Sabemos que el
psicoanálisis de un niño se centra en el jugar; un jugar, que tal y como nos
reveló Winnicott, es un jugando, que
apunta a movimientos, a procesos, a transformaciones, más que a productos
terminados.
Pero lejos de que un juego de niños sea una simplicidad
irrelevante o de fácil acceso –como pareciera significar una expresión tan
usual- no desconocemos las complejidades que supone y el amplio abanico de
interrogantes que plantea, en el contexto de nuestra práctica como
psicoanalistas.
Pero, antes de entrar a
tal contexto, quiero referirme a un sugerente ensayo escrito por George
Bataille[1],
a modo de comentario sobre el libro Homo
Ludens: Ensayo sobre la Función Social del Juego de Johan Huizinga[2].
En dicho ensayo, Bataille elabora un agudo análisis sobre la naturaleza del
juego: el juego, afirma, no tiene finalidad alguna, ni razón, y mucho menos
utilidad. Es decir, su condición de ser es el derroche, y en su esencia está
que nada lo justifique, “salvo la necesidad misma del juego.”([3])
([4])
Bataille cuestiona esa
diferenciación arraigada en el lenguaje, donde el juego sería la contrapartida
de lo serio. Si bien esta misma aclaración la hace Freud en “El Creador
Literario y el Fantaseo”[5],
tal y como aparece en uno de los epígrafes que cité, Bataille le da otros
alcances.
¿Por qué definir al
hombre como un ser que juega no sería algo bien serio?, se cuestiona este autor.
Al respecto plantea que la respuesta, se enlaza al hecho de que está en la
naturaleza misma del juego –cuando es juego y no la comedia del juego- el
subvertir, cuestionar y transformar, el orden establecido. Por ello, el sesgo
devaluatorio, o de franco desdén, con el que suele hacerse referencia a lo
lúdico –entendiendo lo lúdico en su amplio espectro[6]-
no es más que un máscara tras la cual se oculta un profundo temor, respecto a
lo que dicha dimensión implica.
Apoyado en Hegel y la
dialéctica del Amo y del Esclavo[7],
propone que no habría nada más soberano que el juego. De ahí su peligrosidad,
pues lleva implícito en su propia naturaleza, el ubicarse en una posición de
“exclusividad”: por encima del valor de lo utilitario, de lo controlable y por
lo tanto, de lo predecible. En ello radica su poder. Y es ese poder el que busca mitigarse desde ciertas lógicas
discursivas, cuando contraponen el juego (o más extensamente lo lúdico) a lo
serio, a lo importante, o a lo que es valorado bajo condición de someterse a la lógica del
trabajo productivo.
Nada más alejado del
psicoanálisis que las conductas y las propuestas del mundo utilitario. De esa
postura se nutren sus principales detractores. ¿Qué valor utilitario tendría
entregarse a la insensatez de las palabras, a explorar las intrincadas sendas
por donde nos guía una frase, un significante, un sueño o un juego, no digamos
ya un silencio, cuando nada de eso embona en la lógica servil de un mundo
regido por el marketing? ¿Pero, acaso, eso significa que no tenga un valor, aún
si los parámetros de tal valoración sean otros, muy diversos a los autorizados
desde los discursos dominantes?
Por ahora dejaré esa
discusión, para entrar al ámbito de ese derroche –sin aparentes consecuencias- que
trae consigo el jugar de un niño, en el contexto de nuestra práctica.
¿Qué estatuto tiene el
jugar para el psicoanálisis?, ¿En qué consiste la eficacia de la actividad
lúdica?, ¿Qué efectos produce en la constitución del sujeto, y cómo se producen
tales efectos? Intentaré bordear algunas de las implicaciones que estas
interrogantes puedan tener en la clínica.
Parafraseando a Doltò empezaré
por decir que el juego es un trabajo. Pero ¿de qué clase de trabajo estaríamos
hablando, respecto al juego que acciona un niño durante su sesión de análisis? Por
supuesto, no de aquél que excluye el monto de placer que exige lo lúdico. Pero
es un trabajo, es decir, implica un esfuerzo; en todo caso corresponde al
trabajo en una de las acepciones a las que se refiere el diccionario:
“aplicarse en la ejecución de alguna cosa que requiere cuidado o afán” y
curiosamente, el siempre curioso mataburros agrega: “especialmente por aliviar
a otro” Y siguiendo con este juego de acepciones, nos preguntaríamos: si jugar
es un trabajo ¿a qué otro se alivia en el trabajo del juego?
