Preliminares
La Edad Media
no es un tiempo
ni tan lejano ni tan antiguo, de manera que las preguntas que animaban aquella
época reaparecen en nuestra modernidad en el punto ciego de nuestra cultura. Asuntos
como el lugar de lo religioso en las sociedades laicas, lo ponen en evidencia.
Es indiscutible que reconocer en el otro nuestra parte de alteridad, le da
lugar, la acoge. Por lo que recordar
nuestra deuda invierte una tradición filosófica ampliamente vehiculizada por el
Islam. Los teólogos del siglo XIII, como Alberto el Grande o Santo Tomás de
Aquino, saben lo que deben a los argumentos-teológicos de los pensadores
árabes, así como a Maimónides el pensador
judío del siglo XII.
Dos son los
puentes que podemos trazar nítidamente entre nuestros tiempos contemporáneos y
aquellos de
la Edad Media
: el tema del sujeto
y el lenguaje por una parte, y la escritura,
por otra. Para decir brevemente, reconoceremos en este escrito la ausencia de
sujeto en cuanto se trata del loco o de la locura; asimismo reconoceremos
también la particular función que viene a desempeñar el lenguaje y la escritura
en esa época como en la nuestra, cuando del loco se trata. La letra en
la Edad Media
se inscribe en una realidad móvil y
compleja como la vida, como la lengua.
“Es asunto de pasaje, de iluminación, de imagen y de rapto”
[3]
.
Condiciones del escriba
[4]
La Edad Media
cubre un largo período de 10 siglos. Desde el 476 con la caída del imperio
romano de occidente hasta la toma de Constantinopla por los Turcos en 1454. Este
dato nos es importante, pues observaremos que es hasta el siglo XI que los
textos en lengua romance aparecerán y
reemplazarán a los textos en latín, lo que marcará el inicio del nacimiento de
una particular literatura y el nacimiento de un nueva civilización, que Octavio
Paz
[5]
,
no deja de reconocer a propósito de la literatura sobre el amor cortés, como el
acto que transforma la servidumbre en libertad.
Antes del
nacimiento de la literatura francesa
[6]
,
Europa era un territorio desgarrado. Desde el siglo V, las invasiones sucesivas
de los bárbaros del Este han arruinado la unidad y la civilización galo-romana.
Pese al reino unificador de Carlomagno (768-814), el mundo cristiano sufre un
constante y severo ocaso. El orden político desaparece, y es reemplazado, por la anarquía de una
multitud de pequeños Estados feudales, constantemente en guerra. Las epidemias,
las guerras y la hambruna, terminan por consumir a la población.
Los signos de un
renacimiento, a partir del siglo XI, se debieron a una expansión demográfica.
Menos invasiones, menos epidemias, desarrollo de la agricultura, expansión y
auge de los pueblos. Nuevas condiciones favorecen la productividad, el
intercambio y el comercio. El desmonte de las campiñas (principalmente gracias
a las comunidades religiosas) permite la extensión de la cultura. Reafirmados, de esta manera, los cristianos retoman las armas: la
reconquista de España sobre los árabes, dan la señal del espíritu de las
cruzadas.
Las cruzadas son
expediciones militares, destinadas a liberar tierra Santa de los Musulmanes, de
los “Infieles”. Éstas jugarán un rol esencial en la mentalidad (y luego en la literatura) de la época: mezcla
de lo religioso y de la aventura lejana, la piedad y la gloria, el peregrinaje
y el atractivo del botín.
La cultura es
esencialmente religiosa. Transmitida por hombres de letras y todos asociados al
estado eclesiástico. Esta cultura en principio, es el vehículo de la fe y el monopolio
del saber por parte de la iglesia, explica, también, la fuerte sobrevivencia de
la lengua latina. Pues, es sólo a partir del siglo IX, que las nuevas lenguas
comienzan a emerger, y con ellas una cultura profana, aunque las primeras obras
literarias de
la Edad Media
compuestas en lengua vulgar no se fijarán en un texto escrito. Destinadas a ser
cantadas, hechas salmos o recitadas, se propagan oralmente bajo formas de
cuentos y/o canciones. Y los primeros textos escritos en esas lenguas romances
(el antiguo francés) serán documentos jurídicos o vida de santos, hagiografías.
Los géneros literarios evolucionarán rápidamente en el momento que se vuelven
escritos, sin embargo, sólo estarán reservados a una pequeña elite que sabe
leer: la aristocracia. Los escribas
dependen de los grandes señores, y no pueden insurreccionarse contra ellos. Los
espíritus de
la Edad Media
reflejan los ideales de la comunidad de los señores y de los notables. Se
disciernen tres grandes tendencias literarias: A. La canción de gesta (la
expansión de los caballeros-guerreros sometidos a un código de honor); B. La
literatura cortesana (el caballero que intenta, por su perfección moral,
merecer el amor de su dama); C. La literatura satírica (que muestra el ridículo
de aquéllos que se separan de las exigencias morales y religiosas de la
caballería), a este último género volveremos más tarde.
Al comenzar el
siglo XII -una época abierta al
exterior- es gracias a las cruzadas, que los europeos tendrán un contacto más estrecho con el mundo
oriental, con sus riquezas y con sus ciencias. A través de la cultura árabe, redescubrieron
a Aristóteles, a la medicina y a las ciencias grecorromanas. Algunos poetas
provenzales participarán en las cruzadas y sincrónicamente el Mediodía de Francia florecerá como lugar privilegiado donde se entrecruzarán las más diversas influencias,
desde los pueblos nórdicos hasta las orientales. Esta diversidad fecundó a los
espíritus y produjo una cultura singular que con Octavio Paz
[7]
, nuevamente, no es exagerado llamar “la primera civilización europea”.
