El Problema.
La violencia humana y social, patente
ya en el siglo XIX y quizá antes, pero desbordada durante las últimas décadas
en nuestro país, ha terminado por ocultar el problema del orden social,
entendido este último, no como una condición jurídica dada, ni como resultado
de la aplicación de esa misma condición, ni como resultado de la aplicación de
normas explícitamente formuladas e instituidas, sino como un arreglo o una
configuración surgida de, y adoptada a partir de las interacciones de los
individuos humanos; surgida de, y adoptada a partir del inter-ejercicio de los
poderes de los Egos.
Podemos atribuir el concepto de configuración social a Jacob Moreno, quien concebía las
configuraciones como estructuras sociales, formadas a partir de elecciones
interpersonales y de distintos —e incluso opuestos— tipos de relaciones
interpersonales (Moreno y Jennings, 1938; Scott, 1992, cap. 2).
El orden social, en tanto que arreglo
o configuración, puede ser pensado como el resultado de los encuentros
repetidos, frecuentes y constantes entre el Ego y su Otro; entre
el Ego y sus Otros. Este Ego es un individuo apenas
conciente de sí y de sus Otros inmediatos. Él estaría más cerca de un Ello;
de un Id freudo-nietzschiano dominado por sus impulsos básicos, que de un individuo dominado y cubierto por una
conciencia relacional de sí mismo y por una conciencia relacional del mundo
físico y social, las cuales implicarían, en tanto que conciencias relacionales,
al Otro, a los Otros, e implicarían también sus ubicaciones y sus atribuciones
dentro de ese mundo físico y social.
Aunque el pronombre indefinido alemán Es, fue sugerido a Freud por Groddeck,
podemos pensar que este último lo tomó de Nietzsche. Respecto de Groddeck,
recomiendo la discusión ofrecida por Lazslo Antonio Avila (2003), respecto de
la relación entre el trabajo de ese autor, Freud y el psicoanálisis. Por otro
lado, de acuerdo con Thöma y Kächele (1987, pp. 40-41), el propio Freud
reconoce en Nietzsche el origen de ese mismo término. Por su parte, Harriman
(1952, p. 416) apunta que el término Id,
en tanto que versión latina del pronombre alemán Es, quizá tuvo su origen en la traducción al inglés, realizada por
Joan Riviere, del artículo de Freud de 1923 “El Yo y el Ello”. Harriman apunta
que en sus días, por convención, ese término significaba impulsos primigenios (inchoate), desorganizados e
indisciplinados, propios de un “cyrenaicismo elemental o de un craso
hedonismo”. Con la expresión “cyrenaicismo” Harriman alude a la posición
hedonista y egoísta, sostenida por el filósofo griego del siglo IV a.c.,
Aristippus de Cyrene.
El concepto de Ego aquí
avanzado se ubicaría, no obstante, entre el concepto de Yo propuesto por
Hegel en esos distintos escritos que se conocen como Lecciones de Jena, Lógica y Lógica Subjetiva[1],
y el concepto psicoanalítico de Id.
Así, el concepto de Ego que
estas notas buscan esbozar, integra el concepto de Yo y el concepto de animal ofrecidos, ambos, por Hegel en sus Lecciones de Jena y en su Lógica
Subjetiva:
El animal es verdadero
uno mismo excluyente, que accede a la individualidad, que excluye,
se aparta y se separa de la sustancia general de la Tierra, la cual tiene para
él una existencia externa. Accede al movimiento arbitrario; lo externo, que su
uno mismo no ha llegado a dominar, es para él lo negativo de sí mismo,
neutro; la absoluta neutralidad es la subsistencia espacial. Esta es una
relación determinada por él mismo, con lo que demuestra su libertad frente a lo
neutro (Hegel, 1984, p. 122).
El animal así visto es, dice Hegel:
...un singular que se
relaciona con lo singular como tal, una unidad de diversas singularidades
reflexionada en sí; existe como fin que se produce a sí mismo, es un movimiento
que vuelve a este individuo, el proceso de la individualidad es un circuito
cerrado (Hegel, 1984, p. 122).
