El fútbol (con) jugado por el psicoanálisis
Gibrán Larrauri Olguín
1. Sobre la popularidad del fútbol.
El fútbol
es sin duda el juego de conjunto más popular en el mundo. Cuando se habla de él
nadie es indiferente. Ya sea que se le alabe o se le condene por ser
considerado una actividad “animal” destinada a la enajenación de las masas, el
fútbol genera la palabra.
Sin
embargo, desde el psicoanálisis muy poco se ha dicho de valía sobre este juego.
Lo cual, me parece puede ser debido a diversas razones entre las que se me
ocurren principalmente tres: que se opina que se trata de un tema baladí; que
se piensa que los conceptos psicoanalíticos son incompatibles con la realidad
del juego en cuestión, y así, se le deja de lado bajo la justificación de que
su estudio es objeto de otra disciplina como por ejemplo, la sociología; y se
me ocurre que tal vez puede ser debido a que la mayoría de psicoanalistas
simplemente nunca lo han jugado, o no acostumbran a hacerlo, y eso ha reducido
notablemente su interés.
Pero, si
“la producción del juego sigue las leyes del significante”(1), queda claro que
el fútbol es propenso a que se le observe con la lupa del discurso
psicoanalítico, discurso que pienso puede aportar algunas verdades sobre el por
qué de su popularidad, más allá de las explicaciones emanadas de la idea de que
todo juego tiene como finalidad producir alegría, y más allá de las
explicaciones de corte materialista-histórico que, por ejemplo, mencionan que
la difusión del fútbol, y por ende, su celebridad “se halla ligada al
surgimiento de la esfera del tiempo libre en una determinada etapa del
desarrollo de las fuerzas productivas”(2). Explicaciones que si bien, contienen
un grado notable de certeza, no ofrecen una explicación, digamos gnoseológica,
del por qué de la especial predilección humana por el fútbol habiendo otros
juegos que pueden aportar igual o incluso mayor alegría, y cuyo auge también ha
estado ligado a la industrialización de la sociedad.
A mi juicio, la afinidad que los
sujetos tienen por el fútbol descansa primeramente en que todo acto lúdico es
un acto sublimatorio que a temprana edad ayuda a constituir la subjetividad, y
que posteriormente, convalida esa misma subjetividad en base al mantenimiento
del deseo; segundo, que el fútbol pone explícitamente de manifiesto el
conflicto que existe en toda subjetividad, y por ende, entre las
subjetividades, conflicto que encuentra su fundamento en el goce; y tercero,
que la práctica del fútbol cuenta con una particularidad en comparación con otros
juegos de conjunto, particularidad que es obvia y que no obstante,
frecuentemente ha pasado desapercibida, y es que este juego no se escribe, no
se juega con las manos.
1.1 Jugar:
acto sublimatorio.
Jugar es sublimar. La sublimación es
consustancial al deseo. Por su parte, el deseo es la vida misma del humano.
De
acuerdo con Lacan, la sublimación es “la elevación de un objeto a la dignidad
de la Cosa” (3). Por lo tanto, se entiende que para que haya sublimación es
necesario que haya un sujeto, el cual sólo puede existir una vez que se ha
dejado el ser. Es decir, para que el juego tenga lugar es menester que el Bien
Supremo, a saber, la Cosa, haya sido prohibida por la función del significante,
ya que sin este corte, que dicho sea de paso, sólo puede producirse una vez que
la madre, quien con su ir y venir (fort-da) demuestra que un deseo la habita y
que no es saturado por el hijo, el nacimiento del sujeto del deseo, del sujeto
a secas, se ve imposibilitado ya que no cabe la pregunta por lo que a esa madre
le falta. O sea, sin la función metafórica que sustituye el Deseo de la Madre
por el Nombre-del-Padre no hay nada que desear. Sin la intromisión del
lenguaje, jugar es imposible: no hay di-versión, sólo hay la uni-versión
abrumadora del Deseo de la Madre, el objeto a “que causa el deseo y
motoriza la pulsión”(4) no aparece, y en su lugar, un
manto de angustia asfixia lo que no sé si pueda ser llamado cuerpo dada la
ausencia de la Ley.
