Resumen:
El llamado a ser psicoanalista
tiene su origen en el apremiante impulso de reparar al objeto infantil dañado
en la fantasía durante la posición esquizoparanoide. El grado de integración
yoica que se logre durante el tránsito a la posición depresiva permite explicar
la naturaleza de la vocación, sea ésta reparativa (sublimatoria) o
seudoreparativa (maníaca, masoquista) Tanto el impulso epistemofílico como el
escoptofílico también contribuye en la psicogénesis del “llamado”. En años
posteriores, cuando el joven se entera de la existencia del psicoanálisis,
encuentra una guía para el cumplimiento de la demanda inconsciente. Por último,
la posibilidad de adiestrarse como psicoanalista permite que se satisfaga el
deseo vocacional.
Palabras clave: Vocación,
posiciones esquizoparanoide y depresiva, culpa persecutoria y culpa
reparatoria, reparación, sublimación y masoquismo.
Summary:
The calling to become a psychoanalyst
originates in the compelling impulse to repair the infantile object damaged in
the fantasy during the schizoparanoid position. The degree of Ego integration
achieved in the transit to the depressive position accounts for the reparatory
(sublimatory) or pseudoreparatory (manic masochistic) nature of the vocation.
The epistemophilic as well as the scoptophilic impulses also participate in the
psychogenesis of the “calling”. In later years when the young person becomes
cognizant of the existence of psychoanalysis he is guided toward the
fulfillment of the unconscious urge. Finally, the avaibility of psychoanalytic
training makes possible the realization of the vocacional strivings.
Key words: Vocation, Paranoid and Depression Position,
Persecutory and Reparatory Guilt, Reparation, Sublimation and Masochism.
La raíz etimológica de la palabra
vocación es llamado (del latín vocatio), significado que se ha
conservado al punto de que los diccionarios dan como primera acepción del
vocablo “una convocatoria de Dios a un individuo o un grupo para que acepten
las obligaciones y cumplan los deberes de cierta función vital”. Aunque desde
luego, en su sentido más laico y más común alude a la inclinación y facilidad
para dedicarse a cierta actividad.
Desde el punto de vista
psicoanalítico, como intentaremos precisar más adelante, se ha demostrado que
las elecciones vitales están determinadas por demandas inconscientes que, en
algunos casos como la elección de pareja y de modus vivendi, pueden
tomarse como un tinte de urgencia que delata la intencionalidad de un impulso
irrefrenable. Así puede observarse en el llamado amor a primera vista que, en
realidad, es de segunda vista por tratarse de un re-encuentro objetal dadas las
similitudes entre el objeto primario y el amoroso; algo similar parece ocurrir
en algunas personas que demuestran una tenacidad casi heroica al perseguir
cierta tarea ocupacional teniendo que afrontar serios obstáculos. Visto así
podemos afirmar que ambos llamados, el que hacemos derivar de la semántica y el
que procede de la psicogenética, son igualmente imperativos.
Pero la vocación psicoanalítica
no ha sido tema de interés para quienes ejercen esa profesión. Las
publicaciones al respecto son escasísimas. Tal parquedad resulta inquietante
por darse entre profesionales que comparten
un cuerpo teórico en el que la vertiente genética de la Metapsicología ocupa
lugar preponderante en sus formulaciones para la comprensión del comportamiento
humano. Descuidar un aspecto tan importante de una ciencia, en especial la
propia, suele denunciar un contenido que el Yo ha de defender de su aparición
consciente por alguna razón. Tal vez la respuesta se halle en lo angustiógeno
de los elementos genéticos de la vocación analítica que pretendemos elucidar.
En nuestra búsqueda bibliográfica
no encontramos trabajos publicados sobre este tema en las revistas
especializadas de mayor circulación que se escriben en el idioma inglés aunque,
claro está, en trabajos orientados hacia asuntos diferentes se ha hecho alusión
a las razones vocacionales (por ejemplo: Langer, 1962). En América Latina se ha
atendido este importante tema en varias ocasiones. En 1960 la Asociación
Psicoanalítica Argentina dedicó una mesa redonda a la vocación en la que
participaron, entre otros, Langer y Pichón Riviere¸ por desgracia las
aportaciones no fueron publicadas. En 1980 se destinó un Precongreso Didáctico
a la vocación psicoanalítica previo al XIII Congreso Latinoamericano de
Psicoanálisis celebrado en Río de Janeiro; las ponencias fueron publicadas en forma rústica, y distribuidas entre unos
pocos, pero nunca se intentó darles mayor difusión otorgándoles cabida en
alguna de las revistas psicoanalíticas que se publican en la región. En
castellano se han publicado cuatro trabajos, uno exhaustivo sobre vocación
aparecido en 1965 en el cual encontramos el más importante apoyo
epistemológico; en 1973 se editó un libro sobre Vocación y afectos,
dirigido predominantemente a la
orientación vocacional. En 1978 se publicó un trabajo sobre vocación médica y
en 1998 otro sobre la vocación en los hijos de psicoanalistas.
