La
mayoría de los estudiosos de la cultura contemporánea considera que El
malestar en la cultura, un pequeño volumen publicado por Sigmund Freud en
1930, es una de las reflexiones más lúcidas que vieron la luz en el siglo
veinte acerca de la condición humana. En
esa obra el fundador del psicoanálisis aborda los aspectos trágicos de la vida
así como los distintos recursos que pueden ser puestos en acción para mitigar
la infelicidad y para poner coto a los peligros que acechan a la especie y a
cada uno de sus individuos. Los riesgos proceden –dice – de tres fuentes: de la naturaleza hostil e
impredecible, de la propia constitución de su cuerpo, amenazado por las
enfermedades y por la seguridad de la muerte y de la insatisfacción
experimentada en la relación con los demás miembros de la cultura en la vida de
las instituciones y de la sociedad.
De
estos tres torrentes de incertidumbre Freud privilegia en su ensayo al
sufrimiento que parece más fácil de erradicar, el que se origina en la vida
social, pues los otros dos parecen fatalidades imposibles de erradicar. Se
estila decir que su reflexión es “pesimista” porque termina por encontrar
también en la cultura, supuestamente organizada para aportar la mayor felicidad
al mayor número de sus integrantes, la misma ciega ferocidad que pueden
desplegar terremotos y epidemias, cánceres e inundaciones. Llega a la
desoladora conclusión de que la felicidad no entra en el plan de la creación.
La
naturaleza propia del hombre incluye, en frente de las pulsiones de vida, a la
pulsión de destrucción que se manifiesta de mil maneras: el sentimiento de
culpabilidad que acompaña a los logros, el narcisismo de las pequeñas
diferencias que conduce a la segregación y la discriminación, el ansia de poder
y de dominio, la tendencia a utilizar el cuerpo del semejante como objeto de
goce más allá del sufrimiento que ese otro puede experimentar, la explotación
de la capacidad de trabajo de otros seres humanos reducidos a una esclavitud
manifiesta o latente, etc. La naturaleza humana, en fin, encierra mecanismos
más perniciosos que los que existen en el resto de las criaturas que vivimos en
este planeta. En nuestros condóminos animales el “saber” instintivo está
gobernado por el principio del placer. Mas nuestra especie, obedece a metas
inescrutables que nos conducen más allá del placer, hacia un goce del que
preferimos nada saber.
La
cultura moviliza y, a la vez, se ve necesitada de encontrar medios y
procedimientos para controlar las manifestaciones de la pulsión de muerte.
Contra Tánatos, Eros. Al analizar los recursos que tiene a la mano el simpático
serafín con su carcaj preñado de flechas, Freud encuentra que es poco el
consuelo que de ellos puede esperarse: el dominio técnico sobre la naturaleza
obligándola a servir a la voluntad del hombre que acaba en ecocidio, las
revoluciones sociales que tienden a acabar con la injusta distribución de las
riquezas y acaban en dictaduras atroces, el alejamiento ascético de los demás,
la sublimación de las pulsiones en actividades “nobles y elevadas” pero que no
están al alcance de la mayoría, el amor, condenado por la fragilidad de los
vínculos con otro ser, el sexo, cuyas satisfacciones son imposibles de
sostener, las drogas que intoxican y provocan dependencias esclavizantes, el
control del cuerpo por medio de disciplinas ascéticas o por el yoga que
amortiguan ese goce del cuerpo que querríamos sentir, la devaluación de la vida
terrenal en función de una problemática vida ultraterrena prometida por las
religiones, todas estas recetas han sido ensayadas y continúan siendo
utilizadas para disminuir el sufrimiento y procurar la felicidad... con
escuálidos resultados. Son exiguas para procurar la satisfacción anhelada.
Exiguas y, muchas veces, contraproducentes, pues el saldo final de su ejercicio
rara vez es positivo. Así, Freud llega a la conclusión de que también en la
vida civilizada se manifiesta, de modo encubierto, otra porción de la indomable
naturaleza, una que corresponde a nuestra propia e incurable constitución
psíquica.
