La práctica actual del
psicoanálisis: entre Escila y Caribdis
Josafat Cuevas S.
“Fluctuat nec mergitur”[1] Freud,
refiriéndose al psicoanálisis en 1914
Acabamos el año pasado de celebrar el 150 aniversario del nacimiento
de Sigmund Freud, hemos sido testigos de los homenajes más diversos. Justo es
decir que algunos de ellos nos han evocado una probable escena de un film de
cine negro: un personaje entrega a otro un regalo acompañando su gesto con la
palabra “felicidades”, y después que el otro lo recibe, saca un revólver y
¡Bang!, le dispara a matar en el pecho.
No es una exageración. Esa situación nos pone de lleno en el tema y
título de nuestra intervención de hoy. En uno de los eventos conmemorativos
aludidos recién, escuchamos a cierto psiquiatra psicoanalista –hay que decir
que en algunos medios esta dupla no sólo no inspira las reservas pertinentes,
sino que es un claro signo de prestigio- desplegar con la ayuda de la
tecnología más moderna (cañón le llaman), lo que ubicó como una “revolución
psicofarmacológica”, última de una serie en la que Freud y el psicoanálisis
habrían constituido la segunda. De la primera que el personaje en cuestión
ubicó no puedo decirles nada pues ella se pierde en la noche de los tiempos, y
también en la oscuridad de su alocución.
Quizá no sobre decir aquí que la psiquiatría clásica, aquella que se
sostenía de una riqueza y finura clínicas sin igual, jalonada por los celébres
nombres de Kraepelin, Clearambault, Lasègue, Regis, etc., ha recibido también
su acta de defunción expedida por esta temible “revolución”, tan bipolar como
uno de sus ejes constitutivos: sabemos que a los psiquiatras militantes de tal
movimiento les alcanza con un cómodo jano diagnóstico, en el que colocan sin
problema a cualquier sujeto que se ponga bajo su mira: la esquizofrenia y el
trastorno bipolar. Por supuesto, el remedio farmacológico para uno y otra está
tan definido como aquellas.
Lo anterior nos ayuda a ir delimitando aquello a que nos referimos
con la famosa roca o gruta en la que se ocultaba el monstruo Escila, y que los
valerosos navegantes de los tiempos homéricos debían sortear por un estrecho
pasadizo marítimo sólo para correr el riesgo aún mayor de naufragar en la roca
tan próxima en la que habitaba otro ser no menos terrible llamado Caribdis.
Esta primera roca en la que el psicoanálisis peligra con naufragar,
podemos situarla en relación con un cierto dominio que se deja delimitar bajo
el rubro de lo “psi”: psicología, psicoterapia, psicopedagogía; pero, en
primerísimo lugar: psiquiatría. Aunque el prefijo “psi” -de psique, alma- les
sea común, la psiquiatría pretende derivar su prestigio de un abordaje que
viene en línea recta del discurso y la práctica médicas: iatrós, médico, iatreia,
curación.
La cosa es complicada pues de algún modo el psicoanálisis nació en
ese terreno, sólo que es preciso acotar ahora el modo en que, a la vez que
Freud lo concibió como perteneciendo al dominio de las Natürwissenschafts, las ciencias naturales que se delimitaron de
acuerdo con el precepto fundamental del monismo metodológico del positivismo
comteano, al mismo tiempo rompió con las nosografías psiquiátricas en boga.
Baste recordar aquí el esfuerzo que hubo de realizar para arrancar a la
histeria del marco en que estaba situado, ya como producto de una
“degeneración” constitutiva o consecuencia de una incapacidad -igualmente
genética- para una pretendida “síntesis psíquica”. Lo mismo cabe decir respecto
de su discusión en torno a la demencia
precoz, y su intento por delinear una entidad clínica para la que propuso
el nombre de parafrenia. Y aunque el
peso y la inercia de la nosografía psiquiátrica se resistió a este cambio
propuesto por él, ello no impidió que después Lacan definiera el “campo
paranoico” de las psicosis siguiendo sus pasos.
Y ya que mencionamos a Lacan, citemos estas palabras suyas:
“Decimos, contrariamente a lo que suele bordarse sobre una pretendida ruptura
de Freud con el cientificismo de su tiempo, que es ese cientificismo mismo
(Brücke, Helmholtz, Du Bois-Reymond), el que condujo a Freud, como sus escritos
nos lo demuestran, a abrir la vía que lleva para siempre su nombre”[2].
