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Revista Carta Psicoanalítica
ISSN: 1665 - 7845
Número 8. Marzo de 2006
¿Sexo y/o género? Reflexiones sobre la categoría
de género y la filosofía foucaultiana desde el psicoanálisis
Julio Ortega Bobadilla
Resumen: El presente artículo describe
algunas dificultades del uso del término “género” para referirse a los estudios
sobre mujeres y detalla algunos problemas de esas aproximaciones. Refiere
nuevas tendencias de investigación en la historia de la mujer que toman en
cuenta las posiciones de Michel Foucault. Explora, también, las relaciones
posibles entre arqueología y psicoanálisis, como un tema de importancia que
puede arrojar puntos de crítica y de resistencia del psicoanálisis hacia los estudios de
género.
Palabras clave: estudios de género, arqueología, psicoanálisis.
Abstract: This article describes some problems about
using the term ‘gender’ as a synonymous for women studies and remarks some
problems in some of these approaches. It also relates new tendencies in this
kind of studies that assumes the annotations of Michel Foucault. The author
explores the relations between archeology and psychoanalysis as an important
subject in the way of clarifies the points of critics and resistance toward
gender studies.
Key words: gender studies, archeology,
psychoanalysis.
Marta Lamas
(1995) en su artículo Usos, dificultades y posibilidades de la categoría de
género analiza las dificultades que produce el uso de la categoría de
género, señala que el término fue concebido en los círculos feministas
anglosajones alrededor de los años setenta, como una expresión que aspiraba a
diferenciar las construcciones sociales y culturales de las estructuras biológicas.
Suponían quienes sostenían esa
distinción, que diferenciando sexo y género se podría enfrentar mejor el
determinismo biológico y se ampliaba la base argumentativa a favor de la
igualdad de las mujeres.
La
adopción al español del término no ha carecido de dificultades pues el vocablo
anglosajón no corresponde totalmente al uso del término género en nuestra
lengua. Mientras que en el inglés refiere directamente a la cuestión sexual, en
español, el significante refiere a clase, especie, tipo o grupo taxonómico.
La revisión de los estudios de
la perspectiva de género apunta una connotación sorprendente: teoría
de género y estudios sobre la mujer se vuelven, para todo uso práctico,
sinónimos.
Más aún, puede
constatarse el caso, de que estudios cuya materia era la historia de las mujeres, mudaron simplemente de nombre para buscar su
mayor difusión y ahora se denominan de género.
El uso
indiscriminado del término género asociado a las mujeres, reduce las
publicaciones a conceptos asociados con el estudio de cuestiones relativas a un
solo sexo: estatuto femenino, niños, familias e ideología. De esta manera, se
deniega la utilidad del término, devolviendo su uso a una división
funcionalista con raíces biológicas. Las ventajas del concepto se pierden al
hacer equivalentes los términos mujer a género. De nada sirve hablar de género
si el término sólo refiere a mujeres y rechaza como parte de su materia, el
estudio de los hombres manteniendo la idea de que la información sobre mujeres
no implica a los hombres.
Poco o nada se
habla del género en relación a los hombres y a la constitución social que
habría dado origen a su “machismo”. En esos artículos encontramos, más
bien, el empeño en deconstruir y
desmantelar el discurso milenario que justificaría el sometimiento
institucionalizado de las mujeres a los varones, aludiendo a la supuesta
inferioridad natural de éstas. Los estudios de género apuntan así, a la
construcción histórico-social de la
diferencia sexual (Ramos Escandón, 1999), que coinciden con la idea de
Simone de Beauvior de que no se nace mujer, sino se deviene mujer.
Sin embargo, el problema de
multitud de estos análisis consiste en asumir la acción de un dominio simple de
los hombres hacia las mujeres que las colocaría como víctimas pasivas de una
situación de discriminación desventajosa en todas las sociedades conocidas.
Vale la pena recordar, que en sus
inicios, la teoría feminista retomó la simple lógica marxista de dominio de una
clase sobre otra, para explicar la subordinación femenina generando así más de
un problema en su aproximación: asunción del axioma del matriarcado primordial, afirmación de un
binomio lógico que liga opresión capitalista y dominación de la mujer, pero
sobre todo, la extrapolación de la relación burguesía – proletariado al de
sujeción entre hombre y mujer que inspiraría a una conciencia de clase femenina
a la que corresponde revelarse ante la opresión conciente de la clase dominante
masculina.
