido el propósito de independizarse del mundo exterior, pues uno buscaba sus
satisfacciones en procesos internos, psíquicos, esos mismos rasgos cobran
todavía mayor realce en el que sigue. En
él se afloja aún más el nexo con la realidad; la satisfacción se obtiene con
ilusiones admitidas como tales, pero sin que esta divergencia suya respecto de
la realidad efectiva arruine el goce. El ámbito de que provienen estas
ilusiones es el de la vida de la fantasía; en su tiempo, cuando se consumó
el desarrollo del sentido de la
realidad, ella fue sustraída expresamente de las exigencias del examen de
realidad y quedó destinada al cumplimiento
de deseos de difícil realización”.[20]
En lo anterior se puede casi resumirse perfectamente
el por qué del éxito de
programaciones con contenidos afectivo/emocionales, violentos, etcétera, en definitiva siempre
múltiples variaciones sobre temas similares: permiten que en ellos los
receptores canalicen sus deseos y necesidades, se identifiquen para ello con
los distintos protagonistas, vivan a través de ellos lo que no pueden vivir en
la vida real, vean triunfar (o perder) a quienes les gustan o no. Saben que se
trata de ficciones, pero eso no arruina el goce, como decía Freud; ¿cómo se
entiende, de lo contrario, la tensión con que muchas veces se siguen las
incidencias de una telenovela (o una serie policial, o lo que sea) cuando la
experiencia indica
que jamás, al menos en las programaciones para todo público, los “buenos” pierden y los “malos” triunfan? Es evidente entonces que
el receptor coloca en los programas aspectos personales, que les posibilitan el
cumplimiento de necesidades personales; y en este sentido resulta notorio cómo
los medios ofrecen material para todas las necesidades imaginables y posibles: desde
expresiones del más crudo sadismo hasta su complementariedad masoquista, desde
el obvio triunfo final de la mujer amorosa y sacrificada hasta las veleidades
de su contraparte galante y no pocas veces con características típicamente
histéricas, no faltando tampoco lo que posibilita la canalización de
sentimientos de culpa.
Por ello la afirmación anterior en el sentido de que
lo que Freud asigna a las ilusiones religiosas es en gran medida válido para
las ilusiones que se pueden vivir a través de los medios: claro que las formas,
el nivel de las creencias y los ritos son muy distintos, pero el objetivo en
última instancia tiene similitudes por lo menos interesantes. Y mucho más
cuando, tal como ocurre en México y la mayor parte de los países
subdesarrollados, los medios se integran con instituciones religiosas al
presentar una visión del mundo -una ideología- en gran medida compartida: en
valores como en la importancia que manifiestamente asignan a, por ejemplo, los
viajes papales en el caso de la iglesia católica. Cómo esto último incide en la “creencia” de los receptores en lo
que se les brinda -más cuando a los medios también se los ve como poseedores de
una omnipotencia (compensatoria de la dependencia infantil del hombre)- es algo
que debe ser estudiado y analizado con mucha atención.
Junto a lo precedentemente visto, es también
interesante ver el papel de los medios con base en un estudio anterior de
Freud, en el cual aborda el problema de las masas, tema nada casual dado el
momento en que fue escrito (192l). Nuevamente aquí se puede correr el peligro
de transpolaciones mecánicas pero algunas observaciones allí expuestas resultan
muy pertinentes para la comprensión de lo abordado, es decir los aspectos
existentes en los individuos que posibilitan los efectos de los contenidos de
los medios en ellos, incluso en situaciones donde estos contenidos son
antagónicos con los intereses -sociales,
políticos, económicos‑ de los propios receptores.
Por de pronto surge una diferencia inicial: Freud
analiza a las masas sobre todo como multitud y con la presencia de un caudillo
o jefe, mientras que para nuestro casa se trata de una situación donde ambas
cosas cambian o al menos tienen una característica cualitativa diferente. En
efecto, las masas receptoras de los medios no se vinculan físicamente entre sí como las masas presentes en una
misma plaza, por ejemplo -cuando
una parte del público concurre a un auditorio radial o televisivo, su magnitud
cuantitativa es muy inferior a la que recibe la programación, aunque puede
pensarse que aquélla es representativa de ésta-, y tampoco los medios tienen jefes o
caudillos al estilo de los grandes líderes de masas de la historia. Sin embargo
estas diferencias no quitan el sentido de masa a la audiencia de los medios -muy superior en número a
la que puede reunirse en una plaza o estadio- o de líder a muchos personajes
seguidos o respetados por la audiencia. En todo caso se trata de comprender
cómo en el presente debe cambiarse el sentido tradicional de masa para ver qué
forma adopta ahora.
