La primera ley
que encuentro escrita en el fondo de mi alma no es amar, mucho menos socorrer a
los pretendidos hermanos sino hacerlos servir a mis pasiones.
Marqués de Sade[1].
Cuenta uno de
sus biógrafos[2] que el
día 14 de julio de 1789, durante la toma de la Bastilla, el divino marqués
agarró un largo tubo de hojalata terminado en embudo que usaba para tirarse
agua en su celda y lo utilizó como amplificador de sonido para dirigirse a la
multitud sublevada en nombre de los principios de la libertad, fraternidad e
igualdad, desde su cautiverio profería insultos al gobernador y voces a favor
de la rebelión.
La imagen, real
o imaginaria, no es una excentricidad imposible de concebir. Había pasado largo
tiempo en cautiverio en diferentes cárceles a causa de los escándalos
producidos por sus excesos y deseaba salir a cualquier costo, aún abjurando de
su moral aristócrata que le situaba por encima del populacho. Es difícil imaginarse
a Sade como un revolucionario, su juventud no preludia para nada este papel y
no puede considerarse que fue ninguna clase de rebelde sino un hombre que
aprovechó al máximo sus privilegios asegurados por “su rango y la fortuna de su
mujer”[3].
En esa escena y
las que siguieron a su liberación, se posesionó del papel de revolucionario y
el resultado fue que llegó a ocupar durante ese período el cargo de jefe de
sección, juez y presidente de tribunal, convirtiéndose en ese momento, aunque
por breve tiempo, en el ciudadano Donatien Sade. Sin embargo, para la
república, su identidad constituyó un enigma desde el estatuto mismo de su
situación legal, pues su partida de nacimiento, su certificado de residencia,
sus papeles como ciudadano y finalmente los vales o solicitudes firmadas por
él, nunca ostentaron el mismo nombre. Esto obligó a que la Oficina de Revisión
creada por el Directorio dictara un informe en el que observaba: “tan grande
disparidad no puede aclararse demasiado, y da lugar a que el individuo no tenga
identidad perfecta y que se resuelva la supresión del nombre de un individuo en
actas justificativas libradas a otro”.
Y es precisamente,
esta identidad no clara –más que indelineada, disfrazada– la que nos aparece en
su obra, y que desconcierta al lector ingenuo, por la fuerza de las escenas
eróticas y la violencia descarnada de sus letras. Al hombre “normal” asustarán
mucho los cadáveres sangrientos, las copas tintas de vino combinado con sangre,
las torturas inauditas. El lector con prejuicios siempre lo verá como un
monstruo que propone una sociedad sin ataduras morales. Pero todo esto, es parte
de una maqueta que revela un pensamiento puro como lo han revelado los brillantes
estudios de Maurice Blanchot[4] y Bataille.
Esta confusión
deliberada a la que inducen sus letras, dará lugar a cantidad de lecturas
encontradas y juicios disímiles: precursor de Freud (afirmación estúpida a
decir de Lacan), poeta revolucionario, primer catalogador de perversiones
sexuales, ateo irredento, terrorista provocador, humorista sardónico, moralista
extremo, etc.
Con el divino
marqués, nos encontramos en una situación parecida a la de Nietzsche, su obra
es difícil de inventariar y de interpretar, dando lugar a más de una confusión.
Un agravante de la obra de Sade que hace más compleja su interpretación, lo
constituye el hecho de que es un autor construido a posteriori, su obra no fue publicada en su tiempo como
correspondía, fue escasamente conocida e incluso estuvo prohibida hasta entrado
el siglo XX, la publicación de su obra completa promovida por J. J. Pauvert, no
apareció sino hasta principios de los años 60’s (1960 – 1962) e incluso su
biografía realmente detallada realizada por su mismo editor es bastante tardía:
1986.
Así, su obra
permaneció casi inexplorada para algunos de los grandes especialistas como
Havelock Ellis y Freud que utilizaron el término sadismo acuñado por el Diccionario
Universal de Boiste, publicado en 1834, como sinónimo de una expresión
instintiva patológica. Durante mucho tiempo se reconoció la perversión más que prestar atención al
literato o filósofo Sade, conocimos al hombre mucho después de la herida que
infringió en la moral de su tiempo. De hecho, no sé de ninguna Facultad de
Filosofía que ofrezca un curso sobre su pensamiento riguroso, quizá porque se
sigue corriendo el equívoco de una identidad entre sus escritos y sus prácticas
perversas.
