Michel Foucault publica en 1976 el expediente de un caso de parricidio
en el siglo XIX. En él recopila los diferentes documentos relacionados con el
acontecimiento, desde informes judiciales y médicos a artículos periodísticos y
la misma Memoria publicada por
el asesino. La tragedia tiene lugar en Francia el 3 de junio de 1835, cuando un
joven de 20 años de edad llamado Pierre Rivière masacra con una hoz a su madre,
a su hermana y a su pequeño hermano. En particular, llama la atención la
ferocidad con que el asesino destroza la cabeza de las víctimas, haciendo
papilla el cráneo, al grado que el de la madre está casi separado del resto del
cuerpo. Inmediatamente después de haber cometido el crimen, se encuentra con
algunos vecinos y les dice que ha liberado a su padre de todos sus males,
mientras les pide también que cuiden de su madre, refiriéndose con esto a su
abuela. Abandona el pueblo e inicia un vagabundeo por distintos pueblos
aledaños, refugiándose en los bosques y alimentándose de hierbas y frutas
silvestres. El cuadro es tan grotesco y aterrador que las noticias del crimen
pronto se extienden por toda la región, y un mes después del acontecimiento,
Pierre es aprehendido y consignado a las autoridades.
Después de la evaluación de las distintas declaraciones de testigos,
opiniones de médicos y la Memoria escrita por el acusado, el jurado decide declararlo culpable y sentenciarlo al
castigo que la ley francesa estipula para el parricidio: pena de muerte. Sin
embargo, el cuestionable estado mental del asesino y la imposibilidad de hacer
un juicio certero respecto a este, lleva a los mismos miembros del jurado a
redactar una petición de conmutación de la pena de muerte por la de cadena
perpetua, lo cual es concedido por el rey. No obstante, Pierre Rivière se
ahorca cuatro años después en la penitenciaría de Beaulieu.
Ante un asesinato tan brutal como este, pareciera demasiado sencillo
emitir un juicio al respecto y condenar al culpable a la pena máxima, poniéndole
etiquetas como la de monstruo o depravado. La complejidad de la situación yace
en lo que en aquella época parecía contradictorio: cualquiera que haya
observado los cadáveres de las víctimas o escuchado una descripción detallada
del crimen, no habrá dudado en pensar que tales atrocidades sólo pueden ser
producto de una mente enferma, afectada por una grave locura en la que toda
razón se encontraría ausente. Es difícil pensar que en algún lugar pudiera
existir una razón detrás de la aparente sinrazón del acto, y esto es
precisamente lo que resulta tan desconcertante para los jurados ya que no
pueden entender aquello que Pierre demuestra brillantemente cuando presenta al
mundo su Memoria: que la locura no es
lo mismo que la irracionalidad o el absurdo.
Rivière muestra una capacidad de memorización impecable y presenta una
narrativa perfectamente coherente e incluso sobresaliente si tomamos en
cuenta la casi nula educación de su
autor. Es en este momento que la línea divisoria entre la locura y la cordura
parece borrarse, y las definiciones de la época para categorizar la enfermedad
mental resultan insuficientes para encuadrar y comprender al personaje que es
Pierre Rivière. Si pensamos en la caracterización que se hace del delirio como
un desarrollo lógico sobre premisas falsas, podremos entender que ésta es
precisamente la situación con la que nos enfrentamos en este caso. Por este
motivo, es casi increíble que el Doctor Bouchard, uno de los expertos
consultados por tribunales de justicia, citado en los Anales de Higiene Pública
llegara a sus conclusiones a partir de la siguiente deducción:
“Su estado mental no puede situarse en ninguna
de las clasificaciones adoptadas por los autores […] Pierre Rivière no es un monomaníaco
ya que no delira sobre un único objeto, no es un maníaco porque no está en un
estado constante de agitación; no es idiota ya que ha redactado una memoria
cargada de sentido; y finalmente no es un demente, como podrá apreciarse a
simple vista. Luego Pierre Rivière no es un alienado.” (Anales de Higiene Pública, cit. por
Foucault, 1976, p.163)
Las definiciones de la época presuponen un patrón predecible de
conducta, ya sea dado por una monomanía o por una completa demencia, pero es
evidente que es imposible estereotipar y que los casos individuales son más
complejos que una simple lista de características a verificar. Sin embargo, el enfoque de la psiquiatría de
aquella época, lleva al Doctor Bouchard a considerar que “puede atribuirse el
triple asesinato […] a un estado de exaltación momentáneo, provocado por las
desgracias de su padre” (Foucault, 1976, p.136).