Henriot escribe: “Para jugar hay que
existir” (5), frase que puede parecer obvia incluso banal, pero que desde el
psicoanálisis toma su justa dimensión que es ésta: para jugar, y en general,
para devenir un miembro de la comunidad, un civil, es insoslayable estar en
falta, haber perdido el goce del ser para así poder comportarse como un poeta,
(con) jugar la palabra o lo que es lo mismo, gozar bajo el armazón fálico. En
este sentido, si el acto lúdico en la clínica psicoanalítica con niños es
concebido como asociación libre es en correspondencia a que comunica y “la comunicación
exige un defecto, una <<falla>>” (6), digamos nosotros, la
comunicación se puede generar sólo en base a un “ya estuvo bueno” a toda
pretensión de omnipotencia y simbiosis con
la madre. Se sabe que un
sujeto angustiado no puede jugar, apalabrar, es apático debido a que se
enfrenta a la falta de la falta, a la verdadera satisfacción de la pulsión,
horrible encantamiento (7). Siendo así y a manera de breviario cultural, la
frase de uso popular al punto de haberse convertido en un cliché que reza “la falta
existencial”, es pleonástica, ya que existir es estar en falta.
Así
pues, el acto lúdico pone precisamente en juego la pulsión que se dirige al
Otro demandando a, demandando el goce entregado sin quererlo en la
castración implantada a su vez por ese Otro. La pulsión tiene como
característica la parcialidad y como premisa la insatisfacción, la re-petición,
de ahí que sea “lo más opuesto que pueda pensarse a la concepción de la
homeostasis psíquica” (8). Su labor es la convalidación de la subjetividad a
través del fracaso, a través de la búsqueda fallida
por humanidad de recuperación de la Cosa, pues, ese fracaso mantiene vivo al
sujeto no así el encuentro definitivo con el objeto que significaría la muerte,
el acabamiento. La pulsión no es otra cosa que la energía necesaria y constante
para la sublimación, y por consiguiente, para el jugar. La pulsión es el
verdadero latir del corazón del sujeto.
El juego, en este caso el fútbol
como fenómeno de particular fama dentro de la “cloaca máxima” (civilización)
(9), pone las bases para la convalidación subjetiva, es subsidiado por la a-puesta.
En los niños, así como en los pacientes de Pichón-Rivière, el acto lúdico,
lejos de significar estar “de vacaciones con respecto a la realidad social y
económica” (10), debe de ser apreciado como la constitución de la subjetividad;
y en el caso de los adultos (neuróticos particularmente), ese mismo acto creo
que debe de ser considerado como la convalidación de esa subjetividad. En suma,
mediante el juego el sujeto lejos de abstraerse de la realidad ahí se instaura.
No está fuera de la Ley del deseo sino que la encarna. He aquí la razón
primordial del imán del juego.
De
esta manera, se puede colegir por qué el hombre posmoderno prefiere presenciar
el fútbol o practicarlo que ejercer el trabajo, aun cuando existen grandes
similitudes entre ambos quehaceres como lo han señalado autores como Vinnai
(11) y Galeano (12). Mientras el fútbol siendo un juego permite, y de hecho,
está hecho para fallar, para el equívoco y lo inesperado, y en esa medida
mantiene a salvo el deseo; el trabajo por su parte (13), tiende a objetivar al
sujeto mediante la no permisión del error, mediante la extirpación del
condicional que le da brillo a la vida, en fin, mediante la anulación del deseo
a través de la intolerancia por toda poiesis. Es con palabras de Georges
Bataille que podemos entender la diferencia radical entre el trabajo y el
juego:
“Una
parte de la vida que escapa al trabajo accede a la libertad: es la parte del
juego que admite el control de la razón, pero determina, en los límites de la
razón, breves posibilidades de salto más allá de esos límites. Este es el
juego, que, lo mismo que las catástrofes, es fascinante, que permite
vislumbrar, positivamente, la seducción vertiginosa de la suerte.”(14).