Había respeto a la
literatura, aunque se conociera a los
poetas latinos de manera vaga y fragmentaria. Había sí, el precedente de una
literatura “neolatina” de clérigos, pero la influencia más temprana, profunda y
decisiva fue la de “
la
España
musulmana”, según René Nelli
[8]
El eje de la
sociedad feudal era el vínculo vertical, al mismo tiempo jurídico y sagrado,
entre el señor y el vasallo, esta estructura social refleja una ideología de la
cual, la literatura va hacerse eco. Sabemos que el lenguaje erótico tal como aparece en
nuestra poesía desde el siglo XII, nació en las cortes señoriales de
Provenza. Hoy parece indudable que en la
ideología del amor cortés fue determinante
la influencia de la erótica árabe. A su vez ésta recoge y elabora la
interpretación hecha del platonismo por los filósofos árabes helenizantes y por
los sufíes, no menos decisiva que estos factores ideológicos y estéticos (formas
métricas y estróficas) fue la naturaleza en la que nació el amor cortés. En
la España
musulmana, los emires y los grandes
señores se declaran sirvientes y
esclavos de sus amadas. Los poetas provenzales adoptan las costumbres árabes, e
invierten de esta manera las relaciones tradicionales de los sexos, los árabes
españoles llamaban a sus amadas con títulos masculinos: Soyyide mi señor; mulaya mi dueño, y se confiesan sus sirvientes. El
vasallaje era simbólico y se inscribía no en leyes de la realidad real, sino en
los de la ceremonia. Según Nelli los provenzales tomaron la idea de la sumisión
del amante de la erótica árabe. Es una convención que no aparece ni en la
tradición galorromana ni en la germana ni en el cristianismo de esos siglos...
Esta costumbre puede ser interpretada como una transposición del vínculo del
vasallaje feudal pero también indica que se otorgaba a la dama la dignidad más
alta para
la
Antigüedad
y
la Edad
Media
en materia de relaciones humanas: la de la amistad entre los hombres. En una sociedad más abierta como la hispano-musulmana, las mujeres gozaban de
más libertades. Este cambio fue una
verdadera revolución. Trastocó las imágenes del hombre y la mujer consagradas
por la tradición. Afectó a las costumbres, alcanzó al vocabulario, y a través
del lenguaje, a la visión del mundo.
Pero ¿cómo es que hemos recibido todo este
legado literario gestas, poemas, cantos, Romans?
¿Quién escribía en
la Edad
Media
? ¿Quién poseía la letra? ¿Quiénes eran estos cronistas
de su época?
Estas historias de amor y su escritura, son
justamente, las que constituyeron de cierta manera forjadora -por sus juegos-
una lengua totalmente nueva, móvil, una lengua versátil, viva, que deja ver su
proceso de germinación: la lengua romance, la escritura romance. En el gusto
(amor) por lo ambiguo, por el chiste (Witz) por su literatura medieval
[9]
,
la Lingua
romana, derivada del latín tardío y contaminado
por restos de diversos dialectos, se constituye desde el siglo X, pero es al
cabo del siglo XII que va fijarse en el escrito.
Escribir en
la Edad Media
es un viaje,
un destino. Una procesión que asegura el pasaje de lengua en lengua, de boca en
boca, de uno en uno, de la boca a
la oreja. La
letra debe ser plasmada, luego
re-copiada (es decir, desfigurada), y entonces rehecha. La cultura medieval es
un comercio de escribas-autores. Un comercio, un vendedor-divulgador, un
“movimiento procesito” que describe maravillosamente La vie de la lettre au
Moyen Age de Roger Dragonetti
[10]
.
Este vínculo con la
letra y la lengua permite trazar uno de los puentes entre nuestra época
contemporánea y esa Edad Media, allá como aquí la lengua cobra preeminencia.
Resulta importante
considerar que, a propósito de la escritura, la noción de propiedad literaria
no tiene sentido en
la
Edad Media.
Ausencia
de impresión, y por tanto, de texto de referencia, omnipresencia del
manuscrito; cada copista puede modificar al grado de su imaginación el texto literario que se le confió, sin
olvidar que lo traspasa al dialecto que le
es propio. Conocemos tantas versiones de las novelas (Romans) del siglo XII, como manuscritos hay de ellas. Y es por eso
que antes de que hablemos de un autor de novelas, como Lancelot o Tristan e Isolda
[11]
, promovamos como en la misma
construcción de las catedrales, la noción de creación progresiva y colectiva,
cada escriba inserta una u otra aventura que arranca de su memoria literaria.
La relación con el público es también, cardinalmente
diferente. Se torna exigua la lectura en silencio, si es que no la hay (por lo
menos para los textos literarios); el texto es escrito con el propósito de ser
declamado a viva voz por los juglares; la escritura sólo es un medio al
servicio de la oralidad. El destinatario
es un auditorio, una colectividad, no un lector, no un individuo. El principal
mediador en la difusión de las obras literarias – el juglar- las interpreta
libremente, las acomoda a su fantasía, o
en función del gusto del público del momento. Su memoria le obliga, a veces,
también a inventar.
