“Cuando el
padre muere, el hijo se convierte
en su propio padre y en su propio
hijo.
Mira a su
hijo y se ve a sí mismo reflejado
en su rostro. Imagina lo que el niño
ve
cuando lo mira y se siente como si
interpretara el papel de su propio padre.”
Paul Auster
Padre
-siento
que la nada me invade.
Mallarmé
¿Qué es ser un padre? Tal parece que esa es uno de los interrogantes principales
en psicoanálisis, a tal grado que podemos afirmar que esa es la pregunta. Es difícil responder a esta cuestión, puesto que no nos referimos únicamente al
padre genitor, al padre biológico, sino al padre efectivo, agente de la
castración. Es decir, al que instaura la ley, el que rescata al sujeto del goce
de la madre y lo proyecta al mundo del deseo mediante una operación que, mucho
después de Freud, Lacan llamaría la metáfora paterna. Operación que se
efectúa, casi por fatalidad, siempre fallida.
A la cuestión del padre Freud dedicó buena parte
de sus escritos, no pudiendo responder a ella más que con un mito: el de Tótem y Tabú, en el que el padre de la horda primitiva es asesinado por los
hermanos, instaurando con ello la prohibición del incesto y la culpa, entre
otras cosas. Sin embargo, desde los primeros libros psicoanalíticos, Freud pone
el dedo en la llaga de la cuestión del padre.¿Es
casual acaso que su primera gran obra, la Traummdeutung, haya sido escrita poco tiempo después de la muerte de su propio padre? Uno de
los sueños más enigmáticos relatados en ella tiene que ver precisamente con un
padre y su hijo (Cf. Op. Cit. Cap. VII). El
padre duerme, después de haber velado a su hijo recién fallecido y de
encargarle a un anciano su cuidado. Entonces, el padre sueña que el pequeño está de pie, junto a su
cama y le dice:
Padre, ¿no ves que me estoy ardiendo?
Ante esas palabras, el padre despierta y observa
el cadáver de su hijo, envuelto en llamas. Es una lástima que Freud no abunde
en las explicaciones de este sueño, mas no podemos reprocharle por ello, a
pesar de que es inevitable especular sobre el deseo de muerte, la culpa y el
duelo por la muerte del hijo (el duelo por excelencia). El dolor inaudito provocado por la pérdida del hijo, por ese
ser que le ha hecho resignificar su propia experiencia de ser hijo, me hace
pensar en la novela de Auster citada al principio:
Puesto que el mundo es
monstruoso, puesto que no parece ofrecer
ninguna esperanza de futuro, A. mira a
su hijo y se da cuenta de que no debe abandonarse a la desesperación. Cuando
está al lado de su hijo, minuto a minuto, hora a hora, satisfaciendo sus
necesidades, entregándose a esta vida joven, siente que su desesperación se
desvanece. Y a pesar de que continúa desesperándose, no se abandona a la
desesperación.
La idea de un niño
sufriendo le resulta monstruosa, incluso más monstruosa que la monstruosidad
del mismo mundo; pues lo despoja de su único consuelo, e imaginar un mundo sin
consuelo es monstruoso.
No puede seguir más
allá.
El sueño del padre con su hijo muerto se nos
aparece como un intento por sacarlo de lo real. Es gracias a este sueño por lo
que sabemos de él. Se ha tendido un puente de papel y de tinta que nos conecta
más allá del espacio y del tiempo con ese dolor insufrible y monstruoso. Ante
ese dolor nosotros, al igual que Freud y que Auster,
no podemos seguir más allá.
El sueño: padre, ¿no ves que estoy ardiendo?
