Pasión de ser para la muerte
Mónica
Morales Barrera
Tengo la impresión
de que hablar sobre las pasiones es como querer aprender a cantar con un libro,
es decir, nada de lo que se pueda escribir o poner en palabras podrá suplir la
vivencia, la intensidad, la exaltación o el sufrimiento que genera una pasión.
Es algo inefable… es como intentar poner palabras a una sensación, o como el
músico que hace cantar un instrumento, el escultor que talla el dolor, la
extraña excitación del jugador de azar, el fanático de la religión, el adicto,
o el goce mortífero vivenciado en la tauromaquia. No obstante tal imposibilidad,
y por la necedad de todos los aquí presentes, tanto ponentes como escuchas, nos
hemos reunido aquí para intentar lo imposible.
Para introducirnos
al tema aludiremos a la polisemia de la palabra, la que nos conduce a múltiples
significaciones, desde “
La
Pasión de Cristo”, pasando por la concepción trágica de la
pasión en “Romeo y Julieta”, la lectura apasionante de un libro, hasta la pasión
por el football. Ya sea este un significante, sustantivo, adjetivo o adverbio,
su etimología nos revela su esencia: del latín passione que significa “acción de
padecer”. Del Pathos, voz
griega que significa “sufrimiento y pasión”. Quisiera distinguir este tipo de
afección, del dolor producido por una pérdida, o del desconsuelo que provoca la vida que nos trae desengaños y
tareas insolubles. El padecer de la pasión entraña un cierto goce en el que el
sujeto está atrapado, dominado por el penar, incluso podríamos decir que
anhelado por él.
-
LOS PUNTOS DE PARTIDA.- LOS AFECTOS.
Tradicionalmente el
punto de partida para el estudio de las pasiones ha sido el de los afectos.
Distintas filosofías se han ocupado de ello, como ejemplo, está la concepción
de Baruch Spinoza, filósofo y teólogo holandés del siglo XVII, quien en su
texto sobre la Ética trata el tema de
las pasiones. En el estudio introductorio que acompaña esta obra, escrito por
Francisco Larroyo, nos indica que para el autor las pasiones son un ingrediente
inseparable de lo humano.[1]
La psiquiatría del
siglo XIX, para dilucidar la melancolía, también buscó puntos de referencia en
función de una afectividad, como la
pasión triste de Jean Étienne Esquirol, que dicho sea de paso, fue
sustituida por la nomenclatura moderna de corte económico, la llamada
“depresión”, tan difundida en nuestros tiempos.
No es raro advertir
que estos estudios partieran de aquello que impacta a nuestros ojos. Sin
embargo, desde el descubrimiento freudiano del inconsciente, hasta la propuesta
lacaniana de una instancia psíquica llamada Otro, con O mayúscula, el tema de
las pasiones ha adquirido nuevas dimensiones de comprensión.
La posición
lacaniana sobre las pasiones no parte de una teoría de los afectos. En el
seminario de La Ética del Psicoanálisis[2] el
autor insiste en el carácter convencional, artificial de los afectos, en su
carácter no significante, es decir, no centrado en el registro de la palabra,
sino en su particularidad de señal. El afecto engaña, dice Lacan[3], bien
sabemos que la tristeza puede encubrir rencor, venganza, culpa; su comprensión
NO nos es dada en su inmediatez, NO es prototípica. El único afecto que no
engaña, cuestión muy rubricada en el medio psicoanalítico, es la angustia. Lacan considera el afecto como un pecado, puesto que
le sirve al sujeto para eludir enfrentarse con el deseo del Otro,
particularmente, con su goce. El afecto,
en este caso el padecer, es la defensa más simple e inmediata contra ese goce. La pregunta enigmática y permanente es: ¿Por qué el sujeto pasional
se empeña en la manifestación del afecto, e insiste en ignorar lo concerniente
al goce del Otro?
Por dónde comenzar, entonces. La propuesta, es acudir
a elementos estructurales que constituyen al sujeto. Para el desarrollo
de esta ponencia intitulada Pasión de ser
para la muerte tomaremos dos líneas
de trabajo: desde el lado del ser, donde nos detendremos un poco más, y desde
el lado del objeto que tocaremos brevemente.
