Se dice de mí que soy el mejor de los hombres, el
primero en conocer los alternantes cambios y mudanzas de la vida humana. Amado
soy por todos. Mi pueblo ha venido a mí, suplicante, a buscar alivio y
esperanza. Mas no saben que soy el más atribulado de los hombres, el más vil,
indigno y despiadado; el único capaz de corromperlo todo.
He sido víctima de la crueldad
divina y de los designios del sino. He sido burlado por la Esfinge, tan eterna
como eternos son sus pavorosos cantos. Tuve que reconocer mi victoria-derrota
ante los ojos de aquellos que aguardaban en secreto mi condena. Yo, el de los
pies hinchados, el niño abandonado, el ignorante, el inculto; he venido aquí a
derrumbar los artificios del Monstruo de
la Tierra. He venido aquí a vengar la suerte de los que alguna vez sucumbieron ante sus falaces y veladas
voces.
Y aquí estoy, al lado tuyo. Hijo eres de mí y de mi
abominable estirpe. Soy
la
incestuosa Bestia, el transgresor milenario, el usurpador de tronos, el rey parricida, el más infame de los
infames, el más infausto y ruin de todos los mortales. Y conmigo llegó también
la imborrable culpa que habeis de soportar
infinitamente, que habeis de transmitir a vuestra
progenie, y ésta a su vez a la que le sigue. Herencia culpígena,
legado de muerte, alud de infortunios que crece al compás de los siglos.
¡Maldita la hora en que fui engendrado! ¡Maldita la
hora en que hallé la respuesta del enigma! ¡Maldita la hora en que me encontré
ante la encrucijada de los tres caminos! ¡Cuán aciago ha sido mi tránsito por
esta tierra! Dispuesto estoy ahora a arrancarme los ojos para dejar de soñar,
para poner fin a esta tremenda pesadilla.
Vos sois espejo de mi horrorosa condición; estais condenado a repetir una y otra vez mi encuentro
fatal con el destino. Heme aquí, habitando en lo profundo de un sueño que es
tragedia. Heme aquí, representando el más antiguo y pertinaz de los dramas
humanos. Un hado terrible pesa sobre mí, no cabe duda. Creo, por tanto, tener
derecho a señalar el nefasto origen de mi destino.
No pude detener la tremenda peste que por tanto
tiempo asoló estos lares. Desaté, en cambio, nuevas y
más devastadoras pestes. Pido piedad, si es que pueda haberla, para los que
—como yo— han infringido la ley no por maldad sino por error y por ignorancia.
Soy ahora el dolido y azotado padre ciego, forzado a
vagar por rumbos lejanos. Apartado de mi reino —si es
que alguna vez tuve alguno—, cuento al menos con la compañía de mi
hija-lazarillo que me ayuda a tolerar el frío lacerante del destierro. ¿Quién
mejor que ella para guiarme a través de esta oscura travesía? Hija cuya madre
es también
la mía. Hija
de la desdicha, fruto del pecado. Ambos habremos de cruzar desposeídos la
morada criminal que nos aterra.
Sigo aquí, con mis ojos muertos. Me he privado de
ellos porque me estorbaban para ver. En medio de este umbroso desierto creo
poder divisar una tenue luz, que quizá sea la de
la verdad. Creo, a pesar
de todo, empezar a ver más claro. ¿Será que estoy despertando? O ¿será que
estoy soñando que despierto?
Pero ¿acaso puede alguien ser librado de sus sueños
tenebrosos? ¡Y aunque así fuese! Nadie sale airoso del juicio divino; de ahí
que seamos unos perpetuos fracasados. Raza de ciegos, empeñados en no querer
ver más allá de lo que nos conviene. Eso es lo que somos y lo que seremos. Os
lo debeis a mí, su insigne hermano.
¡Venid a mí con las manos manchadas de sangre y el
corazón atormentado! ¡Venid a mí, que nadie mejor que yo sabrá entender lo que
os ocurre! Fue bueno apartar la mirada del horror atroz; fue bueno desprender
los ojos de sus órbitas. Han sido provechosas las noches amargas del dolor; fue
útil dar la muerte al progenitor y unirse en nupcias con quien era ilícito. El
daño está hecho y es irreversible. Cumplid pues con vuestro destino, que es lo
único que os queda. Una cosa más: atended a los vaticinios y profecías de los
oráculos y no descifrad más los enigmas que la Esfinge os ofrezca, que vos sabeis que es mejor ser devorado a padecer sin descanso mil
tormentos.