Ahora bien, para afinar mi técnica de presentación “el
pensamiento alegorizarte de la teología investía el acto de escritura y sus
instrumentos”; que nos hace evocar, igualmente, a estos talleres de escritura,
a estos equipos de clérigos bajo la
dirección de un maestro, del que sospechamos su existencia detrás de las firmas
(signaturas) ambiguas de los autores
medievales, y de los cuales, su autenticidad no se sostiene más que en copias
manuscritas que nos han llegado. “Un clérigo abre la rima, otro la historia, un
tercero ilumina, señala, incrusta; da belleza a la cara de la letra, la
colorea”. Estos talleres de escritores, de copistas, de escribas, cuentan,
también, con sacapuntas de marfil para
las plumas, ahí se estira el cuero, se compone la tinta, se cultiva la química de
los colores, se recorta el escrito, queda un documento. Los viajeros son
cargados al coleccionar los textos. Allí se escucha infaliblemente resonar la
tradición oral, y es ahí, también, donde
Dragonetti reconoce la invención: “todo
este trabajo anónimo de diferenciación”. Siguiendo a Dragonetti: “La escritura
en
la Edad Media
es una energeia
[12]
anónima que la
misma escritura muestra, en la que, escribir
es el remodelado indefinido de otros escritos, y que la invención,
reside en el remodelado mismo, que el escriba capta, dirige y sufre. Al ser de
igual forma, invariablemente el tema de su modelo, el escriba o el copista
retoma, a partir de un punto estigmático del trazo de su pluma, el camino de la
letra en el texto narrativo”. Es este punto estigmático,
esta marca, la cicatriz de lo medieval, quien da lugar a la transmisión. Es en este punto, en el pinchazo aplicado
contra la carne de la letra, que esta marca se vuelve viva y delimita
rigurosamente el juego de la metáfora. Y
aún más, dice Dragonetti: “el privilegio
acordado a la feminidad de la lengua (imagen invertida de la teología del
padre) surge con el nacimiento de las lenguas romances. Que tiene por consecuencia asociar, de manera decisiva, y más que preferir al latín, el
misterio de la poesía de las lenguas a aquellas
de las lenguas maternas. Lenguas del deseo de las que la esencia lejana,
objeto indeterminado, indeterminable, de toda conquista, está simbolizado de
vuelco, por el fin’ amors,
la
hermana, la dama, la reina o la virgen –madre”. El latín queda establecido como
la lengua de las especulaciones de los filósofos, de los teólogos
[13]
;
en cuanto a los juegos femeninos con las contradicciones, los simulacros, las
mascaradas, los falsos-semblantes, es decir, las apariencias, los falsos
reflejos multiplicados al infinito, serán de una punta a la otra, luciferinos
para la iglesia, para los padres.
Estos preliminares
no tienen más que el propósito de recrear, aquella época en la que se gestaron
las ideas que vamos a abordar, del complejo tema de la locura y el loco. Un
lugar -igualmente singular- del tema estará
reservado, al discurso (y no al caso) del loco, el dervé (loco en dialecto picardía no); y una muestra de ello, nos
dará la literatura teatral de
la
Edad Media.
Figuras del loco en la Edad Media
[14]
Foucault en su libro de Historia de la locura en la época clásica
[15]
, nos procura un recorrido
de las transformaciones que la figura del loco tomará a lo largo de los tiempos,
hasta llegar a través de la persona del médico, a ser considerado como insano,
y convertirlo a partir de ese momento, en objeto de investigación dentro del
campo de la medicina.
Con el nuevo estatus del personaje médico es con lo que desaparece el
significado más profundo del confinamiento: la enfermedad metal, con las
significaciones que ahora le atribuimos, se hace entonces posible
[16]
Foucault nos indica, a la par, que en
realidad debe buscarse la verdadera herencia de la lepra, en un fenómeno
complejo, y que el médico tardará bastante en apropiarse. Este fenómeno es la locura. Aunque pasarán casi dos siglos, cerca de lo
que llamamos
la Alta Edad
Media
,
para que este nuevo azote que sucede a la lepra, en los medios seculares
suscite, como ella, afanes de separación, de exclusión, de purificación que,
sin embargo, tan evidentemente le son consustanciales, como todos los valores e
imágenes que se habían unido anteriormente al personaje del leproso. Para el
loco permanecerá pues, el sentido de la exclusión; subsistirá la importancia en
el grupo social de esta figura insistente y temible, a la cual no se puede
apartar, sin haber trazado antes alrededor de ella un círculo sagrado.
Desaparecida la lepra, olvidado el leproso, o casi, estas estructuras
perdurarán. Es esta presencia, con algunas de sus figuras esenciales, lo que
ahora debemos recordar de manera muy lacónica.
La famosa barca de
los locos, que aparece como figura importante en el Renacimiento, es
bruscamente formulada como tema en la literatura y en la iconografía. La barca simboliza para Foucault toda una inquietud, surgida
repentinamente en el horizonte de la cultura europea a fines de
la Edad Media.
La
locura y el loco llegan a ser personajes importantes en su ambigüedad: amenaza
y cosa ridícula, vertiginosa sin razón del mundo y ridiculez menuda de los
hombres.
En primer lugar,
una serie de cuentos y de fábulas. Su origen, sin duda, es muy lejano pero al
final de
la Edad Media
,
dichos relatos se extienden en forma considerable: es una larga serie de
“locuras” que, aunque estigmatizan vicios y defectos, como sucedía en el
pasado, los refieren todos no ya al orgullo ni a la falta de caridad, ni
tampoco al olvido de las virtudes cristianas, sino a una especie de gran
sinrazón, de la cual nadie es precisamente culpable, pero que arrastra a todos
los hombres, secretamente complacientes
[17]
.