Sin embargo la
definición de Gustavo Le Bon que Freud acepta en general es válida para las
masas de los medios: “He
aquí el rasgo más notable de una masa psicológica: cualesquiera que sean los
individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan ser su modo
de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el mero hecho de
hallarse transformados en una masa los dota de una especie de alma colectiva en
virtud de la cual sienten, piensan y actúan de manera enteramente distinta de
como sentiría, pensaría y actuaría cada uno de ellos en forma aislada. Hay
ideas y sentimientos que sólo emergen o se convierten en actos en los
individuos ligados en masas”.[21]
Al respecto
ya muchos estudiosos de los medios han señalado cómo éstos son actualmente el
factor más importante de cohesión colectiva de una sociedad (y en importante
medida han hecho que pueda hablarse de una “masa dispersa” física pero no psicológicamente).
El objetivo de Freud en esa obra es útil para lo
buscado en este trabajo: “Nuestro
interés consiste en hallar la explicación psicológica de ese cambio anímico que
los individuos sufren en la masa”. Y señalará un conjunto de necesidades que lo posibilitan.
Entre ellas menciona:
· “Nos bastaría con
decir que el individuo, al entrar en la masa, queda sometido a condiciones que
le permiten echar por tierra las represiones de sus mociones pulsionales
inconcientes” (p.
71). Y posteriormente señalará cómo “en obediencia a la nueva autoridad es lícito rescindir la
anterior ‘conciencia
moral’ y entregarse
a los halagos de la ganancia de placer que uno de seguro alcanzará cancelando
sus inhibiciones. En definitiva, no es tan asombroso, pues, que los individuos
de la masa hagan o aprueben cosas a las que habrían dado la espalda én su vida
ordinaria” (p. 8
1). Para el caso de la masa receptora esto es válido: sea aprobando acciones
(políticas o morales, por ejemplo) o viviendo en la fantasía la ruptura de las
inhibiciones.
· Pero para posibilitar eso es
necesaria la existencia de un conductor, que debe reunir un conjunto de
propiedades que le permitan tal rol: entre ellas la de estar fascinado por su
creencia, así como captar las necesidades de aquellos a quienes llega y tener
capacidad para influir a través de saber cómó actuar ante ellas. En definitiva el
clásico papel de los conductores en la historia, que asumen un rol paternal seguido por masas que necesitan del
mismo para defensa de sus “intereses”. Nuevamente surge aquí
la discusión de si corresponde este término para los medios, y al respecto
valen dos observaciones: 1) al
aceptarse que los medios tienen un carácter hegemónico en el presente, tiene
que entenderse que ese papel de conductor lo asumen de una manera distinta a la
clásica, incluso más allá de figuras concretas: lo son como institución en sí y, con mayor razón, cuando uno de ellos
ya específico (un diario o revista o radio) mantiene una coherencia interna de
tipo ideológico; 2) lo anterior no
excluye la existencia de conductores personalizados dentro de la totalidad institucional
mencionada -todo lo
contrario- que
aumentan el fenómeno; mucho se ha escrito al respecto y en México es comprobado
con varios miembros de Televisa que actúan como. verdaderos líderes de opinión.
Pero ¿cómo es posible actuar sobre las necesidades?,
¿qué mecanismos están presentes en ese proceso? Freud señalará varios: acepta de existencia de una sugestión, pero considera que ésta se
produce por la existencia de vínculos afectivos en el alma colectiva, o sea que también aplica “al esclarecimiento de
la psicología de
las masas el concepto de libido, que
tan buenos servicios nos ha prestado en el estudio de las psiconeurosis” (p. 86). Y para ello
utiliza su concepción de las identificaciones,
que se apoya en la forma más primitiva y temprana de enlace afectivo; tal
identificación “puede
nacer a raíz de cualquier comunidad que llegue a percibirse en una persona que no es objeto de las pulsiones
sexuales; mientras más significativa sea esa comunidad, tanto más exitosa podrá ser la identificación
parcial y, así, corresponder al comienzo de una nueva ligazón” (p. 101).