La
“indomable naturaleza” es la de nuestra especie, ésta que se diferencia de las
demás porque todo en ella está filtrado, precisamente, por la participación en
instituciones sociales y, entre tales instituciones, una fundamental,
constituyente de todas las demás: la del lenguaje. El ser humano es
“lenguajero” y el “aparato del lenguaje” crea y organiza el mundo humano, es
decir, la cultura.
Para
llegar a vivir como un miembro pleno en la sociedad es necesario que cada niña
y cada niño atraviese por un largo y complicado proceso de “renuncia
pulsional”, de canalización de las pretensiones para gozar en las
satisfacciones orgánicas, de aprender a negociar con los demás la relación que
tiene que guardar su deseo singular con la Ley que obliga a posponerlo y a
trasponerlo en transacciones que implican su restricción. El diagnóstico
freudiano es que la cultura exige constantemente mayores sacrificios por parte
del individuo y por lo tanto genera una insatisfacción, un “malestar” (Unbehagen) creciente, sufrimientos subjetivos derivados de la imposibilidad del
psiquismo para manejar esas tensiones impuestas por el Otro de la sociedad, de
la cultura, del lenguaje.
El
sufrimiento individual es más la norma que la excepción y se manifiesta en
incontables formas de “malvivir” humano. Todo cuanto el discurso médico ha
encubierto bajo la forma de “psicopatología” es el objeto privilegiado de esta
disciplina que Freud fundó. El psicoanálisis es un método para investigar esos
dolores, una práctica para mitigarlos y una teoría para comprenderlos.
Groseramente hablando podemos decir que lleva cien años de existencia. En este
siglo la cultura ha cambiado de modo notable sin que podamos decir que su
“malestar” haya disminuido. Muchos son los argumentos que hablarían, sea de una
tasa constante de infelicidad sea, en todo caso, de su aumento, pese a ciertos
importantes “avances” registrados en el control de los dos generadores de
desdicha que Freud tuvo menos en cuenta en su ensayo: la naturaleza, cada vez
más dominada por la industria, y el cuerpo, que ha entregado muchos de sus
secretos a la investigación y que va cediendo su autonomía a un saber
instrumental que controla muchas de sus enfermedades. El “malestar en la
cultura”, sin embargo, pese al avance de las tecnociencias, persiste incólume y
nuevas “enfermedades del alma”, nuevos modos de disolución del sujeto y de sus
relaciones con el mundo, nuevos peligros acechan al mismo tiempo que se
celebran discutibles aumentos en la libertad individual.
La
cultura ha cambiado y seguirá transformándose cada día de modo más vertiginoso
e imprevisible. Es un hecho que esa cultura iluminista, freudiana, que fue el
lecho natal del psicoanálisis era muy distinta de aquella de hace medio siglo
en la que irrumpió el pensamiento renovador de los estudios freudianos
personificado en Jacques Lacan. Y que ésta, a su vez, ha sido radicalmente
trastocada en los últimos cincuenta años.
No
podemos tratar in extenso aquí nuestra tesis; intentaremos resumirla. En 1905
(comienzos de la enseñanza de Freud) refulgía plenamente a la vez que se
anunciaba el ocaso del discurso del amo, centrado en la figura del padre
y de sus sucedáneos (Dios y Estado). En 1955 (comienzos de la enseñanza de
Lacan) se alcanza el apogeo y comienza el repliegue del discurso del
capitalista, cuyo agente es un sujeto presuntamente soberano que pretende
hacer lo que le viene en ganas teniendo en cuenta su propio beneficio. En 2005
apreciamos que el discurso del sujeto capitalista dueño de sí, está dando paso
a una nueva modalidad discursiva, el discurso de los mercados; en él, la
voz cantante es la de flujos de capital, cantidades impersonales, anónimas, sin
rostro, trashumantes, que vagan de una manera al parecer caprichosa por la
‘aldea global’. Ese nuevo discurso, ventrílocuo y omnipresente, da consignas de
consumir y de gozar, de permitir la libre ejecución de los impulsos momentáneos
y de rehuir los compromisos sociales (religiosos, políticos, amorosos,
familiares) a los que se acusa de limitar la “libertad” de quienes los asumen.