Como tantos otros fenómenos en
Psicología Psicoanalítica la vocación está sobredeterminada; con ello queremos
decir que no deriva de un solo mecanismo interno, sea éste normal o patológico.
Siempre depende de una secuencia experiencial que, como racimos de uvas, puede
entresacarse en el trabajo analítico si se atiende con preferencia ese hecho.
La vocación, y más
específicamente la vocación que alienta
la elección de una vida profesional dentro del campo de las Ciencias de la
Salud, depende de:
1) la psicogénesis procedente de
un impulso procedente de eventos infantiles de diversos tipos que precisaremos
posteriormente y que denominaremos vocación propiamente dicha en el sentido del
“llamado interno” y 2) del encuentro, a veces fortuito, de la profesión para
encauzar el determinante inconsciente infantil.
Antes de proseguir conviene hacer
una aclaración, aunque podría lucir superflua por tratarse de principios bien
establecidos en Metapsicología. Pero siempre es ventajoso recordar que los
fenómenos genéticos no se dan en secuencias lineales sino en constelaciones a
veces complejas. La multideterminación de síntomas y manifestaciones del
comportamiento lo comprueban. Es sólo con fines descriptivos y para dar mayor claridad
a los conceptos, que los separamos artificiosamente como si se tratara de datos
aislados.
Las ideas de Melanie Klein son
las que parecen aportarnos mejores elementos para entender el origen profundo
de la vocación en las profesiones asistenciales (Klein, 1948). Recuérdese que,
según esta autora, antes de que el Yo infantil alcance mayor integración,
durante la llamada posición esquizo-paranoide, el pequeño ataca a sus objetos
en la fantasía, objetos que después devienen en internos primordialmente. Luego
al ingresar paulatinamente en la posición depresiva la culpa y el temor de
perderlos lo conminan a intentar repararlos. Esta secuencia se repite a lo
largo de la vida en los encuentros objetales. Cuando se consolida la posición
depresiva, la ansiedad decrece y los mecanismos mentales más primitivos son
reemplazados por otros más evolucionados que son el fundamento de la
sublimación y la creatividad. Pero en casos de desarrollo patológico no se
consigue la integración del Yo y la culpa reparatoria no debuta sino que
persiste la persecutoria, más primitiva y expresión más franca de un Superyó
arcaico y cruel. El desenlace puede ser variado; pero, cualquiera que éste sea,
vemos persistir ansiedades terribles y mecanismos de defensa, como la
proyección y los maniacos, con los que el Yo intenta paliar su angustia y
evitar la persecución interna. En tales circunstancias se observan los
mecanismos de seudoreparación que, como la maniaca, son intentos de controlar
la ansiedad y neutralizar la siniestra persecución objetal. En otros casos, la
culpa persecutoria por el daño objetal imaginario determina actitudes de
sometimiento masoquista a los sujetos en condición desfavorable que se perciben
como réplica de los dañados objetos internos; tal sometimiento, en el caso de
psicoanalistas, puede dar lugar a actitudes masoquistas inconscientes. Esta es
la seudoreparación melancólica.
Como resultado de los referidos
determinantes inconscientes es dable agrupar las vocaciones en tres tipos: las
seudoreparatorias, las reparatorias y las sublimatorias (Wender, 1965). Poder
determinar qué tipo de vocación alienta a un solicitante puede ser ventajoso en
la selección de candidatos para psicoanalista pues, como deber ser obvio, sólo
deberían ser aceptables las dos últimas; aunque, en realidad, casi se trata de
sinónimos, pero genéticamente una antecede a la otra. Esta última, la
sublimatoria, tiene calidades vinculadas al Ideal del Yo que dan la apariencia
de divorciarla de su origen en impulsos y fantasías más primitivos.
Las vocaciones seudoreparatorias
pueden expresarse en un furor curandis, en las fantasías omnipotentes de
control y triunfo sobre la enfermedad mental, en las necesidades narcisistas de
sobresalir (recuérdese que las patologías narcisistas, independientemente de
otros determinantes genéticos, encubren un sustrato depresivo persecutorio que
denuncia la incapacidad que el Yo infantil mostró para alcanzar una integración
más saludable) y en la mencionada seudoreparación melancólica.