Estos estudios no han quedado completamente
atrás, y sus secuelas pueden rastrearse en trabajos de género que refieren a
una aproximación arqueológica (Sørensen, 1999) que, sin embargo, persiste
acusar una influencia dominante de la
crítica feminista, a pesar de que la sola evocación del nombre arqueología,
refiera ¾explícitamente¾ a la filosofía de Michel Foucault.
Más allá de este contexto y atendiendo de
manera más puntual a los trabajos genealógicos de este autor, se ubican
trabajos como la obra colectiva dirigida por Duby y Ariès (1989) sobre la vida
privada y otra más reciente sobre las mujeres (Duby y Perrot, 2000) que se
deslindan de la perspectiva feminista, no dejando de compartir la preocupación
por rescatar la historia de la mujer como un campo de análisis y reflexión
histórica.
En esta nueva aproximación puede apreciarse
la necesidad de resituar la observación del fenómeno fuera de la sociología
marxista y en un contexto que tome en cuenta las reflexiones sobre la mecánica
del poder ¾ saber provenientes del filósofo
francés que Maurice Clavel en un ataque de entusiasmo ha nombrado como: “el Nuevo Kant”.
Foucault nunca escribió sobre lo que
hoy se denomina “estudios de género”, tampoco se ocupó específicamente
de las mujeres. Sin embargo, su posición antimetafísica y ontoantropológica consiste un
antecedente indispensable para comprender el cuestionamiento de la naturalidad de las diferencias sexuales.
Debemos a su intervención, el rescate
del testimonio biográfico (Barbin, 1985) de una hermafrodita que se atrevió a
contar su drama en el siglo XIX. Se trata de un documento excepcional, no sólo
por su contenido, sino por el prólogo (Foucault, 1985) escrito en 1978 que lo
acompaña. Allí, el filósofo se toma el atrevimiento de preguntarse: ¿Necesitamos
un sexo verdadero? No se trata de cualquier pregunta y el mismo Foucault, nos
expone las variaciones de actitud ante el hermafroditismo a través de los
tiempos.
En la Edad media las reglas canónicas y
civiles eran claras sobre este punto: se llamaba hermafroditas aquellos en los
que se yuxtaponía, según proporciones que podían ser variables, los dos sexos.
Correspondía al padrino en el momento del bautizo determinar la identidad que
debía mantenerse, aunque llegado caso, se aconsejaba que escogiese el sexo que
parecía predominante. Pero, más tarde, en la edad adulta y al aproximarse el
momento de casarse, correspondía al hermafrodita decidir por sí mismo si quería
continuar llevando el sexo que se le había atribuido o prefería el otro, bajo
la única condición de no cambiar nunca más, y mantener hasta el fin de sus días
la identidad bajo la que se había
declarado, bajo pena de sodomía.
Después en el siglo XVIII ante un
hermafrodita, el médico intentará descifrar no cuál sexo prevalece sobre el otro
o constatar la presencia de ambos sexos, sino determinar el sexo verdadero que se escondería bajo las apariencias confusas. Desde el punto de vista
del derecho se releva al hermafrodita de la posibilidad de elegir y se pone en
manos de un experto la determinación del sexo que ha escogido la naturaleza, y
a la cual, por consiguiente, la sociedad debe exigirle que se atenga.
Correspondería entonces a la justicia, en casos sospechosos, determinar la
legitimidad de una naturaleza que no habría sido reconocida en forma
suficiente. Pero si la naturaleza, en virtud del accidente, es capaz de equivocar al observador, siempre existirá pendiente en el experto, la sospecha sobre esos
individuos que simulan a su antojo la conciencia de su sexo verdadero y
aprovechan sus extravagancias anatómicas para servirse de su propio cuerpo como
si fuera el de otro sexo.
El siglo XIX y XX corrige en muchos
aspectos de este simplismo reductor. Nadie que pueda considerarse serio, sostiene
hoy, que los hermafroditas sean pseudohermafroditas, sin importar las
anomalías anatómicas en juego. Incluso, llega a admitirse ¾no sin reservas¾, que
un individuo se acoja a la identidad de un sexo que no es biológicamente el
suyo y pueda ser aceptado y hasta celebrado socialmente por atreverse a hacer
el cambio.