Esta ligazón se posibilita por un estado que Freud
considera de hipnotización, situación
posibilitada por la vinculación afectiva que se produce, algo así como un
enamoramiento, donde “el
hipnotizador ha ocupado el lugar del ideal del yo [. . .] El hipnotizador es el objeto único: no se repara en
ningún otro además de él. Lo que él
pide y asevera es vivenciado oníricamente por el yo” (p. 108). Es interesante vincular
este planteo con el igualmente expuesto por numerosos investigadores de la
comunicación acerca de la “hipnosis” que no pocas veces se establece entre los
receptores y el televisor: no una absoluta, en el sentido literal del término, pero sí algo muy
aproximado, a veces incluso demasiado.
La mención a lo onírico recuerda que previamente, en
la misma obra, Freud incluye a tal fenómeno. Señala que “la masa es extraordinariamente
influible y crédula; es acrítica, lo improbable no existe para ella. Piensa por
imágenes que se evocan asociativamente unas a otras, tal como sobrevienen al
individuo en los estados de libre fantaseo; ninguna instancia racional mide su
acuerdo con la realidad. Los sentimientos de la mása son siempre muy simples y
exaltados” (p. 74).
Resulta evidente que muchas veces, aunque por supuesto no siempre, ello ocurre,
y la mayor parte de las programaciones (televisivas, periodísticas, etcétera)
pueden no resultar creíbles para un elemental análisis racional, lo que no
impide su asimilación por vastos sectores. Por ello Freud vincula de inmediato
tal situación -la
antes expuesta- con
lo que planteara en sus estudios sobre la elaboración de los sueños. ¿Debe recordarse que, hace ya bastante
tiempo, se llamó a
Hollywood “fábrica
de sueños”,
definición hoy extendida a amplia parte del, mundo televisivo?
Podrían darse muchos más elementos demostrativos de que
los efectos de los medios se apoyán en necesidades psíquicas de los hombres -que aquéllos canalizan
hacia los requerimientos del marco social dominante‑ pero en lo expuesto
aparecen los elementos centrales para una primera aproximación. Que, como fuera
indicado, muestra la necesidad de una elaboración más completa.
Pero es conveniente al menos citar a otros autores del
campo psicoanalítico que, aunque desde distintas vertientes de ese campo,
observaron la importancia de los medios y cómo los niños (también los adultos)
encuentran en ellos satisfacción a sus necesidades. Una de ellas es una
analista kleiniana que en general juzga perjudiciales muchos de los efectos de
la televisión ‑incluso productores de psicopatología-[22],
pero entiende que la tendencia infantil a ver programas con héroes existe
porque en ellos ven representadas manía, omnipotencia y omnisciencia, todos
ellos mecanismos del narcisismo.[23] De
otra manera, Bruno Bettelheim estudia los cuentos de hadas[24], a
los que considera muy positivos en el proceso de socialización de los niños al encontrar éstos una forma valiosa
de encauzar sus necesidades y preocupaciones: la presencia (y resolución) de múltiples problemas, el
cumplimiento de deseos, el triángulo edípico, una comprensión del mundo a
través de símbolos, la presentación de fantasías sustitutivas, cómo poner orden en el
caos de su vida, etcétera. Al respecto es necesario aclarar que no siempre los
cuentos de hadas son
idénticos a los contenidos actuales de los medios, aunque en general éstos
también brindan respuestas a esos interrogantes (casi siempre sin la belleza de los primeros, y no pocas
veces con una brutalidad y contenidos técnicos que aquéllos no tenían). Pero
por otra parte hay que considerar que Bettelheim ve a tales cuentos de hadas desde una
perspectiva educativa de la personalidad, valorando sobre todo cómo ayudan a la
adaptación de sus lectores a la sociedad en qué se desarrollan, adaptación
bastante acrítica pero válida para un autor adscrito a la teoría psicoanalítica
del yo, justamente criticada por
su postura adaptativa.
Para terminar, una última aclaración: de acuerdo con
lo expuesto podría pensarse que si los contenidos de los medios tienen efectos
sobre los receptores al responder a sus necesidades más profundas, necesidades
básicas de los seres humanos y no de una época o de una sociedad, cumplen una
función necesaria y es adecuado que lo
sigan haciendo. Hasta aquí ello puede resultar correcto, pero falta indicar al
servicio de qué lo hacen: la crítica que se les formula atiende a esto último,
ya que su interés es canalizar esas necesidades (o reprimirlas) para el
mantenimiento del statu quo y así eliminar toda propuesta subversiva del
mismo. Esto es, aprovechar tales necesidades como una forma de control social y
no para una toma de conciencia de las mismas.