Entonces ¿hay una mayor complejidad detrás de esa caracterización tan
patética y simplista de la locura?, ¿sería posible pensar que en el loco como
más que simplemente un loco? En el momento en que se pone una etiqueta que
denomina una cierta psicopatología, el sujeto parece perder tal subjetividad
para convertirse en un ejemplo más de una categoría, pero es precisamente en
dicha subjetividad, que la clasificación psiquiátrica deja fuera, que está la
única posibilidad de encontrar el significado oculto, la única lógica posible,
los restos de razón que aún quedan en la locura.
Es por eso que antes de emitir un juicio y considerar a Pierre como un
ser que no puede más que inspirar horror y desprecio, sería conveniente
plantear varias preguntas, esperando que algunas de estas abran una puerta a la
mente del asesino, y permitan comprender con mayor claridad el verdadero motor
del crimen. Como dijimos anteriormente, los documentos presentados por Foucault
nos permiten pensar en la presencia de un delirio, sin embargo todavía quedaría
por aclarar cuál es la verdad que pretende ser articulada por éste y el
significado que se esconde detrás del discurso presentado en su Memoria, ya que el delirio ha demostrado
ser un intento de curación, de reparación de una falla en la estructura
psíquica del psicótico. El delirio no es únicamente una sucesión de
incoherencias e ideas fantásticas o inusuales, sino que nos dice la verdad
acerca de lo que angustia al psicótico; el problema es simplemente que lo hace
de un modo bastante enigmático.
Algunos testigos mencionan que Pierre fue un niño normal hasta los 4
años, hecho que coincide con la edad en que la madre se lo llevó de la casa
paterna contra la voluntad del padre. ¿De qué manera pudo haber afectado la
estructura psíquica de Pierre, una familia en la que los hijos iban y venían de
una casa a otra según el capricho de la madre? Sería interesante investigar en
qué medida la incapacidad del padre para imponerse y frenar el deseo materno
repercutió en el origen y la forma del delirio, pues llama la atención el
extremo terror al incesto en Pierre, el cual abordaremos posteriormente.
Por otro lado, es relevante la gran preocupación del inculpado con las
cuestiones religiosas, al grado de creerse llamado por Dios a cometer el
crimen, para después sentirse amenazado por la justicia divina ante la
intención de suicidarse Si este es el caso, evaluar el papel de Dios podría
esclarecer los elementos claves que lo conforman, considerando la posibilidad
de una megalomanía, un delirio místico y tal vez de reivindicación. Finalmente,
queda la pregunta del significado y las causas del suicidio de Pierre. Aparentemente
había recobrado la razón después de cometido su crimen, como sucede en tantos
paranoicos en quienes se derrumba el delirio después del pasaje al acto, sin
embargo, nuestro personaje termina sacrificándose.
El discurso en torno a un mismo acontecimiento – el parricidio – es
sumamente heterogéneo y el texto de Foucault únicamente recopila las
publicaciones oficiales de aquella época, así como la Memoria escrita por Rivière. Ningún médico lo examinó por un
período lo suficientemente largo ni con la intención de analizar su discurso
delirante, los testimonios de familiares cercanos no se incluyen, aunque su
padre y su abuela están listados como testigos y, en el texto, a excepción de
unas muy escuetas referencias dadas por un periódico, no está documentada la
evolución de Rivière desde su ingreso a prisión hasta su suicidio; No obstante,
trataremos de responder las preguntas planteadas tomando en cuenta los datos
disponibles y poniendo especial atención a la Memoria que, sin embargo, nos circunscribe a lo que el mismo Rivière
quiso o pudo decir de sí mismo y de su locura.