Insistimos
en que estos tres discursos que sucesivamente han sido dominantes no se
eliminan recíprocamente. Coexisten ante nuestros ojos y oídos y tienen efectos
que apreciamos en las demandas que llegan a nuestros consultorios
psicoanalíticos. Si en los tiempos de la dominación del discurso del amo la patología predominante eran las clásicas neurosis freudianas (histeria, neurosis
obsesiva y fobias), en los tiempos del capitalismo los casos más frecuentes son
los de la organización narcisista de la subjetividad y la preocupación
por lo imaginario, por la fortaleza del yo y del self. Ahora, en los
tiempos que corren, gobernados por la consigna de “cada quien para sí y Dios
contra todos”, por la urgencia del consumo de mercancías tecnocientíficas que
están obsoletas en el momento de salir al mercado, por la ausencia de ideales
congregantes y por el dominio del objeto-residuo, el clínico “psi” se ve
abrumado por demandas para intervenir ante la droga-a-dicción, ante los
trastornos de la alimentación que hacen de la obesidad y de la anorexia las dos
caras de una misma moneda, ante una promiscuidad sexual compulsiva que hace del
amor un ejercicio hueco, productor de vacío y decepción, ante un estado llamado
de “depresión” provocado por la certidumbre de que si el Otro nada pide es
porque nada le importa y que el sujeto puede naufragar en actos violentos o
suicidas y en todo tipo de comportamientos autodestructivos que son vistos con
indiferencia y fastidio por el entorno.
Frente a esta multiforme
manifestación de la caída del sujeto privado de puntos de referencia simbólica,
se ofrecen, al mismo tiempo, infinidad de “soluciones” que se promueven con
amplio despliegue publicitario. El sujeto es invitado y conminado a identificarse
con reivindicaciones fundamentalistas, a adherir a cultos centrados en alguna
particularidad (andar en moto, comer como vegetariano, pertenecer a una minoría
sexual, escuchar una música peculiar, etc.), a pertenecer a sectas esotéricas o
a integrarse desganadamente en corporaciones gobernadas por computadoras
cumpliendo con tareas burocráticas, evaluando y siendo evaluado sin pausa por
medio de criterios “objetivos”.
Las
tres modalidades clínicas, al igual que los tres discursos sucesivamente dominantes
subsisten lado a lado: los casos de psiconeurosis (1905), los de “neurosis
narcisísticas y del carácter” (1955) y los de sujetos despersonalizados,
agobiados por la “depresión” y muchas veces llamados limítrofes (entre la
cordura y la locura), borderlines (2005). La clínica de Freud
(1856-1939), la clínica de Lacan (1901-1981) y la nueva clínica del siglo 21
coexisten y se expresan de modo variable, no sólo en diferentes individuos,
también en el interior de cada uno.
En esta argumentación hemos
discurrido desde afuera del campo, aprovechando una extraterritorialidad que no
tenemos: el psicoanalista habla de la cultura y del malestar que en ella
impera... como si él no formase parte de la susodicha cultura. De tal modo,
todo su discurso estaría tachado por un defecto radical. El psicoanálisis,
propuesto para poner remedio a ciertas formas del sufrimiento humano, pertenece
y está sumergido en las condiciones mismas de las que ese sufrimiento procede.
La cultura se muestra perpleja y dividida frente a la emergencia de situaciones
inhabituales en el conjunto social y muy particularmente en los jóvenes. La
oferta de “terapias”, muchas veces derivadas del psicoanálisis, se multiplica
con la misma velocidad que la variedad de mercancías en el supermercado y las
hay para todos los gustos, compitiendo y ofreciendo un menú de opciones
ilimitado.