Una lectura distinta de
“usos y gratificaciones”
Ya
previamente existieron posturas que intentaron un estudio del proceso de
recepción. Una referencia
incuestionablemente pionera al respecto es la conocida como usos y gratificaciones de la comunicación
masiva, publicada en 1974, mucho antes del "descubrimiento"
actual acerca de la importancia del receptor. Una larga cita de sus autores es
explícita respecto a su idea básica: "El enfoque sobre usos y
gratificaciones ha propuesto conceptos y ha presentado pruebas que explicarán
probablemente la conducta de individuos respecto a los medios, con más fuerza
que las más remotas variables sociológicas, demográficas o de personalidad.
Comparado con los clásicos estudios sobre efectos, el enfoque de usos y
gratificaciones toma como punto de
partida al consumidor de los medios más que los mensajes de éstos, y
explora su conducta comunicativa en función de su experiencia directa con los
medios. Contempla a los miembros del
público como usuarios activos del contenido de los medios, más que como
pasivamente influído por ellos. Por tanto, no presume una relación directa
entre mensajes y efectos, sino que postula que los miembros del público hacen
uso de los mensajes y que esta utilización actúa como variable que interviene
en el proceso del efecto. Por otra parte, el enfoque de usos y gratificaciones
aporta una perspectiva más amplia para la exploración de la conducta individual
frente a los medios, al unirla a una
búsqueda continua de las formas en que los seres humanos crean y gratifican las
necesidades [...] El enfoque postula que las gratificaciones pueden ser
derivadas no sólo del contenido de los medios, sino del propio acto de la
exposición ante un medio dado, así como
el contexto social en que ese medio es consumido".[25]
Los autores critican a
investigaciones y autores clásicos de la comunicación de masas que "no
intentaron explorar los vínculos existentes entre las gratificaciones
detectadas y los orígenes psicológicos o sociológicos de las necesidades que
así quedaban satisfechas" (p.131),
y reconocen que en años recientes a su planteo se reanudaron las
investigaciones sobre usos y gratificaciones en distintos países (Estados
Unidos, Suecia, Gran Bretaña, Finlandia, Japón e Israel), otorgando
operatividad a pasos lógicos que sólo se encontraban implícitos en los trabajos
previos: "Se ocupan de: 1) los
orígenes sociales y psicológicos de 2) las necesidades que generan 3) expectativas respecto a 4) los medios
de masas y otras fuentes, lo que conduce a 5) esquemas diferenciales de exposición a los medios (o dedicación a otras
actividades), lo que resulta en 6) gratificaciones de la necesidad y 7) otras consecuencias, tal vez en su mayoría involuntarias" (p.134).
E indican cinco elementos
fundamentales de su modelo:
· 1) Se
concibe al público como activo, es decir que parte importante de su uso se
supone dirigido a unos objetivos.
Por tanto ese consumo sería respuesta a necesidades sentidas por miembros de la
audiencia "ya que, dadas las disposiciones psicológicas y los papeles
sociales, el espectador, oyente o lector individual, experimenta o confía
experimentar alguna forma de satisfacción de necesidades, mediante sus
conductas en el uso de los medios". Es importante señalar que los autores
destacan que, "a pesar de sus diferencias, todas las formas de la
investigación sistemática sobre las gratificaciones del público se basan en
alguna noción explícitamente establecida acerca de cómo las necesidades
individuales son canalizadas hacia un uso motivado de los medios" (p.
136-137, subrayado mío).
· 2) En el
proceso de la comunicación masiva, corresponde al miembro del público buena
parte de la iniciativa de vincular la gratificación de la necesidad y la
elección de los medios. Es decir
que, sostienen, la gente acomoda los medios a sus necesidades más de cuanto
puedan los medios supeditar a la gente.
· 3) Los
medios compiten con otras fuentes de satisfacción de necesidades. Son por tanto sólo una de las alternativas
(sobre esto recuérdese el planteo de Freud sobre los "calmantes" a
los que recurre el ser humano para paliar sus carencias).