Después de que ocurre la tragedia, varios habitantes del pueblo, vecinos
y conocidos, testifican para proporcionar una descripción del carácter de
Rivière, a quien la mayoría atribuye una conducta extravagante y anormal, así
como una inteligencia muy limitada. Los testigos confirman que la relación
entre los padres era en efecto muy mala y que la culpable de los problemas era
la mujer. En cuanto a Pierre, todos coinciden en que siempre fue muy solitario,
no se relacionaba con los niños de su edad y era sumamente obstinado. Otros más
refieren anécdotas, escuchadas de boca de otros o a partir de la experiencia
propia, que atribuyen a Rivière conductas irracionales como extrañas
contorsiones y movimientos exagerados, diálogos y discusiones consigo mismo,
así como una aversión muy particular a las mujeres, los gatos y las gallinas;
mencionan que frecuentemente gritaba aterrorizado: ¡el diablo!, y que esto iba
acompañado de una risa idiota, que en general aparecía siempre que se le
interrogaba acerca de otras extravagancias de su comportamiento. Uno de los
testigos narra: “Oí por el camino, como dos voces de hombre en disputa y que se
decían: eres un pillo, voy a degollarte y cosas parecidas [entonces] vi a Pierre
Riviére” (Foucault, 1976, p. 40). Narran que era conocido como el idota del
pueblo, y que se divertía crucificando pájaros y ranas y amedrentando a los
niños del pueblo, incluso llegando a amenazar y a poner en peligro la vida de
sus hermanos. Es curioso que el único
testigo que considera a Pierre bastante normal, e incluso inteligente, es el
cura del pueblo en quien podemos pensar como el representante de Dios en la
Tierra. Sin embargo, incluso él no deja de notar que Pierre “tenía como un
sesgo en la imaginación” (Foucault, 1976, p.39).
El asesino es examinado por varios
médicos y se presentan informes respecto al estado mental de Pierre, sin
embargo, los médicos no coinciden en sus conclusiones en lo que se refiere al
diagnóstico de locura, pues mientras el citado doctor Bouchard, alega que la
lucidez con que habla y escribe su Memoria son pruebas de su cordura, otros como el doctor Vastel no cesan de ver signos
de alienación. Su aparente inteligencia y la memoria tan desarrollada que posee Pierre no
son pruebas de su normalidad, pues esta “puede ser brillantísima en una gran
cantidad de locos [y] la razón de la que parece gozar desde entonces se explica
por el fuerte trauma moral que provocó en su persona la sangre derramada”, es
decir la resolución a partir del pasaje al acto (Vastel, cit. por Foucault,
1976, p.148).
Durante el primer interrogatorio que se le hace a Pierre, él sostiene
que asesinó a su madre y hermanos porque estaba obedeciendo órdenes de Dios,
quien supuestamente le habría pedido que liberara a su padre de la miseria que
su madre le ocasionaba en confabulación con sus hermanos. Menciona que planeó
el crimen quince días antes de realizarlo y proporciona citas bíblicas para justificar
sus actos, diciendo que en algún momento “Dios ordenó a Moisés que degollara a
los adoradores del becerro de oro, sin exceptuar amigos, ni padre ni hijos”
(Rivière cit. por Foucault, 1976, p.33).
Al final de este interrogatorio, sin embargo, el inculpado declara la
falsedad de esos testimonios y simplemente admite que lo dicho respecto a su
misión divina fue únicamente un intento de hacerse pasar por loco, pero que en
realidad asesinó a las víctimas para liberar a su padre “de una mala mujer que
le hacía la vida imposible […], que le llevaba a una tal desesperación, que a
veces se había sentido tentado a suicidarse […] Maté a mi hermana Victoire
porque se puso del lado de mi madre. Maté a mi hermano porque quería a mi madre
y a mi hermana” (Rivière, cit. por Foucault, 1976, p.37). Hace una exposición
detallada de los permanentes conflictos maritales entre sus padres,
explicitando el proceder maquiavélico de su madre, y promete presentarlo por
escrito. Aunque hasta este punto parece desconcertante la manera en que Pierre
se desdice del relato inicial e intenta dar una explicación meramente lógica de
su crimen sustentada en un profundo amor filial, más adelante en su Memoria, veremos cómo el mismo tema religioso
reaparece y es sistematizado en el delirio.