-
DEL LADO DEL SER
En la pasión regularmente hay un elemento elidido
que es el deseo del Otro, por la simple razón de que éste es inconsciente. Pero
¿Qué es el deseo del Otro, que anunciamos anteriormente? ¿Cómo nos
constituimos como sujetos deseantes? ¿Cómo es que el sujeto adviene a una
posición pasional? Primeramente, debemos decir, que desde un enfoque
psicoanalítico, nadie se determina a sí
mismo. Previamente al nacimiento, hay un deseo que solicita nuestra
presencia en el mundo. En él nos alienamos y nos convertimos en objeto de ese deseo, nos introduce al mundo de la
legalidad al que también está sujeto este Otro. En un segundo momento, nos separamos
de él para ir construyendo el propio deseo. Quisiera ilustrar esto con una
linda anécdota que me parece paradigmática: Alguna vez trabajando con un grupo
de preescolar propuse una actividad: “vamos al cine” –dije– y uno de los chicos
me contestó: “No, mejor vamos al cine”. En el contexto, esto hace reír, pero si
lo analizamos más de cerca, este decir del niño ordena un cambio de posición
subjetiva: ya no fue mi idea la que predominó, sino la de él, lo que implica la
existencia de un sujeto deseante pero alienado en mi deseo; no importa el
objeto–cine, lo que importa es que fue idea suya. Lo importante en esta
oportunidad es destacar que “Sólo hay sujeto deseante en función de un Otro”.
Ahora bien, la pregunta esencial para el sujeto
pasional está en relación con la forma en que él es
afectado por el deseo del Otro, cómo lo sufre.[4] Para trabajar esta idea retomaremos el mito griego de Narciso, pues es esencialmente el paradigma de la pasión. Es el drama de un personaje que
no pudo constituirse como sujeto deseante, puesto que NO ser causa del deseo del
Otro implica para el sujeto abandonarse al ser, reducirse a la existencia,
hasta encontrar la muerte.
¿Quién desea a Narciso? ¿Qué se espera de él? El oráculo
pronuncia la sentencia: “Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que nunca
se conozca a sí mismo”, admonición que se profiere a falta del deseo del Otro.
Narciso era tespio, hijo de la ninfa azul Liríope, a la que el dios fluvial
Cefiso había rodeado en una ocasión con las vueltas de su corriente y luego
violado, como lo refiere Robert
Graves.[5] Narciso
no encontró una mirada Otra, no hubo un don de amor para él, solo pudo mirar su
imagen y cumplir el destino del oráculo. Amarse a sí mismo, es una pasión del
ser por no haber sido deseado por el Otro. Sorprendentemente, el nombre de
Narciso, nos señala Alfonso Reyes, parece derivarse de nárkee[6] que significa: “estupor”,[7] es
decir, el aturdimiento que produce la contemplación del rostro en el espejo.
Narciso está excluido del deseo del Otro, lo que implica que este Otro no
quiere nada para él, entonces ¿Cómo puede constituir su deseo dicho personaje?
Precisamente lo que le falta a Narciso es el deseo, “falta la falta” –dice
Lacan–,[8] no puede
amar… el que no ama enferma –dice Freud. Así, el dolor en el estado puro, el dolor de existir es lo que hace de la
melancolía una pasión del ser.
¿Qué es lo que se genera, entonces? un exceso de
narcisismo, un éxtasis del ser que produce efectos terroríficos, es decir, una
ilusión de ser, que olvida que está el Otro y que en su delirio puede caer en
pedazos; ahí tenemos al loco que se cree rey, o el rey que se cree rey, no en balde la
pasión narcisista está emparentada con la muerte y la locura.
Esto es lo que encontramos en la tragedia histórica
de Ricardo III, el rey monstruo,
escrita por William Shakespeare. Ricardo III fue
el último rey de Inglaterra perteneciente a la casa de York en el siglo XV, quien
fue vencido por la casa de Lancaster en el episodio de
la Guerra de las Rosas, el
mayor azote del devenir histórico de
la Inglaterra medieval.[9] Más allá del contexto histórico que da cuerpo a la
obra, la conocida maldad del
protagonista es una respuesta al discurso del Otro. Ricardo III, hijo de un
vientre maldito, él no ha sido concebido para el amor, en sus propias palabras,
dice:
“Mas yo, que
NO nací para el retozo, ni hago la corte al amoroso espejo;
Yo mal
fraguado, que de amor no luzco…
Y así, pues
ser amado no es posible, Ni entretener tan agradables días,
Determinado
tengo ser infame y odiar los vanos goces de estos días”. [10] |
Su perversidad, puesta en acto, muestra la
descomposición de su ser: asesina a su propia estirpe, hermanos y sobrinos;
mata a sus súbditos y amigos que hicieron posible que ascendiera al trono… un
trono vacío de poder, que nadie reconoce ni reconocerá, y que el epílogo,
anunciado desde el principio de la pieza, es la búsqueda de su propia muerte en
manos del personaje que pondrá orden en el reino inglés.