· 4)
Metodológicamente los objetivos del uso de los medios pueden sacarse de los
datos aportados por el público.
Aunque los mismos autores reconocen que una limitación de este planteo es que
hasta ahora han trabajado más con expresiones manifiestas del público que con las latentes.
· 5) Los
juicios de valor sobre la significación cultural de la comunicación masiva
deben quedar en suspenso mientras se exploran en sus propios términos las
orientaciones del público.
Los autores reconocen que la
investigación sobre usos y gratificaciones -al menos hasta el momento de
escribir su trabajo-, "ha avanzado apenas más allá de una especie de
actividad de cartografía y perfilación", y que apenas se ha iniciado el de
explicación. Aunque las premisas que señalan -de hecho las mismas o parecidas,
al menos la primera y la tercera (para nada la segunda), a las que Freud
destacara en El malestar en la cultura-
son un punto de partida sustancial y que muchos de los actuales estudiosos del
proceso de recepción aun no han comprendido y menos todavía investigado. Ellos
son: 1) La situación social produce
tensiones y conflictos, que llevan a presionar su alivio mediante el consumo de
medios masivos; 2) La situación
social crea una conciencia de problemas que exigen atención y es posible buscar
una información sobre ellos en los medios; 3)
La situación social ofrece oportunidades empobrecidas dentro de la vida real
para satisfacer ciertas necesidades, las cuales son orientadas entonces hacia
los medios masivos para un servicio suplementario, complementario o sustitutivo; 4) La situación social hace surgir ciertos valores, cuya afirmación
y refuerzo son facilitados por el consumo de materiales adecuados en los
medios; y 5) La situación social
aporta un campo de expectativas entre los contactos sociales del individuo,
acompañados de familiaridad con ciertos materiales de los medios, los que deben
entonces ser examinados a fin de mantener la integración con grupos sociales
bien considerados (p. 152-3).
En general el planteo es
interesante, aunque sus limitaciones son grandes. A más de las que los mismos
autores señalan y que se indicaron previamente (sobre todo cierta confusión
entre las expresiones manifiestas y latentes de los miembros de la audiencia),
habría que agregar la también confusa relación que establecen entre miembros
individuales y grupos sociales, un escaso o nulo señalamiento de las
contradicciones individuo-sociedad cuya existencia reconocen pero parecen no
comprender, y la importancia de los aspectos “macros” sociohistóricos que no
incluyen. Una postura en definitiva muy cercana al funcionalismo y al
conductismo y, por último pero de gran importancia, un escaso aprovechamiento
de un conocimiento psicológico muy rico en lo referente a las necesidades
humanas (aunque no respecto a la canalización de las mismas en los medios).
Los Mattelart ahora también comprenden la importancia de la noción de placer y de deseo en el estudio de los medios, siendo importante ver un poco
más de detalle su visión al respecto, así como la vinculación que hacen con una
perspectiva teórica de siempre que no abandonan sino que complementan con
aspectos antes ausentes. Estos autores citan como reveladora una carta que les
enviara Martín-Barbero en 1984 y que resulta muy gráfica. Al llevar a sus
alumnos a un cine a ver una película mexicana melodramática, vieron que lo que
a ellos les causaba risa provocaba lágrimas en el público, lo que le provocó lo
que definió como un escalofrío
epistemológico: "La gente que nos rodeaba -el cine estaba lleno, en su
mayoría de hombres; era un film que batió records en Colombia y por eso
estábamos allí- se indignó, nos gritó y nos quiso sacar a la fuerza. Durante el
resto de la proyección yo miraba a esos hombres, emocionados hasta las
lágrimas, viviendo el drama con un placer formidable...y al salir me rompía la
cabeza preguntándome: ¿qué tiene que ver el film que yo veía con el que veían
ellos? Si lo que a mí me hastiaba, a ellos les encantaba, ¿qué había allí que
yo no veía y ellos sí? ¿Y de qué les va a servir a estas gentes mi lectura
ideológica por más que la aterrice a su lenguaje, si esa lectura lo será
siempre del film que yo vi, no del que vieron ellos? Yo andaba por ese entonces
encantado con las pistas que abría la semiología... y hasta allí llegó mi
encanto. Y tengo cientos de páginas escritas, que no me atrevo a publicar, en
las que en el fondo no hago sino dar vueltas en torno a una pregunta que hace