Ese animal no encuentra en el
mundo, según Hegel, ni instancias particulares de conceptos universales, ni
mucho menos estos últimos. Cada objeto e incluso cada sensación por él
experimentada, es un objeto o una sensación individual, singular y efímera.
Sólo el ser humano es capaz de ‘desdoblarse’, a partir de su corporalidad, en
una conciencia de sí mismo, y en una conciencia simultánea de lo particular y
de lo universal. Así, sólo el ser humano reconoce en las cosas su dimensión de
particularidad y de universalidad; sólo el ser humano ve en un árbol, por
ejemplo, el árbol particular y la clase o categoría de cosas o de objetos de
los cuales forma parte:
Por esto el hombre se
conoce como yo. Cuando yo digo yo, quiero decir yo en tanto que soy tal persona
individual, completamente determinada, Pero de hecho, nada digo que me sea
particular. Cualquier otro es también yo, y designándome como yo, creo,
es cierto, hablar de mí, de este individuo que yo soy, pero designo al mismo
tiempo un ser absolutamente universal (Hegel, 2002, p. 37).
Sin embargo, esta perspectiva no nos
autoriza a pensar que este yo es una auto-conciencia terminada,
avasalladora y estática. Para Hegel, todo concepto es resultado dinámico del
juego constante de cuando menos dos dimensiones, su identidad y la negación de
tal identidad. Así, este yo integra dos ‘momentos’ opuestos. En el
primero, el yo es una ‘unidad primariamente pura que se refiere a sí
misma’, pero fuera de toda determinación y contenido, en la plena libertad que
le aporta el tener una igualdad consigo mismo, libre de los límites que le
impondrían las determinaciones y el contenido. En el segundo, el yo tiene contenido, está determinado por este contenido que también lo somete a la
determinación de lo que le es exterior, y a otras determinaciones. Este yo es, así, negatividad respecto del yo del primer momento, lo enfrenta y
lo excluye. Él ya es conciencia de sí, ‘personalidad individual’ (Hegel, 1956,
pp. 257-258[2]).
En el momento en el que el yo se instaura en conciencia de sí, en tanto que ‘individuo viviente’, ‘...se pone
en tensión con su presuposición originaria, y se coloca como sujeto en sí y por
sí, frente al presupuesto mundo objetivo’ (Hegel, 1956, p. 490). El yo instaurado en sujeto, es ‘el fin para sí mismo’. Él tiene su medio y su
realidad subjetiva en esa objetividad que le queda sometida. Aunque el mundo se
presenta frente a él como una objetividad carente de independencia, este mundo
y el yo anterior al yo en conciencia de sí, se presentan ante
este último como un Otro que reta su propia objetividad; su propia
identidad; su propio ser-igual-a-sí-mismo:
En
su propio sentimiento de sí el viviente tiene esta certeza de la nulidad,
existente en sí, del ser-otro que se halla frente a él. Su impulso es la
necesidad de eliminar este ser-otro y de darse la verdad de aquella
certeza (Hegel, 1956, p. 490).
Aunque esta contradicción sirve de base
a la constitución de la identidad del yo, ella está también detrás del
encuentro del yo con ese que será objetiva y efectivamente su Otro y con esos que serán, también objetiva y efectivamente, sus Otros.
En los encuentros humanos, los Egos se presentan investidos de respectivos poderes[3],
construidos a partir de sus esferas más inmediatas de influencia[4].
Del orden social, entendido como una configuración de los poderes individuales,
surgen significados y símbolos que la marcan. De hecho, tal configuración
implica, por sí misma, significados y símbolos que así la identifican: la
pareja tal, el grupo tal, la familia tal, el clan o la tribu tales, etc. Tales
significados y símbolos identifican las ubicaciones de sus integrantes en la
configuración de los poderes individuales: el amo, el padre, la madre, el jefe,
el viejo, la hija, el hijo, el esclavo, el sirviente, el advenedizo, etc. Esa
configuración sirve de base a la conformación de grupos humanos o de
colectividades sociales mayores; hace posible los procesos de sus
estructuraciones sociales; y hace posible el mantenimiento de estructuras y
procesos.