Conviene evocar aquí, a una hermafrodita de nuestro tiempo, Roberta
Close o Luiza Bambine Moreira o Luís
Roberto Gambine Moreira, quien tiene su propia
página web, participa en las campañas publicitarias de Visa y se dice amiga de
celebridades como Robert DeNiro,
George Clooney, etc. y proclamada por el tabloide amarillista World Weekly
News en 1984 como “la más bella mujer del mundo”. Este hombre emasculado, Miss Gay Brazil, chica de portada de Playboy, animadora de televisión, nacido
(a) en 1965 en Brasil, ha protagonizado un interés público sin precedentes que
ha conmocionado a ex presidentes latinoamericanos, obispos y periodistas a declararse
a favor y en contra, respecto al mostramiento público de su nueva identidad como
supermodelo. Su nueva identidad ha sido rechazada en su país de origen, pero
admitida en la documentación suiza oficial que adquirió al casarse con un
ingeniero.
En casos como el suyo, se pone al
límite la discusión sobre lo que corresponde al sexo o a la educación de
género. Si la educación de género determina exclusivamente lo que hace a una
mujer, su estatuto es completamente femenino, haciendo caso omiso de su identidad
cromosomática. Pero, entonces: ¿Juegan los genitales un papel nulo en la
conformación de la subjetividad? ¿Son simplemente un accidente de la
naturaleza? ¿Hay acaso más allá del cuerpo una identidad espiritual? Pareciera que
la realidad sexual del inconsciente que tiene su contraparte en y sobre el
cuerpo físico tiende a negarse en casos como éstos dentro de los estudios sobre
género.
La crítica al psicoanálisis es
sumamente explícita en estas tendencias de la investigación originalmente
inspiradas en el campo filosófico y en buena parte desde las posiciones de Michel
Foucault quien ataca frontalmente al psicoanálisis al criticar la tendencia a
mantener en campos como la psiquiatría,
la psicología y el
psicoanálisis, la opinión de que entre sexo y verdad existen relaciones
obscuras y esenciales. Según el filósofo, se es más tolerante con las prácticas
que transgreden las leyes pero se continúa pensando ¾especialmente en el dominio de la cotidianeidad¾ que algunas de ellas insultan a la verdad, verbigracia: un hombre pasivo, una mujer viril, o el caso de gente del mismo sexo que se
ama entre sí. Nada de esto parece constituir en nuestros tiempos posmodernos un
grave atentado contra el orden establecido, pero se tiende a considerar que la
irregularidad sexual debía ser erradicada. Foucault, imagina ¾ en tono de broma¾ una
arenga psicoanalítica que diría: ¡Despertad,
jóvenes de vuestros disfraces y recordad que no tenéis más que un sexo, uno
verdadero!
Como psicoanalistas tenemos que
contestar a los seguidores de Foucault de una manera singular. No tenemos un
solo sexo verdadero sino dos. Freud (1905) ha captado desde los Tres ensayos para una teoría sexual, el
fenómeno de la bisexualidad psíquica como constitutiva de la subjetividad
humana. Pero aún y cuando esta precisión fuese aceptada, estaría aún pendiente
la respuesta a la crítica sobre el interés primordial sobre la sexualidad de
los psicoanalistas y la teoría de la libido implícita en estos planteos.
El texto de Herculine, Alexine,
Camille, o incluso Abel Barbin, es también interesante porque narra los
recuerdos de una vida que fue empujada al suicidio por una sociedad ansiosa de
establecerle un sexo. Pero lo más curioso, es que no habla en esas memorias el
hombre que intenta recordar la vida y las sensaciones de cuando no era todavía
él mismo, sino el discurso proviene de un sujeto que se experimenta sin un sexo
determinado y que ha sido privado del goce de no tener una identidad
nítidamente establecida. Así pues, lo que esas letras evocan es el paraíso de
esa no identidad que le confería la extraña felicidad de no tener un sexo
determinado.
Lo que cuestiona Foucault a partir de
este texto y que será desarrollado en otros lugares, es la obsesión de los
psicoanalistas por buscar las verdades más secretas y profundas del individuo
en el sexo.
En este punto, no puede existir
vacilación, para el psicoanálisis la realidad del inconsciente será siempre
sexual. No hay transigencia posible en la respuesta, a riesgo de desvanecer la
especificidad del descubrimiento freudiano.