Para
terminar con este primer punto, me gustaría mencionar que el juego de pelota
practicado por algunas de las civilizaciones prehispánicas de lo que hoy en día
es México, civilizaciones como la totonaca y la azteca, era un juego no hipócrita,
pues cumplía a raja tabla la promesa de vértigo que esconde toda a-puesta:
el sujeto que ganaba el juego era sacrificado, se le devolvía el goce del ser,
o sea, su demanda era saturada. En esos juegos de pelota se iba de la
sublimación (del semblante) a la Verdad mejor conocida como la muerte.
1.2 El
fútbol como la representación del conflicto entre las subjetividades.
Desde los inicios del fútbol
encontramos que este juego se basa en el conflicto, en la disputa en y por el
campo de juego a través del poder de decisión sobre la pelota en vistas a la
trasgresión del oponente. Así lo demuestra la feninda de los griegos, la pila paganica de los romanos, el tlachtli de los aztecas, la soule francesa de la edad media, entre otros juegos de pelota practicados por
culturas como la china, la japonesa y la asiria (15). Si bien, todos estos
juegos en el fondo tenían un valor cosmológico que consistía en que el ganador
o los ganadores, según era el caso, se aseguraba(n) mediante la victoria de
obtener los favores divinos que permitían la continuación de la vida, lo que
fundamentaba dichos juegos era la lucha. Ya en la actualidad, quien escuche la
narración de un partido de fútbol y los cánticos de las barras, no tardará en
darse cuenta de que la utilización de la jerga bélica es notable, hecho que
deja claro por qué Eduardo Galeano diga que el balompié es “ritual sublimación
de la guerra.” (16)
Y si de la guerra hablamos, sin
lugar a dudas, ésta encuentra su máxima expresión, y a la vez, la más
desapercibida, en el origen de la constitución de la subjetividad y por ende,
en la subjetividad misma. El sujeto se debe a la guerra y está constantemente
en ella. Guerra sin fin que es el motor de la civilización así como la amenaza
más extrema para su extinción. El fútbol toma gran parte de su poder de
convocatoria de la re-presentación de este conflicto a manera de juego.
Pero, ¿por qué la subjetividad se
forma gracias a la guerra?, ¿guerra entre quién y quién?, ¿por qué se trata de
una guerra perenne? y ¿cómo es que el fútbol representa este conflicto?
He dicho que para que el sujeto del
discurso pueda constituirse es necesario que el Deseo de la Madre sea reprimido
por la Ley del Padre. El goce del ser, absoluto y por eso avasallador, debe de
ser sometido a la interdicción para que así, el deseo advenga. En otras
palabras, la castración debe de ser aplicada al infans, de no ser de esta
manera, la sociedad se perdería de un neurótico, tal vez perverso, y ganaría un
psicótico.
Contrariamente
a lo que un pensamiento inocente puede reflexionar con respecto a la
castración, sabemos que ésta dista mucho de implicar un mal innecesario para la
vida humana sino su posibilidad misma. Empero, este proceso no es dócil, es
duro, traumático, pues la Madre y el Padre se enfrentan; el mar de goce se
enfrenta con el dique de la Ley y forzosamente uno de los dos tiene que
imponerse. Aquí no hay empates ni acuerdos bilaterales en los que ambas partes
ganen equitativamente. Hay de dos sopas: o salir de la red del goce materno para
entrar en la red del lenguaje y tener entonces la posibilidad de gozar al
estilo fálico, o quedar atrapado en esa red materna, sin la interdicción del
Padre y así gozar terriblemente. La guerra es inevitable. Lo correcto para ser
humano, con perdón de la expresión, es desear. No basta con la envoltura
biológica para vivir, hace falta ser tomado por el lenguaje. El dique debe de
construirse.
Sin embargo, aunque una de las
partes en disputa se imponga sobre la otra, el conflicto sigue. En el caso de
las psicosis en las que el goce no ha sido tachado por el lenguaje, será
precisamente el significante del Nombre-del-Padre el que reclame su ausencia en
la alucinación. En el caso en el que la Ley se impone sobre el goce, caso al
que me referiré de aquí en adelante, también habrá conflicto, ya que el goce no
es extinguido sino que es reprimido, lo cual le da carácter de ser a prueba de
fuego y de vivir debajo del lodo de significantes desde donde ejerce su
re-clamo. El parlêtre se ve jugado por ese goce interdicto. Sus sueños, sus
síntomas, en suma, su schuld así lo hace notar. El goce insiste e
insiste sin posibilidades de todo apaciguarlo, de todo nombrarlo y ponerlo
quieto, pues es antisocial, antipadre, antilenguaje por naturaleza. La marea
por siempre estará picada.