Pero vayamos por
partes.
El juego es un trabajo,
en tanto exige hacer cosas. Es un
accionar que implica un esfuerzo, o dicho de otra manera, un gasto. Un gasto
que, sobre todo, es un gasto psíquico. Pero habrá que agregarle un elemento, que ya señalé más arriba: el juego
es un trabajo cuya condición máxima es generar placer. Y esto vuelve aún más
paradójico el asunto, pues tenemos entonces que lo lúdico siendo un trabajo que
exige un gasto, sólo es capaz de aligerarse a partir de la carga que dicho gasto,
o esfuerzo, supone al psiquismo.
Como toda cuestión de
interés, el juego transcurre en los territorios de la paradoja.
No obstante, es en el
contexto de una sesión analítica donde sus resonancias adquieren una dimensión especial.
Durante la sesión de un
niño que juega, se establece un desorden limitado por la lógica implícita en el
propio juego, donde esta actividad sin aparentes consecuencias despliega sus
elementos – diríamos que prodiga las fuerzas de su sin-razón- frente a un
adulto, el analista, que atestigua su advenir. Diríamos entonces que, aún si se basa en acciones, el juego durante una
sesión, es equivalente a un discurso dirigido a la figura del analista. Un
discurso, cuyos sentidos, éste habrá de decodificar a través de la escucha, transferencias
mediante. No obstante, la cuestión es bastante más compleja.
Sabemos que no todo
niño juega, y que no todo lo que parece juego, lo es. De hecho, una de las
principales brújulas para revisar la gravedad de una perturbación en la
infancia –y no sólo me refiero a los niños- es explorar la capacidad para
jugar, del sujeto en cuestión.
En este sentido, siendo
el jugar equivalente a un decir –quizás al decir del sueño o de la poesía-
habrá que interrogar a esos procesos, situaciones o momentos donde el jugar se
silencia tras la simulación del juego, o su franca ausencia.
La clínica, como
siempre reveladora, quizás nos permita ahondar al respecto.
Se trata de Fénix, un
niño de siete años, de movimientos desgarbados y torpes. Al entrar al
consultorio saca juguetes –de aquí y de allá- que va dejando regados a su paso.
No parece encontrar nada que lo anime a jugar. Muy pronto la habitación parece
un campo de batalla, después de una batalla que yo no sé cuándo ni cómo ocurrió
pues Fénix, al menos por ahora, no parece estar en posibilidad de
escenificarla. Sólo dice que siempre se aburre. Y mientras, lo observo: Descuidado
en su aseo hasta el mal olor, una ligera dermatitis le colorea las mejillas y
prácticamente no mira a los ojos, ni sonríe. Sin embargo, cuando habla lo hace
a gritos como si temiera no ser escuchado. Oigo los balbuceos de su lenguaje
corporal –cierta incomodidad, un malestar impreciso, incluso algo rechazante- quizás
esbozos de una historia temprana, que ha dejado sus marcas en el cuerpo.
Sus síntomas son
antiguos. Su historial como incendiario se remonta a los dos años de edad; lleva
cuatro incendios: todos ocurrieron mientras los adultos, demasiado ocupados, lo
dejaban solo. Se siente atraído por los cuchillos, ha sufrido múltiples
accidentes, se golpeaba a sí mismo, y llegó incluso a caminar por la cornisa de
un balcón de donde el padre llegó justo para evitar una caída fatal. Los incendios cesaron después de cierto
tratamiento psicológico interrumpido, pero ahora provoca otros: peleas con sus
pares, produce rechazo en las maestras, en su entorno familiar. Suele repetir
que es un bueno para nada, un tonto, y que estaría mejor muerto.
Los padres narran sus
dificultades con él desde el nacimiento: Estuvo
a los tumbos los primeros años, dirá la madre, era nuestro apéndice, y lo
llevábamos a todas partes: nunca
estaba en un mismo lugar, aunque básicamente siempre estaba solo, y desde que
empecé a trabajar, agrega, me olvidé
por completo de él.