Rivière comienza a escribir durante su estancia en la cárcel, una Memoria en la cual da a conocer con
bastante claridad y coherencia los motivos de su crimen, narra las
humillaciones sufridas por su padre y concluye con una especie de autobiografía
en la que él mismo describe su propio carácter. Comienza relatando el motivo
del matrimonio entre sus padres: “Mi tío, hermano mayor de mi padre estaba en
el servicio y temían que mi padre, a pesar de su número alto, fuera obligado a
partir, de modo que decidieron que se casase” (Rivière, cit. por Foucault,
p.69). De este modo, el matrimonio se convierte en la redención frente al peligro
de muerte en el campo de batalla, pero aunque con esto el padre se libra de ser
entregado al ejército, es a cambio entregado a una mujer insaciable y a una
serie de futuras batallas conyugales, pues al efectuarse la unión por lo civil,
la ley determinaba que fuera por bienes mancomunados, lo que después se
convirtió en motivo de disputas financieras entre los esposos.
Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la madre de Pierre
permanece en la casa paterna, y su esposo únicamente va a visitarla, mientras
ella y sus padres demuestran un gran desprecio y aversión por él. A los dos
años de matrimonio nace Pierre y su madre se va a vivir con su padre, permanece
enferma durante seis meses posteriores al parto, y luego otros tres al año
siguiente después de dar a luz a otra niña y finalmente decide regresar con sus
padres. Pierre permanece con su padre hasta los cuatro años aproximadamente,
cuando su madre regresa a reclamarlo y a llevárselo por la fuerza, sin que el
padre pueda oponerse a ello. Dos años después, a los seis años, Pierre regresa
para quedarse definitivamente con su padre. Los otros hermanos de Pierre
también son sujetos a tales idas y venidas según la voluntad materna. De este
modo, los hijos parecen reducirse a simples objetos que satisfacen el goce de
su madre, y es que ella misma parece estar afectada por algún tipo de locura,
pues según el relato de Pierre, hacía constantes sus alusiones a la infidelidad
de su marido. Un día, nos dice, “se vistió como una mendiga y se fue a Aunay,
entró en casa de mi padre y le dijo que era un glotón y un depravado que
mantenía a las putas. [Al vicario] le contó que su marido la mataba de hambre,
que no tenía nada, que había otras mujeres en la vida de mi padre […]”(Rivière
cit. por Foucault, 1976, p. 77). Este es
sólo uno de varios episodios en los que Pierre narra cómo su madre esparcía
rumores de que su esposo no la alimentaba ni a ella ni a sus hijos y lo
difamaba diciendo que gastaba el dinero en vicios y putas. Ella, a cambio,
mantenía a los niños alejados de él con el fin de causarle sufrimiento, y
aunque hubo períodos en que algunos de los hijos fueron a vivir con el padre,
los dos asesinados por Pierre siempre permanecieron con la madre y bajo su
dominio, como muestra claramente la diligencia con que Victoire, la hermana
asesinada, secundaba a su madre en sus planes y creencias.
En 1833 se inicia un proceso por una propiedad que era parte de la dote
de la madre, la cual se iba a alquilar cuando ésta regresara a vivir con el
padre de Pierre. Una vez establecido el contrato, la madre se rehúsa a
abandonar el lugar, ocasionando un conflicto legal con el arrendatario, que el
padre de Pierre tiene que liquidar. A esto se sumaban cada vez más deudas de la
madre, que compraba cosas a crédito para hacérselas pagar a su marido y las
constantes acusaciones ya mencionadas. La madre de Pierre muestra un delirio celotípico
y de reivindicación, pues interpreta que su marido la engaña y actúa constantemente
en su perjuicio, que es “un farsante […] que nos ha robado todos nuestros
bienes” (Rivière, cit. por Foucault, 1976, p.98); es por eso que pide que la
deje en paz, al mismo tiempo que busca constantemente que él le resarza por el
supuesto daño haciéndole pagar sus infinitas deudas.
Alrededor del período en que se
disputa el alquiler del inmueble, muere Jean, un hermano de Pierre muy querido
por su padre, y la madre no hace más que culpar a éste de la muerte de su hijo.