Más allá de las familias y de los grupos
primarios entendidos como configuraciones; como órdenes sociales implicados
en las configuraciones de los poderes individuales de sus integrantes; más allá
de sus significados y símbolos, se tejen otras configuraciones; otros órdenes;
otros significados y otros símbolos. Algunos de estos órdenes vienen a
superponerse y a impregnar a los primeros. Otros órdenes más vienen a ser
sometidos.
En principio y en teoría, ese orden
socialmente instituido que conocemos como Derecho Positivo, como derecho
institucionalmente vigente, viene a superponerse y a impregnar los órdenes
implicados en esas configuraciones que son las familias y los grupos
primarios. En principio y en teoría, ese orden socialmente instituido que
conocemos como Derecho Positivo, viene a moldear las subjetividades de
sus miembros, esta es una de las tesis sostenidas por Foucault en La Verdad
y las Formas Jurídicas:
Las prácticas
judiciales; la manera a través de la cual se arbitra, entre los hombres, los
equívocos y las responsabilidades; el modo por el cual, en la historia del
occidente, se ha concebido y definido la manera por la cual los hombres podrían
ser juzgados en función de los errores cometidos; la manera por la cual uno ha
impuesto a ciertos individuos, la reparación de algunas de sus acciones y el
castigo de otras; sodas esas reglas o si Ud., quiere, todas esas prácticas
regulares por supuesto, pero modificadas sin cesar a través de la historia, me
parecen ser una de las formas por las cuales nuestra sociedad ha definido los
tipos de subjetividad, las formas del saber y, por consecuencia, las relaciones
entre el hombre y la verdad, relaciones que merecen ser estudiadas (Foucault,
2001, p. 1409)[5].
Sin embargo, la violencia señalada al
principio de este escrito, deja ver que esas configuraciones que son las
familias y los grupos primarios, han sido inmunes al orden socialmente
instituido en el Derecho Positivo y también son inmunes al moldeamiento
que ese mismo Derecho debe ejercer sobre ellos. El Derecho Positivo,
el orden por él instituido, sus significados y sus símbolos son ignorados o
hechos de lado, talvez porque históricamente nunca fueron puestos al alcance
del conocimiento de todos; talvez porque históricamente los individuos nunca
fueron preparados para acceder a tal conocimiento; talvez porque nunca fueron
claramente ejercidos; o talvez por todo ello.
En el desconocimiento de un orden
instituido o en su ausencia, el orden implícito en esas configuraciones que son
la familia o el grupo primario, se ejerce fuera de ellas como el poder
de un Ego cuando las configuraciones se sustentan en una autoridad
central; se ejerce como el poder de las configuraciones entendidas como
comunidades tönniesianas; o se ejerce como el poder de ambos.
Para Habermas (1999, p. 329-330), ese
orden socialmente instituido que podemos encontrar en el derecho contemporáneo,
es lo que ha quedado del derruido cemento de la sociedad. Cuando todos los
mecanismos de integración social se han acabado, el derecho puede aún
constituir el medio que mantendría unida a una sociedad centrífuga y compleja,
que de otra manera se desintegraría. Aquí la pregunta es: ¿Qué pasa cuando ese
Derecho es desconocido y cuando los únicos órdenes sociales que parecen estar
vigentes, son esos que están implícitos en esa configuraciones que reconocemos
como ‘familias’ o ‘grupos primarios’?
La amplitud y profundidad social de
la violencia aquí señalada, hacen que su análisis requiera no una separación,
pero sí una distinción, entre ese orden social que ha sido instituido como tal
y que es tratado también como tal por la filosofía y por la teoría del Derecho,
y ese orden social que está implícito en los grupos humanos desde su origen
mismo, en tanto que configuraciones sociales primigenias.