Según el filósofo, el psicoanálisis
habría enraíza su vigor cultural en este supuesto y nos promete a la vez que
nuestro sexo verdadero, la verdad que en nosotros habita.
No sorprende que sus flechas den en el
blanco y produzcan estragos en la literatura psicoanalítica, sobre todo, cuando
encontramos múltiples estudios plagados de generalizaciones apresuradas y
establecimiento de semejanzas entre clase diferentes de objetos, trabajos en
los que se asume como natural la feminidad/pasividad en el recién nacido, o, se
afirma que el actual desplazamiento del objeto hacia la pulsión en el campo de
la sexualidad es más difícil de negociar para la niña que para el hombre, o
bien, se traduce la búsqueda de la belleza en la mujer como una compensación de
la carencia genital.
Aún así, el problema de la diferencia
de los sexos no se borra focalizándose sobre un enfoque sociológico que suprima
la realidad del cuerpo. Resulta injusto el conceder cualquier privilegio al
macho sobre la hembra, por el sólo hecho de portar un pene, pero no puede
negarse que la anatomía en ambos casos es diferente y que cualquier cotejo de
la sensibilidad y el estatuto físico o psicológico de los distintos sexos,
generará heterotopías en la forma en que se construyen subjetivamente, los
hombres y las mujeres, los niños y las niñas. Amén de que, por menos evolutiva
que deseemos la historia, no podemos negar que somos producto de un desarrollo
histórico en la que la huella de miles de años de patriarcado se ha impuesto en
el inconsciente.
Tres
ensayos para una teoría sexual no sólo se mide en
relación a sus planteamientos sobre la sexualidad infantil o la bisexualidad,
sino por la no determinación estrictamente biológica de la motivación humana,
lo cual no tendría por qué implicar, la eliminación completa del cuerpo como
referente de reflexión.
Es cierto que, el panorama ha cambiado
para las mujeres profundamente. En el siglo XIX apenas, las histéricas de Freud
que dieron lugar al psicoanálisis, reaccionaban con asco, extrañeza y furia
frente a los acercamientos sexuales de los hombres que las rodeaban o asediaban.
El creador del psicoanálisis tiene el mérito de haberlas escuchado y tomado en
serio como quizá no podría haberlo hecho un médico de esa época sólo llevado
por sus prejuicios. Es importante recalcar frente a las críticas de machismo
que se hacen al psicoanálisis, que este saber fue construido precisamente sobre
la escucha de las mujeres y en base a ellas se ha construido todo un edificio
teórico que proporciona conocimientos sobre todo el género humano.
La sexualidad ha dejado de ser cosa de
hombres y el sacrificio, la frigidez o el placer fingido de las mujeres ante
sus paternaires sexuales ha dejado de
ser la regla, seguramente puede corroborarse muchos cambios en la
sintomatología neurótica, aunque no es imposible encontrar aún casos de
histeria similares a aquellos relatados por Freud y acaecidos aproximadamente a
principios del siglo pasado.
La satisfacción sexual para la mujer parece
hoy, una norma de higiene necesaria y el tabú de la virginidad parece cosa del
pasado. Priva en nuestros tiempos, la no distinción entre vida sexual y
conyugal, el relajamiento de la conciencia moral, el alargamiento de la vida
sexual, el acortamiento de la entrada en el espectro de permutación sexual y el
coqueteo temprano, hechos totalmente disímiles a las conductas regulares, un
par de generaciones atrás.
La moral victoriana y sus secuelas
hasta ayer, dictaban a la mujer: trabajo, economía y renuncia a los placeres de
la carne. Sin embargo, el imperativo categórico es hoy un ideal, que no deja de
ser incumplible: “Sé feliz, sé colmada, no tengas prohibiciones... goza”.
A pesar de los cambios, la sexualidad
no deja de ser conflictiva, aunque los síntomas hayan cambiado, las quejas y señales
se hayan desplazado. La clínica psicoanalítica permanecerá viva pese a la
introducción de expectativas falsas de curación en los enfermos en una época
plagada de terapias cosméticas. Constatamos diariamente en la clínica, un futuro
para los psicoanalistas pese a bromas ¾como la ficción aparecida en la revista Topía: Nahuel X. Psíquembaum ¾ que proveen
para el año 2050 la desaparición de los pacientes.