El
psicoanálisis que era, hasta los años ’70 del siglo pasado, el paradigma de la
práctica “psicoterapéutica” a partir del cual se consideraba a todas las demás
como “hermanas menores”; el psicoanálisis que era la gran teoría del
inconsciente y de los procesos de subjetivación; el psicoanálisis que era el
interlocutor privilegiado en los campos de la estética, de la política, de la
filosofía, de la medicina (“medicina psicosomática”) y de las ciencias
sociales; el psicoanálisis que alardeaba de tener un sistema omnisciente de
lectura, se ha visto progresivamente encerrado en posiciones defensivas frente
a teorías y prácticas alternativas y frente a críticas procedentes de sectores
rivales en donde la ponzoña va de la mano de la codicia. Desde el campo de la
medicina por el descubrimiento, la promoción y el auge de nuevas sustancias
químicas que prometen acabar con los síntomas del sufrimiento sin explorar los
tortuosos caminos del vivir en sociedad. Desde el campo de las “terapias
alternativas” por adaptaciones progresivas (regresivas) de los antiguos métodos
de “condicionamiento” y “tratamiento conductual” adicionados con mecanismos
“racionales” para “comprender” los problemas de una existencia dolorosa guiados
por terapeutas expertos en el manejo de las relaciones interpersonales
que recurren a dosis variables de sugestión y persuasión. Desde el campo de la
política sanitaria a través de la imposición forzosa de instrumentos de
clasificación de los “trastornos mentales” que dejan de lado a cualquier
consideración teórica para centrarse en criterios descriptivos, “objetivos”,
cuantificables y sometidos a una unificación globalizante que procede de la
asociación de los psiquiatras de la potencia dominante, el DSM-IV y el
inminente DSM-V. Desde el campo de las teorías explicativas del funcionamiento
psíquico, el neoliberalismo rampante hace aparecer y difunde un pensamiento
desestructurado, una ideología que celebra el fin de los “grandes relatos” y
que se abre a una sucesión caleidoscópica de visiones del mundo que están
sometidas a fenómenos mediáticos centrados en la aparición espectacular de
figuras que gozan de una transitoriedad tan pasajera como la de los productos y
servicios que se anuncian en el intervalo entre los “debates”.
Este
ambiente intelectual celebra lo “novedoso” independientemente de sus valores
intrínsecos. En esta perspectiva, el psicoanálisis es presentado como un
espectro anacrónico, una voz del pasado que procede de la vieja cofradía del
diván. Los méritos personales e intelectuales de Freud son devaluados y su obra
es desconocida y desfigurada. La teoría del funcionamiento subjetivo
(inconsciente y sexualidad infantil) es vilipendiada y en su lugar se proponen
formulaciones centradas nuevamente en la psicología de la conciencia, del yo,
del self, del grupo, del género, de la identidad, de las gestalten relacionales, etc. La práctica del psiconálisis es descripta como un proceso
sinuoso, oneroso, largo, extenuante, sin garantías de éxito, tendiente a
descubrir verdades que no valen lo que cuestan y generador de una dependencia
alienante. La participación del psicoanalista en los debates sobre la cultura y
los problemas del mundo contemporáneo es supuesta antes aún de que empiece a
hablar como una reiteración ya de sobra conocida sobre el sentido sexual de los
síntomas y de los procesos sociales que no toma en cuenta el cambio producido
por la “revolución sexual” y por la declinación de la figura paterna que el
psicoanálisis sostiene aún como central en su “anticuada” teoría del complejo
de Edipo. Políticamente, el
psicoanalista se ve acusado hoy en día como abanderado de valores tradicionales
centrados en el dominio masculino, en la organización familiar, en el dogma
patriarcal, en la idea de una normalidad sexual que discrimina y relega a las
mujeres y a las minorías sexuales. En síntesis, el psicoanálisis sería uno de
los últimos reductos, junto con las religiones monoteístas, de una heteronormatividad cómplice y autora material de esa represión que el psicoanálisis debería
levantar. Lejos de ser un elemento activamente participante en la “subversión
del sujeto” que Lacan esgrimió casi a modo de consigna, el psicoanalista sería
un nostálgico de las viejas tradiciones falocráticas, un falso ateo que esconde
sus hábitos monacales.
Hay
malestar en la cultura y, confirmando el pronóstico freudiano, tal malestar va
en aumento. Una de sus muchas manifestaciones es el malestar con el
psicoanálisis, la teoría llamada a dar cuenta de él, la que debería aportar
respuestas para enfrentarlo (por lo menos en el nivel del sujeto singular), la
práctica que tendría que amortiguarlo o emancipar de ese padecer. Por muchos
canales se transmite la inconformidad con un psicoanálisis que no habría estado
a la altura de las expectativas que generó, que defrauda a quienes “han creído”
en él y que obliga a buscar alternativas y nuevas recetas, si no para poner
fin, por lo menos para soportar las tensiones en la vida del sujeto y en la
familia siempre en crisis. Tiempos también de la desilusión con la política y
con la religión; tiempos en que se constata el sinsentido de los procesos de
producción en los que el trabajador no puede reconocerse y del consumo
desenfrenado de objetos cuya carencia de sustancia se transmite al usuario, tan
descartable como el producto industrial que él compra y tira.
