Paisajes
de la locura de Alberto Montoya no es un texto cualquiera. Sobretodo no es un manual
de psiquiatría. Los locos no son descritos ahí como si se tratara de objetos,
no se describen o enumeran sus características.
En este libro la locura del
autor está tan presente como la de sus pacientes, sus pasiones, obsesiones y
sueños se encuentran en él página tras página.
Una locura no es una enfermedad como las
otras, una que puede ser curada mediante la extracción de un cuerpo extraño. La locura y su
manifestación, el síntoma, no es sino una presentación privilegiada de la
verdad.[3] De una verdad que escapa a la conciencia, de
una que irrumpe y molesta y que por eso produce la imperiosa necesidad de
deshacerse de ella. La psiquiatría farmacológica, desde hace décadas, se ha prestado
a dicho afán, olvidando la calidad de portador de verdad del síntoma. Es por
esta razón que la concepción psiquiátrica del síntoma, la cual hace de él algo
a reprimir, a erradicar, tan sólo lo eterniza.
El loco tiene una función
social. Haciendo acuerdo con esto Alberto Montoya, en su libro, cita a Canetti:
Un
enfermo mental que expulsado, indefenso y despreciado, ha pasado sus días
aletargado en una institución, puede, por los conocimientos que ayuda a
proporcionar, ser mucho más significativo que Hitler y Napoleón, e iluminar a
la humanidad acerca de su maldición y sus señores.[4]
El loco tiene un mensaje a
transmitir, incluso a espetar, a la humanidad toda, y mientras su estafeta no
sea entregada no puede desprenderse de su estado. Así como Pierre Bordieu
escribió El oficio del sociólogo, en
este ámbito es posible tratar de El
oficio del loco para referir la importante, aunque olvidada, función social
de la locura. Esa que conocían bien los mexicas y los sintoistas, esa que llevó
a Artaud a concebir el Teatro de la crueldad y a convertirse en un loco para
sus contemporáneos.
Detengámonos un poco en la descripción de la
concepción de la locura existente en el antiguo Japón y en
la Mesoamérica
precolombina.
· A comienzo de los años 80,
conversando con el Dr. Kishida Shu, quien era profesor de
la Universidad de Tokio,
me indicó que antes de la llegada de los europeos a las playas niponas no
existían en su país ni esquizofrénicos ni paranoicos. El comentario no pudo
dejar de llamar mi la atención dado que yo conocía perfectamente las
estadísticas que ubican a tales trastornos en un porcentaje fijo e
independiente de cualquier variable geográfica o racial. La explicación que me
ofreció a continuación me permitió entenderlo: el Japón antiguo era sintoísta,
y para esa concepción del mundo existen múltiples dioses, millones de dioses.
Podía haber un dios piedra, un dios árbol, etc. Por ello si alguien afirmase
ser una piedra o que el refrigerador le hablaba, no tenía nada de extraño, pues
era plausible que fueran los dioses propios de tales entidades quienes lo hubiesen
poseído o quienes se comunicasen con él.
· En el mundo mexica el trato
no era demasiado diferente. Si bien la cantidad de dioses no era tan grande
como en el Japón sintoísta, los mexicas también consideraban posible que un
dios poseyera a algún mortal, es más, en algunos casos era el mismo médico
quien voluntariamente se prestaba para ser poseído por la divinidad con el fin
de realizar la cura.[5] Un ejemplo de esto es el tratamiento del piquete de alacrán. Narran las
crónicas[6] que cuando alguien era llevado al médico a causa del ataque de un alacrán el
terapeuta debía vestirse de mujer ¾si era mujer u homosexual
era aún mejor¾ y utilizar una de sus
prendas “femeninas”, el pañuelo, para colocar un torniquete al enfermo con el
fin de detener la difusión del veneno. Al tiempo que hacía esto rezaba conjuros
alusivos al tiempo mítico. Tales conjuros recordaban la historia del dios
alacrán, un dios muy virtuoso que pretendía mantenerse libre de toda impureza,
libre de todo pecado carnal, hasta que un día la hermosa diosa Xochiquetzal lo
sedujo, haciéndole “perder la cabeza” (los aztecas consideraban que los
alacranes no tenían cabeza) y, consecuentemente, perder su virtud. Por ello, el
médico, vestido de mujer y poseído por la diosa Xochiquetzal, podía vencer al
veneno del alacrán pues recordaba a la alimaña su antigua derrota.