Entre
dos tierras se debate toda subjetividad para quien la tranquilidad no es más
que una ilusión. Ya lo dice la voz popular: “Nadie está contento con lo que
tiene”. No hay acuerdo entre el goce y el lenguaje, lo que hay es asimetría.
Malestar. Se está condenado a desear lo prohibido que por prohibido es deseado.
En determinación del goce, razón de desvelos y sueños profundos, es que la
civilización ha sido posible con su grandeza y su bajeza. El sujeto la
construye errando.
Ahora bien, una vez que el lenguaje ha tachado el goce
del ser, éste será imposible de recuperar y en sustitución de él es que el goce
fálico aparece en
la vida. El
goce fálico, goce fugaz que evidentemente es posibilitado por la palabra,
laguna de lo que antes era mar, o “gocecito” como lo llamara Néstor Braunstein
en oposición al goce del ser (18), sólo puede obtenerse mediante la demanda
dirigida al otro, a los otros, que son a fin de cuentas representantes del
Otro. Y he aquí donde surge de lleno el conflicto entre las subjetividades, ya
que ese otro a quien se dirige la demanda busca exactamente lo mismo, es decir,
ese otro también está en falta, busca el goce, por lo que se produce un choque
entre las demandas, no obstante que en el fondo sean la misma demanda, pues
esto no garantiza la armonía sino
la batalla. Hay que extraer el goce del otro,
imponer la demanda sobre la del otro o que las demandas coincidan, lo cual es
raro, y aun cuando coincidan siempre quedará
la insatisfacción. Después
de todo, el orgasmo no es más que una muertecita.
En razón del goce fálico es que en el
fondo todos somos unos egoístas o al menos a eso aspiramos. La
asertividad no es posible, por más “congruente” y “respetuoso” que sea un
sujeto al expresar su parecer, siempre encontrará que sus palabras no coinciden
del todo con el parecer y con la voluntad del otro. En razón del goce fálico,
es que se puede afirmar que existe la interacción no así la intersubjetividad,
si esta última existiera todo sería voire la vie en rose, todos
gozaríamos igual y al mismo tiempo. Imposible. No existe la relación sexual.
Los amantes se echan en cara su falta, su egoísmo y su incompetencia en
relación al goce a que se aspira, el obrero hace lo mismo con el patrón, el
alumno con el maestro, el hijo con el padre, el jugador con el árbitro, el
patrón con la economía, el maestro con la Secretaría, el padre con el abuelo,
el árbitro con la Comisión de arbitraje. El sujeto ante el Otro, y el Otro
agujerado está también:
“Los goces,
todo eso a lo que se renuncia al someterse a la Ley del deseo, persisten en
reclamar una satisfacción que el Otro no puede dar y al que hay que
arrancársela. Pero ese Otro está animado por la misma pulsión.”(18).
Sí, el
conflicto no es más íntimo de lo que pensamos.
Entonces, tenemos que las guerras de la humanidad,
entre ellas las que ocurren en y por el fútbol, no han sido por causa de un
territorio y sus riquezas, sino por causa del goce. Tratar de extraer del
semejante lo que me falta antes de que él lo extraiga de mí. Negar el vacío del
otro, que es mi vacío, sometiéndolo para así, por un momento, sentirme lleno,
sentir el sentido de la vida sin Sentido. Gozo del conflicto. Hacerse pegar o
pegarle al parecido no tiene otro fin que mantener vivo al deseo posibilitando
el goce a la vez que poniéndole un alto:
“Entre tú y
yo circula una sola nada y si te elimino, soy. De esta manera, separo las
fuerzas en guerra en mí. La lucha del ser y la nada fue primero la de lo
masculino y lo femenino. Pero prefiero decir: `Es la lucha del amo y el esclavo,
o también, `Es la lucha de clases`. Así pasó.””(19)
En el fútbol, cada equipo, cada jugador, cada barra,
cada hincha ve en su oponente la materialización del Otro a quien hay que
reclamarle; ven ese Otro culpable de la castración a quien se le pide dé el
goce que falta y que se cree él tiene; ven ese Otro trasgresor que, en estos
tiempos posmodernos determinados por la ciencia, tiende a anular
la subjetividad. En
el fútbol, se le declara en juego la guerra al Otro en nombre de la falta: por
un lado, la queja por la existencia de la falta y por el otro, la lucha por
salvarla. Me atrevo a decir que, en el balompié, es común que los protagonistas
llegan a creer que el Otro del Otro existe y está parado enfrente.