Entre la segunda mitad del siglo XIX
y las primeras décadas del siglo XX, tanto la naciente teoría social, como la
también naciente psicología social, se plantearon la interrogante del origen y
naturaleza de las primeras configuraciones sociales: el grupo humano, la
familia, la tribu, la comunidad, la horda, la asociación, la colectividad
indiferenciada, etc. Esa misma teoría y esa misma psicología, también se
plantearon la interrogante de cuál de esas configuraciones habría de dar lugar
a la estructuración de la sociedad, como la conocemos actualmente.
Fuera de las configuraciones basadas
en la dominación y en el sometimiento, el egoísmo de Hobbes no podía dar lugar
a formación social alguna, porque el ejercicio egocentrado de los poderes
individuales interferiría con el surgimiento y mantenimiento de cualquier
configuración estable. Los instintos sociales de Darwin simplemente
congregarían a los individuos, sin por lo tanto hacer de su congregación una
formación social estructurada.
Independientemente de la naturaleza
del origen de las formaciones sociales primigenias, la característica esencial
de esas formaciones, comparadas con las meras congregaciones humanas de vida efímera,
sería su relativa continuidad y estabilidad, las cuales se reflejarían en sus
configuraciones. Estas últimas serían el resultado del manejo, expresión y
ejercicio de los poderes de individuos en interacción. El manejo, ejercicio y
expresión de los poderes individuales, en interrelación, va a configurar, a
arreglar o a ordenar, las relaciones mismas entre los individuos, para así dar
lugar a la formación de grupos humanos o de colectividades sociales dotadas de
una cierta estabilidad y continuidad, y para así también dar lugar al proceso
mismo de sus estructuraciones sociales.
Violencia y
Orden Social.
La agresión y la violencia advertidas
en la convivencia humana desplegada en espacios privados, parece continuarse en
la agresión y en la violencia advertidas en la convivencia humana desplegada en
espacios públicos. Algunos han supuesto que tal continuidad es resultado del
aprendizaje y así, la agresión y la violencia serían adquiridas[6]. Lo aprendido en los espacios privados es exportado a
los espacios públicos y viceversa. Con estas exportaciones se diluyen las
separaciones entre algunos de los espacios psicosociales.
La visión anterior olvida que la
violencia y la agresión son inherentes al ser humano, en particular al
ejercicio del poder individual, sea tal poder, por el momento, lo que sea. Esa
visión también olvida que el individuo humano se desenvuelve en espacios
sociales diferenciados, de límites variables y difusos: el espacio doméstico,
el espacio del trabajo, el espacio del ocio, el espacio de la salud, etc.[7],
los cuales son definidos como tales por las acciones y significados ejercidos
en ellos o respecto de ellos, y por las relaciones que los individuos y grupos
humanos tiene dentro de ellos o respecto de ellos.
Las relaciones humanas son inherentes
a la convivencia humana. En ellas se manejan, expresan y ejercen los poderes
individuales de quienes están relacionados. Ese manejo, expresión y ejercicio
configuran, junto con otros factores, tales relaciones. La configuración, las
relaciones, el poder, su ejercicio y su expresión pueden ser conscientes o
inconscientes.
Si bien es cierto que la agresión
violenta observada en la convivencia pública y privada, ha ocultado la agresión
no-violenta presente en esa misma convivencia, esa misma agresión violenta
también a ocultado dos importantes diferencias: esa que separa a la agresión
ejercida en espacios públicos, de la agresión ejercida en espacios privados o
‘íntimos’, y esa que separa a la agresión ejercida por individuos aislados —si
acaso estos últimos pudieran existir— de la agresión ejercida, hacia su
exterior, por grupos humanos configurados y cohesionados en mayor o menor
grado.
El ejercicio de la agresión, por
parte de un individuo hacia su propio grupo
de referencia o hacia miembros de él, puede fragilizar la existencia del
grupo mismo; puede alterar su configuración, o puede atentar en contra de
ambos: la existencia de grupo y su configuración[8].
Los ocultamientos arriba señalados
han hecho parecer a la violencia, como la única cara visible de la agresión.