La madre anuncia al poco tiempo que está embarazada, pero el padre de Pierre
sabe que el niño no puede ser de él; Pierre comenta que ese niño sería más bien
producto del adulterio de su madre, quien en ese momento decide buscar el
proceso de separación civil. El juez se muestra a favor de la madre e ignora
los argumentos y ruegos desesperados del padre de Pierre, quien cada día se
encuentra más afligido e incluso habla de suicidarse.
Pierre describe a su padre como un hombre dulce y pacífico, víctima de
una mujer tirana que lo atormentaba, a quien en ningún momento es capaz de
imponérsele. Nos narra también la incapacidad de éste para llevar a cabo la
función de corte entre el deseo materno y los hijos cuando, refiriéndose al
lecho conyugal cuenta que: “Al ver que [mi madre] no le dejaba apenas sitio ni
almohada [mi padre] prefirió acostarse en la otra cama y desde ese momento mi
hermana y mi hermano durmieron con mi madre”. (Rivière, cit. por Foucault,
1976, p. 101). La aversión de la madre hacia el padre impide que se lleve a
cabo la función de castración, la cual introduciría el falo simbólico, ejecutando
la ruptura de la díada madre-hijo y permitiendo la constitución de éste último
como sujeto en la medida que “se opone a la instauración de una completud
imaginaria en la que ambos quedarían unidos [y en la que] el sujeto corre el
riesgo de enfrentarse con el deseo del Otro experimentado como una voluntad de
goce sin límite” (Maleval, 2002, p.84). En esto consiste la falla estructural
que necesariamente está presente en la psicosis y a la que Lacan da el nombre
de forclusión del Nombre del Padre; Aunque él, en la sesión del 15 de enero de
1958, aclara que tal función es independiente del padre real y depende de que
algo o alguien ocupe este lugar simbólico, en retrospectiva, podemos suponer
que no hubo nadie que cumpliera esta función para Pierre, puesto que es un
psicótico que delira. No vemos nunca a una figura que represente al padre
edípico, cuya misión es introducir la Ley estableciendo la prohibición
fundamental del incesto.
En este caso, por el contrario, nos es presentado un cuadro de un padre
impotente, que no puede poner un freno al goce de su mujer cuando Pierre se
refiere a él diciendo: “Tomó la costumbre de gritarle […] entonces le veíamos
con una expresión muy triste hablar con ella, gritarle, hablarle bajito sin
poder solucionar nada, mi madre se le reía y estaba muy contenta de verlo en
aquel estado (Rivière, cit. por Foucault, 1976, p.102). En varias ocasiones
reitera que la madre se ríe de su padre, al mismo tiempo que lo convierte en el
hazmerreír del pueblo, ¿cómo no comprender entonces el terror de Pierre al
incesto y su necesidad de reintroducir la ley de los hombres? Pero, ¿cómo
introducir una ley que no existe cuando no se tiene el significante fálico del
Nombre del Padre que designe la incompletud del Otro? La única opción que queda
es intentar, por medio del delirio y el pasaje al acto, producir la caída del objeto a, objeto de goce del Otro con el que
se identifica el psicótico (Lacan, cit. por Maleval, 2002, p. 103).
Dado que en la psicosis lo que no es simbolizable debe aparecer en el
real, vemos a Pierre tratando de hacer aparecer ese objeto caído, decapitando
coles, crucificando ranas y pájaros, asustando niños y sacrificando al
arrendajo de su hermano. Él se identifica explícitamente con este último, pues
al ser dictada su sentencia de muerte, recita los mismos versos con los cuales enterró
al animal:
“Entre los vivos,
antes estuvo,
de los cuidados de
un ser humano fue objeto.
La esperanza decía
que un día de su lenguaje,
todos los pueblos
pasmados le harían gran homenaje,
¿y murió!” (Rivière, cit. por
Foucault, 1976, p. 51)
En
el último verso se manifiesta también el delirio de grandeza característico de
tantas paranoias, que en el discurso de Pierre va además inevitablemente ligado
a un contexto bélico.