En
el Capítulo VII, “Psicología de los Procesos Oníricos”, de su obra La Interpretación de los Sueños, Sigmund
Freud relata un sueño que le fue declarado por una paciente suya, mismo
que escuchó en una conferencia sobre los
sueños. Los antecedentes y el sueño al que nos referimos citan así:
Antecedentes:
“Un
individuo había pasado varios días, sin un instante de reposo, a la cabecera
del lecho de su hijo, gravemente enfermo. Muerto el niño, se acostó el padre en
la habitación contigua a aquella en la que se hallaba el cadáver y dejó abierta
la puerta, por la que penetraba el resplandor de los cirios. Un anciano, amigo
suyo, quedó velando el cadáver. Después de algunas horas de reposo soñó lo
siguiente”:
Sueño:
“Su hijo se acercaba a la cama en
que se hallaba, le tocaba en el brazo y le murmuraba al oído, en tono de amargo
reproche: Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?” “A estas
palabras despierta sobresaltado, observa un gran resplandor que ilumina la
habitación vecina, corre a ella, encuentra dormido al anciano que velaba el
cadáver de su hijo y ve que uno de los cirios ha caído sobre el ataúd y ha
prendido fuego a una manga de la mortaja”.
Respecto
de este sueño, la paciente le indica a Freud que el conferencista dio la
siguiente explicación: “El resplandor entró por la puerta abierta en la
estancia donde se hallaba reposando el sujeto, y al herir sus ojos, provocó la
misma conclusión que hubiera provocado en estado de vigilia; esto es, la de que
la llama de un cirio había producido un fuego en un lugar cercano al cadáver.
Es
también posible que, antes de acostarse, pensara el padre en la posibilidad de
tal suceso, desconfiando de que el anciano encargado de velar al cadáver
pudiera pasar la noche sin pegar los ojos”. A esta explicación se suma Freud y
adiciona la siguiente explicación: “El contenido del sueño tiene que hallarse superdeterminado y las palabras del niño habrán de proceder
de otras pronunciadas por él en la vida real y enlazadas a circunstancias que
hubieran de impresionar al padre. La queja estoy ardiendo pudo muy bien ser
pronunciada por el niño durante su enfermedad bajo los efectos de la fiebre, y
las palabras ¿no lo ves? Habrán de corresponder a otra ocasión cualquiera
ignorada por nosotros, pero seguramente saturada de afecto”.
a) El
deseo inconsciente y el deseo de dormir.
La
primera dificultad que observa este sueño, es precisamente aquella que
imposibilita la labor de interpretación, y es el hecho de ser narrado por una
tercera fuente a Freud. A simple vista se observa la coincidencia del sueño con
el hecho real: el niño le toma del brazo al padre para anunciarle el evento en
la habitación vecina y es precisamente el brazo del niño el que está bajo el
fuego que ha provocado la caída del cirio.
Podríamos
decir que este sueño presenta un suceso casi mágico o, incluso, sobrenatural;
esto podría llamar la atención del narrador del sueño y provocar, atendiendo a
la admiración de esta coincidencia, la deformación del texto del sueño o de los
eventos anteriores o posteriores al momento en que se produjo.
Por
otro lado, la falta de antecedentes y de asociaciones libres del soñante dificulta
aún más la labor interpretativa del sueño. Esto puede tener como consecuencia
la mera descripción de los hechos, la explicación de los factores externos que
provocaron el sueño y una corriente de suposiciones, aunque no por ello menos
aproximadas, sobre las ideas latentes y los deseos que se cumplen en el sueño
en cuestión.
Atendiendo
estas premisas, dejaremos a un lado la posible explicación del contenido
latente y los mecanismos por medio del cual dicho contenido queda oculto
gracias al trabajo del sueño. Nos avocaremos, pues, a exponer nuestras
apreciaciones en lo conducente a los deseos que se hacen presentes en el sueño
antes expuesto.
Para el año de 1900, año en
que se publica la Interpretación de los
sueños, Freud defendía la idea de que el sueño atendía a la realización de
un deseo. Al respecto, señala que “una idea, casi siempre la que contiene al
deseo, se evidencia en el sueño como escena vivida” y es representada en tiempo
presente. En el sueño, el hijo se acerca a la cama del sujeto y le toma del
brazo, lo que deja claro que el deseo del padre es el hecho de que el hijo
continúe con vida.
Por otro lado, y continuando
con la hipótesis de que el deseo inconsciente sería el de prolongar la vida del
niño, el sueño modifica el estímulo exterior en el cual el padre percibe sobre
sus ojos el reflejo de las llamas en la habitación contigua e introduce este
elemento en el sueño por medio de las palabras: Padre, ¿no ves que estoy
ardiendo? De esta forma, el deseo inconsciente se ve satisfecho gracias a que
el estímulo externo fue capaz de producir en el sujeto un sueño que le
permitiera seguir soñando y percibiendo a su hijo con vida, aunque sea por un
instante más.
