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En Carta Psicoanalítica

 

Revista Carta Psicoanalítica
ISSN: 1665 - 7845

Número 10. Mayo de 2007

Pasión de ser para la muerte
Mónica Morales Barrera

Tengo la impresión de que hablar sobre las pasiones es como querer aprender a cantar con un libro, es decir, nada de lo que se pueda escribir o poner en palabras podrá suplir la vivencia, la intensidad, la exaltación o el sufrimiento que genera una pasión. Es algo inefable… es como intentar poner palabras a una sensación, o como el músico que hace cantar un instrumento, el escultor que talla el dolor, la extraña excitación del jugador de azar, el fanático de la religión, el adicto, o el goce mortífero vivenciado en la tauromaquia. No obstante tal imposibilidad, y por la necedad de todos los aquí presentes, tanto ponentes como escuchas, nos hemos reunido aquí para intentar lo imposible.

Para introducirnos al tema aludiremos a la polisemia de la palabra, la que nos conduce a múltiples significaciones, desde “ La Pasión de Cristo”, pasando por la concepción trágica de la pasión en “Romeo y Julieta”, la lectura apasionante de un libro, hasta la pasión por el football. Ya sea este un significante, sustantivo, adjetivo o adverbio, su etimología nos revela su esencia: del latín passione que significa “acción de padecer”. Del Pathos, voz griega que significa “sufrimiento y pasión”. Quisiera distinguir este tipo de afección, del dolor producido por una pérdida, o del desconsuelo que provoca la vida que nos trae desengaños y tareas insolubles. El padecer de la pasión entraña un cierto goce en el que el sujeto está atrapado, dominado por el penar, incluso podríamos decir que anhelado por él. 

  1. LOS PUNTOS DE PARTIDA.- LOS AFECTOS.

Tradicionalmente el punto de partida para el estudio de las pasiones ha sido el de los afectos. Distintas filosofías se han ocupado de ello, como ejemplo, está la concepción de Baruch Spinoza, filósofo y teólogo holandés del siglo XVII, quien en su texto sobre la Ética trata el tema de las pasiones. En el estudio introductorio que acompaña esta obra, escrito por Francisco Larroyo, nos indica que para el autor las pasiones son un ingrediente inseparable de lo humano.[1]

La psiquiatría del siglo XIX, para dilucidar la melancolía, también buscó puntos de referencia en función de una afectividad, como la pasión triste de Jean Étienne Esquirol, que dicho sea de paso, fue sustituida por la nomenclatura moderna de corte económico, la llamada “depresión”, tan difundida en nuestros tiempos.

No es raro advertir que estos estudios partieran de aquello que impacta a nuestros ojos. Sin embargo, desde el descubrimiento freudiano del inconsciente, hasta la propuesta lacaniana de una instancia psíquica llamada Otro, con O mayúscula, el tema de las pasiones ha adquirido nuevas dimensiones de comprensión.

La posición lacaniana sobre las pasiones no parte de una teoría de los afectos. En el seminario de La Ética del Psicoanálisis[2] el autor insiste en el carácter convencional, artificial de los afectos, en su carácter no significante, es decir, no centrado en el registro de la palabra, sino en su particularidad de señal. El afecto engaña, dice Lacan[3], bien sabemos que la tristeza puede encubrir rencor, venganza, culpa; su comprensión NO nos es dada en su inmediatez, NO es prototípica. El único afecto que no engaña, cuestión muy rubricada en el medio psicoanalítico, es la angustia. Lacan considera el afecto como un pecado, puesto que le sirve al sujeto para eludir enfrentarse con el deseo del Otro, particularmente, con su goce. El afecto, en este caso el padecer, es la defensa más simple e inmediata contra ese goce. La pregunta enigmática y permanente es: ¿Por qué el sujeto pasional se empeña en la manifestación del afecto, e insiste en ignorar lo concerniente al goce del Otro?