Los surrealistas
primero y luego los existencialistas, redescubrieron sus escritos para crearle
la fama de autor que ahora tiene, antes de eso, sus letras nos fueron más que
rollos de papel sin destinatario, “sobre los que al infinito durante sus
jornadas de prisión desarrollaba sus fantasmas” (Foucault[5] dix it). No sabemos si deseó ser un escritor exitoso, lo más probable es que
no, sino que sus trabajos fueron una forma de escapar a la locura del encierro,
un juego imaginario que le permitió fugarse a otros mundos y jugar a ser Dios,
víctima y verdugo en el pequeño espacio de su celda. Al confeccionar sus
escritos, tuvo incluso que afrontar problemas tan básicos como obtener papel.
Para escribir las 120 jornadas de Sodoma
y Gomorra, el
marqués pegó hojas de doce centímetros de ancho, unas a otras, para
confeccionar un rollo y cubrió una de las caras con microscópica escritura con
veinte veladas que se extendían desde las siete a las diez en su cuarto de la
Bastilla con una regularidad perfecta; luego hizo lo mismo con la otra cara y
terminó con todo el 28 de noviembre de 1785[6].
Es de importancia recalcar el hecho, de que,
la mayor parte de las escenas consignadas en las obras de Sade son fruto del
prodigio de la imaginación. Sus excesos –los hay en su
vida, pero los verdaderos crímenes por los que va dar a Vincennes y luego a la
Bastilla, son el
haber huido con su cuñada y el elegir muy mal a su suegra– en su existencia son
muy menores, a comparación de las orgías y actos violentos que imaginó. Barthes
ha dicho de este contemporáneo de Mozart, que puso en su vida un poco de su
obra y no lo contrario. Un hecho que soporta esta afirmación y refuta la concepción
absurda de quienes le ven como la encarnación misma de la maldad, es que fue
nuevamente encarcelado en el período revolucionario, esta vez, acusado de moderado. Sade se opuso a la carnicería de la
guillotina y su discrepancia no fue tolerada por jacobinos más radicales.
¿Cuál es el mérito de Sade? y ¿Qué es lo que
caracteriza su obra?
La fascinación que causa la sexualidad
desbordada en sus escritos es un laberinto sin fondo, una fortaleza como las de
Piranesi, en las que uno puede perderse por caminos imaginarios sin retorno. Lo sexual en el marqués, impacta y engaña. Sade
no inventó el libertinaje sexual y el tema de la vida erótica
había sido tratado de diferentes
maneras por la ciencia y la literatura.
El redescubrimiento del cuerpo en el Renacimiento fue producto de los estudios anatomofisiológicos
que habían permanecido prohibidos durante la Edad Media, y cuya consecuencia rara,
fue la conservación del prejuicio de una equivalencia anatómica y funcional
entre los sexos. Entonces, el hombre volvió a mirarse a sí mismo y a su cuerpo
desnudo, y esta visión reaparece en el arte mitológico, naturalista y hasta
religioso, trayendo consigo una disminución general de la culpa sexual y la
abolición del principio de intangibilidad del cuerpo humano.
Este
desplazamiento trajo consigo cambios subjetivos importantes que son notables en
el siglo XVII y sobretodo en el XVIII. La sexualidad en estos siglos toma un vuelo
en la conciencia general. Tirso de Molina publica en 1630, El burlador de Sevilla en el que el tema de la hipersexualidad del protagonista es central y que ha
tenido como modelo a un personaje real, un rico burgués de Sevilla de nombre
Miguel de Mañara[7]. También
en este siglo vemos aparecer las Memorias de Casanova[8],
que muestran a un hombre consagrado a la sensualidad y a la seducción de las
mujeres, no sin guardar las buenas maneras del hombre educado y el caballero.
Rousseau[9] predicó el amor libre más allá del matrimonio, puesto que dicho contrato no
corresponde a ninguna ley moral y el derecho social hace entrar por esa vía al
dinero que destruye al amor. Aunque, él mismo abandona a sus cinco hijos en
hospicios como era la costumbre de la época, sin importarle el futuro de sus
vástagos.
En Francia, durante el siglo XVI, Enrique III
no disimulaba su homosexualidad, cosía y bordaba, además de disfrazarse como
mujer y reclutar a sus amantes en bailes, en un afán identificatorio con su ex
- esposa María de Clèves. Para el siglo XVII, la prostitución y las
perversiones son por demás comunes. En Londres había unas 50,000 prostitutas y
13,000 en París y se cultivaba el gusto especial por encontrar a muchachas
vírgenes.
No faltan conductas libertinas en el período
de la Ilustración y cualquiera podría estar tentado a jugarse por la hipótesis
de no represión sexual que Foucault nos propone en sus estudios sobre la
sexualidad.