En Historia de la locura, con algunas
referencias altamente condensadas de ciertas formas fundamentales de la
alteridad que se extienden, más allá del alcance de la razón y de la ciencia, y
que, de algún modo inexplicable, parecen
darse su propia posibilidad, Foucault señala el “destello resplandeciente” de
poetas como Ataúd, Hölderlin y Verbal. En cierta forma, ellos han escapado a la
“gigantesca reclusión moral” y vislumbraron esta fundamental experiencia de la
sinrazón. Que ellos mismos no llevan más allá de los límites admitidos por la
sociedad. Foucault, se interroga sobre si esta alteridad abre una “disputa
radical” de la cultura occidental. Entre
el verbo y la imagen, entre lo que es figurado por el lenguaje y lo que está
dicho por la plástica, la bella unidad de la locura queda desanudada
siendo vehiculizada ya por la razón, ya
por la sinrazón. Aún si a veces, el
lenguaje simboliza y la imagen imaginariza, también hay algún lugar para tomar
en cuenta lo que, como él mismo escribe, el
lenguaje figura y la imagen dice
[18]
En la Edad Media
[19]
son tres los poderes-saberes que se jugaran respecto al loco: el jurídico, el
religioso y el médico. No siempre coinciden en su apreciación. La locura no es
objeto de un discurso psiquiátrico, es más bien, un discurso compartido y
diseminado en tres dominios. Tres saberes pues, la medicina, la teología y el
derecho, los tres pilares que constituyen el dominio universitario en los
tiempos medievales; tres poderes también, puesto que alrededor del loco se van
a confrontar el párroco, el médico y el hombre de ley. En el interior de estos
saberes, los conflictos estarán limitados puesto que el proceso de
engendramiento textual reposa esencialmente sobre la compilación y la glosa; se
comentará o se compendiará a Abichen, San Agustín, Santo Tomás, los códigos
Justiniano; toda la tensión se concentrará en el límite de estos discursos, en
las zonas de intertextualidad. A
veces la confusión es tal, que algunos autores, no iniciados, llegan a la
conclusión errónea de que la literatura de los sabios de la época, se contenta
con perpetuar la asimilación entre locura y posesión, sin embargo veremos que
no es así. El discurso sobre la locura, que es un discurso sobre los límites
nos permite entonces, trazar los límites entre estos saberes. Cada uno de entre
ellos hace intervenir la figura del loco, no para darle la palabra, sino para
situarse en relación a los discursos rivales. Así el loco medicalizado,
teologizado o desde la perspectiva jurídica, es en cada uno a su manera,
hablado y no hablante. Tomemos, uno a uno, estos saberes:
·
Del discurso médico
De las obras árabes conocidas en latín, sólo hay dos que están dedicadas
exclusivamente a los trastornos mentales. Así que, es preciso buscar la
información en las obras generales, que abarcan el conjunto de las cuestiones
médicas. No sin advertir, que ciertos
libros ejercen su influencia en un público más basto, que a veces refleja, en
lo que concierne a la locura, la literatura de ficción
[20]
.
Para la medicina el loco no es portador de un real en el sentido (del
sinsentido) luego, a descifrar, no es la expresión de un sujeto,
de una conciencia, aún menos del inconsciente; sino que reenvía a un objeto, la
entidad nosográfica, tal como puede hacerlo la fiebre, el apetito o la tez.
Las palabras del loco remiten a un desorden
del cuerpo. Los autores dan un privilegio a las afecciones que tienen asiento
en una parte del cuerpo. Se asigna un papel primordial al cerebro, ellos
cuentan la mayoría de los trastornos mentales entre el número de las
enfermedades de la cabeza. Los humores
van a jugar un rol significativo, a lo cual se asocia en algunos autores, una
explicación astrológica. En caso de afecciones calientes ligadas a la bilis
amarilla o cólera (frenesí, manía),
el enfermo será aquejado de logorrea y sobre el plano del apetito, de bulimia; en
caso de afecciones frías ligadas a la melancolía o a la flema (melancolía,
letargo) los pacientes serán aquejados de taciturnitas y de anorexia. El caso de la melancolía es, en realidad, más complejo, puesto
que
la Edad Media
hereda dos tradiciones divergentes: la melancolía es tanto taciturna,
anoréxica, y en el plano de la sexualidad, impotente. Mientras tanto en Problematas, es un hablador imparable (y
en ocasiones escritor escrupuloso), bulímico y lúbrico. En efecto, con el
conocimiento del celebre Problematas XXX, I, bajo la autoridad de Aristóteles,
se nos participa que confiere a los grandes creadores un temperamento
melancólico, los textos médicos árabes trasmiten una visión de la melancolía – enfermedad
que todo invade. La poesía de fines de
la Edad Media
se tiñe de melancolía, la medicina se
le había adelantado por este mismo camino. Al atribuir a la bilis negra la
capacidad de mezclarse, por abrasamiento, con los otros humores, y no sólo con la
bilis amarilla. Avicena (Canon, III, I,
4, 19)
[21]
hace posible una correspondencia entre la multiplicidad de los síntomas y una
modulación sutil de las causas. Puede manifestarse a través de “millones de
signos” (Lilium medicinae, II, 19)
[22]
,
cuyos caracteres dominantes no son siempre la tristeza o
la angustia. La
observación, que se
convirtió en clásica, de los casos en los que la melancolía se transforma en
manía, así como, la explicación humoral que atribuye a esta última el
abrasamiento de la pareja bilis negra - bilis amarilla, lleva a los médicos a hacer que la melancolía
abarque un campo cada vez más basto de la alienación mental. Por último, es
preciso considerar aquí que en ciertas escuelas medievales, la enseñanza de la
medicina (que no era considerada como una de las siete artes liberales) estaba
fuertemente atada a la enseñanza de la gramática, es decir, ligada a la letra.