El
psicoanálisis, los psicoanalistas, acostumbrados a denunciar verdades
incómodas, han pasado al banquillo de los acusados y han sido encaminados a
usar los “mecanismos de defensa” que antaño catalogaron: intelectualización,
represión, formaciones reactivas, desmentida, denegación, racionalización,
camuflaje, identificación con el agresor, toda la vasta panoplia de procesos
para desconocer la realidad y poder seguir viviendo como si nada pasara
alrededor. El saber popular mexicano conoce la vanidad de estas actitudes y lo
manifiesta con la expresión exacta: “no se puede tapar el sol con un dedo”.
Son
muchos los psicoanalistas que, tal como lo ordena la deontología profesional,
no se tapan los oídos frente al estruendo sino que se dedican a lo que Freud
manda: “escuchar”, renunciando a los prejuicios y a las posiciones subjetivas
de defensa de los espejismos confortadores del yo sin caer por ello en el goce
autoacusatorio y el rechazo de sí mismos y de cuanto pudieran haber descubierto
en su propio análisis, en el de sus pacientes y en el de los textos
fundamentales de la disciplina.
El
malestar con el psicoanálisis no puede coexistir con el bienestar de los
psicoanalistas (y de sus instituciones); debe ser recibido, escuchado, cribado
con un riguroso tamiz y, como no podría ser de otra manera, vivido bajo la
forma de un malestar en el psicoanálisis.
El
psicoanalista y los psicoanalistas no
pueden alegar una lisa y llana inocencia frente a las acusaciones de que son
objeto y las desventuras que con frecuencia acompañan a su práctica. El rechazo
a la fácil autocomplacencia implica dar oídos a una triple pregunta en relación
con las tres dimensiones del tiempo. Con respecto al pasado y la tradición: ¿ha
sido el psicoanálisis consecuente con la obra de Freud y la enseñanza de Lacan
o, por el contrario, se ha involucrado en componendas con el establishment político
y académico, renunciando a las tesis fuertes que lo asociaban a la teoría
crítica del individuo y de la sociedad? Con respecto al presente: ¿está al
tanto de las transformaciones en la vida social y de los desarrollos del
pensamiento que acompañan a esa vertiginosa invasión de la tecnología en la
vida privada y en la legislación reguladora de la vida de los cuerpos o se
mantiene aferrado a concepciones rebasadas, propias de los tiempos del
individualismo burgués, hoy en retirada? Con respecto al futuro: ¿cómo encarar
–resistiendo a las tentaciones de renunciar a su singularidad crítica y su
potencial subversivo – el avance de la burocratización en la prestación de
servicios de “salud mental”, el predecible atosigamiento creciente de la
población con todo tipo de sustancias químicas reguladoras de los
desequilibrios y oferentes de sucedáneos de la felicidad, el desdén por la
exploración a fondo de la subjetividad y la preferencia por mecanismos de
control y manipulación de las representaciones mediante recursos “virtuales”
que consagran la servidumbre de lo real a lo imaginario?
La
formulación misma de estas preguntas, la dificultad de las respuestas, la
conciencia de tener que marchar en sentido contrario a los intereses tácitos
del sistema de producción y consumo en el plano material e intelectual y una
cierta fatiga producida por la rumiación de una jerga idiosincrásica que no
sirve más que para la comunicación interna pero que aísla al psicoanálisis de
la marcha del mundo de las ideas, hace que crezca, en el interior, el malestar en el psicoanálisis. Esa desazón se revela en la ausencia de palabras magistrales
que se consideren autorizadas y gocen de una audiencia generalizada, en la
multiplicación de instituciones que buscan la “convergencia” pero están
asoladas por la angustia de perder su singularidad, en la precariedad de los
pactos entre grupos minúsculos y en la desconfianza hacia los procedimientos de
formación de los analistas que redunda en desconfianza de los psicoanalistas
hacia los psicoanalistas mismos y refuerza el carácter “paranoico” de la
profesión (Paul Valéry).