El marqués de Sade, dedica su genio a plasmar con
la libertad de su imaginación no presa como su cuerpo, sus fantasías, haciendo
un recuento riguroso, consistente, y hasta mecánico de las contingencias
sexuales. Sontag[10] ha
dicho que la bravura de Sade estriba en ilustrar –más que el libertinaje sexual– la crueldad del
corazón. Pero, su obra es más que
literaria, en sentido estricto, filosófica y así lo puede demostrar una sola
obra, el Diálogo entre el sacerdote y el
moribundo. Plantea problemas del orden de sopesar los límites entre la fe y
la razón, intenta subvertir la ética cristiana, pero la verdadera importancia
de sus conceptos radica en que constituyen una crítica intransigente a la razón
práctica kantiana. No en balde, primero Adorno y Horkheimer en su Dialéctica del Iluminismo[11] (“Sade erigió un precoz monumento a la planificación del orden monopólico”), y veinte
años después Lacan (quien con cierto descaro se
adjudica la primacía en el descubrimiento de una continuidad entre Kant y Sade.
Uno se pregunta: ¿Se equivoca, miente o no parecía conocer el escrito de los
filósofos alemanes?),
han visto en su literatura una continuación de los planteos de la Ilustración
que pondrán en el lugar de la verdad al discurso científico, hay una
continuidad no evidente, pero el rigor moral de Kant
está ligado a la voluntad de goce en Sade, como si la ilustración misma llevara
a una época de sadismo, aunque quizá esto no sea lo más importante. Según Lacan[12], lo que denuncian los hechos “inmorales” de las obras de Sade, es
que el mal radica en la pureza de la ley (hay una equivalencia, en este
sentido, entre ley y crimen), que aparece como impuesta desde un más allá de
apariencia neutral, pero que en su esencia ejerce una violencia contra el
placer y la comodidad del sujeto. Juliette por su parte, practica una
autodisciplina del delincuente en acuerdo con los principios más severos sobre
la virtud, que Kant nos refiere en sus exposiciones sobre la metafísica de la
costumbres. Las riendas de sus proyectos están gobernadas por el dominio de sí,
sus inclinaciones y sentimientos (el asesino debe tener una máxima
tranquilidad), se trata de alcanzar un objetivo simple reconocer al otro sólo
como materia maleable, no cómo prójimo. Juliette tiene a la ciencia por credo,
le repugna toda racionalidad que no pueda ser probada. En este sentido, predica
la soledad absoluta en la que lo único que cuenta es la obtención del propio
placer. La voluptuosidad de Sade implica también –Bataille[13] lo ha entrevisto lúcidamente– una política del exceso (parecería
la única política en nuestro México de hoy) en que la desventura del otro, la
traición y el asesinato son una forma de erotismo que desemboca en el
aislamiento moral. Quien admite el valor del prójimo se limita moralmente, la
solidaridad con el hombre impide tener una actitud soberana, y la mayor soberanía
es la embriaguez que conduce a un dolor sin medida que puede destruir todo,
hasta el verdugo mismo.
Simón de Beauvior[14] ha hecho notar, cómo Sade pone en escena a sus personajes con un cuidado
estético que agota las posibilidades anatómicas del cuerpo humano. Sin embargo,
las orgías parecieran atemporales, como sucediendo en ningún espacio y poniendo
en juego más a maniquís que a personas vivientes. En ese escenario, lo que se
pierde es humanidad y las figuras aparecen como consecuencia de actos previos y
reducidos al papel de marionetas en un teatro que parece un dispositivo
mecánico:
Las víctimas parecen
inmovilizadas en su abyección lacrimosa, los verdugos en su frenesí. Sade se sueña complacientemente en sus personajes
sin infundirles su humana densidad. No conocen el arrepentimiento y apenas la
saciedad; ignoran la repugnancia, matan con indiferencia, se constituyen en
encarnaciones abstractas del mal. Pero el erotismo pierde su carácter impar
cuando no se eleva sobre un cimiento humano, social o familiar. Deja de ser
conflicto, revelación y experiencia privilegiada[15].
Su literatura es un experimento
que intenta suscitar la excitación y la repulsión del lector. Juliette aconseja a su compañera de
desenfreno Clairwill, la cual quiere
cometer un crimen que perdure más allá de su propia vida: “Entonces prueba con
el crimen intelectual y ¡escribe!” El acto más terrible cometido por Sade es la
erección de sus letras, ellas son el crimen espantoso que le ha hecho pervivir
a través del tiempo y le ha otorgado el enojo de las buenas conciencias.