·
La teología procede respecto al loco con la misma desposesión; el loco es o un blasfemo
por medio del cual habla el demonio, -el
insensato ha dicho en su corazón, Dios no existe- según las palabras del
salmista (salmo 57); o bien, es un
poseído por Dios que pasa por loco a los ojos del mundo, según el texto de San
Pablo sobre la locura de
la Cruz
(en la epístola a los Corintios). Sobre un fondo de discurso teológico la
ciencia médica está bloqueada, y al asemejar la locura como posesión diabólica
establece una condena sin apelación. Castigo del pecado, prueba infligida por
Dios, sanción orgánica de un desorden moral. Los trastornos psíquicos son una
enfermedad del alma, una lepra moral, que pueden curar los ritos religiosos y
la penitencia. La misericordia divina es
una terapia aleatoria, pero muy solicitada. El empirismo médico y la búsqueda
del milagro, se practican al mismo tiempo. La eficacia de los ritos –ortodoxos
o reprobados por los clérigos- y de los cuidados empíricos (remedios populares
o prácticas médicas de médicos competentes), no es despreciable en los casos de
esos innumerables trastornos hoy calificados de “psicosomáticos”.
A cada
enfermedad, a cada parte del cuerpo, le toca su santo curador o protector, que
a veces da su nombre a la enfermedad como “Mal de San Juan”, o para la
epilepsia “baile de San Vito”. Se procuran calmar en ceremonias en que se
ejecutan danzas procesionales, desenfrenadas, semejantes a “esbozos de terapia coreográfica
y musical”
[23]
. Fundados en las
creencias y en las prácticas de la religión popular, alentados por
la Iglesia
, tolerados a
menudo en sus aspectos folklóricos y no cristianos (el recurso a las fuentes
milagrosas, por ejemplo), la peregrinación terapéutica y la invocación a los
santos curadores, se practican mucho. Innumerables son los santuarios, y cada región tiene su peregrinación.
En
términos generales, en el marco de un pensamiento que une al cuerpo y el alma
en una unidad psicosomática, la
enfermedad psíquica manifiesta, ya sea, toda la realidad del pecado y de la falta, la
venganza divina o los ataques de Satanás. Distinguir lo normal de lo patológico,
y lo natural de la intervención divina o diabólica, es parte medular de muchas
de las discusiones de los enterados.
·
En cuanto al Derecho, se toma el cuidado de descalificar
toda palabra del loco; si se cree en las costumbres medievales y,
principalmente, Las costumbres de
Beauvaisis de Phillippe de Beaumanoir, le forsené (el loco) no puede hacer promesas, ni tener palabra, ni
testimoniar, y frecuentemente, está asociado por estas incapacidades, al mudo. Para
el jurista, el discurso del loco jamás es performativo; sólo es bruto, simple flatus vocis. De todos modos, la figura
del loco y su destino social no son fáciles de ver. De ese doble movimiento, de exclusión e integración
(a sus familias), da amplio testimonio el derecho consuetudinario, en
particular el anglonormando, que prevé minuciosamente las reglas aplicables en
caso de “alienación mental”. Se trata ante todo, de proteger los intereses
materiales de los parientes. Alienación y loca prodigalidad eran asociadas en
la Edad Media
, por lo que
numerosas incapacidades jurídicas se le imponen al loco. No puede disponer de
sus bienes, de los que se encargarán sus parientes o su tutor, no puede rendir
testimonio ante tribunales, ni hacer contratos. Como la palabra dada y la fe jurada tienen un gran
valor, sus promesas son nulas. A cambio, los parientes del loco deben
garantizar su subsistencia y su guarda, en la medida en que se los permitan las
circunstancias económicas y su rango social. La incapacidad del loco debe ser
declarada por la justicia, frecuentemente a petición de los parientes. En
cuanto a la autoridad pública, las fuentes mismas, no han conservado más que
los trastornos públicos, escándalos en los que la autoridad interviene. Los
locos extranjeros, sin sostén familiar, son expulsados pura y simplemente, a
veces después de haber sido azotados. El loco más desprotegido por lo tanto, es
el que queda fuera de toda estructura de parentesco, de toda solidaridad
colectiva: excluido como extranjero y como alienado, condenado al abandono y a
una vida vagabunda que puede resultar fatal.
Locura
y literatura
Pensamos que
la Historia
no puede estar
separada de las pequeñas historias, que son divulgadas en, y, por las artes del relato y de la
representación. Quizá, debamos poner en
duda la antigua separación práctica y metódica propuesta por Aristóteles entre
las ficciones del “poeta” de un lado, y los hechos de los historiadores por el
otro; pues advertimos que las realidades humanas se ordenan siempre alrededor
de ficciones sostenidas por todos los medios posibles. Estas construcciones,
por ficticias que sean, no instituyen menos efectos potentes en el real.