La ilusión sexológica de que los
problemas relacionados con este campo se resuelven mediante la difusión de la
información sobre la naturaleza anatómica y las formas conocidas de erotismo,
se verifica falsa en la cotidianeidad. Un síntoma como la frigidez, aún puede
encontrarse ordinariamente en la clínica psicoanalítica, a pesar de la
detallada ilustración sexual del paciente, echando por tierra la afirmación de
que basta con el saber del conciente.
No sólo es sólo la cuestión de saber ¿Cómo? lo que resuelve estas dificultades, por otro lado, el psicoanálisis se encontraría
en problemas si sólo fuese planteado como una terapia de respuesta frente a
problemas de alcoba.
El erotismo sigue siendo misterioso,
pues conecta con una serie de sentimientos y sensaciones que sólo pueden
calificarse de inefables y que el psicoanalista identifica fácilmente con
aspectos que van más allá de la lógica y la estructuración racional del hombre.
Por ejemplo: Nadie ha podido transmitir exactamente en que consiste la
experiencia del orgasmo. Sí puede medirse la temperatura del cuerpo, las
pulsaciones eléctricas en el cerebro, la presión arterial, medirse la
sudoración y filmarse el hecho como lo hizo Kinsey (1953) al estudiar la
reacción del orgasmo de su esposa ante diferentes paternaires sexuales o Masters
y Johnson (1983) con los voluntarios que acudían a su clínica para tener
relaciones en el marco de un ambiente controlado, pero no puede traducirse de
ninguna manera el prodigio y cualquier intento de estudiar la sexualidad bajo control experimental desconoce
lo más esencial: nada hay de control en el intercambio sexual que se da en la
vida cotidiana y quizá eso es lo que haga fascinante el fenómeno.
Por otro lado, la definición del
orgasmo femenino desde este tipo de investigaciones, como un breve episodio de
relajación psíquica que incrementa la vasocongestión, y la contracción muscular
en respuesta a estímulos sexuales, no aclara nada al efecto de comprensión del
complicado fenómeno. Esta sensación, es intransmisible sin pérdida, subjetiva,
liminar y de borde, porque es única.
Existen sinnúmero de diferencias
sexuales provistas por la anatomía: la mujer tiene la capacidad de embarazarse
y convertirse en madre. Podrá aducirse que Roberta Close ha guardado para el
efecto su semen, hecho pleno de repercusiones clínicas para los psicoanalistas,
pero aún en este caso, se enfrentará ante la necesidad de una complementación
sexual que introduce la falta y a la necesaria renuncia a la bisexualidad. Por
otra parte, la capacidad de ser madre, proporciona a la mujer de inicio, la
posibilidad de relacionarse con su producto (el niño) en una lógica diádica. La
madre es la iniciadora de la vida sexual del niño al proporcionarles sus
cuidados, amor y atenciones que la convierten en una continua fuente de
excitación sexual para el niño. Lo cual hace que su inconsciente se estructure
sobre una base materna (binaria) que determina su vida sexual posterior y sus posteriores
tanteos de relación social hasta entrar en una lógica más compleja. No en balde
las primeras diosas en la cultura del hombre son siempre diosas madres y muy
posteriormente aparecen dioses fálicos y masculinos. Estas deidades arcaicas,
mujeres maternas de rostros borrados, pero con conspicuos grandes vientres, remiten
al misterio de la fertilidad femenina y la ligan en el pensamiento primitivo a la
producción agrícola y el cultivo de la tierra, las fases lunares y los ciclos
de la cosecha (Deschner 1993).
¿Hay restos psicosexuales de esta
historia en las mujeres y hombres de hoy o la cortina del tiempo y las
modificaciones sociales han enterrado estos vestigios? La dimensión
intersubjetiva que construye los imaginarios sociales, revela que no hemos roto
totalmente con este pasado y que esas imágenes de lo femenino y lo masculino
perviven en nosotros constituyendo una realidad inconsciente.
La supuesta inferioridad de la mujer
sostenida por los hombres, puede entenderse, como una respuesta ante el
misterio de la sexualidad desmedida que se manifiesta en el orgasmo múltiple y
la maternidad, signos peligrosos e incontrolables de la fuerza de la mujer para
el varón. El culto al falo, que
aparece posteriormente, es una reacción de rebeldía ante ese poder y una manera
de organizar de manera más económica la conservación de los bienes, al
privilegiar la línea patrilineal sobre la materna.