Ricardo III ocupa el lugar de Narciso cuando el
oráculo está pronunciado. Antes de la batalla final que culminará con su propia
muerte, este personaje en un diálogo interno, expresa:
Mas Ricardo
ama a Ricardo… si…. Yo soy, yo mismo.
¿Hay asesino
aquí?... No… Si… yo propio.
Huye, pues.
¿Mas de mí? Razón, responde,
¿Para que no
me vengue de mí mismo?
Mas yo me
quiero bien. ¿Por qué? ¿Qué acto benéfico me debo yo a mí mismo?
No. Más bien
me detesto yo a mí mismo por las viles hazañas de mí mismo…
No existe
quien me quiera… ni alma ninguna llorará mi muerte.
Pero ¿por
qué llorar? ¿Hallo yo mismo compasión en mí mismo, de mí mismo? |
Ricardo III, sabe que va morir, no se comporta como
el guerrero que buscaría el poder o la gloria en la batalla. Él, a mi parecer,
representa el paradigma de la pasión de
ser para la muerte.
Ahora bien, paradójicamente el sujeto pasional, ante
la ausencia de esta mirada otra que lo sostenga como sujeto deseante, idealiza
a este Otro, de tal manera que está ahí con toda su omnipresencia. Sobreviene
entonces, una fijación de amor, mejor dicho, una fijación pasional que puede
llegar hasta el autosacrificio, se entrega a su voluntad, se entrega a su goce,
diría Lacan, en una mortífera demanda de amor con tal que le sea devuelta una
mirada de reconocimiento. El pasional siente la imposibilidad de igualarse al
objeto que responda a los requerimientos del Otro, lo potencia como un ser
supremo, no sujeto a ninguna ley más que la de sí mismo. Así, “la pasión de ser”
se acrecienta en la ausencia de un
don de amor, o en la maldición proferida por aquel que encarna a este Otro. Bajo estas condiciones, el sujeto,
para poder vivir, no le queda otro camino que alienarse en el pensamiento del Otro y enajenarse de sí mismo; de
ahí el fanatismo y el éxito de algunas sectas religiosas y su consecuencia, el
genocidio.
El cristianismo, dice Lacan, no habla sino de la
encarnación de Dios en un cuerpo, y supone en verdad que la pasión sufrida, en
esta persona, haya sido el goce de otra.[11] En mi opinión, gran número de mitos bíblicos son narraciones de historias
pasionales, de entrega absoluta al goce de Dios. A manera de ejemplo,
recordemos como Jehová demanda a Abraham como prueba de fe, el sacrificio de su
hijo Isaac; o la envidia de Caín incitada por la mirada preferencial de Jehová
sobre la ofrenda de Abel, que provocó el fratricidio tan conocido por nosotros.
Paradójicamente, el sujeto no estructura su deseo
sino precisamente en la envidia. Prescindiremos en este momento de su
connotación afectiva para dar lugar a su mecanismo. El vocablo envidia viene de videre que significa “ver”, ¿Qué es
lo que envidia el sujeto? Lo extraordinario de este dispositivo es que siempre
nos tiende una trampa, ubicamos la envidia en el registro del tener, ya sean
bienes, reconocimientos, parejas, etc. Sin embargo lo que envidiamos es el
deseo del Otro, lo que percibimos como su satisfacción, alegría o placer y que suponemos
que aquel bien se lo proporciona. Lacan nos lo repite incesantemente “el deseo,
es el deseo del Otro”, lo que provoca movimiento, desplazamiento, competencia,
frustración, sustitución. Pero la condición para que surja el deseo es que este
Otro no sea completo. En palabras de Lacan: “El sujeto aprehende el deseo del
Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del Otro”.[12]
La invidia,[13] –dice Lacan – es la que desataqué desde hace tiempo en Agustín… la del
niño que mira a su hermanito colgado del pecho de su madre, que lo mira amare
conspectu,[14] con una mirada amarga, que lo deja descompuesto y le produce a él el efecto
de una ponzoña.