Este estímulo exterior capaz
de producir un sueño cumple con una importante función: la de permitir que el
durmiente continúe en estado de reposo. En otras palabras, el sueño es el vigía
del reposo, no su agitador. Como guardián del reposo, podemos citar a los
sueños de comodidad, tantas veces comentados por Freud a lo largo de la Interpretación de los Sueños, en los
cuales se observa un llamado del mundo exterior, que bajo otras circunstancias
provocarían el inmediato despertar del sujeto, pero que a tal llamado se crean imágenes o situaciones oníricas que
permiten alargar un instante más el descanso del soñador. De hecho, el sueño en
cuestión se podría catalogar como un sueño de comodidad en el cual el sujeto,
en lugar de despertar abruptamente por la percepción de las llamas y el calor
del fuego, introduce nuevos elementos a su sueño a fin de prolongar un poco más
el estado de reposo.
En otras palabras, lo que
sucede cuando hay una percepción externa, como en este caso el reflejo de las
llamas, es que el sueño reacciona ante tal perturbación e introduce los
elementos oníricos necesarios y asociados a tal estímulo externo para que el
sujeto siga soñando; solo así, el sueño está en condiciones de cumplir con su
función de preservar el estado de reposo.
A partir de este momento,
podemos hacer hincapié en una parte del relato del sueño: el padre había pasado
varios días, sin un instante de reposo, cuidando a su hijo enfermo y tras la
muerte del niño se acostó en la habitación contigua para descansar. Podemos
suponer con esto, que además del deseo del padre de mantener con vida al niño,
también sentía el deseo de descansar, y gracias a este último se ha producido
un sueño de comodidad que le permite, simultáneamente, la satisfacción de ambos
deseos. Entonces, podemos concluir que la realización de todo deseo
inconsciente se presenta paralelamente con el deseo de dormir.
Podríamos suponer, que para
que estos sueños de comodidad cumplan con la función de mantener el reposo del
sujeto es necesario que se cumplan dos condiciones: a) que el sueño sea capaz
de acomodar el estímulo exterior en el texto del sueño y b) que este nuevo
texto sea compatible con el deseo inconsciente del sujeto. En otras palabras,
mientras el sueño tenga la capacidad de
introducir en su texto, en el cual se está satisfaciendo el deseo inconsciente,
un texto adicional compatible con dicho deseo, el sujeto podrá seguir
descansando. En caso contrario, en el texto del sueño se percibirá un corte
abrupto o un agregado injustificable de elementos provocando el inmediato
despertar del sujeto. En este sentido, las dos funciones del sueño son: a)
presentar al deseo inconsciente como realizado o b) cumplir con el deseo del
dormir.
Entonces, el despertar del
sujeto en el sueño en cuestión podría explicarse de la siguiente manera: El
ardor en los ojos del padre que duerme, provocado por el fuego que viene de la
habitación donde yace el hijo, constituye un llamado del mundo exterior. Este
llamado diría: Despiértate, porque el anciano se ha dormido y no se ha
percatado de que un cirio prendió fuego a tu hijo. Pero el sueño adapta un elemento
para evitar que el sujeto despierte al percibir el fuego. Esta adaptación del
sueño permite que el padre siga durmiendo y cumple con el deseo de mantener un
instante más al hijo con vida. Sin embargo, la frase del niño Padre ¿no ves que
estoy ardiendo? rompe con el texto del sueño y provoca el inmediato despertar
del durmiente.
b)
Sueño y repetición.
Adicionalmente a lo anterior,
debemos recordar también que el deseo de dormir está condicionado por otro
factor: “el sueño despierta justo en el momento en que podría retornar a la
realidad”.
Lacan, en su seminario XI “los
cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, en el capítulo el
inconsciente y la repetición, retoma el sueño del padre y nos habla “de un
sueño que tiene un lugar aparte entre todos los analizados por Freud”: el
encuentro único de un padre con su hijo,
el que une a ese padre con el cadáver de su hijo, único, pues solo un padre, en
tanto padre, puede saber lo que es la muerte de un hijo –paradigma del duelo,
ya no saber dónde se es, dejar al padre sin su propio nombre”-.