En el mundo mexica nadie consideraba extraordinario
que una posesión así ocurriese, es más, el poseso recibía un trato privilegiado
dado que era portador de algún mensaje divino. Es por tal razón que los mexicas
no construyeron asilos; aquellos que en nuestra sociedad actual serían
considerados locos, para ellos no sólo eran tolerados sino que, incluso, eran
importantes por el mensaje que portaban.
Cuando la locura es admitida, tolerada, valorada y
escuchada el loco cumple su función social de transmisor de una verdad[7] y no requiere asilo, medicinas o electrochoques.
Pero eso no siempre ocurre.
Hasta el loco se cansa de portar un mensaje que nadie escucha y su identidad
puede perderse ad aeternum. Y ello
por no poder transmitir su mensaje.
Hasta aquí, por cierto, habrán
notado que yo prefiero decir “loco” a “paranoico”, “esquizofrénico” y demás
nombres establecidos en la psicopatología, pues tales etiquetas tienden
solamente a hacer de ese prójimo, de ese compañero de camino, un ente extraño e
incomprensible, uno denominado “perdido de la realidad” porque no comparte los
prejuicios de la mayoría, uno de esos que supuestamente “no tienen remedio”,
como el Roberto que refiere Montoya, porque no se acomodan a las normas
vigentes.
Asimismo, cuando hablo de
“psicosis” no me refiero nunca a una persona pues, de acuerdo con Davoine,
“psicosis” no designa quién sabe que sustancia o sujeto sino que es el nombre
de un tipo particular de transferencia.[8]
Y, curiosamente, para esas
etiquetas psicopatológicas se han elaborado tratamientos, no siempre para curar
o comprender, aunque si para acallar. Pues la verdad que presenta la locura, en
tanto sintomática, es insoportable y por
ello se pretende extirparla. Pero la verdad no es a extirpar, es a descifrar, a
leer. Los síntomas son gritos que nos obligan a detenernos y mirar la verdad
que encierran. Un síntoma no es sino la huella de un discurso olvidado,
emergente del océano de la historia corporal, familiar o social.
Al principio del libro que
hoy presentamos se van a encontrar una referencia a los fanatismos, en tanto
otra forma de locura. Pero Montoya tiene
el tino de no referirse solamente a los musulmanes. Incluye tambien a los
cristianos renacidos de George Bush, los cuales han realizado un verdadero baño
de sangre en tierras iraquíes. Y esa guerra no se aprecia para cuando termine.
Orwell mostró mucha sabiduría cuando indicó que cuando la guerra se realiza
entre tres bandos, dos de los cuales se oponen al tercero, la guerra puede ser eterna,
pues las alianzas cambian y se renuevan los odios. Nuestras tres religiones
“del libro”: judía, cristiana y árabe, y las naciones a ellas subordinadas,
están condenadas a hacerse la guerra. Pues para cada una de ellas solo hay un
dios, el que ellas mismas establecen. “Cuantas locuras y cuantas guerras se
deben a las religiones”, nos recuerda Alberto Montoya.[9]
El ateísmo es un raro privilegio,
una rara conquista, que sólo es imprescindible para una no-profesión: la del
psicoanalista. Pues, como bien sabe Alberto Montoya, no se puede escuchar a la
locura desde el prejuicio, desde la doctrina inamovible.
Alberto Montoya es por ello un
buen discípulo de Françoise Davoine y Jean Max Gaudillière. Para él, como para
sus maestros, la locura de sus pacientes no le es ajena. Es por esto que
Françoise Davoine se permite sostener sin empacho que en cada fin de análisis
que conduce, ella misma se cura un poco, o Jean Max, quien afirma, un poco más
radical:
Quien
se analiza en la clínica de las psicosis es el analista.[10]
Pues el terapeuta del loco
es un excombatiente, formó parte de alguno de los bandos en guerra y se curó de
ello. Conoce bien a los combatientes, porta las huellas de las batallas, las
cuales reconocen los que se acercan a él. Pero sobrevivió. Y guarda consigo el
conocimiento de la futilidad de la guerra. Conoce las razones y las sinrazones
de los guerreros. Y se guarda de decir sus secretos pues sabe que no le
corresponde. No corresponde al psicoanalista ser profeta. Proferir sus verdades
no le acarrearía sino el destino de Casandra, esa que poseía el don de la
profecía pero carecía del de la persuación, es decir, el destino de la locura.
Al psicoanalista, al
secretario, pues lo que atesora son secretos, no le queda sino acompañar, con
su silencio, a quienes recorren el complicado camino de la búsqueda de sí, a
aquellos cuyo oficio les conmina a la desgarradora y, a la vez, develadora
locura.
Cuernavaca, Morelos, 1 de
marzo de 2007