Con esto, el análisis social y la opinión pública han terminado por
concentrarse en la violencia, la han separado de la agresión o en el peor de
los casos, han convertido al concepto de agresión en sinónimo del concepto de violencia y han eliminado al primer concepto y a la problemática por él significada, del
mapa de sus atenciones, para sólo conservar el concepto de violencia.
La agresión es una forma
relativamente específica de acción: ir-hacia algo o hacia alguien.
Compárese las etimologías del término “agredir”: ad-gradi y ad-gressus,
con esas del término “progresar”: pro-gradi y pro-gressus[9].
Si bien ese ir-hacia algo o ir-hacia alguien puede ser negativo para ese ‘algo’ o para ese ‘alguien’, ese ir-hacia no necesariamente rompe o
aniquila a sus recipientes. Mientras que la agresión puede ser no-violenta, la
violencia siempre es agresiva. La agresión detiene, anula, somete, reduce,
etc., sin necesariamente romper o exterminar, aunque en sus casos extremos ella
rompe y extermina a quien o a quienes la reciben. La violencia implica ruptura
y en caso extremo exterminación, como efecto de una acción; como efecto de su
fuerza y como efecto de los medios empleados en el ejercicio de la acción[10].
Mientras que la agresión puede ser no-violenta, la violencia invariablemente
rompe o extermina y en este sentido, sus resultados opacan lo que a ella puede
subyacer.
Podemos suponer que quien ejerce la
agresión y la violencia también es impactado por ese ejercicio.
La eliminación del concepto de agresión de la atención del análisis social y de la atención de la opinión pública, ha
diluido la dimensión relacional de la violencia y sobre todo, ha diluido el
problema del poder individual y grupal, el problema de su manejo, ejercicio y
expresión.
Estas diluciones han hecho desaparecer distintos problemas: el problema
de la intencionalidad y no-intencionalidad de la interacción humana y de sus
modos[11];
el problema de la conciencia e inconsciencia de la acción individual; el
problema de la conciencia e inconsciencia del Otro; el problema de la Alteridad;
el problema de la relacionalidad del poder individual; y sobre todo el problema
del orden social.
Aunque este último problema yace detrás del surgimiento y continuidad de
toda estructura social, detrás del orden social yacen esas formas de manejo,
expresión y ejercicio del poder personal, que no sólo hacen posible la
continuidad de las congregaciones humanas, sino que las convierten en grupos
configurados y cohesionados. La configuración llega a constituir una característica
básica de la convivencia humana y esta última es una condición fundamentalmente
relacional:
Como vida, (la
convivencia) es esencialmente unidad, un existir de individuos que actúan uno
sobre otros, es decir, que se encuentran en una relación de acción recíproca
(Tönnies, 1942, p. 20).
La convivencia implica y exige una continuidad en las acciones
recíprocas, la convivencia implica y exige, pues, una continuidad relacional.
El aniquilamiento de cualquier individuo involucrado en una convivencia, termina
dicha convivencia, termina por lo tanto con las interacciones sostenidas con el
individuo aniquilado y transforma radicalmente las relaciones de los
aniquiladores y de los sobrevivientes con él. La continuidad relacional hace
patentes las configuraciones bajo las cuales se desarrollan las relaciones
humanas y bajo las cuales se da la convivencia. Así, si el poder individual se
expresa y se ejerce al interior de un grupo humano estructurado y cohesionado,
esa expresión y ese ejercicio pueden dan lugar a configuraciones relacionales
en las que los poderes individuales son, por decir algo, simétricos o
asimétricos; de solidaridad o de sometimiento; de equidad o de jerarquía; etc.
(Boon, 1990)
Las configuraciones resultan ser esas
formas de arreglo o de orden social, no necesariamente jerárquico, adoptadas
por las relaciones humanas a partir de la expresión, del ejercicio y del manejo
del poder individual. Algunas de esas configuraciones dan lugar a las formas
sociales básicas: los grupos primarios, la familia, los grupos de referencia o
las comunidades tönniesianas.