Encuentro
único, sin lugar a dudas, encuentro siniestro, del orden de lo real.
Si Freud definió el concepto
de repetición, sobre todo aquello que se refiere a la “compulsión a la repetición”, vinculada a la
pulsión de muerte y postuló la existencia de una compulsión básica del sujeto a
repetir, en Lacan el concepto de repetición está ligado a la insistencia de la
cadena significante. “La repetición es fundamentalmente la insistencia de la
palabra”, ciertos significantes insisten en retornar a la vida del sujeto. La
repetición es pues, una característica de la cadena significante.
Al hacer el análisis sobre los
elementos designados por Freud, con relación a la construcción e interpretación
de los sueños, Lacan introduce la importancia de los conceptos de registros
imaginario, real y simbólico, así como las nociones de metonimia y metáfora,
para designar a la condensación y el desplazamiento, respectivamente. El
inconsciente se estructura y se manifiesta a la manera de un lenguaje.
El sueño del padre es un sueño
que parece una calca de la realidad, sueño que sacó al soñante de la realidad
aterradora, para llevarlo a otra equivalente, la de lo físico. Pero ¿qué
realidad es más terrible? ¿el hijo que ha muerto y se
abrasa en la habitación contigua? o ¿la del hijo que toma en el sueño a su
padre del brazo y le dice, a manera de reproche: ¿qué no ves?, ¿no te das
cuenta?, ¿no me ves?, ¿no me viste? Las posibilidades de interpretación de la
metáfora, la del deseo, en este sueño terrible, donde solo tenemos los
elementos del propio sueño son, en efecto, inconmensurables.
Estoy ardiendo, le dice el
hijo a su padre. Freud dirá que esto puede ser una referencia a la fiebre del
niño durante su enfermedad. Lacan lleva la metáfora mas lejos aún, cuando se
pregunta ¿Qué quema al niño? Y podíamos agregar ¿dónde se está quemando?, ¿en
el infierno?, ¿en la hoguera?, ¿el hijo que debe cargar con los pecados del padre, con el Nombre del
Padre, según las palabras del propio Lacan? “Un misterio que es el del mas allá
y quien sabe en que sentido, compartido entre el padre y el hijo”, nos dice.
Una realidad manifestada a
través del inconsciente del padre, repetida en el cuarto contiguo donde el hijo
se abrasa en lo real. El padre sabe, dice, que en la voz de su hijo hay
reproche, su hijo sabe que se quema y el padre no parece darse cuenta: ¿qué no
ves?, Palabras que van a perpetuar el remordimiento del padre ¿por haber dejado
el cadáver de su hijo a un hombre que no fue capaz de cumplir la tarea de
cuidarlo?, ¿palabras de remordimiento por aquello que causó la muerte del hijo?
El sueño satisface la
necesidad de seguir durmiendo, entonces, ¿qué despierta al padre? El ruido, las
llamas percibidas a través de los ojos cerrados del durmiente pero, sobre todo,
lo casi idéntico que está pasando en el cuarto de al lado, la vela que quema al
hijo, como él ya se lo dijo a su padre, en el sueño. ¿Qué despierta? La otra
realidad, la del sueño. Y sin embargo, el despertar del padre parece un no
despertar, el despertar no se alcanza en este sueño, pues lo que se ha soñado
está ocurriendo en la realidad “la realidad que ya solo puede hacerse
repitiéndose indefinidamente, en un despertar indefinidamente nunca alcanzado”
Lacan se pregunta si no es
poco indicado, para confirmar la tesis de Freud en la interpretación de los
sueños, esto es, que el sueño es la realización de un deseo, que se nos
introduzca al último capítulo de esta obra, con el sueño del padre y el hijo
muerto. Si el sueño es un cumplimiento de deseo, ¿cuál puede ser en este caso,
el deseo del padre? El padre puede desear que su hijo esté vivo y lo tome del
brazo, o ¿estamos hablando aquí de un sueño autopunitivo?,
¿de la realidad fallida que causó la muerte del hijo?: culpa y arrepentimiento.