Freud señala que la vida emocional de
la niña se inicia al igual que la del varón, ligada a la madre. Dice más, que
el complejo de castración aparece como cierre al complejo de Edipo, mientras
que en la mujer con el complejo de castración se inicia con dicho complejo.
¿Qué puede significar esto?
El varón aparece enlazado a la madre y
permanece ligado a ella hasta la constitución de su sexualidad madura en la que
tomará como objeto sexual ¾si no
hay vicisitudes que desvíen el camino de la normatividad¾ a una mujer que ocupa un lugar de desplazamiento – más metonímico
que metafórico – respecto de la madre, que en esencia, conserva su elección
sexual original.
La niña, por el contrario, pasará por
un proceso de desilusión hacia la madre que le empuja a elegir como objeto
sexual al varón y cambiar su orientación erótica original. Este proceso viene
acompañado por la verificación de la castración materna y la propia, que hoy
traducimos sin problema, no por la falta de pene, sino de la investidura fálica
ligada a él y que se demuestra en el poder de los hombres y la figura patriarcal
en nuestra sociedad. La mujer ha ocupado en la sociedad judeo-cristiana una
posición de inferioridad respecto al hombre, ésta es la herencia de occidente
que seguramente puede variar con el tiempo, pero los cambios no se realizan
sólo con la voluntad y las transformaciones en la historia de los hombres
acontecen con lentitud.
El niño no necesita cambiar de objeto
sexual y no toma como objeto sexual al varón, porque viene investido por la
diferencia sexual que le hace portador de un pene identificado con el falo. Se refuerza por el contrario en su
imago narcisística y se piensa orgullosamente varón. La mujer busca esa
investidura fálica por otro medio: un hijo que puede convertirse en objeto de
culto tal y cómo sería un dios fálico o el falo mismo, más todavía: también con la investidura de su propio cuerpo como un falo que puede ser recubierto de encajes
y afeites. Lacan ha expresado éstas posibilidades a través de lo que llama la
lógica de la sexuación (Ortega, 1991). Volviendo nuestros ojos sobre el caso de
Close, nos sentimos autorizados a verlo como un caso paradigmático de una
identificación del falo al cuerpo
mismo que garantizaría imaginariamente un acceso privilegiado al placer.
Pueden calificarse las posiciones
psicoanalíticas como imbuidas de una metafísica sexual que no atiende a la historicidad
para arrojar verdades sobre la
esencia humana. La fuerza del deseo aparece como una constante en la historia
para nosotros los psicoanalistas, a contrapelo de quienes formulan posiciones
de verdades siempre contextuadas. El problema que se asoma a partir de esta
discusión, es también, la imposibilidad de eliminar todo supuesto metafísico
del razonamiento filosófico.
Para el psicoanálisis la cuestión sexual es
central. No porque cualquier cosa gire alrededor de la sexualidad y todo pueda reducirse ella. Freud reaccionaba con
energía frente a las acusaciones de pansexualista, aunque la respuesta que daba
es aún más incómoda para sus detractores. Freud siempre conservó una posición
dualista y de conflicto en su visión, ya sea oponiendo el Yo al Ello, o las
pulsiones sexuales contra las de autoconservación, para finalmente poner en
juego un antagonismo de la pulsión de vida con la de muerte. Empero, colegir
que la sexualidad no es la única determinante del comportamiento, no disminuye
el papel fundamental que juega en la vida de todo ser humano, tal vez no
necesitemos un solo sexo verdadero, pero la necesidad de individuación
y ejercicio sexual en el género humano parece incuestionable.
Forrester (1997) se preguntó cuál
sería con precisión la relación de Foucault con el psicoanálisis y tomó el
camino más directo a resolver sus dudas, acudiendo en persona a verlo. Cuenta
que esa iniciativa no fue de gran ayuda para encontrar la respuesta a su
pregunta, pues el filósofo francés se mostró evasivo y tras una larga
conversación, llegó a conocerlo mejor, pero no a disipar sus interrogantes
sobre la relación del psicoanálisis y la genealogía.