A los fiscales
“pensaba decirles: en otro tiempo vimos a Jael contra los Sirara, a Judits
contra los Holofernes […] ahora deben ser los hombres quienes empleen este
sistema, son las mujeres las que mandan en la actualidad […]los romanos estaban
mucho más civilizados […] siempre fueron los más poderosos físicamente los que
dictaron la ley […] me creía Bonaparte en 1815 […] pensé que […] mi nombre se
oiría por el mundo entero, que con mi muerte me cubriría de gloria “ (Rivière,
cit. por Foucault, 1976, p. 120)
Ante la incapacidad de su padre para hacer frente a su madre, y al ver
que incluso el juez, representante de la ley, falla a favor de esta última
cuando la pareja comparece ante él, Pierre considera que es su misión restaurar
la “ley de los hombres”, poner un freno al goce de ese Otro que son las mujeres,
encarnadas por su madre y por su hermana y resolver el terror al incesto que lo
invadía. En esto comparte el delirio de reivindicación de su madre, pero en Pierre es altruista y además corresponde a una
identificación con figuras como Napoleón, lo cual es no es tan sorprendente si
recordamos que la evasión del reclutamiento para el ejército es lo que motiva
al padre de Pierre a casarse y a terminar siendo presa de los abusos de su
esposa. Sabemos, por la edad de Pierre y alguna referencia hecha por un testigo,
que en esa época estaría por ser reclutado para el servicio militar, y pareciera
que el hijo se siente identificado con el padre en cuanto a las dos opciones:
el ejército o la mujer devoradora; él se siente atraído por la idea del ejército
con tal de no ser entregado al goce voraz de La mujer insaciable personificada
por su madre y hermana, a quienes caracteriza como “las fauces de perros
rabiosos o de bárbaros, contra los que tenía que emplear las armas” (Rivière, cit. por Foucault, 1977,
p.117). De cualquier manera, el asesinato de su madre y hermanos no logrará
liberarlo de su posición como objeto de goce del Otro pues no se cae el delirio
y permanece la idea del autosacrificio por su padre.
Antes de abordar dicha cuestión, cabe primero preguntarse la razón por
la cual el padre de Pierre no hace ningún intento por poner fin a su suplicio,
de manera que es su hijo quien tiene que redimirlo. ¿Cuál es la razón que hace
que el padre de Pierre soporte todos estos daños y humillaciones de una manera
casi estoica y sin intentar una separación? Él mismo nos da la respuesta, y es
ahí donde reencontramos al Dios del delirio de Pierre. Después de la muerte de
su hermano Jean, Pierre nos narra: “mi padre destrozado por de dolor [sic]
exclamó: ¡qué desgraciado soy, Dios mío, me vais a poner a prueba aún más, mi
pobre niño cuánta suerte tienes de marcharte de este mundo, irás al cielo!” (Rivière,
cit. por Foucault, 1976, p. 95).
Es una constante en el hablar del padre y de la abuela paterna, el
mencionar a un Dios que envía las penas a los hombres y contra cuyos designios
no se puede hacer nada más que soportarlos sumisamente a manera de sacrificio.
Percibimos en todo caso un Dios bastante sádico, de algún modo similar al Dios
de Schreber como ese Otro que persigue, la figura del Padre primordial
omnipotente que encarna un goce desenfrenado (Maleval, 2002, p.291).
Qué mejor caracterización del Otro, encarnado en la figura del Padre
gozador que exige la muerte de sus hijos, el rey que requiere el sacrificio de
sus súbditos que la que nos da Rivière cuando señala:
“Había leído en la
historia romana y había visto que las leyes de los romanos daban al marido
derecho de vida y de muerte sobre su mujer y sus hijos. […] me inmortalizaría
muriendo por mi padre, me imaginaba como los guerreros que morían por su patria
y por su rey […] (Rivière, cit. por Foucault, 1976, p.117)
A esta concepción de Dios, se anuda el delirio místico de Pierre, pues
quien está entonces detrás del goce de la madre no es sino Dios mismo.
“A pesar de estos
deseos de gloria, quería mucho a mi padre y sus desgracias me afectaban mucho.