Para comprender que es
la invidia, en su función de mirada no hay que confundirla con los
celos. El niño, o quien quiera, no envidia forzosamente aquello que aparece
(envie). ¿Acaso el niño que mira a su hermanito todavía necesita mamar? Todos
saben que la envidia suele provocarla comúnmente la posesión de bienes que no
tendrían ninguna utilidad para quien los envidia, y cuya verdadera naturaleza
ni siquiera sospecha. Esa es la verdadera envidia. Hace que el sujeto se
ponga pálido, ¿Ante qué? –ante la imagen de una completud que se cierra[15]… |
La envidia abre la dialéctica del deseo, pero el
sujeto pasional, en tanto perturbado por el goce del Otro, se aferra, y se
eclipsa en una imagen de completud que lo expulsa
del campo del deseo, brotando con ello la pulsión, en los tan conocidos
sentimientos de hostilidad. La envidia es promotora de afecciones, de pasiones.
El pasional quiere fundirse en esta imagen de completud, y ante esta imposibilidad,
desfallece.
Jacques Hassoun en Les Passions Intraitables,[16] señala que el padre en la pasión ha fallado en el
momento de la institución de la imagen, de modo que el pasional sería
“Una ficción de niño herido en su imposibilidad de ser”. El padre ha fallado en
la instauración de la ley cuya función no es otra que la de marcar los límites,
la diferenciación, la alteridad. La pretensión del pasional es fusionarse con
el objeto de su pasión para así obtener el lugar que le fue negado. En esta
alienación, en esta desviación, ninguna relación es posible y el sujeto, preso
de la pasión, sólo se sostiene en una demanda devoradora y violenta hecha a
otro, pero fundamentalmente a este Otro prehistórico, la madre. Demanda
violenta como los imposibles a los que está enfrentado, exigencia imperiosa a
partir del lugar que le fue negado.
-
¿QUÉ PASA DEL LADO DEL OBJETO?
Lo que se observa
en el pasional es que el objeto de la pasión se hace insustituible. En la subjetividad el objeto es siempre
sobrevalorado por su poder de producir placer–sufrimiento, lo que Lacan llama
goce. En la realidad, nada indica que el objeto contenga verdaderamente poderes
especiales como los que se atribuyeran a Helena de Troya; el objeto-pasión es
idealizado por lo que puede convertirse en un auténtico tirano… así llamaba
Freud al psicoanálisis. Lo que sucede es que el sujeto le atribuye este poder
desmesurado. En tanto el objeto se ha convertido en la fuente exclusiva de todo
placer–sufrimiento, ha sido desplazado
al registro de las necesidades. El sujeto pasional se balancea entre el deseo y
la necesidad, como la relación de un adicto con su droga, llámese alcohol,
juego, pareja, libros, anorexia, etc.
Lo normal en la
vida es que todos los objetos sean sustituibles, las relaciones, los bienes,
los fines, y esto es posible por la capacidad del ser humano de hacer duelos,
lo que permite ir desprendiéndonos lenta y dolorosamente de ellos. Pero el
duelo tiene sus condiciones, hay duelos patológicos, como lo explica Freud en Duelo y Melancolía, que impiden al sujeto
resignificar lo perdido; Lacan, en el seminario de
La
Angustia, nos
dice que: no estamos de duelo sino por
alguien de quien podemos decir ‘yo era su falta’. Así, elaborado el duelo,
lo que norma el deseo es la sustitución, acción inquebrantable que se desplaza,
que va encontrando en su camino uno y otro objeto antes de morir. En la pasión,
ningún desplazamiento es posible,
prevalece la pasividad, el padecer por eso irremplazable y que ahora se ha
convertido en objeto de necesidad.
Esta característica
de “no sustitución” implica la muerte como ocurre en Romeo y Julieta. Esto es el
absoluto del deseo que conduce a la tragedia. ¿Imaginan ustedes a un Romeo un
poquito más neurótico, escucharlo decir: ¡Oh Julieta porque te has ido sin mí…
algún día nos veremos en el más allá! y de repente Julieta se despierta?; el
género tragedia se hubiera convertido en una historia de amor de Hollywood. Lo
absoluto del deseo no puede sino conducir a la muerte, a la pasión del ser para la muerte. La ley, prohíbe el deseo absoluto,
la identidad imposible. Gracias a la ley, los humanos acceden al amor sin
pretender unirse demasiado a la imagen narcisista asesina. Vivir en sociedad es
entrar en una cadena genealógica, implica renunciar al objeto absoluto del
deseo y por lo tanto, aceptar la incompletud.