Siguiendo esta línea, la violencia que en últimos
tiempos ha estado presente en el fútbol, haya su razón de ser en la
maximización del conflicto entre el sujeto y
la cultura. Hoy por hoy,
el Otro además de ser quien en última instancia ejecuta la castración, es un
Otro predominantemente dictador, calculador, violador y excluyente en la medida
en que se rige por la voracidad de las leyes del mercado, las cuales tienden a
disecar las posibilidades de soñar con el goce, de crear las vías para
alcanzarlo, y las reducen al poder adquisitivo que promete y en ocasiones
otorga un goce instantáneo y a la vista del portador. La violencia en el
fútbol, y en el total de la sociedad, es proporcional a los avances de la
ciencia, de la tecnología y de la hiper irrigación mediática que por un lado
han unificado monetariamente al mundo y por el otro, han dejado al sujeto en el
peligro de la descoyuntura, lo han dejado perdido en lo celular. Así pues, el
estadio de fútbol es uno de los lugares propensos para llevar a cabo la
catarsis que a golpe y porrazo intenta ratificar la subjetividad de manera
desesperada y hasta triste.
Es así, mediante la concepción psicoanalítica de la
guerra, como se comprende por qué suele decirse que el fútbol en tan parecido a
la vida entera.
Hasta aquí, mucho de lo que he dicho a propósito sobre
las razones de la popularidad del fútbol, en realidad puede aplicarse para todo
juego de conjunto y hasta para espectáculos como los toros, las luchas y el
box, y también para movimientos masivos como las marchas de protesta. Dicho lo
cual, se impone la necesidad de abordar el tercero de los puntos que en un
principio establecí, y que a mi entender es el fundamental para explicar la
naturaleza de la dichosa popularidad del balompié. Fundamental último punto de
este primer apartado que, paradójicamente, es el punto más breve.
1.3 El fútbol no se escribe
con las manos.
El humano es difícil porque suele regirse por lo
difícil. Decir esto no responde a un espíritu pesimista u obsesivo sino a la
lógica estructural, pues, qué cosa más difícil que tratar de conciliar al goce
con el lenguaje, al agua con el aceite que forman el líquido de la
subjetividad. La compulsión a la repetición muestra que el humano no se conduce
de acuerdo a lo meramente placentero y fácil de asimilar sino por aquello que escapa
a toda aprehensión, o sea, la aprehensión de lo real que es al final del cuento
“lo que no cesa de no escribirse” (20). Todo lo que se presente como difícil
aun imposible, será la carnada perfecta para atraer al hombre, quien una vez
que tome la carnada y salga vivo del intento, siempre buscará el nuevo anzuelo
con otra carnada aún más difícil de alcanzar y así sucesivamente.
El fútbol es uno de los juegos más difíciles de jugar
y de ahí su atractivo. La dificultad radica en que en este juego el trato de la
esférica, conducto de sustracción de goce, no se ejerce con las manos, con esa
parte del cuerpo que nos permite tomar las cosas del mundo así como
transformarlas y en última instancia concretarlas, no, en el fútbol se crea con
la cabeza, con los hombros, con el pecho, con los muslos, con las rodillas, con
la espalda, con las nalgas y evidentemente, con los pies. En el fútbol el
cuerpo que, comúnmente es soslayado en cuanto a su capacidad creadora, se
vuelve todo poesía, todo escritura. Freud dijo que “todo niño (hombre) que
juega se comporta como un poeta” (21) y el fútbol es llamado popularmente “el
juego del hombre” (22).