El padre, un hombre
deprimido, perdió el trabajo al nacer Fénix. Desde entonces, no ha podido
conservar ninguno y es la madre quien funge como sostén familiar.
Al principio, el paso
de Fénix por el consultorio estuvo marcado por su falta de confianza. No
conseguía sostener una misma actividad por más de cinco minutos, y después de
probar gran número de juguetes, solía decir: “siempre me aburro, mejor estaría
viendo mi programa favorito”. Después de un tiempo, el tímido asomo de una
confianza en ciernes lo llevaría a intentar un dibujo o armar algún objeto que le
interesa. Sin embargo pronto se interrumpe y, consternado, terminaba por
sentenciar: “no soy capaz de hacer nada bien.”
Tenemos un niño que
toma juguetes, que intenta dibujar, pero ahí no hay juego, sino algo más que se
impone, evitándolo.
Cuando no hay juego, estamos
frente a un profundo miedo, a una seria obstrucción de lo simbólico que se
pronuncia como una parálisis de la capacidad para poner en movimiento los
significantes del sujeto.
Salir del marco de la
copia, de los seudo juegos hoy tan de moda, -ante los cuales Fénix pasaba
tardes enteras aliviando a los padres de tener que ocuparse de él- le implicaba
un reto que parecía incapaz de enfrentar. No sentía confianza para entregarse a
ello, desistía al primer intento, pues en el fondo intuía que para afrontarlo
tendría que estar dispuesto a desafiar el embate de lo pulsional que sustenta
todo juego sin reglas, toda creación o manifestación de lo lúdico, y Fénix no
ignoraba que su vestimenta emocional, no era lo suficientemente fuerte como
para tolerarlo. De ahí sus repliegues para escudarse en la trinchera de la
impotencia.
Para que haya juego, es
imprescindible que se haya asentado una base de confianza objetal previa. Y
cuando no la hay, es labor del psicoanalista trabajar sobre la posibilidad de
construir un espacio, equivalente al espacio transicional del que Winnicott dio
cuenta con fina inteligencia. Y este asunto, no sólo concierne al psicoanálisis
con niños. ¿Cuántos adultos no llegan a nuestros consultorios, con la sensación
de que sus vidas carecen de sentido, pues están metidos en actividades que no
les causan ningún placer, y sin acceso a
lo lúdico, se van hundiendo en el pantano de la desilusión –incluso cuando
tienen una carrera aparentemente exitosa- y buscan aliviar su malestar existencial con
seudo juegos, que no son más que una especie de “fast foods” para el espíritu?
No hay perturbación que
no se refleje de alguna manera en el jugar: cualquiera sea la edad cronológica
del ser humano que la sufre.
Pero volvamos a Fénix.
Pronto me di cuenta que
para acceder al juego era fundamental construir junto con Fénix, un espacio para
ello. Un espacio que se sostuviera en la confianza en el objeto –que no
destruya ni sea destruido- , como base que le permita tolerar la desintegración
de la identidad que todo juego exige.
Poco a poco, Fénix
intensificó su vínculo conmigo evidenciándose un, cada vez mayor, apego transferencial
a pesar de los obstáculos que los
síntomas de los padres, ponían al proceso: se olvidan de sus sesiones, lo
llevaban tarde, no lo recogían a tiempo, o no vienen a las entrevistas conmigo;
Y aunque a los tumbos, (para usar la expresión de la madre), el trabajo con
los padres y sus deseos filicidas, la constancia del soporte transferencial, y
el inmenso anhelo del propio Fénix por hacerse reconocer, empezó a darle lugar
a lo nuevo.
Un día Fénix me
pregunta si yo veo niños que se portan mal, y si dejo que me destruyan todo. La
expectación en su rostro, lo delata: necesita una respuesta muy clara de mi
parte. Le digo que no. Que no dejo que lo destruyan todo, pero sí dejo que
jueguen, o intenten jugar para expresar las cosas que les son importantes. Y a
veces hay cosas que se tienen que romper para ello, pero hay reglas: no me
pueden lastimar a mí, ni a sí mismos, ni ciertos objetos del consultorio, pero ese
niño puede buscar maneras de decir su enojo, y qué lo hace sentir querer
destruirlo todo.