Las configuraciones así entendidas, son resultado de las relaciones
humanas y, con la aparición de la conciencia, ellas también son resultado de la
forma en la que los unos se ocupan de esos que son significados, por ellos
mismos, como sus otros. Esa ‘ocupación’ va a implicar, temprano o tarde, el
desarrollo de eso que Winnicott (1996) llama ‘la preocupación por el otro’. En
las relaciones, los unos se significan, de una manera u otra, ante esos que
para ellos son sus Otros y, así, estos últimos también son significados. En las
relaciones, los unos y los Otros se significan respectivamente a ellos mismos,
seguramente a partir de sus propios cuerpos, los cuales constituyen la base de
la conciencia y de la significación primigenia de sí[12].
La ‘preocupación por el otro’[13] yace en la base psicológica de la configuración de
quienes así están relacionados. En las relaciones los unos se significan, de
una forma u otra, ante esos que para ellos son sus Otros y así estas
últimos son también significados. Psicológicamente, las configuraciones
implican eso que Flavell llamó “toma de perspectiva” perceptual y conceptual.
Esta última implicaría la activación de un “proceso por medio del cual el
individuo, de alguna manera, cognosce (cognizes)… ciertos atributos de otra
persona. Los atributos en cuestión son inferenciales… más que directamente
perceptibles, por ejemplo, las necesidades del otro, sus intenciones, sus
opiniones y creencias, y sus capacidades y limitaciones emocionales,
perceptuales o intelectuales.” (Flavell, Botkin, Fry, Wright and Jarvis, 1968; Marvin,
Greenberg and Mossler, 1976[14]).
El orden humano y social, entendido
como una configuración, no es el resultado de un imperativo: La Orden de Canetti[15].
El orden humano y social así entendido, tampoco es el resultado de un trato
recíproco o contrato ―con-trahere―
conciente, como el defendido por Hobbes o por Rousseau. En su interior, el
orden social implicado en las comunidades tönniesianas, no reposa ni en
mandatos de autoridad, ni en relaciones contractuales (Tönnies, 1942; 2001).
Con la eliminación de la agresión del
mapa de las atenciones del análisis social y de la opinión pública, se ha
diluido el binomio formado, de un lado, por la configuración u orden humano y
social que es detenido, anulado, sometido, roto, eliminado, etc., por la
agresión y, de otro lado, por la configuración u orden humano y social que de
una manera u otra, viene a ser sobre impuesto y/o que viene a remplazar a la
configuración u orden detenido, anulado, sometido, roto o eliminado. Este orden
impuesto es uno de los tantos impactos que recibe, sobre sí mismo, quien ejerce
la agresión y la violencia.
La agresión es una acción de ir-hacia,
ejercida por un individuo o conjunto de individuos, sobre su Otro o
sobre sus Otros, para detener, anular, someter, reducir, eliminar, etc.,
no sólo la configuración de ese Otro o las configuraciones de esos Otros,
sino las configuraciones relacionales que los enlazan con él o con los
agredidos, para así fijar de una manera u otra y efímera o duraderamente, sus
poderes individuales y/o de conjunto, y para también así fijar, con tales
poderes, nuevas configuraciones u órdenes sociales.
La defensa es la acción humana y
social que sirve de contrapartida a la agresión, cuando ésta es sospechada,
cuando ya está anunciada o cuando ella ya está en curso. El sentido de esta
acción, también relacional, es el de apartar, es el de desviar el golpe de la
agresión.
La atención concedida por el análisis
social y por la opinión pública a la violencia, dejó de lado el problema de la
agresión y sobre todo, el problema del ejercicio del poder individual y grupal.
De esta manera, esa misma atención dejó de lado el problema de la relación
entre ese poder y las configuraciones u órdenes humanos y sociales que lo
limitan.
Esa misma atención también dejó de
lado el problema de la relación entre ese mismo poder y las configuraciones u
órdenes humanos y sociales que mantienen, alientan y perpetúan ese poder. Ella
igualmente dejó de lado los procesos psicosociales que dan lugar a las
configuraciones u órdenes bajo las cuales se desarrolla la convivencia humana y
social, y que, en su caso, limitan el ejercicio del poder agresivo individual o
grupal, antes de dar lugar a la defensa.