Por dónde comenzar, entonces. La propuesta, es acudir a elementos estructurales que constituyen al sujeto. Para el desarrollo de esta ponencia intitulada Pasión de ser para la muerte  tomaremos dos líneas de trabajo: desde el lado del ser, donde nos detendremos un poco más, y desde el lado del objeto que tocaremos brevemente. 

  1. DEL LADO DEL SER

En la pasión regularmente hay un elemento elidido que es el deseo del Otro, por la simple razón de que éste es inconsciente. Pero ¿Qué es el deseo del Otro, que anunciamos anteriormente? ¿Cómo nos constituimos como sujetos deseantes? ¿Cómo es que el sujeto adviene a una posición pasional? Primeramente, debemos decir, que desde un enfoque psicoanalítico, nadie se determina a sí mismo. Previamente al nacimiento, hay un deseo que solicita nuestra presencia en el mundo. En él nos alienamos y nos convertimos en objeto de ese deseo, nos introduce al mundo de la legalidad al que también está sujeto este Otro. En un segundo momento, nos separamos de él para ir construyendo el propio deseo. Quisiera ilustrar esto con una linda anécdota que me parece paradigmática: Alguna vez trabajando con un grupo de preescolar propuse una actividad: “vamos al cine” –dije– y uno de los chicos me contestó: “No, mejor vamos al cine”. En el contexto, esto hace reír, pero si lo analizamos más de cerca, este decir del niño ordena un cambio de posición subjetiva: ya no fue mi idea la que predominó, sino la de él, lo que implica la existencia de un sujeto deseante pero alienado en mi deseo; no importa el objeto–cine, lo que importa es que fue idea suya. Lo importante en esta oportunidad es destacar que “Sólo hay sujeto deseante en función de un Otro”.

Ahora bien, la pregunta esencial para el sujeto pasional está en relación con la forma en que él es afectado por el deseo del Otro, cómo lo sufre.[4] Para trabajar esta idea retomaremos el mito griego de Narciso, pues es esencialmente el paradigma de la pasión. Es el drama de un personaje que no pudo constituirse como sujeto deseante, puesto que NO ser causa del deseo del Otro implica para el sujeto abandonarse al ser, reducirse a la existencia, hasta encontrar la muerte.

¿Quién desea a Narciso? ¿Qué se espera de él? El oráculo pronuncia la sentencia: “Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que nunca se conozca a sí mismo”, admonición que se profiere a falta del deseo del Otro. Narciso era tespio, hijo de la ninfa azul Liríope, a la que el dios fluvial Cefiso había rodeado en una ocasión con las vueltas de su corriente y luego violado, como lo refiere Robert Graves.[5] Narciso no encontró una mirada Otra, no hubo un don de amor para él, solo pudo mirar su imagen y cumplir el destino del oráculo. Amarse a sí mismo, es una pasión del ser por no haber sido deseado por el Otro. Sorprendentemente, el nombre de Narciso, nos señala Alfonso Reyes, parece derivarse de nárkee[6] que significa: “estupor”,[7] es decir, el aturdimiento que produce la contemplación del rostro en el espejo. Narciso está excluido del deseo del Otro, lo que implica que este Otro no quiere nada para él, entonces ¿Cómo puede constituir su deseo dicho personaje? Precisamente lo que le falta a Narciso es el deseo, “falta la falta” –dice Lacan–,[8] no puede amar… el que no ama enferma –dice Freud. Así, el dolor en el estado puro, el dolor de existir es lo que hace de la melancolía una pasión del ser.

¿Qué es lo que se genera, entonces? un exceso de narcisismo, un éxtasis del ser que produce efectos terroríficos, es decir, una ilusión de ser, que olvida que está el Otro y que en su delirio puede caer en pedazos; ahí tenemos al loco que se cree rey, o el rey que se cree rey, no en balde la pasión narcisista está emparentada con la muerte y la locura.