La situación del
discurso literario
[24]
con relación a estos tres discursos técnicos complejos: el jurídico, el médico
y el teológico; podría estar puesta sobre el mismo plano, ya que no es objeto
de un saber constituido, objeto de una enseñanza universitaria, ni un poder –
el escriba no tiene que confrontar al loco como lo hace el párroco, el médico o
el hombre de ley, es ajeno a esta relación de fuerzas-. Pero el escriba lejos
de estar afectado por esta exclusión, extraerá precisamente de ella su fuerza,
[25]
ya que va a poder poner en escena las instancias religiosas, médicas o
jurídicas y hacer acceder al loco, por
esta vía, al discurso. El genero
literario que se adaptará mejor a esta función será naturalmente, el teatro, y
el Jeu de
la Feuillée
de
Adam de
la Halle
,
es el testimonio más sobresaliente. La
denuncia de la locura llega a ser la forma general de la crítica. En las farsas y soties, el personaje del Loco, del Necio, del Bobo adquiere mucha
importancia. No está ya simplemente al margen, silueta ridícula y familiar.
Ocupa el centro del teatro como poseedor de la verdad, no representa más el
papel complementario e inverso que representa la locura en los cuentos y en las
sátiras. Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el
loco al contrario, recuerda a cada uno su verdad. En la comedia, donde cada personaje
engaña a los otros y se engaña a sí mismo, el loco representa la comedia de
segundo grado; el engaño del engaño; dice con su lenguaje de necio, sin aires
de razón, las palabras razonables que dan un desenlace cómico a la obra. Explica el amor a los enamorados, la verdad de
la vida a los jóvenes; la mediocre realidad de las cosas a los orgullosos; a
los insolentes y a los mentirosos.
Aunque la sotie (o “sottie”) es un género más extenso que la farsa y más complejo, los diálogos
pueden rozar la desmesura; la voluntad de moralizar hasta quedar ahí muy
sensibles; la acción puede parecer confusa. Sobre las sesenta soties que se conservan, la mayor parte
se refieren a historias de locos. Los actores/personajes llevan una gorra hasta
las orejas que los hace aparecer como sots,
es decir, locos o tontos. Tienen derecho a decir y a hacer todo, sin tener el
riego de ser perturbados.
Todo parece indicar
que este tipo de género nació en medio de agrupaciones de estudiantes, en que
se parodiaba (quizá para practicar) la acción jurídica, los alegatos, los
debates de los tribunales. El diálogo, el atrevimiento, la simulación de la
locura tenía como fin: hacer caer una sociedad coercitiva. La estructura se funda en el desarrollo de un proceso paródico, en el
que un “verbalismo delirante” termina por destruir toda coherencia y toda
significación. Si tomáramos la sotie en serio ¿podríamos ver ahí un propósito de subversión deliberado? Muy
probablemente se preocupaba mucho menos por suscitar la toma de conciencia, como
de jugar con el lenguaje, es decir, hacer poesía. No obstante, una crítica
también está hecha, lo veremos más adelante.
Respecto al teatro,
será necesario esperar al fin del siglo XIII para ver aparecer obras de teatro
verdaderamente redactadas. La farsa por ejemplo, no alcanzará su expresión
hasta el filo del siglo XV. Como ya mencionábamos el mundo medieval da un lugar
importante a la vida colectiva y a la comunicación oral, y es ahí donde viene a
insertarse este género de manera privilegiada. Los ritos mismos de la
feudalidad o de la iglesia, se emparientan con las puestas en escena. El teatro
profano está en gestación en esos momentos de mezcla que son las fiestas, las
ferias, los grandes mercados.
Podemos decir que
es muy tardíamente que el teatro medieval constituirá un género organizado y
reconocido como tal, o sea, con la idea de la representación, de los
personajes, con papeles y roles escritos, locaciones teatrales, etc. Se tiene
la impresión que las primeras tentativas son sólo emanaciones de la fiesta o de
la feria, y las huellas escritas son raras. Mientras que el teatro religioso
encuentra sus fuentes y sus razones de ser en la liturgia, de la que se separa
poco a poco; el teatro profano parece el producto de una cultura social en la
que predomina el intercambio y donde el imaginario está en constante despertar.
Es sorprendente ver, que para esa época, como en otras más contemporáneas, las
ciencias y las artes, así como la literatura teatral, se desarrolla al mismo
tiempo que las ciudades crecen y que la burguesía toma conciencia de sí misma.
Volvamos a los
comienzos de Adam de
la Halle
(fin del siglo XIII), son pocas las noticias que tenemos de él, pero sabemos
que Adam de
la Halle
,
llamado también Adam le Bossu, es, junto con el trovero Jean Bodel, el único
gran autor del teatro profano antes de la extensión del teatro en el siglo XV.
Músico, habitante de Arras, parece haber vivido en el entorno del conde de
Artois, Roberto II y haberlo acompañado a Nápoles. Ahí pasa al servicio de
Charles d’ Anjou antes de morir hacia 1285. Su vida resulta oscura, pero se
sabe que en la ciudad que habitaba, Arras, conocía antes de su texto, las
condiciones socioeconómicas que veremos florecer en el siglo XV; esa tierra era
ya una adelantada para su tiempo. Parece ser que si bien, cercano a la sotie el teatro de Adam de
la Halle
tenía una configuración
más urbana, menos profana y que estaba dirigido a burgueses cultivados y a la
nobleza, menos próximo a las festividades populares como el carnaval, sin
embargo compartía con la farsa o la sotie temas como: permisividad,
mascarada, inversión, revista y desfile
El desdoblamiento
de la figura del loco
En esta obra
teatral Le Jeu de Feuillée (también
llamada Le jeu de la folie) de Adam
de
la Halle
, el dervé juega un rol esencial y nuevo. No es sólo una
comparsa, pues habla y actúa, no es tampoco un personaje episódico, ya que
aparece desde el primer tercio de la obra y casi la concluye. Aún más, su entrada en escena está
cuidadosamente preparada por un tonto, Walet; personajes que no coexistirán en la continuación de la obra, el dervé toma el relevo del tonto, y éste
último constituye una suerte de prefiguración y de esbozo del primero. Y
únicamente el esbozo, pues Walet, no tiene ni la riqueza ni la imprevisibilidad
o la autonomía que caracteriza al dervé.