La
Justificación.
En México, el problema del orden social o el problema de
las configuraciones humanas y sociales que reducen, temperan y/o regulan las
asimetrías de los poderes individuales, grupales y sociales, es un problema que
atraviesa distintos planos de la estructura de la sociedad mexicana. No se
trata, para nada, de un problema reciente. Con cada cambio histórico-político,
los individuos y sus grupos triunfantes, han buscado “intervenir en la
organización del país, unas veces para mantener sus privilegios, otras para
conquistar derechos dentro de la convivencia” (González Ramírez, 1965, p. 65).
De acuerdo con
Manuel
González Ramírez, el ‘insigne liberal’ José María
Luis Mora esbozó el problema
del Orden Social como parte del problema del libre diseño del destino
individual y como parte del problema de la educación para la convivencia:
Como cada individuo tiene el deseo de
mejorar su suerte si es que la disfruta mala, o de aumentar su felicidad, o de
conservarla, debe necesariamente buscar el medio para lograr sus fines. Si
carece de instrucción, ¿no será difícil que acierte a fijar las reglas que
deben sujetar sus acciones y que al mismo tiempo garanticen derechos también le
impongan obligaciones? (González Ramírez, 1965, p.67)
En México, el problema del orden social, como un problema
de convivencia en espacios privados y públicos, se hace patente en la violencia
familiar; en la violencia contra las mujeres, los niños y los ancianos; en la
criminalidad abierta y general; en la corrupción; en la impunidad; en la
economía informal; en la abismal disparidad del nivel de los ingresos; en el
manejo discrecional de las vías formales e informales para la participación
política; etc.
De acuerdo con el INEGI:
La violencia intrafamiliar es un
problema que debilita los valores de la convivencia, propicia la desunión, la
falta de respeto entre la pareja y los hijos y una baja autoestima de la
víctima; además repercute en otros ámbitos de la sociedad como la escuela y el
trabajo donde se manifiesta en el bajo rendimiento o en el abandono escolar y
en el tiempo de trabajo perdido” (INEGI, 2003, p. 423).
Según esa misma fuente, en el año 2003, el 46.6 por
ciento de un total de casi diez y nueve millones y medio de mujeres, con pareja
conyugal residente en la misma casa-habitación, reportó al menos un incidente
de violencia ejercida hacia ellas, durante los doce meses anteriores a la
aplicación de la encuesta[16].
INEGI reportó para los años 2002, 2003 y 2004 porcentajes
que oscilaron entre cincuenta y cinco, y sesenta y cinco por ciento de casos
comprobados de denuncias recibidas por maltrato infantil[17].
De acuerdo con el Banco Mundial[18]:
El crimen, la prevención de la
violencia y la seguridad pública se han convertido en cuestiones sociales
torales para la preocupación, tanto de quienes están involucrados en la
elaboración de políticas públicas, como de los ciudadanos de Latinoamérica y de
la región del caribe. En estas regiones la violencia se encuentra, ahora, entre las cinco primeras causas de muerte y es la principal causa de muerte en Brasil, Colombia, Venezuela, El Salvador y
México. Las tasas de homicidios en Latino América están entre las más altas de
cualquier región del mundo. Desde principios de los años ochenta y principios
de los noventa, han aumentado en un cincuenta por ciento las tasas de
homicidios intencionales en Latinoamérica. Las principales víctimas de tales
homicidios son hombres jóvenes, 69% de ellos con edades de entre 15 y 19 años.