A pesar de todas las dificultades
para ligar ambos campos, pensamos que su arqueología es heredera del discurso
freudiano en más de un sentido y conserva relaciones significativas. De hecho,
la primera mención al término arqueología ¾ califica al psicoanálisis como
una arqueología de la libido¾ aparece en su texto
temprano Enfermedad mental y personalidad (Foucault 1991), que después
fue renegado por su mismo autor.
Para la creación de la genealogía, ha
tomado ¾así
lo pensamos¾ prestada la estructura de la teoría psicoanalítica y la ha convertido en un
instrumento de análisis histórico que revela las contradicciones de los diferentes discursos sociales: el
antihumanismo de su proyecto es análogo al desprecio por la conciencia en
Freud; la crítica a la noción de verdad es similar a la propia crítica del
psicoanálisis hacia el contenido manifiesto; el análisis de las condiciones de emergencia de las
relaciones de poder se asemeja a la exploración de las determinantes
relacionales en un universo familiar.
Conviene contrastar aquí las
posiciones no esencialistas de la arqueología, con algunas irreductibles del
psicoanálisis, a fin de desentrañar lo que pertenece a cada campo.
El examen arqueológico de los diferentes
entornos epistemológicos y saberes establecidos, coincide con la mirada
analítica al síntoma, formación de compromiso que está habitada por el
conflicto y que no ocupa un lugar de verdad o mentira sino de proposición
compleja a desentrañar en su (s) sentido (s).
La actitud clínica de neutralidad del
psicoanalista podría asemejarse a la del genealogista. La suspensión del
juicio, la escucha y mirada atenta al discurso a analizar, la eliminación de un
régimen que defina lo verdadero de lo falso, la imposibilidad última de
retraducción del objeto de estudio a otros parámetros distintos a los que su
forma impone, basten como muestra de las coincidencias de estas vocaciones, semejantes,
pero no sinónimas.
El arqueólogo o genealogista retraza el mapa
de una cultura y señala los puntos de equivalencia, incompatibilidad,
coexistencia, existencia de vínculos analógicos, modelos de abstracción,
correlatos, etc. que tienen las teorías de un horizonte determinado. También
señala las formaciones no discursivas en el interior de prácticas discursivas.
Foucault trata de no emplear ninguna
estrategia psicoanalítica porque supone que los medios de producción social no
actúan al modo del inconsciente freudiano, pero sobre todo, porque considera
que no todo es discurso. He aquí un punto de diferencia específica entre el
genealogista y el psicoanalista: la cuestión del lenguaje. La experiencia
freudiana hace énfasis en que ese “hablar” del paciente le conduce a su propia verdad que se despeja a través de la palabra, único medio de elaborar la experiencia
humana. La asociación libre es la vía hacia las claves de un
determinismo psíquico en el que se cumplen las coordenadas de cada sujeto. Sin
lenguaje no hay elaboración, sin elaboración no hay cura. Forrester (1997),
señala, que la sexualidad aparece en el discurso freudiano como clandestina y
evasiva, en una relación de intimidad y verdad, pero a la vez de oposición al
lenguaje que al dar cuenta de ella la reduce, pero la traduce a términos más
manejables.
Para la genealogía, el lenguaje no está
ligado ¾positiva o negativamente¾ de por sí a las cosas o al sujeto, es un instrumento de
manipulación, de movilización, de aproximación y comparación de las cosas, un
dispensador y no un revelador de orden, y ese orden, no necesariamente, remite
a un Ser de Razón. Por ello, este tipo de reflexión no se ocupa sólo del
dominio de la ciencia, sino que aborda cuestiones como la política, y el arte
(objetos que no son necesariamente discursos, sino acontecimientos) que al
analizarse van integrando una ontología particular que no puede ser sino la del
sujeto.
La genealogía al igual que el psicoanálisis,
verifica el agotamiento del Cogito cartesiano.
El psicoanálisis, en un dejo de aproximación
geológica a su objeto, espera reconocer en el inconsciente: capas y erosiones.
La genealogía reconoce monumentos y la no naturalidad de las manifestaciones
culturales. El psicoanálisis arroja el descubrimiento de continuidades y
progresiones, aún cuando puedan conservarse siempre restos pregenitales, sin
que éstos constituyan por sí mismos un signo de detención en el desarrollo
psíquico. La genealogía se basa en la discontinuidad: en la historia no hay
leyes, esa suposición hace juego con la de orden cósmico. Asuntos como
progreso, detención y retención, caros a cierto psicoanálisis, serán con
desprecio desdeñados por el genealogista que prefiere el término sucesión.