El abatimiento en el que le vi sumido […] Todas mis ideas estuvieron marcadas
por eso y se concentraron en este problema. […] Olvidé del todo los principios
que debían hacer que respetase a mi madre […] la religión prohibía estas cosas
pero me olvidé de sus reglas, incluso tuve la impresión de que Dios me había
encomendado esta misión […] conocía las leyes humanas [pero] las veía innobles
y vergonzosas. P.117
Las leyes humanas son percibidas por Pierre como innobles precisamente
porque no existen, y a falta del significante fálico, tampoco pueden existir. Es
por eso que Dios no formula su petición de manera que Pierre únicamente tenga
que matar a su madre y hermanos para liberar a su padre y restaurar la ley,
sino que a este acto se le agrega otra condición: el autosacrificio como
premisa fundamental del acto, según lo articula Pierre:
“Yo también me
sacrificaría por mi padre; todo parecía invitarme a esa acción […] nuestro
Señor Jesucristo murió en la cruz para salvar a los hombres. Para rescatarlos
de la esclavitud del demonio, del pecado y de la eterna condena, era Dios, era
él quien debía castigar a los hombres que le habían ofendido; de modo que podía
perdonarles sin sufrir aquel tormento; pero yo sólo puedo liberar a mi padre
muriendo por él.” (Rivière, cit. por Foucault, 1976, p.118)
Con esta especie de insight acerca de su propia misión redentora, parece
resolverse para Pierre, si bien de manera muy precaria, el enigma de qué es lo
que quiere el Otro, permitiendo que el goce de éste pueda ser localizado e
identificado al menos temporalmente, y este saber explica la megalomanía antes
expresada por Pierre en sus comparaciones con personajes célebres. En la última
fase del delirio, según la describe Maleval (2002), el psicótico consiente el
goce del Otro ya que se considera privilegiado con un conocimiento que le
transmite una figura paterna omnipotente (Dios), de la cual es el portavoz o
incluso la encarnación, lo cual no es difícil de reconocer en Pierre cuando se
compara con Jesucristo y habla de que su crimen fue de inspiración divina. Ya
en este momento podemos observar que la declaración de Pierre negando la
inspiración divina como motivo del asesinato, retractándose de su primera
versión dada a los jueces, no es sino una denegación que inconscientemente afirma
precisamente aquello que pretende negar.
Por otro lado, es a partir de la interpretación auto-referente tan
característica del delirio, la cual parece mostrarle a Pierre ejemplos de
figuras heroicas y redentoras con las que se identifica, que su propio delirio
adquiere su coherencia y sistematización. Esto nos explicaría la discordancia
entre la descripción que hacen de él los testigos como un imbécil y el sentido que
Pierre da a sus extravagantes conductas en retrospectiva cuando las narra en su Memoria. Es posible que su psicosis haya
tenido un desarrollo similar a la del presidente Schreber y que, de la manera
descrita por Freud (1911), haya empezado como los delirios alucinatorios que
caracterizan a las parafrenias y que
haya ido estructurándose de manera progresiva.
En su delirio Pierre se identifica con Jesucristo en cuanto que este
último se sacrifica a su Padre para redimir a los hombres. La esencia del
sacrificio cristiano es que es por alguien (la raza humana) y para alguien (Dios Padre), y es ahí donde Pierre no dice nada. Si tomamos en cuenta que,
según sus palabras, él se sacrifica por su padre, entonces ¿a quién se ofrece
el sacrificio? Pareciera que falta un elemento o que más bien se duplica, y en
esto es que la analogía con Jesucristo cobra pleno sentido: también el sacrificio
de Pierre es para su Padre, pero esta
vez no identificado con el padre real sino con Dios. Además, dado que ocurre
una inversión de los papeles por la que Pierre asume el rol del padre como
representante de la Ley precisamente para salvar a su padre del Otro devorador
encarnado por la madre, incluso podríamos pensar en una identificación de
nuestro personaje con el padre real, pues no dejamos de notar que después del
asesinato, algunos testigos narran que Pierre huye diciendo a unos vecinos que
cuiden de su madre (Foucault, 1976, pp. 22-23), refiriéndose claramente a su
abuela, entonces ¿quién es el que ocupa el lugar como hijo de ésta última?
¿Pierre o su padre?, que por cierto también se llamaba Pierre. Se confunden los
roles y, como dijimos, Pierre (hijo) se ve llamado a ocupar el lugar de Pierre
(padre). Si sostenemos la posibilidad de una identificación, podemos decir
entonces, que al salvar a su padre, Pierre en realidad se está liberando a sí
mismo de la amenaza del incesto. El mismo terror al incesto es insertado en un
contexto religioso, pues Pierre relata que “[…] cuando creía que me había
acercado demasiado [a las mujeres], hacía unos signos con la mano como para
reparar el mal que creía haber hecho [¨…] decía que quería ahuyentar al diablo”
(Rivière, cit. por Foucault, 1976, p. 114), pero el diablo sólo podemos
interpretarlo como otra faceta de ese Otro inmenso que posee y atormenta.