Pero, ¿con el arrepentimiento y la culpa, se libera el dolor?, ¿se paga con la
culpa?, ¿el sentir culpa pacifica?, ¿Es acaso ese sueño, la necesidad de
remediar lo que esta pasando en la habitación contigua? Lo que esperaría el
padre, el deseo del padre es, tal vez, un “padre, no ves que duermo”.
El encuentro posible con ese
ser inerte para siempre sucede, paradójicamente, en el momento mismo en que las
llamas, como por azar, vienen a unirse con él. “Dónde está en este sueño la
realidad, si no es en que se repite algo, en suma mas fatal, con ayuda de la realidad?” dirá Lacan.
Solo se muere a partir de la
muerte del otro, solo en la repetición inconsciente. Solo el inconsciente lo
puede saber.
b) Más
fuerte que la muerte
Este sueño alude a la víspera, al velorio y es una
bella manera de expresar la culpa en el sobreviviente que pasa por la relación
del hijo con el padre. Por una parte da cuenta de la piedad filial de
"cerrar los ojos" al muerto para que descanse. Además este gesto es
también una reacción a lo insoportable de la mirada, ya que se está ante unos
ojos que miran sin ver, es la mirada de la ausencia. Vemos entonces que se
trata de un sueño en el cual Freud expresa las reacciones típicas ante la
pérdida de su padre: piedad filial, identificación con el muerto y culpa en el
sobreviviente. Sabemos que la columna vertebral de La interpretación de los sueños son los propios sueños de Freud, de
tal manera que llama la atención cómo en sueños anteriores a la muerte del
padre, se hallan sueños en Freud con claras alusiones a la muerte, a la muerte
de otras personas como es el caso del sueño de la "inyección de Irma".
“Padre, ¿no ves que estoy
ardiendo?” Con estas palabras hemos acompañado esta meditación. No creo que a
lo largo de las lecturas que hemos seguido hayamos encontrado tal dramatismo
como puede ser esa voz, esas frases densas que puede ser la culpa del
sobreviviente, la culpa feroz de quien se sabe sin inocencia, es decir, una
inocencia sin ingenuidad, una rectitud sin estupidez, una absoluta rectitud que
es también una autocrítica absoluta, que ya no se puede leer en los ojos del
que es el objetivo de esa rectitud y cuya mirada ya no puede cuestionar más
sino sólo a la manera de un reproche que se manifiesta en el propio sueño:
“Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”. Estas frases dichas de manera alegórica,
como en una suerte de revelación constituyen un movimiento hacia el otro que no
regresa a su punto de origen en la forma en que regresa una desviación, incapaz
como es de trascendencia: un movimiento más allá de la ansiedad y más fuerte
que la propia muerte.
Estas palabras que se le
revelan en el sueño al padre son como las palabras finales de un imposible:
palabras que regresan, por supuesto, de ese ámbito que llamamos muerte; lo
hacen precisamente para no dejar que la muerte diga la última palabra, o la
primera. Antes de decir lo que debiera de ser el adiós entre el Padre y el
hijo, podríamos pensar que en ese encuentro soñado el Padre habla de una
exposición a la muerte, de la ausencia sin nombre del hijo, sin defensa alguna.
La muerte del hijo, que ha dejado al Padre sin su propio nombre, sin su propio
referente –la muerte que “encontramos”... “en el rostro del otro”– como la no
respuesta es, en el caso del Padre: la sin-respuesta total.
Hay aquí un final que siempre
tiene la ambigüedad de una partida sin retorno, de un llegar a su fin, pero
también de la conmoción (¿es realmente posible que esté muerto?) de la
no-respuesta y de la responsabilidad del propio Padre. La muerte de un hijo es
de un extremo tal que tendríamos que decir que no se trata de la desaparición
del hijo, ni del no ser ni de la nada, sino de una cierta experiencia, sin
nombre, para el Padre sobreviviente de la “sin-respuesta”.
Quizá ese “Padre, ¿no ves que
estoy ardiendo?” sólo sea la forma del síntoma de la culpa del sobreviviente;
sobrevivir es ahora tremendo, incluso “más fuerte que la propia muerte”. Aquí
de lo que estamos hablando es de una culpa que no tiene falta ni deuda; es, en
realidad, un instante de excepción, del dolor delegado, postergado, embozado
tras la sobrevivencia del hijo en el sueño, como dice Freud, aunque sea de un
solo instante; es la emoción confiada en un momento sin paralelo, el intervalo
en el que la muerte se revela al Padre como la excepción absoluta.