Antes de finalizar esta ponencia es
necesario aclarar, que si bien el deseo es también fuente de sufrimiento, la
pasión no es sinónimo de deseo: éste, tiene un principio activo creador, la
pasión, un ingrediente pasivo. El apasionado por el football sufre cuando su
equipo va perdiendo, no juega; en cambio el jugador está inscrito en el campo
del deseo, toma parte en su rol dentro del equipo, tiene un fin: ganar el
partido. El aficionado pasional cervecero padece, y cuando su equipo va
perdiendo es capaz de agredir, blasfemar, no soporta la pérdida, la
frustración, se convierte en asesino en potencia o en suicida, de ahí los
crímenes pasionales. En la pasión el deseo se
suspende, no sostiene el contrato social, convierte la ley en un mandato
caprichoso que revela la falta de límites. El Otro, en su alteridad, es anulado
o aniquilado. Lacan dice en el seminario de La ética que “La cólera es una pasión”[17] que
está asociada a una actitud de soberbia frente al fracaso. El autor alude a una
expresión de un humorista francés quien dice que la cólera es “cuando los
clavitos no entran en los agujeritos”.
Indudablemente, todos hemos experimentado
momentos de pasión, su intensidad es insoportable e incomunicable, lo que nos
ofrecen las palabras sólo puede engañarnos, intentamos huir de esta vivencia,
sin embargo, lo propio del ser humano es buscar estos excesos. Las pasiones
inauguran la historia y convoca a la literatura, la filosofía y el
psicoanálisis, entre otras, para dar cuenta de ellas.
Muchas gracias por
la escucha.
Notas:
Estupor (Glosario de términos psiquiátricos. Lise Moor) Estado
que se caracteriza por una suspensión total de la actividad motora de origen
psíquico; facies inmóvil y mirada triste. El paciente, mudo e inmóvil, no
reacciona a ninguna solicitación exterior, se niega frecuentemente a tomar
alimentos y presenta trastornos de las funciones excremenciales.
Romeo
y Julieta.
Personaje
de Fray Lorenzo dirigiéndose a Romeo
(p. 243).-
¡Por
vida de mi padre San Francisco! ¡Qué pronto olvidaste a Rosalía, en quien
cifrabas antes tu cariño! El amor de
los jóvenes nace de los ojos y no del corazón. ¡Cuánto lloraste por
Rosalía! Y ahora tanto amor y tanto enojo se ha disipado como el eco. Aún no
ha disipado el sol los vapores de tu llanto. Aun resuenan en mis oídos tus
quejas, Aún se ven en tu rostro las huellas de antiguas lágrimas ¿No decíais
que era más bella y gentil que ninguna? Y ahora te has mudado ¡y luego
acusáis de inconstantes a las mujeres ¿Cómo buscáis firmeza en ellas, si
vosotros les dais el ejemplo de olvidar? |
Distinguir entre amor narcisista que va hacia la muerte, del amor en el orden simbólico. Dar lo que no se tiene, que
promueve el orden de los intercambios.
Diferencia entre deseo y necesidad.- (Escritos 2: la significación del falo. P 670). El
deseo tiene un carácter paradójico, errático, excentrado, incluso escandaloso,
por lo cual se distingue de la necesidad. Cuidado con hacer una reducción
teórica y práctica del deseo a la necesidad.
La
demanda en sí se refiere a otra cosa que a las satisfacciones que reclama. Es
demanda de una presencia o de una ausencia. Cosa que manifiesta la relación
primordial con la madre, por estar preñada de ese Otro que se sitúa más
acá de las necesidades que puede colmar. Lo constituye ya como provisto
del “privilegio” de satisfacer las necesidades, es decir del poder de privarlas
de lo único con que se satisfacen. Ese privilegio del Otro dibuja así la forma
radical del don de lo que no se tiene, o sea lo que se llama su amor.
La
demanda anula la particularidad de lo que puede ser concedido, trasmutándolo en
prueba de amor. Las satisfacciones que se obtienen para la necesidad se rebajan,
y pueden aplastar la demanda de amor. Hay pues una necesidad, entonces, de que
la particularidad así abolida reaparezca más
allá de la demanda.
El
deseo no es ni el apetito de la satisfacción, ni la demanda de amor, sino la
diferencia que resulta de la sustracción del primero a la segunda, el fenómeno
mismo de su escisión (Spaltung)
(hiancia).
El
sujeto, lo mismo que el Otro, no pueden bastarse por ser sujetos de la
necesidad, ni objetos de amor, sino que deben ocupar el lugar de causa de
deseo.
Lacan reformula el Estadio del Espejo: triángulo
simbólico (ideal) El YO es un sistema pasional, el niño
se identifica por pasión amorosa a su madre.