Esto es lo que encontramos en la tragedia histórica de Ricardo III, el rey monstruo, escrita por William Shakespeare. Ricardo III fue el último rey de Inglaterra perteneciente a la casa de York en el siglo XV, quien fue vencido por la casa de Lancaster en el episodio de la Guerra de las Rosas, el mayor azote del devenir histórico de la Inglaterra medieval.[9] Más allá del contexto histórico que da cuerpo a la obra, la conocida maldad del protagonista es una respuesta al discurso del Otro. Ricardo III, hijo de un vientre maldito, él no ha sido concebido para el amor, en sus propias palabras, dice:

“Mas yo, que NO nací para el retozo, ni hago la corte al amoroso espejo;

Yo mal fraguado, que de amor no luzco…

Y así, pues ser amado no es posible, Ni entretener tan agradables días,

Determinado tengo ser infame y odiar los vanos goces de estos días”. [10]

Su perversidad, puesta en acto, muestra la descomposición de su ser: asesina a su propia estirpe, hermanos y sobrinos; mata a sus súbditos y amigos que hicieron posible que ascendiera al trono… un trono vacío de poder, que nadie reconoce ni reconocerá, y que el epílogo, anunciado desde el principio de la pieza, es la búsqueda de su propia muerte en manos del personaje que pondrá orden en el reino inglés.

Ricardo III ocupa el lugar de Narciso cuando el oráculo está pronunciado. Antes de la batalla final que culminará con su propia muerte, este personaje en un diálogo interno, expresa:

Mas Ricardo ama a Ricardo… si…. Yo soy, yo mismo.

¿Hay asesino aquí?... No… Si… yo propio.

Huye, pues. ¿Mas de mí? Razón, responde,

¿Para que no me vengue de mí mismo?

Mas yo me quiero bien. ¿Por qué? ¿Qué acto benéfico me debo yo a mí mismo?

No. Más bien me detesto yo a mí mismo por las viles hazañas de mí mismo…

No existe quien me quiera… ni alma ninguna llorará mi muerte.

Pero ¿por qué llorar? ¿Hallo yo mismo compasión en mí mismo, de mí mismo?

Ricardo III, sabe que va morir, no se comporta como el guerrero que buscaría el poder o la gloria en la batalla. Él, a mi parecer, representa el paradigma de la pasión de ser para la muerte.

Ahora bien, paradójicamente el sujeto pasional, ante la ausencia de esta mirada otra que lo sostenga como sujeto deseante, idealiza a este Otro, de tal manera que está ahí con toda su omnipresencia. Sobreviene entonces, una fijación de amor, mejor dicho, una fijación pasional que puede llegar hasta el autosacrificio, se entrega a su voluntad, se entrega a su goce, diría Lacan, en una mortífera demanda de amor con tal que le sea devuelta una mirada de reconocimiento. El pasional siente la imposibilidad de igualarse al objeto que responda a los requerimientos del Otro, lo potencia como un ser supremo, no sujeto a ninguna ley más que la de sí mismo. Así, “la pasión de ser” se acrecienta en la ausencia de un don de amor, o en la maldición proferida por aquel que encarna a este Otro. Bajo estas condiciones, el sujeto, para poder vivir, no le queda otro camino que alienarse en el pensamiento del Otro y enajenarse de sí mismo; de ahí el fanatismo y el éxito de algunas sectas religiosas y su consecuencia, el genocidio.

El cristianismo, dice Lacan, no habla sino de la encarnación de Dios en un cuerpo, y supone en verdad que la pasión sufrida, en esta persona, haya sido el goce de otra.[11] En mi opinión, gran número de mitos bíblicos son narraciones de historias pasionales, de entrega absoluta al goce de Dios. A manera de ejemplo, recordemos como Jehová demanda a Abraham como prueba de fe, el sacrificio de su hijo Isaac; o la envidia de Caín incitada por la mirada preferencial de Jehová sobre la ofrenda de Abel, que provocó el fratricidio tan conocido por nosotros.