Fénix parece muy
complacido con esta respuesta, y en cierto momento me preguntará si podemos
encender algunos cerillos, hacer una fogatita para quemar algunos papeles. En
cuanto lo dice corre a esconderse y hace ruidos de estar asustado.
De sólo mencionar la
palabra fuego teme que el cuarto, él y yo misma quedemos hechos cenizas.
Sopeso su pedido. Sé que
se trata de una oportunidad para acceder a algo capital para él, y explorar qué
hay en juego en el fuego[8],
quizás apostando a que se suscite –a
nivel de lo simbólico- algo nuevo; Y no ignoro que acceder a su pedido, implica
un gran riesgo real, posibilidad que, por supuesto, me inquieta. Y no obstante,
accedo. No sin antes explorar, en sesiones subsiguientes, las implicaciones de
abrir tal vía, y preparar el espacio para evitar riesgos innecesarios.
Pronto se instala un ritual,
a través del cual Fénix comienza a acceder a sus propios significantes, empezando
por la posibilidad de “quemar un papelito.” Un papelito asignado desde el
nacimiento: Niño del diablo; lo destruye
todo; bueno para nada, apéndice (de otros); es un infierno, sólo para mencionar
algunos.
La apuesta en juego:
averiguar si podrá salir de la prisión a la que lo someten sus significantes, hacia
un espacio donde su subjetividad pueda moverse con mayor libertad.
En cuanto encendimos el
fuego, Fénix se avocó por completo a su trabajo. Por primera vez se mostraba
concentrado en una actividad, y el tiempo de las sesiones no parecía bastarle:
“quiero venir siempre”, solía repetir. Sin embargo, la voracidad de su demanda señalaba
que pese a su afán y concentración, aquella actividad estaba aún más cercana del
fuego que del juego: ¿puedo quemar todos
tus libros? ¿Y si quemamos el diván, los juguetes? Durante meses fuimos a
tientas sobre la cuerda floja que separa el jugar del acting, cuando sabemos
que el acting por sí mismo, en tanto verdad del sujeto no reconocida, que no
encuentra acceso a la representación, implica un fracaso en la esfera del jugar.
Pero había que seguir
adelante por esta vía, para llevar la apuesta clínica hasta el final y así
averiguar si existía una salida para este sujeto, o al menos, intentar abrir
una que no fuera la caída en el vacío.
En cuanto el peligro acechaba
(es decir, el impulso) Fénix se mostraba
sobre excitado, se desorganizaba y la posibilidad de seguir trabajando se
suspendía, entonces había que recordar las reglas, evocar la función de un tercero,
cuya interdicción (a una pulsión erótico destructiva) fuera capaz de
contenerlo. Y eso funcionaba. Y sólo así aquel fuego, con sus oscilaciones, lanzó
los chispazos significantes que empezarían a guiarnos, con más claridad.
Quemar cosas o aquellos
objetos que él mismo empezó a elaborar apuntaba una y otra vez, a traer de
vuelta lo traumático de un vínculo temprano apuntalado en el odio, y por ende,
interrumpido sin cesar. Pronto empezó a
revelarse la insistencia de un fort-da fallido, en tanto el fort-da,
implica la fabricación de un espacio que
abarca tanto lo externo, como lo interno en relación al vínculo con el objeto. Espacio que posibilita
al niño el simbolizar la separación y sostiene la ilusión del regreso.
El fort-da de Fénix parecía prescindir de la
segunda parte del proceso: es decir, el objeto se va (fort) pero no hay regreso
(da). Lo que se va no tiene cómo retornar, o lo hace tan tarde, que desde la
perspectiva del niño que espera, liberado a la furia de sus pulsiones, el
objeto sólo regresa muerto, destruido, convertido en cenizas.