Durante los últimos veinte años, quizá mas, la violencia,
la delincuencia y la criminalidad han formado parte de los principales
componentes de la ‘inseguridad social’ y esta última ha terminado por ser vista
casi como sinónimo de no-orden social. De acuerdo con el INEGI, en los años 2003 y 2004 el número de delitos
denunciados a nivel nacional rebasó el millón y medio. Este último número
comprende tanto delitos del fuero común como delitos del fuero federal, con una
tasa de más de 14 delitos denunciados por cada mil habitantes. Cada denuncia,
dicen esas estadísticas, puede implicar no sólo más de una víctima, sino más de
un victimario. Fuera del Distrito Federal y del Estado de México, que junto con
Baja California son las entidades con las más altas frecuencias de denuncias a
nivel nacional, las entidades que rebasan las cincuenta mil denuncias son
Chihuahua, Guanajuato, Jalisco, Nuevo León, Puebla, Tamaulipas, Veracruz y
Yucatán. Claro, las tasas varían según la población de cada estado, pero en
números absolutos las denuncias registradas en Veracruz son superiores a las registradas
en todos esos estados, menos en Jalisco[19].
De acuerdo con el Banco Mundial, para el año 2004
diferentes instancias (Growth Competitiveness Index of the World Economic
Forum, California Public Employees Retirement System, etc.) evaluaron a México
y apuntaron que el país “está lastimado (hurt) por la debilidad de sus
instituciones, por la prevalencia de la corrupción, por la falta de confianza
en el sistema judicial y por el débil sistema de protección legal a los
inversionistas[20]”
Rodolfo Vázquez[21] reseña históricamente la alusión al problema de la corrupción en México:
En 1952, al
término del gobierno alemanista, el líder obrero Vicente Lombardo Toledano
afirmaba: “Vivimos en el cieno: la mordida, el atraco, el cohecho, el embute,
el chupito, una serie de nombres que se han inventado para calificar esta
práctica inmoral (la corrupción).
La justicia hay que comprarla. Primero al gendarme, luego al ministerio
público, luego al alcalde, luego al diputado, luego al gobernador, luego al
ministro, luego al secretario de Estado...”(1). Más cercano a nosotros, en 1995
Gabriel Zaid escribía: “En México, las autoridades pueden actuar como
asaltantes, y con mayor impunidad, precisamente por ser autoridades. Pueden
robar, humillar, someter y seguir en su cargo. Ni todas, ni siempre, lo hacen,
lo cual le da eficacia al abuso: es selectivo, queda al arbitrio de la
autoridad. No vivimos en el régimen carcelario de Castro, ni en la dictadura de
Pinochet, sino en un régimen de derecho sujeto a excepciones selectivas. No vivimos
en un Estado de excepción, pero tampoco en un Estado de derecho sin excepción.
En esto, pero no en aquello; aquí, pero no allá; con éste, pero no con aquél;
esta vez, pero no todas; rige la arbitrariedad, disfrazada de cumplimiento de
la ley”(2). En 1999 Federico Reyes Heroles nos ofrecía la siguiente encuesta a
nivel nacional: el 39% de los encuestados considera que es más conveniente
“arreglarse” con las autoridades que cumplir con las leyes; 38% está de acuerdo
con la frase “un político pobre es un pobre político”; un tercio aprueba la
frase “el que no tranza no avanza”; 25% está de acuerdo en que funcionarios se
aprovechen del puesto, “siempre y cuando no se manden”; 43% considera que para
ascender en el gobierno hay que ser corrupto y muy corrupto; 52% aprueba que se
ayude a parientes y familiares si se está en un alto cargo de gobierno; 40%
está de acuerdo con la idea de que, en México, “más vale tener dinero que tener
la razón”(3).
(1) Citado por Carlos Silva: “La corrupción como sistema”, en el periódico Reforma, 23 de marzo de 2004.
(2) Gabriel Zaid (1995). Adiós al PRI,
México: Océano, p. 98. Véase también: Vázquez, R. (2003). Presentación. En: M.
Carbonell y R. Vázquez (Coords.), Poder,
derecho y corrupción.
México: IFE-ITAM-Siglo XXI, pp. 7-8.
(3) Reyes Heróles, F. (1999). Memorial
del mañana. México: Taurus, pp. 172-173.
Podemos atrevernos a decir que
nuestra sociedad es una sociedad agresiva, en la que cada quien convive bajo su
propio riesgo, agazapado tras sus propias estrategias de defensa, confinado a
un orden social que, en el mejor de los casos, rige únicamente en la familia.
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