El genealogista estudia la sucesión de
epistemes, ordenamientos de la experiencia humana bajo una triple relación:
lingüística, perceptiva y práctica. Su tarea es restituir las modificaciones
que se producen en el saber y en el modo de conocer lo que hay por saber.
Un gran acierto de Foucault, es que, en la
arqueología no existe una teoría de las ideologías, ni una teoría de la
historia. Las epistemes tratan de ser analizadas en su concreción. Desde
Descartes la filosofía ha confiado en el método. La verdad surge por
medio de una estrategia que tiene como recursos el análisis y el aislamiento. El
sujeto del enunciado finalmente predomina y hasta borra al sujeto de la
enunciación redirigiendo la actividad filosófica hacia las llamadas cuestiones
prácticas. En ese viaje lo que queda
atrás es la reflexión sobre el sujeto: el
cuidado de sí.
La temática que dominará el interés de la
última etapa de Foucault, la constituye un dominio tan fundamental que tiende a
opacar sus anteriores análisis sobre la relación poder ¾ saber, para desilusión de muchos de
sus seguidores. Sus estudios versan sobre lo que podría denominarse una genealogía
de la ética. Esta investigación aborda la relación por la cual el individuo
se constituye asimismo como sujeto moral, esclavo de comportamientos, códigos y
sistemas de prescripciones. Según Foucault, existirían cuatro aspectos
principales o dimensiones de análisis de la relación con uno mismo, que
proporcionan inteligibilidad interna a un sistema ético: la sustancia ética o parte de uno mismo a la que le concierne la conducta moral; el modo de
sujeción, o forma que se establece y reconoce la propia vinculación con la
obligación moral; la ascética o
trabajo moral realizado sobre uno mismo; la teleología: el modo de ser
al que se aspira a través del conjunto unitario de las acciones o conducta
moral.
Cualquier interés por la sexualidad será prácticamente desechado y esta
temática tendrá interés sólo como uno entre varios dominios de problematización
moral. Declarará en una entrevista ante Dreyfus y Rabinow (1988)
realizada en esos años que: el
sexo es aburrido.
¿Genealogía y psicoanálisis son opuestos entonces? Difícil formular una
respuesta categórica. Nos atreveríamos a decir que no, que cada una de estas disciplinas
tiene su campo específico.
Lo mismo
podemos decir de las investigaciones sobre género, tienen su pertinencia en el
campo social, e implican un avance importante, pues propician un desplazamiento
de ciertos paradigmas que hacen depender completamente de la biología la
estructuración del sujeto y la relación entre sexos. De hecho, coinciden en
estos planteos con el psicoanálisis, pero la mayor parte de esos
estudios padecen de intentos por borrar el campo de lo corporal, cuestión
difícil de trabajar, pero que ningún psicoanalista puede o debiese ignorar. Un
problema más, asociado a múltiples de estos estudios, es reconocer la formación
de la identidad sexual a partir de un acto de conciencia ó libre determinación,
ignorando los aspectos inconscientes implicados en ella y la inserción de
ciertos procesos fundamentales de comprensión de la tesitura sexual, sólo a
partir del fenómeno de après-coup.
El género
no puede dejar de articularse en la diferencia anatómica, el reconocimiento de
ser mujer o ser hombre no sólo parte de la superestructura social, sino de la
percepción de lo masculino y femenino a partir de esa diferencia sexual
anatómica y ¿Por qué no? una elemental lógica binaria implicada por ésta. El estudio
de los procesos de subjetivación no debería implicar un corte absoluto con la
realidad biológica, si bien la sexualidad humana ocurre de manera
completamente distinta a la del resto de los organismos sexuados, conviene no
olvidar que seguimos, pese a nuestras fantasías y deseos, siendo animales.
Por
último, la identidad de género no debe considerarse sinónimo de identidad
sexual, los estudios de género encuentran su pertinencia en lo Simbólico social,
pero esta dimensión no agota la representación en el Inconsciente del sujeto, basculado
por el conflicto de la dualidad psíquica del género humano, la lógica de la
aporía, y el juego entre pulsión y objeto.
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http://www.robertaclose.com.br/
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