Verbalizar aquellos
sentidos empezó a abrir nuevas sendas: Fénix comenzó a dar cuenta de saber que
cuando el otro se va, no necesariamente se va todo con él; es decir, el otro no
necesariamente se lleva consigo la posibilidad de la ilusión creativa, de lo
nuevo; la ausencia no dejaba sólo destrucción y desolación tras de sí. [9]
Un buen día pidió unas
crayolas y una hoja, y me aclaró que quería ver cómo funcionaba un experimento:
iba derritiendo la cera hasta crear al centro del papel un espiral de color
rojo, que evocaba una imagen fetal.
Este dibujo marcó
claramente un hito, un punto de llegada y de partida de un proceso que ya
llevaba al menos un par de años.
Muy pronto, la completa
seriedad y cuidado con que Fénix empezó a jugar, no excluía la abierta
expresión y exposición de su ser, tanto en sus dimensiones agresivas, como en
las más amorosas. Empezaron a aparecer pócimas mágicas, ungüentos curativos,
inventos terribles capaces de destruir a los monstruos y a los enemigos, así
como de fortalecer a los héroes de las historias que Fénix empezó a traer.
Aquel fuego inicial atemorizante y peligroso- empezaba a transformarse en el
juego vivo de un pequeño alquimista.
A pesar de la
insistencia parental en no ayudarlo a sostener sus vínculos (cambios de
escuela, mudanzas, interrupciones por viajes respecto a los cuales no daban
aviso), Fénix empezó a dar signos de que su quebrantado narcisismo había
comenzado a integrarse de otra manera. Sus cenizas, se habían transformado en
una imago fetal a partir de la cual empezarían a suscitarse cosas nuevas, que
iban desde la integración de su imagen corporal –aspecto que saltaba a la
vista- hasta su interés creciente por la química, los elementos y sus
transformaciones, y la mitología.
Sabemos que el niño que
entra en juego, entra, por así decirlo, en otra dimensión. Entra en un
territorio absorbente, donde la consigna es sostener una concentración y un tal
alejamiento de la realidad efectiva, que no es posible admitir ninguna
interrupción. Y, sin duda, este estado del jugar implica necesariamente cierto
grado de desintegración de la identidad pues tiene que ver con una experiencia
de lo informe, es decir, de lo está aún por construirse a partir de la propia
creación que el jugar implica. Jugar que, siguiendo a Winnicott, tiene como
telón de fondo, la suma total de la fantasía agresiva y destructiva, en tanto
que la agresión es un motor que suministra una de las raíces de la energía
viviente. .[10]
¿Podríamos hablar de
una patología del no-jugar? Una patología de muchas máscaras –máscaras que
tienden a confundirnos, a despistarnos, con sus habilidades simuladoras, y que muchas
veces guardan entre sus pliegues el sufrimiento de un sujeto silenciado, que el
dispositivo psicoanalítico permite revelar. Y no sólo eso: acceder a la esfera
de lo lúdico tiene sus efectos en la estructura subjetiva, en tanto el sujeto
encuentra oportunidad para moverse de su condición de objeto del discurso a
sujeto de su deseo, en tanto se reconoce a sí mismo –a través de un testigo-
como alguien con poder de creación, de transformación, de subversión de un
orden establecido.
Parafraseando a Freud
diría: donde el aburrimiento y la desilusión era, el juego deberá advenir.
Bibliografía.
Bataille, George. La
Felicidad, el Erotismo y la Literatura. Adriana Hidalgo, Editora. Bs. As.
2004
Doltó, Francoise. En el Juego del Deseo. Editorial Siglo XXI México, 1987
Donzis, Liliana. Jugar,
Dibujar, Escribir. Psicoanálisis con Niños. Homo Sapiens, Editores. Rosario, Arg. 1998.
Freud, Sigmund. El
Creador Literario y el Fantaseo. Amorrortu, Editores. Tomo IX Bs.As, 1989
Kojeve, Alexandre. La
Dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel. Editorial Pléyade. Bs As. 1987
Laplanche, Jean. ¿Hay
que Matar Melanie Klein? En:
Trabajos del Psicoanálisis. Volumen 1 no. 3, 1982
Rodolfo, Ricardo. El
Niño y el Significante. Editorial
Paidós. Bs.As. 1996
Winnicott, Donald. Realidad y Juego. Editorial Gedisa. Barcelona, 1992
El Gesto Espontáneo. Cartas
Escogidas. Paidós. Bs As. 1992