Desde luego que este tipo de mecanismos,
descritos unos por Freud (sublimación) y otros por sus continuadores
(reparación), son universales pero cuando las pulsiones moduladas por ellos
alcanzan una intensidad y persistencia suficientes pueden expresarse en
comportamientos, uno de los cuales puede ser la elección profesional de una
actividad dentro de las Ciencias de la Salud. La modalidad con la cual se
practique esa actividad dependerá, en su procedencia más profunda, del éxito
que haya tenido el Yo de ese sujeto en la elaboración de la posición depresiva
y quizá del área donde se supone haber infringido más daño al objeto (Pichón
Rivière, citado por Wender op. cit.) Resumiendo, en palabras de Leonardo
Wender:
La vocación,
psicoanalíticamente hablando, puede entenderse como el impulso a la expresión
coherente y adecuada de los requerimientos reparatorios, surgidos como
respuesta a la percepción inconsciente de un objeto interno dañado. Dicho proceso
se inicia tempranamente y tiene su raíz de origen en la elaboración de las
ansiedades correspondientes a la posición depresiva (pp. 70).
En tales eventos tempranos
podemos situar al “llamado interno” para la elección de la profesión. Pero eso
no basta. También puede inferirse en los analistas un llamado a develar
incógnitas que, en su trasfondo, es un anhelo de esclarecer sucesos históricos
del sujeto mismo y de su universo familiar como pudo observarse claramente en
el mismo Freud (Baringotz de Ruiz Garasino, Gabay y Pessoa. de del Río, 1980;
Palacios, 1998). Tal impulso deriva, en su origen profundo, de la pulsión
epistemofílica y de la escoptofílica (Guiter, Kijak y Rosenthal, 1980). La
epistemofílica procede de la necesidad de apoderarse, retener y controlar al
objeto; tal necesidad puede sublimarse posteriormente y deja de mostrar
expresiones tan concretas como el deseo de introducirse en el cuerpo de la
propia madre. La pulsión escoptofílica, por su parte, procede de un deseo que
se manifiesta en fases más avanzadas del desarrollo cuando la curiosidad sexual
pasa a ocupar buena parte de la actividad mental del niño; es el anhelo de
mirar al objeto sexual que suele acompañarse del deseo de oirlo (olerlo, etc.)
Este impulso, cuando no se sublima y se expresa en su crudeza original puede
originar perversiones; pero cuando se sublima puede gratificarse en la
curiosidad científica y en la capacidad de escuchar empática y compasivamente
el sufrimiento ajeno.
Pero esa escucha empática y
compasiva puede también proceder (o complementarse) de un mecanismo de
identificación con el objeto que ahora ocupa el lugar sufriente que antes
ocupara el sujeto. Es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro que
padece puede derivar de la experiencia del sufrimiento propio. Como lo escribió
Riojas (1978):
Solamente
alguien que haya sufrido mucho y que haya tenido la posibilidad de tolerar,
asimilar, compensar y sublimar este sufrimiento integrándolo a instrumentos de
funcionamiento que le provocan adaptación, podrá en realidad tener la habilidad
o desarrollar el interés por convertirse en médico (pág. 203).
Esta descripción nos remite
nuevamente al mecanismo de sublimación.
En este mismo sentido se inclina Santamaría (1980) cuando concluye que el
trauma sufrido alrededor de los tres años, como en Kardiner, es el origen de
las vocaciones asistenciales.
En otro renglón de la
psicogénesis la elección de carrera profesional se inscribe en el Ideal del Yo,
que en sus aspectos sanos, al darle al Yo la ilusión del re-encuentro con el
objeto primario (fuente primogénita de
la gratificación objetal y de la restitución supletoria del narcisismo
primario), deriva en un sentimiento de logro y satisfacción.
Por el contrario, cuando el narcisismo, visto
ahora como la catexia libidinal del self, es la expresión de trastornos
en las estructuras del mismo, el practicante del psicoanálisis tenderá a buscar
en su trabajo un retorno a la fusión primaria con la madre, con la esperanza de
que ésta calme su dolor depresivo y repare las estructuras yoícas detenidas en
el desarrollo o alteradas por el inmoderado montante de agresión. Es decir, el
Yo estará compelido a buscar un estado de perfección que lo libere de la
terrible angustia de un sentimiento de vacio y de muerte. Al no ser dable
alcanzar tan ilusoria meta y preservar al Yo de un derrumbe melancólico, el
analista puede desilusionarse y puede, compensatoriamente, buscar refugio en la
creación o la adherencia a escuelas disidentes que entonen un canto de sirenas
más prometedor. Manifestaciones menos dramáticas de narcisismo patológico
pueden expresarse en el furor curandis o en la elección de ciertos
pacientes como objetos especulares del anómalo self grandioso
(Villarreal y Laverde Rubio, 1980)
En resumen, en la práctica
analítica, vista en su psicodinámica profunda, se reitera la reparación del
objeto interno, se gratifican sublimatoriamente impulsos epistemofílicos y
escoptofílicos y se obtiene un sentimiento placentero de armonía del Yo con su
Ideal, representación interna de los objetos primarios en su aspecto más
estimulante.