años me ayudó a formular Dufrenne: ¿por qué las clases populares 'invierten
deseo y extraen placer' de esa cultura que les niega como sujetos?".[26]
De tal observación y otras concluyen
que "el placer, de ahora en
adelante, es el elemento de un paradigma llamado a renovar los enfoques de la
cultura mediática" [...] "Las nociones de placer y de deseo son
puntos centrales en las estrategias de quienes hoy todavía piensan en términos
de conquista de audiencia de masas y de industrialización de los contenidos, y
que mañana pensarán más en términos de placer individualizado"[27] Claro que este placer que los medios hegemónicos ofrecen por doquier, no será
antagónico con los intereses de la dominación en la que se ubican:
"Simplifican -es lo menos que se puede decir- el problema planteado por
esta demanda popular al retener sólo su faceta consensual, coherente con el
orden de las cosas; es una manera de imaginar el placer que reprime sus
potencialidades subversivas" (p.132).[28] De cualquier manera, es incuestionable que el entretenimiento se ha convertido
en el pivote central de los medios actuales, con todo lo que ello significa
para la producción de placer y de deseo, como puede verse en todas las
programaciones y en particular en las telenovelas, expresión contundente de
todo lo aquí planteado.[29]
Una
última aclaración se hace necesaria para terminar esta parte: de acuerdo con lo
expuesto puede pensarse que si los contenidos de los medios tienen efectos
sobre los receptores por responder a sus necesidades más profundas -necesidades
básicas de los seres humanos y no de una época o sociedad-, cumplen una función
necesaria. Esto puede ser cierto pero es necesario reiterar lo indicado de que
generalmente lo hacen al servicio de intereses determinados: la crítica que se
les formula considera este aspecto al entender que su objetivo dominante es
canalizar tales necesidades hacia el mantenimiento del statu-quo, eliminando (o intentando) todo cuestionamiento crítico y
subversivo del mismo que, al mismo tiempo, posibilite un aumento de los niveles
de gratificación y desarrollos reales del hombre. Los medios, entonces,
aprovechan esas necesidades para utilizarlas como una forma más del control
social y no para la toma de conciencia de la situación real y su verdadera
superación.
Los medios en nuestros tiempos
neoliberales
Si
lo planteado es válido para todas las
realidades sociales, ahora se trata de concretarlo a nuestra época que con una
marcada hegemonía a nivel mundial se define como neoliberal. No es este el lugar para recordar las características
de este modelo de economía de mercado -cada vez menos nacional y más
globalizado, con centro en una desrregularización que inhibe a la propiedad y
controles de los Estados para fomentar los del interés económico privado,
limita o elimina los beneficios sociales existentes en el "Estado de Bienestar"
de décadas pasadas, etc.-, ni mucho menos para hacer un nuevo recuento de sus
consecuencias en todos los ámbitos de nuestra realidad y nuestra vida. El
interés de este artículo es observar sus consecuencias en los contenidos de los
medios masivos actuales.
Es la presencia del
señalado pensamiento único con la
hegemonía del un modelo neoliberal que no vacila en considerar que con él se ha
llegado al “fin de la historia”. Y los medios son la mejor representación y
traducción de tal idea aunque mostrándola de múltiples maneras pero la absoluta
mayoría coincidentes en el fondo[30],
por lo cual es contundente la descripción que sobre esto hace Ramonet:
"Atrapados. En las democracias actuales, cada vez son más los ciudadanos
que se sienten atrapados, empapados en una especie de doctrina viscosa que,
insensiblemente, envuelve cualquier razonamiento rebelde, lo inhibe, lo
perturba, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Esta doctrina es el pensamiento
único, el único autorizado por una invisible y omnipresente policía de la
opinión".[31]
Es por tanto importante reconocer
esta realidad sin caer en la trampa de apariencias tan brillantes como vacías.
Lo que implica no confundir tal realidad con el maquillaje, ni quedar seducidos
ante la fulgurancia de nuevas comunicaciones que efectivamente aportan
múltiples elementos prometedores e incluso valiosos potencialmente, pero para
seguir funcionando como lo han hecho clásicamente: como transmisores de los
intereses de la dominación impidiendo la toma de conciencia de unas condiciones
de existencia cada vez más conflictivas en todos los terrenos.