Sólo aparece a la sombra del monje, sustituyéndolo parcialmente. El tonto al
blasfemar de San Arcadio (calificado de “divino mojón”), se sostiene del
estereotipo, ya que hace recordar los emblemas tradicionales de la locura en el
medio artesano (“guisantes molidos” o “queso resbaladizo, pringoso”) sobre todo
parece tener conciencia de su locura (“denme toneladas de guisantes molidos,
porque soy, constátenlo, un loco declarado), conciencia que distingue
habitualmente al tonto del dervé o
del forsené.
El dervé por el contrario, no se somete ni al discurso que se tiene sobre
él, ni a los emblemas habituales; inventa sus propios signos –come ranas, por
ejemplo- y sus primeras palabras son para acusar al monje de hipocresía y proclamarse
rey. El dervé es el rey del juego, a
la imagen de los príncipes y de los papas que presiden las fiestas de los locos
y los carnavales. Lejos de sufrir el
discurso y la acción, él los dirige; es él quien compromete el diálogo en el
terreno de la sátira anticlerical, en la escena de la taberna, reaparece como
un “súper-tragón” para comerse lo que los otros comensales han robado al monje.
El loco en la escena
de cara a los tres saberes - poderes
Frente al dervé, Adam de
la Halle
pone en escena varias
figuras ligadas a las instancias evocadas, la medicina, el derecho y
la religión. El
padre que juega aquí el
papel del curador como le explica al monje: “he tenido el cuidado de
guardarlo”. La situación del dervé son
precisamente aquellos que preconizan los textos jurídicos; el loco queda en la
comunidad familiar, en esta obra entremedio de recipientes y arneses en el
taller paterno.
Al padre que
introduce al dervé hace frente el
monje, quien lo acoge en nombre de San
Arcadio. Su discurso sobre la locura (la del monje) está muy gastado a imagen
de los relatos hagiográficos. La locura es una posesión del enemigo y el santo
es de principio un exorcista. El léxico que emplea para hablar de los clientes
de San Arcadio no tiene nada de médico, enfermos de la esvertin (locura), tontos (ediotes, bête) y califica a la dervé de tonto y de hordussens (fuera
de sentido).
Paralelo a la
instancia jurídica (padre-curador), y de la instancia teológica (monje), he
aquí la instancia médica. El fisiscien (médico
en antiguo francés), que aparece luego después del prologo del maître Adam. Curiosamente, el médico sostiene
un discurso que no es aquél de la medicina; la enfermedad de sus pacientes
hombres y mujeres de Arras es la avaricia, la gula (la borrachera) y en fin, la
lujuria. La medicina no es más que una
careta. La tos del maître Henri
oculta la avaricia; el vientre abultado del mismo personaje disimula mal su
inclinación por el vino; uroscopia y la onicomancia no son más que los
accesorios ridículos de un personaje que desenmascara los vicios y revela tres
pecados capitales, pero, de ninguna manera enfermedades del cuerpo. El fisiscien (médico) se desdibujará rápidamente
frente al monje. Este borramiento es significativo, la locura no depende del médico,
sino de San Arcadio. Se perfila así un quiasma: el médico se ocupa de lo que es
del terreno del monje o del párroco (los pecados, los vicios) y el monje, de lo
que sale del cuerpo, más precisamente del “cerebro”, es decir de la locura. El médico juega al moralista, al confesor, (“si
usted quiere que lo cure, usted debe hablarme de frente”) y el monje al
curador.
El Jeu de Feuillée -juego de la locura no procede pues, con la simple puesta en escena
de los tres poderes – saberes, sino que invierte y subvierte los órdenes
discursivos entre médico y monje. Las prácticas propias a cada uno también
están alteradas. El derecho mismo, en la imagen de las configuraciones evocadas
anteriormente, aparece en repliegue ya que no está representada por un técnico
del discurso jurídico, como lo es la medicina o la teología, sino por la
instancia vicariante que él preconiza: el padre-curador. Este texto tiene un
plus, pues nos da a ver la relación de fuerzas entre las tres figuras: el padre
se somete al monje y a San Arcadio, quien es su único recurso “si él no se
acerca a San Arcadio, ¿donde reencontrará la salud?”, le dice el padre al monje. Y el
médico no discute esta superioridad, puesto que toma la defensa del monje en la
escena final de la taberna. Al invocar a
San Leonardo y a Dios, se anticipa al discurso del monje.
Esta primacía del
monje y del discurso clerical, es relativa, ya que los tres discursos: el del
monje, el médico y el padre están finalmente, en presencia de la dervé, zarandeados por la inanidad y por
la locura. Para
el padre, es claro que su relación al loco es un fracaso total: el padre
también es violento con el hijo, pues si el hijo rompe doscientos recipientes
de su taller, el padre lo reduce a cholés,
es decir, se encoleriza. La relación del padre-curador a su hijo dervé es el contrario de una relación
vicariante. El padre no puede reducir al hijo al silencio y mucho menos
representarlo; el loco tendrá la última palabra.