La voluntad de goce de Sade se concentra en
mancillar símbolos sagrados, aquellos que tienen que ver con la nobleza, la
religión y la justicia. La trasgresión de los límites del erotismo y de todos
aquellos que impone la vida misma, parecen ser el objetivo de sus letras. Pero
el gran tema de la obra de Sade es la soledad, el hombre y su orfandad ante la
vida, el pavoroso desamparo que nos persigue contra las apariencias de la vida
social y que sólo puede percibirse físicamente con luminosidad, contemplando el
cielo estrellado en una noche clara de invierno. Constante[16] ha hecho notar cómo, a los momentos más apasionados del encuentro amoroso entre
los personajes sadianos, a la confusión de sus identidades y al arrastre de un
cuerpo hacia otro, sigue el abismo de la extrañeza recíproca. En lo más
profundo del cuerpo, en el punto dónde la carne desfallece, no hay espejo que
tienda con precisión su reflejo a uno y otro de los miembros de la pareja, las
emociones se confunden pero en el espacio de los dos espejos encontrados lo que
aparece es el vacío al infinito, la falta de complementariedad que evocaba
Platón en el mito del Andrógino. La desnudez
no acerca al otro, consagra la separación, la discontinuidad de la existencia
es inevitable, la emoción del sexo es una abertura a lo desconocido de nosotros
mismos.
En este contexto, llama poderosamente esa
suerte de desafío obstinado, que hace que Dios esté presente en casi todas sus
obras, como si fuese un padre al que hay que desafiar para que exprese un
mínimo sentimiento de amor (hacia las víctimas) o de odio (hacia los verdugos),
pero éste permanece mudo dejando en abandonados a su suerte a los actores de la
profanación.
Es difícil encontrar una obra en la que se
concentre tanto deleite en el sacrilegio, pero también tanto deseo y resentimiento
hacia Dios, como Cristo (es Buñuel quien los acercó en L’Age d’Or, 1930), Sade
se lamenta amargamente: “¡Padre! ¿Por qué me has abandonado?”
Sabemos que leyó a Spinoza meticulosamente y
conocía sus tesis, lo suficiente para saber que Dios no tendría que responder
pues ha despachado al hombre a su libre albedrío. Sin embargo, a pesar de que
reniega una y otra vez, se carcajea y caga sobre ese juez supremo, insiste con
desesperación en llamarlo, cómo si no le admitiese mudo o no le creyese
ausente. Sade, en este sentido, es un religioso
negativo en espera de una mínima señal, de un guiño que le diga que no está
solo. En las letras del marqués hay más coraje que desesperanza, la rabia se
mantiene cuando todavía hay ilusión.
¿Hay cercanía entre Sade, Burroughs y Bukowski?
Entre el marqués y estos escritores[17],
están las dos guerras mundiales y horrores inimaginables que niegan enfáticamente
la existencia de un Dios (al menos, de bondad). Él adelantó un pequeño esbozo
de los tiempos que estaba por vivir el hombre, y en ese sentido, es nuestro
contemporáneo, aunque no pudo prever del todo, que la realidad política y
social ha resultado más brutal que cualquiera de sus invenciones.
El cine lo ha tratado con negligencia y
desgano. Excepto por una magnífica película de Peter Brook (1966) adaptación de
la obra de Peter Weiss: “La persecución y
el asesinato de Marat, representados por los locos del manicomio de Charenton
bajo la dirección del Marqués de Sade”, nada más parece valer la pena. Inclusive,
Klaus Kinski naufraga al tratar de personificar al marqués, en una adaptación
fallida de Justine. Hay que evitar,
expresamente, la película que Philip Kaufman filmó con un Geoffrey Rush histérico
y completamente fuera de papel (Quills, 2000).
Puede llamar la
atención su última voluntad, en el momento de su muerte, el marqués de Sade manifestó su aspiración de ser enterrado en
una tumba sin nombre que fuese borrada por el follaje del bosque, para escapar
de la memoria de los hombres. Creo que este gesto poético es coherente con su
obra, siempre odió las instituciones, quiso disolverse, no pensó jamás ser un escritor
de culto, un ídolo para los estudiantes de letras –el “santo” Rimbaud y también
Kafka intentaron borrarse– o un atractivo turístico en el cementerio. No lo
logró, por eso lo recordamos, celebramos su nacimiento y su muerte en el
calendario con la misma devoción que otras fechas conmemorativas como el día
del maestro, del psicólogo y del bombero.