Para expresar esta emoción sin
precedentes, la que el Padre siente y no puede compartir, la que su sentimiento
de propiedad le impide exhibir, y que es en sí misma la “primera muerte”, en la
medida en que el Padre es responsable de ese otro que es el hijo y que es
responsable de su propia muerte como muerte. Acaso el “Padre, ¿no ves que estoy
ardiendo?” sólo sea una metonimia de la sobrevivencia.
La muerte del hijo no es, a
pesar de lo que parecería ser a primera vista, un hecho en sí (la muerte como un
hecho empírico, cuya sola presencia sugeriría su universalidad); no se agota en
esa forma. La muerte del hijo hace que el Padre se exprese en su desnudez:
“Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”. Esta frase es la voz de la culpa que
busca al Padre mismo y a ese gesto que es el hijo sólo en el sueño: ahora el
Padre debe contestar por él, ser responsable de él. Cada gesto del hijo en el
sueño del Padre es una señal dirigida hacia él mismo.
El dolor es inconmensurable,
como la deuda, porque lo que se debe no puede pagarse: nunca estaremos a mano,
es más, se trata de una obligación más allá de toda deuda, porque el Padre que
es lo que es, singular e identificable, sólo es a través de la imposibilidad de
ser sustituido, aun cuando es precisamente ahí donde la “responsabilidad por el
otro”, la “responsabilidad del rehén” es una experiencia de sustitución y
sacrificio. El hijo individualiza al Padre en esa responsabilidad que él tiene
del hijo. La muerte del hijo lo afecta en su identidad como un yo
responsable... constituido por una responsabilidad imposible de describir. Es
así como el Padre es afectado por la muerte de su hijo; ésta es su relación con
su muerte. Es desde ese momento, en su relación, en su deferencia hacia alguien
que ya no responde más, una culpa del sobreviviente.
La relación con la muerte en
su excepción –y la muerte es, sin importar su significado en relación con el
ser y la nada, una excepción– a la vez que confiere a la muerte su profundidad
no es una visión, ni siquiera una aspiración, una relación meramente emocional,
que se mueve con una emoción que no está compuesta de las repercusiones de un
conocimiento previo de nuestra sensibilidad y nuestro intelecto. Es una
emoción, un movimiento, una inquietud hacia lo desconocido.
Aquí el énfasis se halla en lo
desconocido. Lo desconocido no es el límite negativo de alguna forma de
conocimiento. Más bien es un no-conocimiento. Este no-conocimiento es el
elemento de amor que permite la trascendencia del hijo en el Padre, la
distancia infinita del otro. Si la relación con el otro presupone una
separación infinita, una interrupción ahí donde aparece el rostro, ¿qué sucede
en el momento en que esa interrupción surge de la muerte para hacer un vacío
todavía más infinito que la separación anterior, una interrupción en el centro
de la interrupción misma?, ¿dónde y a quién le sucede? Le sucede al Padre
frente a la ausencia irremediable del hijo.
Freud en la Carta Nº 50 a
Fliess señalaba, respecto a la muerte de su Padre que “Cuando murió, hacía
mucho que su vida había concluido, pero ante su muerte todo el pasado volvió a
despertarse en mi intimidad". En el caso que nos ocupa, ¿qué pasado podía
despertarse en la intimidad del Padre que asiste a la muerte del hijo, a esa
muerte que carece de nombre y que por ser una experiencia extrema puede ser
llamada “más fuerte que la muerte”? Quizá también aquella otra que en palabras
de Freud dice: "En realidad,
nadie es insustituible; a cuántos he acompañado a la tumba, y yo sigo viviendo,
los he sobrevivido a todos, he quedado dueño del terreno. . . me alegra
sobrevivir de nuevo a alguien, que yo no esté muerto sino él, que yo quedo
dueño del terreno como entonces, en la escena infantil fantaseada". Podría aquí entra la interpretación de que el
momento de sobrevivir es el momento del poder.