El monje tampoco
está lejos de la locura, vive en la proximidad de los tontos e imita el
discurso de Walet, retomando en eco lo que el tonto repite a saciedad, y
obedece él mismo al consejo que da al loco, dormir. Sostiene las
contradicciones, pues reprocha al padre haber llevado al hijo precisamente ahí,
donde él lo habría solicitado. La taberna facilita una puesta al desnudo del
personaje. El monje engorda a la imagen del dervé y desea volverse un dervé. El fisiscien, toma su defensa, antes de que
el burgués Guillot no lo condene en su momento. La escena de la taberna que
conjunta al monje, al fisiscien y al
padre, no los reúne más que en la sinrazón y en la impotencia. La medicina está a punto de volverse fausse fisique, y las reliquias de san
Arcadio, en un juego mercantil irrisorio, se vuelven las propiedades del
tabernero. Este Juego de la locura congrega así todas las fiestas carnavalescas.
El juego de la locura es pues, una obra de una
extrema riqueza polifónica: voz de tres discursos instituidos –médico, monje,
padre- poco a poco reducido al silencio por la dervé en la que la escena de la taberna marca el fracaso
definitivo; voz de la realidad sórdida y mezquina de la burguesía lugareña
(Arras) opuestas a las diferentes voces maravillosas; que se expresan a través
de las mágicas y serias intervenciones de
La Morgue
y sus acompañantes, de
la Fortuna
, de
la Muerte
presentes a través
de Hellequin y su mensajera, Croquesot, “la devoradora de locos” , o las
maravillas fatrásicas (forma poética de
la que hablaremos más adelante) e irrisorias del dervé, voz de poeta en fin, condenado a quedar sujetado y a vivir
en dervé, en medio de un universo prosaico que no
conoce más que ferias efímeras.
El teatro, pero
más específicamente El juego de la locura,
no se contenta con la simple puesta en escena de los saberes médico, jurídico o
teológico, sino que los confronta y los sacude, agitación de la que ellos salen
impotentes; la locura del dervé condena
la sabiduría del monje y del médico a no ser más que locura; en tanto que loco,
el dervé es indicador de la locura
ambiente, tanto como el loco en los siglos XV y XVI que se presenta a escena
sólo para significar la locura universal de los hombre y del mundo. Como nos lo muestra el cuadro de Jerónimo Bosch La extracción de la piedra de la locura, que
se encuentra en el museo del Prado, al revelarnos a un monje (acompañado de un creyente) y un médico que buscan en su orgullo extirpar
de la cabeza de un enfermo la piedra de la locura. Monjes y médicos, tanto de
Adam de
la Halle
como de Jerónimo Bosch están igualmente locos en su pretensión de curar la
locura. El cuadro de Bosch no es
“realista” – él no pretende mostrarnos la práctica de un médico charlatán del
siglo XVI - el cuadro es más bien simbólico: nos muestra la locura de la
sabiduría humana, la locura de querer curar la locura, lo que con Foucault hoy
llamaríamos el ejercicio de la “función psi”. Es el nombre que da a todas las
técnicas de poder que se fundan en la
convicción (aquella de aquel que
ejerce este poder –el médico psiquiatra- moral y a veces físico) de conocer una
realidad más real que aquella en la cual se despliega el enfermo
(delirante) y que en virtud de su saber,
pretende sino curarlo, alejarlo del sufrimiento que le causa su desviación y de
la perturbación que eventualmente causa al orden público.
Al lado del Juego de
la Locura
otros
indicadores testimonian la emancipación de la locura en Artois en la segunda
mitad del sigo XIII. Roberto II de Artois, se dota de un loco de la corte al
que se asocia el emblema de fromage (queso). Un poema
narrativo artesanal evoca a sotingehem ciudad de locos (o de sots - tontos, para
retomar la inicial del topónimo), ciudad donde se venera a San Arcadio, donde
se fabrican mazos y mangos de fromage. Las torres de
los recintos fortificados de las ciudades son para los siglos XIV y XV, lugares
de detención para locos. Los anales, la toponimia urbana conservan el recuerdo de
las “torres para locos” de los países germánicos. Puerta de Lila en Saint-Omer;
Puerta de San Pedro en Lila. Primera visión francamente urbana de
la locura. En
esta región es
justamente, donde aparece un género lírico nuevo: la fatrasie. Poesía del no sentido
[26]
,
escritura en locura. Género muy admirado por los surrealistas, en la que la
destrucción completa del sentido no se acompaña por una destrucción completa de
la sintaxis; más bien hasta se reconoce que un imperioso rigor formal contrabalancea
la disolución semántica
[27]
.
El discurso de
este nuevo género Fatrásico es esencialmente
un discurso de la violencia, semejante a aquél del dervé en el Juego de
la Locura
: asesinatos,
engullimiento, destrucción, efusión de gestos, sin olvidar por lo menos en
la Fatrasies
de
la región de Arrás, la escatología y la obscenidad. Pero el no sentido es tal, que la riqueza metafórica o metonímica de las
palabras del dervé desapareció ya que el discurso fatrásico, por su doble discontinuidad
(de frase a frase, de miembro de frase a miembro de frase) es un discurso plano
que sería vano querer semantisar. Sin
embargo, son estas características las que, para algunos pensadores, hacen de éste
nuevo género como aquél de Adam de
la
Halle
, un indicador de la emancipación de la locura respecto
a estos saberes-poderes.
.