En
este sentido, el fútbol bien puede ser calificado de artístico sobretodo si por
arte entendemos toda “obra humana que expresa simbólicamente, mediante
diferentes materias, un aspecto de la realidad entendida estéticamente” (23).
El fútbol expresa jugando el conflicto subjetivo que genera la sociedad y que
le permite a ésta su continuación. El carácter creativo del fútbol, que aun
cuando últimamente cada vez se tienda más a mecanizarlo, es comparable a la
danza en cualquiera de sus modalidades, a la improvisación dramática y en
especial al arte efímero del cual sólo se guarda memoria gracias a su fuerza
estética y gracias a la existencia de la video
grabación.
Se ha tratado a través de innumerables justificaciones
de vilipendiar la dote poética que regularmente alcanza el fútbol, pues no se
soporta la idea de un arte masivo y no condenado a la galería, al coleccionista
y al intelectual. Sin embargo, el fútbol insiste. Si por ejemplo, muchos de los
“poemas de gol” fueran exhibidos en alguno de los espacios consagrados al arte
formal, no faltarían las críticas a favor y en contra, las risas, la
incomprensión y la admiración, tal y como ocurre en toda exposición y en la
lectura de cualquier poesía.
Pero,
seguramente ustedes se preguntaran por el portero, por aquel participante que
puede utilizar las manos y cuya ausencia indudablemente haría del fútbol un
juego sin chiste, y así, cuestionaran la no utilización de las manos como el
factor definitivo para explicar la popularidad del fútbol. En síntesis, se
preguntaran por la poesía que el portero podría hacer. A lo que respondo que el
portero, con todo y con lo espectacular o acróbata de su intervención, a fin de
cuentas no crea poesía sino que la limita, la destruye incluso de manera
heroica. “El goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las
deshace.” (24) El portero funciona entonces
como barrera a la escritura, a la marca. Su actividad consiste en vaciar sobre
la hoja de la poesía el café hirviendo, y si esta posición es codiciada tanto
como la del “creativo”, es porque la destrucción es fuente de goce a la par de
la fuente de la creación. Pero esto, es materia para otro artículo.
Hasta
este momento, he aludido a las razones que yo pienso determinan la popularidad
del fútbol. Ahora me propongo en base a eso, profundizar en algunos de los
componentes y personajes de este deporte, lo cual me parece que podría
propiciar una reflexión más a fondo sobre el mismo.
2. Aforismos sobre el
fútbol.
I
El gol. “El gol es
el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en
la vida moderna” (25) Pero, si de acuerdo a Blas Matamoro (26), para Lacan los
orgasmos son éxtasis, la construcción del gol es entonces el éxtasis del fútbol
y no el orgasmo, es decir, el gol es algo vivenciado a nivel del cuerpo y no a
nivel de órgano, es goce, lectura del poema hasta el final en donde se
encontrará el placer como barrera y como la posibilidad de la construcción de
otro gol. Por otro lado, es en la posmodernidad cuando el gol es cada vez menos
frecuente, pues, en la modernidad, época de auge de sueños en la que el fútbol
empezaba su profesionalización, las goleadas estaban a la orden del día.
II
El árbitro. “El árbitro es arbitrario por definición” (27). Está
encargado de hacer cumplir la reglas del juego, de impartir justicia mediante
un juicio exento de errores, empero, nunca ha podido hacerlo y nunca de los
nuncas podrá hacerlo ya que su subjetividad se lo impide. El árbitro, como todo
sujeto del discurso, es inconsistente, patógeno: empieza encarnando la Ley y
termina encarándola y rompiéndola a través de su equívoco que a final de
cuentas procede de la osadía que todo sujeto ejerce en miras al goce. El
árbitro es un dictador en la medida en que sus señalamientos y sanciones son
irrefutables por más a medias que sean, y en la medida en que ahí se halla su
goce. Por eso, para ser árbitro hay que servirse de la perversión, hay que
negar la falta en el decir para así decir qué es falta y qué no lo es, decir
qué es amarillo y qué es rojo. De esta forma, se alcanza a entender un poco el
odio que suele generar este personaje indispensable para el desarrollo del
juego.