Por supuesto lo anterior es sólo una
visión general de una realidad que debe ser estudiada en todas y cada una de
sus formas concretas y específicas, incluyéndose los mecanismos y técnicas de
todo tipo -psicológicos, semiológicos, manipulativos, etc.- puestos en juego,
de manera intencional o no, para lograr la aceptación de los mensajes y
concepciones de vida y del mundo que ellos conllevan. Es seguramente tan
lamentable como verdadero reconocer -por supuesto nada nuevo en la historia del
pedantemente autodefinido como "homo sapiens"- que las grandes
mayorías del mundo aceptan y asimilan tales mensajes, las más de las veces no
explícitos sino presentados a través de informaciones presuntamente objetivas,
incontables formas de entretenimiento, etc.[32] Pese a sus consecuencias tanto políticas, como sociales, económicas y
subjetivas.
Resulta imposible entrar al análisis
de tales formas concretas y específicas, aunque también es necesario señalar
que falta mucho de investigar sobre ellas. Pero, aunque sea mínimamente, pueden
darse algunos aspectos que deben agregarse a la muy estudiada deformación
informativa intensificada en este mundo hoy unipolar. Si bien todo ello ya existía previamente ahora alcanzan una dimensión
que los hace muy diferentes:
-
la presentación de modelos de
vida donde el éxito, el triunfo, la derrota y el fracaso están determinados por
la tenencia y uso de mercancías -sin duda la vieja noción de alienación está cada vez más presente y
su utilización más necesaria-, la imperiosa necesidad de competir prácticamente
todos contra todos en una lucha social-darwinista, y la baja en las acciones de
la idea de solidaridad y vínculos no competitivos. En este sentido los
"reality shows" ahora de moda no son más que una forma extrema de
esta tendencia general al triunfo de uno o de pocos frente a la pérdida de los
demás;
-
el fomento intensificado a las
tendencias individualistas prevalecientes en nuestra época como correlato
subjetivo de la economía de mercado, tendencia también apoyada y promovida por
algunas posturas del posmodernismo;
-
el marcado incremento, cuantitativo y cualitativo, del uso de la
violencia como mecanismo de resolución de conflictos y de la búsqueda del
triunfo. Una violencia que se estigmatiza en palabras pero que, en un ejemplo
más de un ya clásico "doble discurso", es de hecho presentada como
vía eficaz y no pocas veces única para el logro de los objetivos buscados,
aunque éstos -como en la vida real ocurre con la corrupción, el narcotráfico,
la especulación financiera, etc.- violen normas éticas y morales aceptadas y
proclamadas pero que posibilitan el éxito y la obtención de ganancia;
[33]
-
la espectacularización de la
realidad, del mundo y de la vida en todos los aspectos, desde una noticia del
mundo social hasta incluso (y sobre todo) los más dramáticos como han sido,
entre tantos otros, la "guerra" del Golfo Pérsico, la invasión a
Panamá o el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, presentados con
"una cobertura planetaria, el show instantáneo con calculada escenografía
de guerra y desastre al gustado modo hollywoodense";
[34]
-
el predominio absoluto de
tendencias
light y la banalización en
prácticamente todo, con muy escasa o incluso nula difusión de otros niveles
culturales (algo similar a lo que ocurre de manera dominante en, por ejemplo,
la cartelera cinematográfica de la ciudad de México);
[35]
-
la reiteración sistemática,
llegándose incluso a la saturación para producir determinados efectos psíquicos
y sociales y no sólo por ausencia de otras imágenes, de escenas culminantes de
algunos acontecimientos de fuerte peso como ha sido, hace escasos días de
escrito este trabajo, el impacto de los aviones sobre las Torres Gemelas, los
discursos del presidente Bush, escenas de terror, etc.
-
el uso creciente y dominante de
la mercadotecnia para todo -desde la promoción de mercancías hasta políticos y
sus propuestas- que reemplazan la discusión de ideas, e incluso justifican
algunas líneas de acción (o programas de los medios) en nombre de un muy
discutible apoyo cuantitativo de supuestas mediciones.
Y
aunque no haya muchas razones ni datos que permitan ser optimistas, sería de desear que tales estudios e
investigaciones adopten la postura crítica que alguna vez, hace no demasiado
tiempo, existió en nuestro campo de estudio, y que hoy es cada vez más escasa
ante una mayoría (en distintos grados) conformista que se ha adaptado a las
premisas de nuestros tiempos neoliberales y posmodernos.