El
dilema es: ¿Integrarse al mundo contemporáneo perdiendo la especificidad del
discurso psicoanalítico o romper con ese mundo, retirándose a las comarcas del
idiolecto, consagrando la reclusión en una atmósfera sofocante de “puertas
cerradas” y “muertos sin sepultura”, allí donde el infierno son los demás
(psicoanalistas)?
La tarea más urgente para el
psicoanalista contemporáneo es la de hacerse la pregunta que formula de entrada
al paciente que llega a consultarlo: “¿Qué tienes que ver tú en el dolor que te
aqueja?” que implica, tácitamente, un consejo: “No puedes estar en la posición
de la víctima que acusa a los demás sino que tienes que asumir la
responsabilidad que te incumbe por el pecado fundamental: no haber sabido
escuchar al Otro y haber interpretado sus palabras quitando el cuerpo a tu
participación en el mensaje que se te dirige”.
Si
de algo tiene que acusarse el psicoanálisis ante el malestar que le aqueja es
de haber permitido su “antiguamiento” (Marcuse) al pretender acomodarse a la
demanda del otro, al renunciar a sus postulaciones más provocativas, al querer
justificarse mediante la “investigación científica”, mediante el recurso a la
cuantificación (“empirismo abstracto”), mediante la adopción de normas
valorativas e ideales que proceden de la medicina, de la sociología o del
comportamentalismo más ramplón. Acusarse de haber suspendido el diálogo con la
cultura para encerrarse en un vocabulario presuntamente técnico que corta la
circulación de la sangre por el cuerpo de sus descubrimientos fundamentales.
Acusarse de haber sacrificado sus posiciones críticas respecto de la cultura,
las enunciadas por Freud en “El malestar...”, maquillándose antes de aparecer
en las pantallas de televisión para ofrecer arrobas y toneladas de sentido
convencional, esperable y respetable, como respuesta a las preguntas de los
“animadores” (entertainers).
La
“cultura” de la que venimos hablando, pese a las pretensiones de
“globalización” no es única ni monolítica. Hay subculturas, hay conflicto entre
ellas, hay presiones normalizadoras y hay posibilidades de desarrollo
independiente y diferenciado. Hay necesidad de prolongar la reflexión de Freud
de hace 75 años. En la cultura, no al margen de ella, está el
psicoanálisis aportando su cuota de malestar y sufriendo el malestar que de
ella procede. Hay desazón e inquietud en el psicoanálisis; esa molestia puede
ser fecunda en la medida en que signifique una revisión crítica de su historia
y una sensibilización para escuchar la demanda de un mundo sumido en la
vorágine de transformaciones que tendrán efectos imprevisibles pero que no
parece estar marchando por el camino de la superación de los males que le
aquejan sino todo lo contrario. La ciencia, fuente de esperanza para Freud
cuando formulaba sus reflexiones pesimistas, es más hoy causa de angustia que
de expectativas venturosas.
La
humanidad entera asiste a procesos de “paranoización” (Allouch). Los
movimientos migratorios de masas de seres que escapan de la miseria generan,
como lo profetizó Lacan, un aumento de la discriminación. La “vida desnuda”
(Agamben), efecto del ejercicio incontrolado de formas sofisticadas de
“biopolítica” (Foucault) aumentan las de por sí altas cotas de descontento. La
democracia, la tecnología y la economía cada vez más liberalizada parecen
aumentar el poder de los menos sobre los más. El control de las imágenes
desemboca en el control de los cuerpos y su puesta al servicio de intereses de
corporaciones anónimas y atópicas que gobiernan sin decir cuáles son los
objetivos que persiguen –cosa que tampoco ellas saben.
En
ese mundo hay presiones que promueven la desaparición del sujeto como polo de
responsabilidad por sus elecciones. La “objetividad” se presenta como la meta a
alcanzar y la “subjetividad” como una escoria prescindible. El psicoanálisis
como ciencia potencial, siempre potencial, nunca realizada, ciencia del sujeto,
debe encontrar, en ese mundo cuadriculado por las ciencias, donde falta un
espacio utópico al cual escapar, su propio lugar en la consonancia con las
demás ramas del saber crítico. ¿Desaparecerá así su malestar? No lo creo; pero,
eso sí, se hará fecundo