III
El 10: Este es el
jugador encargado de poner los componentes de la poesía. Lo que lo hará
inmortal en la memoria será que recurrentemente él haga toda la poesía, que su
caracoleo y su chanfle ericen la corteza de aliados y rivales. La tinta del 10
es la esférica y su hoja la cancha. Si se dedicara a escribir con bolígrafo y
papel ganaría el a veces tan nefasto Nóbel de literatura, y sus poemas
utilizados serían para despertar el amor de mujeres y de hombres. El verdadero
10, “el que reparte el queso con cincel”, tiene el don de las palabras en las
patas.
IV
El
entrenador: También conocido como Director Técnico, estratega o
timonel, el entrenador entiende a regaña dientes que es casi un milagro
encontrar lo que se busca. Es una víctima de la contingencia y de la fuerza del
inconsciente que lleva en repetidas ocasiones a que sus pupilos traicionen el
plan de juego, a que lo inesperado surja ya sea para bien o para mal en
relación a la tabla de posiciones. El entrenador es un estoico que intenta por
todos los medios la imposición de lo consciente sobre lo inconsciente, del
enunciado sobre la enunciación. En suma, el entrenador es alguien que se aferra
a pensar que todo puede estar fríamente calculado. Su dicho sería: “Yo
propongo, los jugadores disponen, viene el inconsciente y todo lo descompone.”
V
El
fanático: Por lo general, la vida del fanático, está llena de
impedimentos económicos, llena de exclusión. Para él hasta la posibilidad del
encuentro, que como sabemos es siempre fallido, no existe. Se comporta como un
odioso porque es un odiante cuyo coraje se dirige a todo aquello y a todo aquel
que él identifica como representante del Otro a quien culpa, a veces con
merecida razón, de las decepciones que la vida le genera. El fanático busca
quien se las pague a toda costa aun cuando no se podría ubicar con exactitud
quien se las ha hecho. Por lo general, el pagador resulta ser el fanático de la
barra de enfrente quien en el fondo cojea de la misma pierna. Dicho lo cual, el
fanático es el paradigma de la frase que da título al apartado XXVIII del
seminario V de Lacan que dice “Tú eres aquel a quien odias”. El sufrimiento que
le suele producir no poder construir el deseo provoca que el fanático se
envista de una sed de venganza y soberbia que espera justificar la falta en una
sola brusca y estrafalaria presentación. Para el fanático, los triunfos de su
equipo le dan un lugar casi omnipotente y las derrotas le reiteran su
existencia y la maldad del Otro.
VI
La cancha: Llena de
jugadores la cancha es el valle de la batalla, la cama de los amantes de
sábanas verdes y vivos blancos. Cuando el partido acaba no quedan más que “las
manchas que deja el olvido a través del colchón” (28), célebres huellas de la
batalla, traducidas en un césped reventado y unas espinillas moreteadas.
VII
Maradonna: Él, antes
luchaba por quitarse las faltas dentro de la cancha. Haberlo hecho de manera
memorable lo llevó a que ahora, luche por que la falta no le falte, por hacer
memoria de otra cosa en su vida, por hacer que la riqueza que aprendió a ganar
en la pobreza no le quite la capacidad de amar, la capacidad de gambetear.
VIII
México: En la
escena del fútbol mundial, la selección de México es el “ya merito” ¿“Ya
merito” qué? Ya merito gana el partido “grande”, ya merito logra mantener la
ventaja, meter el penalty o concretar el mano a mano contra el portero en las
disputas con las llamadas potencias del fútbol que, por lo general, suelen ser
las potencias industriales europeas o las naciones con estrecho vínculo racial
con aquellas. En diversos partidos definitorios, los jugadores mexicanos han
sido actores del discurso oficial que ubica a los nacidos en ese país como los
hijos sometidos por el padre occidental a quien se le dan dotes de sabio y
fuerte, de perverso ejemplar quien por siempre estará bendecido por la buena
fortuna y el conocimiento, y que por eso, será imbatible por sus supuestos hijos naturalmente inferiores en todo
aspecto. Las derrotas más dolorosas en el fútbol para el pueblo mexicano,
derrotas en contra de la naciones ya mencionadas, han sido efecto no de una
insuficiencia física y/o mental como a menudo justifican los que se dicen
especialistas, sino que han sido efecto de una eficaz suficiencia histórica
sostenida desde el poder y ratificada por el retraso económico que impera en la
realidad del país, discurso que implanta impotencia y miedo, y así, logra no
ser atravesado. México, ya merito rompe en la cancha con la historia oficial
que indica que sus habitantes, en especial los morenos, son perdedores a causa
de la traición y violación del destino, un destino divino por siempre
irrefutable. Gran mentira que se hace verdad por pura tenacidad.