Paradójicamente, el sujeto no estructura su deseo sino precisamente en la envidia. Prescindiremos en este momento de su connotación afectiva para dar lugar a su mecanismo. El vocablo envidia viene de videre que significa “ver”, ¿Qué es lo que envidia el sujeto? Lo extraordinario de este dispositivo es que siempre nos tiende una trampa, ubicamos la envidia en el registro del tener, ya sean bienes, reconocimientos, parejas, etc. Sin embargo lo que envidiamos es el deseo del Otro, lo que percibimos como su satisfacción, alegría o placer y que suponemos que aquel bien se lo proporciona. Lacan nos lo repite incesantemente “el deseo, es el deseo del Otro”, lo que provoca movimiento, desplazamiento, competencia, frustración, sustitución. Pero la condición para que surja el deseo es que este Otro no sea completo. En palabras de Lacan: “El sujeto aprehende el deseo del Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del Otro”.[12] 

La invidia,[13] –dice Lacan – es la que desataqué desde hace tiempo en Agustín… la del niño que mira a su hermanito colgado del pecho de su madre, que lo mira amare conspectu,[14] con una mirada amarga, que lo deja descompuesto y le produce a él el efecto de una ponzoña.

Para comprender que es la invidia, en su función de mirada no hay que confundirla con los celos. El niño, o quien quiera, no envidia forzosamente aquello que aparece (envie). ¿Acaso el niño que mira a su hermanito todavía necesita mamar? Todos saben que la envidia suele provocarla comúnmente la posesión de bienes que no tendrían ninguna utilidad para quien los envidia, y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha. Esa es la verdadera envidia. Hace que el sujeto se ponga pálido, ¿Ante qué? –ante la imagen de una completud que se cierra[15]

La envidia abre la dialéctica del deseo, pero el sujeto pasional, en tanto perturbado por el goce del Otro, se aferra, y se eclipsa en una imagen de completud que lo expulsa del campo del deseo, brotando con ello la pulsión, en los tan conocidos sentimientos de hostilidad. La envidia es promotora de afecciones, de pasiones. El pasional quiere fundirse en esta imagen de completud, y ante esta imposibilidad, desfallece.

Jacques Hassoun en Les Passions Intraitables,[16] señala que el padre en la pasión ha fallado en el momento de la institución de la imagen, de modo que el pasional sería “Una ficción de niño herido en su imposibilidad de ser”. El padre ha fallado en la instauración de la ley cuya función no es otra que la de marcar los límites, la diferenciación, la alteridad. La pretensión del pasional es fusionarse con el objeto de su pasión para así obtener el lugar que le fue negado. En esta alienación, en esta desviación, ninguna relación es posible y el sujeto, preso de la pasión, sólo se sostiene en una demanda devoradora y violenta hecha a otro, pero fundamentalmente a este Otro prehistórico, la madre. Demanda violenta como los imposibles a los que está enfrentado, exigencia imperiosa a partir del lugar que le fue negado.

  1. ¿QUÉ PASA DEL LADO DEL OBJETO?

Lo que se observa en el pasional es que el objeto de la pasión se hace insustituible. En la subjetividad el objeto es siempre sobrevalorado por su poder de producir placer–sufrimiento, lo que Lacan llama goce. En la realidad, nada indica que el objeto contenga verdaderamente poderes especiales como los que se atribuyeran a Helena de Troya; el objeto-pasión es idealizado por lo que puede convertirse en un auténtico tirano… así llamaba Freud al psicoanálisis. Lo que sucede es que el sujeto le atribuye este poder desmesurado. En tanto el objeto se ha convertido en la fuente exclusiva de todo placer–sufrimiento, ha sido desplazado al registro de las necesidades. El sujeto pasional se balancea entre el deseo y la necesidad, como la relación de un adicto con su droga, llámese alcohol, juego, pareja, libros, anorexia, etc.  

Lo normal en la vida es que todos los objetos sean sustituibles, las relaciones, los bienes, los fines, y esto es posible por la capacidad del ser humano de hacer duelos, lo que permite ir desprendiéndonos lenta y dolorosamente de ellos. Pero el duelo tiene sus condiciones, hay duelos patológicos, como lo explica Freud en Duelo y Melancolía, que impiden al sujeto resignificar lo perdido; Lacan, en el seminario de La Angustia, nos dice que: no estamos de duelo sino por alguien de quien podemos decir ‘yo era su falta’. Así, elaborado el duelo, lo que norma el deseo es la sustitución, acción inquebrantable que se desplaza, que va encontrando en su camino uno y otro objeto antes de morir. En la pasión, ningún desplazamiento es posible, prevalece la pasividad, el padecer por eso irremplazable y que ahora se ha convertido en objeto de necesidad.