Pero los estimulantes genéticos
no bastan. Es más, en algunos casos parecen tener orígenes tales como la
identificación; así lo sugiere un reporte preliminar de una investigación sobre
la vocación en hijos de psicoanalistas (Santamaría y Dupont, 1998) Cueli
afirma, en agradable frase reduccionista que la vocación es el llamado a
cumplir una necesidad, y la satisfacción de la misma es la profesión (Cueli,
1973). Pero parafraseando a Goethe, concluye que cada quien elige lo que puede;
podría decirse entonces que la vocación es la suma del “llamado interno” y las
circunstancias.
Hace ciento veinte años un sujeto
inclinado a reparar a sus objetos internos por medios psicológicos no podía ser
psicoanalista ni tampoco lo puede ser un contemporáneo en cuyo acceso no se
encuentre tal elección profesional. El niño no elige su profesión desde su
infancia, aunque en la latencia o algo más tarde, puede toparse con indicios
que le hagan, por decirlo así, pre-decidirlo; puede, por ejemplo, escuchar o
conocer algo referente a la profesión que escogerá después, sea directamente,
en lecturas, en versiones cinematográficas o televisadas. En otras palabras, en
la primera infancia se configura una constelación vocacional como uno de los
derivados de los intentos reparativos de la posición depresiva como hemos
indicado; tal reparación es la base dinámica de la sublimación. Es por eso que
las personas “sienten” que deberían seguir ciertas profesiones. A veces son
forzados por seguir otra, por ejemplo, cuando los dictados parentales lo
demandan; pero en cuanto cumplen la exigencia y se sienten liberados abandonan
la profesión impuesta para buscar lo que su brújula interna les indica.
Ciertas elecciones profesionales
cumplen funciones contrafóbicas. Por ello se ha dicho (Lieberman citado por
Wender, op. cit.) que el médico es el hipocondríaco de los otros, el
psicoanalista el neurótico de los otros y el psiquiatra organicista el fóbico
de la enfermedad mental. Pero da la impresión de que el psicoanalista bien
integrado se encuentra en una línea estructural más cercana al nivel depresivo,
su objeto interno se halla mejor integrado y, en consecuencia, su labor tiene
menos matices fóbicos.
En conclusión, citando a Wender,
es posible definir que la elección profesional depende de:
1.-
Circunstancias del pasado real o anecdótico del sujeto y de sus objetos
primarios.
2.- Pasado
fantástico o “biografía imaginaria” de los objetos internos. La elaboración de
estos dos elementos da la base histórica individual condicionante de
determinados requerimientos que buscan expresarse más o menos sublimadamente.
3.-
Posibilidades de instrumentación de estos requerimientos: fundamentalmente medio
cultural, social y económico, más identificaciones ambientales (pág. 71).
La cadena secuencial de
determinantes inconscientes a los que nos hemos referido puede desembocar en
diversas elecciones profesionales según lo permitan las circunstancias del
entorno, pero no explica la especificidad de la elección del psicoanálisis como
actividad vital. En tal elusivo aspecto de la psicogénesis sólo nos queda especular
siguiendo lo aprendido en algunas experiencias clínicas entre las que podríamos
incluir la historia de Freud. Es posible concluir que la elección de
especialidad dependa de la fantasía que acompañó el daño objetal y la culpa
correspondiente como sugirió Pichón Rivière; por ejemplo, quien atacó el
interior de la madre tratando de librarse de competidores puede elegir la
práctica ginecológica; quien creyó dañar a los hermanos, la Pediatría, etc.
Pero en la infancia temprana no
es raro que haya momentos confusionales o crisis de ansiedad intensa que dejan
una huella contemporánea de los esfuerzos reparativos del Yo. Esas y otras
experiencias posteriores de “locura” suelen hallarse en el trasfondo vocacional
del analista. O, en algunos casos, el conocimiento ulterior o la percepción de
enfermedad mental o sus equivalentes en alguno de los personajes principales
del entorno inmediato, en especial aquellos primeros habitantes replicados en
el mundo interno, inspiran ese llamado interior, el vocatio que encuentra
marco sublimatorio en esa singular profesión que su creador ubicó entre las
imposibles.
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