IX
Hugo Sánchez: ¿Por qué
es tan querido por los mexicanos? ¿Por qué es tan odiado por los mexicanos?
¿Será por haber perneado el discurso que ordena la sumisión? ¿Será porque su
éxito profesional lo lleva a que se proponga como ese padre todopoderoso,
redentor de los presuntos vencidos?. . .
México, D.F. octubre 2004 – enero 2005.
Referencias.
(1) Aida Dinerstein, ¿Qué se juega en
psicoanálisis de niños?, Buenos Aires, Lugar Editorial, 1987, p. 102
(2) Gerhard Vinnai, El fútbol como ideología, México,
Siglo XXI, 1998, p. 19
(3) Jacques Lacan, L’éthique
de la psychanalyse, Paris, Seuil, 1986, p. 133
(4) Néstor Braunstein, Goce, México, Siglo
XXI, 1999, p. 63
(5) Jacques Henriot, Le
jeu, Paris, Presses Universitaires de France, 1969, p. 94
(6) Georges Bataille, El culpable, Madrid,
Taurus, 1986, p. 39
(7) Enrique
Pichón-Rivière entendía la importancia del juego, y en una de las aportaciones
más importantes que hizo al campo psi, en los años cuarenta organizó un equipo
de fútbol con los pacientes del hospital psiquiátrico en el que trabajaba,
ejerciendo de esta manera una intervención terapéutica innovadora si se toma en
cuenta que en ese entonces, y aun ahora, la terapéutica en los hospitales se
basa en el uso de drogas, alias medicamentos.
(8) Daniel Gerber, “Dis-curso del psicoanálisis: un
punto de vista antieconómico”, en Néstor Braunstein, El discurso del
psicoanálisis, México, Siglo XXI, 1997, p. 111
(9) Jacques Lacan,
“Conférences et entretiens dans des universités nord-américaines”, Scilicet,
núm. 6/7, Paris, Seuil, 1976, p. 26
(10) Eric H. Erikson, Infancia y sociedad, Buenos
Aires, Hormé, 1987, p. 191
(11) Gerhard Vinnai, El fútbol como ideología, op. cit.
(12)
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, México, Siglo XXI, 1998
(13) Me
refiero sobretodo al trabajo en esta época posmoderna.
(14) Georges Bataille, El
culpable, cit., p. 84
(15) Raymond Thomas, Jean-Luc Chesneau &
Gérard Duret, Le football, Paris,
Presses
Universitaires de France, 1991.
(16) Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, cit., p. 18
(17) Néstor
Braunstein, Goce, op.cit.
(18) Néstor
Braunstein, Por el camino de Freud, México, Siglo XXI, 2001, p. 40
(19) Gérard
Pommier, Los cuerpos angélicos de la posmodernidad, cit., p. 26
(20)
Jacques Lacan, Seminario XX. Aun, Barcelona, Piados, 1981, p. 114
(21)
Sigmund Freud, “El creador literario y el fantaseo” en Obras Completas, Buenos
Aires, Amorrortu, 1979, Tomo IX, p. 127. Paréntesis mío.
(22) Cuando
digo “hombre” no me refiero a lo masculino sino a lo humano en general.
(23) Ramón
García-Pelayo, Diccionario Larousse manual ilustrado. México, Larousse,
1984, p. 69
(24)
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, cit., p. 4
(25) Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, cit., p. 9
(26) Frida Saal “El amor y la sexualidad: de
Lacan a Freud”, en Néstor Braunstein, La reflexión de los conceptos de Freud
en la obra de Lacan, México, Siglo
XXI, 1997.
(27) Eduardo
Galeano, El fútbol a sol y sombra, cit., p. 10
(28) Frase
del cantautor español Joaquín Sabina de su canción “Eclipse de mar.”
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