Esta característica de “no sustitución” implica la muerte como ocurre en Romeo y Julieta. Esto es el absoluto del deseo que conduce a la tragedia. ¿Imaginan ustedes a un Romeo un poquito más neurótico, escucharlo decir: ¡Oh Julieta porque te has ido sin mí… algún día nos veremos en el más allá! y de repente Julieta se despierta?; el género tragedia se hubiera convertido en una historia de amor de Hollywood. Lo absoluto del deseo no puede sino conducir a la muerte, a la pasión del ser para la muerte. La ley, prohíbe el deseo absoluto, la identidad imposible. Gracias a la ley, los humanos acceden al amor sin pretender unirse demasiado a la imagen narcisista asesina. Vivir en sociedad es entrar en una cadena genealógica, implica renunciar al objeto absoluto del deseo y por lo tanto, aceptar la incompletud.

Antes de finalizar esta ponencia es necesario aclarar, que si bien el deseo es también fuente de sufrimiento, la pasión no es sinónimo de deseo: éste, tiene un principio activo creador, la pasión, un ingrediente pasivo. El apasionado por el football sufre cuando su equipo va perdiendo, no juega; en cambio el jugador está inscrito en el campo del deseo, toma parte en su rol dentro del equipo, tiene un fin: ganar el partido. El aficionado pasional cervecero padece, y cuando su equipo va perdiendo es capaz de agredir, blasfemar, no soporta la pérdida, la frustración, se convierte en asesino en potencia o en suicida, de ahí los crímenes pasionales. En la pasión el deseo se suspende, no sostiene el contrato social, convierte la ley en un mandato caprichoso que revela la falta de límites. El Otro, en su alteridad, es anulado o aniquilado. Lacan dice en el seminario de La ética que “La cólera es una pasión”[17] que está asociada a una actitud de soberbia frente al fracaso. El autor alude a una expresión de un humorista francés quien dice que la cólera es “cuando los clavitos no entran en los agujeritos”.

Indudablemente, todos hemos experimentado momentos de pasión, su intensidad es insoportable e incomunicable, lo que nos ofrecen las palabras sólo puede engañarnos, intentamos huir de esta vivencia, sin embargo, lo propio del ser humano es buscar estos excesos. Las pasiones inauguran la historia y convoca a la literatura, la filosofía y el psicoanálisis, entre otras, para dar cuenta de ellas.

Muchas gracias por la escucha.


Notas:

Estupor (Glosario de términos psiquiátricos. Lise Moor) Estado que se caracteriza por una suspensión total de la actividad motora de origen psíquico; facies inmóvil y mirada triste. El paciente, mudo e inmóvil, no reacciona a ninguna solicitación exterior, se niega frecuentemente a tomar alimentos y presenta trastornos de las funciones excremenciales.

Romeo y Julieta.

Personaje de Fray Lorenzo  dirigiéndose a Romeo (p. 243).-

¡Por vida de mi padre San Francisco! ¡Qué pronto olvidaste a Rosalía, en quien cifrabas antes tu cariño! El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazón. ¡Cuánto lloraste por Rosalía! Y ahora tanto amor y tanto enojo se ha disipado como el eco. Aún no ha disipado el sol los vapores de tu llanto. Aun resuenan en mis oídos tus quejas, Aún se ven en tu rostro las huellas de antiguas lágrimas ¿No decíais que era más bella y gentil que ninguna? Y ahora te has mudado ¡y luego acusáis de inconstantes a las mujeres ¿Cómo buscáis firmeza en ellas, si vosotros les dais el ejemplo de olvidar?