El pasaje al acto no resuelve el delirio, pues en la fragmentación que
caracteriza a las psicosis, Dios Padre no es más que otra faceta de la madre
asesinada. El Otro tiende a desdoblarse en muchos personajes, como ocurre en el
caso del presidente Schreber que no sólo es perseguido por su médico sino por
un Dios que sufre una bipartición en Dios superior y Dios inferior (Freud,
1911). Del mismo modo, para Pierre, el Otro se manifiesta en la madre insaciable,
equiparada con el Diablo y en la persona divina, que a su vez se subdivide en
el Dios que ordena el asesinato para restaurar la ley y el que después juzga y
persigue por el crimen[1],
pues el rito no está completo hasta que Pierre mismo se ofrece en
autosacrificio para el goce del Otro (Dios), pero también para despertar su
angustia. Los periódicos narran que una vez encarcelado, pide la muerte pues
asegura que de todos modos ya está muerto, y no miente, porque probablemente
habla de su muerte como sujeto. Su acto ya no le inspira orgullo sino vergüenza,
se describe como un monstruo: ahora representa el objeto caído.
Termina sus Memoria asumiendo
la responsabilidad, reprobando sus acciones y resignándose a recibir la pena
que él mismo dice merecer[2].
Al matar a su madre, Pierre intenta introducir la ley del Padre y la
prohibición fundamental del incesto. Sin embargo, al no existir el significante
fálico que medie la función de corte en el campo de lo simbólico, ese Otro que
ella representa, se traslada a la figura de Dios, quien le exige a Pierre su
propio sacrificio como única salida ante la angustia que produce el deseo sin
límites del Otro.
A pesar de la influencia de las ideas de la Ilustración, la religiosidad
aún predominante en la Francia del siglo XIX, permite que se escape de la vista
el vínculo tan particular de Pierre con la religión y su papel en la
elaboración de un delirio místico. Tal vez habría sido necesario que sus ideas
fueran tan inusuales como las del presidente Schreber, quien afirmaba ser la
mujer de Dios, para que los expertos y la sociedad fueran capaces de reconocer
la verdad acerca de la angustia escondida en el discurso delirante de Pierre, pero
bien es cierto que cuando es compartida por la mayoría, la locura no es
considerada locura, y la idea de un Dios tal como el del padre de Pierre, que
envía penas y sufrimiento a los devotos, no es tan difícil de encontrar en
muchos católicos. Después de todo, lo que Pierre intentó hacer, con
consecuencias catastróficas, fue llevar
al real alguna parte de la doctrina católica que para los demás generalmente permanece
en el simbólico: el sacrificio ofrecido al Padre.
Finalmente, no puedo dejar de notar una ironía en el hecho de que la
locura de Pierre consistió en algún momento en concebir su funesto proyecto
como la forma en que se daría a conocer al mundo y sería recordado, incluso
comprendido y reivindicado en la posteridad. Efectivamente, han pasado 171 años
y, aunque nada puede justificar el horror de su crimen, es cierto que seguimos
hablando de él y tal vez lo entendemos mejor. Podríamos decir que consiguió su
propósito, a causa de - y a pesar de - su locura, aunque sin duda, el precio a
pagar fue demasiado caro.
Bibliografía:
° Foucault,
Michel (1976) Yo, Pierre Riviere, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi
hermano...(Un caso de Parricidio del Siglo XIX , Tusquets Editores ,
Barcelona.
° Freud, S. (1911) Sobre un Caso de paranoia descrito
autobiográficamente (Schreber), Obras
Completas, Tomo XII, Amorrortu, Buenos Aires.
° Lacan, Jacques. (1956-1957) Seminario Las Formaciones del Inconsciente, Sesión del 15 de enero
de 1958.
° Maleval,
Jean-Claude (2002) "La forclusión
del Nombre del Padre", Paidós, Buenos Aires.