Distinguir entre amor narcisista que va hacia la muerte, del amor en el orden simbólico. Dar lo que no se tiene, que promueve el orden de los intercambios.

Diferencia entre deseo y necesidad.- (Escritos 2: la significación del falo. P 670). El deseo tiene un carácter paradójico, errático, excentrado, incluso escandaloso, por lo cual se distingue de la necesidad. Cuidado con hacer una reducción teórica y práctica del deseo a la necesidad.

La demanda en sí se refiere a otra cosa que a las satisfacciones que reclama. Es demanda de una presencia o de una ausencia. Cosa que manifiesta la relación primordial con la madre, por estar preñada de ese Otro que se sitúa más acá de las necesidades que puede colmar. Lo constituye ya como provisto del “privilegio” de satisfacer las necesidades, es decir del poder de privarlas de lo único con que se satisfacen. Ese privilegio del Otro dibuja así la forma radical del don de lo que no se tiene, o sea lo que se llama su amor.

La demanda anula la particularidad de lo que puede ser concedido, trasmutándolo en prueba de amor. Las satisfacciones que se obtienen para la necesidad se rebajan, y pueden aplastar la demanda de amor. Hay pues una necesidad, entonces, de que la particularidad así abolida reaparezca más allá de la demanda.  

El deseo no es ni el apetito de la satisfacción, ni la demanda de amor, sino la diferencia que resulta de la sustracción del primero a la segunda, el fenómeno mismo de su escisión (Spaltung)

(hiancia).

El sujeto, lo mismo que el Otro, no pueden bastarse por ser sujetos de la necesidad, ni objetos de amor, sino que deben ocupar el lugar de causa de deseo.

Lacan reformula el Estadio del Espejo: triángulo simbólico (ideal) El YO es un sistema pasional, el niño se identifica por pasión amorosa a su madre.



[1] Cf. Spinoza, Baruch. Ética tratado teológico-político. Editorial Porrúa, 1999, p. XXXIII.

[2] Lacan, J. El Seminario libro 7 La ética del psicoanálisis. (20 de enero de 1960) Editorial Paidós, p. 127.

[3] Lacan, J. El Seminario libro 10  La Angustia (1962-1963) (clases del 14 y 21 de noviembre de 1962) Desgrabación traducida por Irene Agoff y equipo de la Efba.

[4] André, Serge. La impostura perversa  Ediciones Paidós Campo Freudiano, 1995, p. 222 

[5] Graves, Robert. Los mitos griegos. Edit. Alianza Editorial p. 356.

[6] Reyes Alfonso, Obras Completas. “Religión griega. Mitología griega”. Tomo XVI Ed. Fondo de Cultura Económica, Colección Letras Mexicanas, p. 556.

[7] Disminución o suspensión de las funciones intelectuales acompañada de cierto aire de asombro o indiferencia. Asombro, pasmo, gran admiración.

[8] Lacan J. El Seminario libro 10 de La Angustia (1962-1963) (clase del 30 de enero de 1963) Desgrabación traducida por Irene Agoff y equipo de la Efba.

[9] Shakespeare, William. Ricardo III. Prólogo de Antonio Ballesteros, Biblioteca Edaf, 1997, p. 15.

[10] Ibidem., pp. 37-38.

[11] Lacan, J. El Seminario libro 20 Aun (1972-1973). Ediciones Paidós, p. 137.

[12] Lacan, J. El Seminario libro 11 (1964) Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ediciones Paidós, p. 222.

[13] Ibidem., p. 122.

[14] Amor a primera vista.

[15] Las cursivas son mías

[16] Citado por Marta Susana Medina en “El crimen pasional y lo inmotivado del exceso” en la compilación hecha por Marta Gerez Ambertin en Culpa responsabilidad y Castigo en el discurso jurídico y psicoanalítico 1999. p. 79 (Hassoun, J, 1989. p. 115)

[17] Lacan, J. El Seminario libro 7 La ética del psicoanálisis (1959-1960) (clase del 20 de enero de 1960) Ediciones Paidós, p. 127.

 

 

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