Es precisamente una actualización de esa problemática acerca de la
cientificidad del psicoanálisis la que orientó a Lacan durante años, aunque su
posición al respecto haya cambiado varias veces. En el escrito “Del sujeto por
fin cuestionado” dice “que el psicoanálisis nació de la ciencia es cosa
manifiesta. Que hubiese podido aparecer desde otro campo es inconcebible”[3].
En cierto momento de su recorrido ubicó al psicoanálisis en el terreno de las
ciencias “conjeturales”.
Pero más que abundar aquí sobre este punto, dejemos consignado mejor
que lo que marca de manera contundente el relevante papel de Lacan en nuestro
campo, es la radical puesta en cuestión de la función del saber en el análisis,
y particularmente en su relación con el lugar del analista y, por tanto, de su
formación, tema de esta Jornada. Al contrario del modelo de formación vigente
ahora y entonces, basado en la idea de una acumulación curricular (que incluya
la “supervisión” de casos es aquí irrelevante), Lacan sitúa la función del
saber, del lado del analista, desde una puesta en suspenso no menos radical: no
hay un saber positivo, ni médico, ni pedagógico, ni filosófico, mucho menos
religioso, que venga en su auxilio en la atópica función de soportar –literalmente-, la
transferencia, cada transferencia que
le es dirigida[4]. Y en
ello no hace sino seguir, por otro lado, la indicación metódica de Freud de
ignorar todo lo que se sabe frente a un nuevo caso.
En esta misma perspectiva podemos situar sus intentos de definir,
más que de determinar a secas si el psicoanálisis es o no una ciencia, las
relaciones de aquél con la magia, la religión y aún la misma ciencia[5].
De más está decir que su posición se ubica en las antípodas de los
diversos dominios “psi” a que hemos aludido antes, los cuales pretenden
sostenerse, y además soberanamente, de una espuria concepción de un saber
bastante difuso y degradado, que está lejos de ser cuestionado en su
conformación, función y uso por parte de un “profesional” apoltronado en una
posición que Foucault no dudaría en ubicar del lado del poder, y por tanto, no
en la perspectiva en la que Lacan insistió en mantener la práctica del
análisis: en una relación, siempre problemática, del sujeto escindido entre el
saber y la verdad.
He aquí entonces al psicoanálisis actual en riesgo de ser diluido y
deglutido por estas diversas prácticas y discursos salvacionistas, que además
proliferan. Tenemos de este lado, entonces, a Escila: tiene el rostro del
Prozac.
¿Y del otro lado del estrecho? ¿Qué temible semblante tiene
Caribdis? Digámoslo de entrada, para desplegarlo de inmediato: el del
“espíritu”.
No son nuevos los reiterados intentos de diluir al psicoanálisis en
prácticas y discursos místicos, mágicos y tarotistas (del cachondeo
sistematizado en terapias de toda laya ni hablamos). Lo que de este costado
abona el terreno tiene que ver con la idea, a todas luces cuestionable, de que,
si los hechos subjetivos no se pueden pesar en una balanza, entonces
seguramente tendrán que ver con oscuras –y oscurantistas- “energías” y nociones
tan etéreas como éstas.
No es raro escuchar que la concepción junguiana es más completa e
“integral” que la reducida visión materialista y “pesimista” de Freud, dado que
toma en cuenta elementos de una pretendida “naturaleza humana” como los de
cierto sentimiento “cósmico”, arquetípico, por el cual el sujeto se religaría
con el todo. Sabemos el tajante distingo que Freud siempre sostuvo frente a
iniciativas de esta índole. Su ruptura con Jung lo atestigua suficientemente.
Incluso hay que añadir que, a nuestro modo de ver, cierto panorama
actual delineado por un hipercriticismo de creencias e instancias –por no decir
instituciones-, que antes funcionaron, si bien siempre de modo problemático,
como continentes de diversas visicitudes humanas no ajenas a la locura –materia
y objeto del psicoanálisis-; este panorama, decimos, es un terreno fértil para
la proliferación de prácticas apoyadas en las técnicas de adivinación más
diversas. Sobra decir que ellas ofrecen un eficaz remedio contra los sinsabores
y dificultades de la vida, al hacer saber al consultante cierto saber ya
escrito en algún lado, el cual le es trasmitido por el médium terapeuta.
Que el psicoanálisis haya sufrido –y sufra- la demanda de acercarse
a esas prácticas y discursos es una cosa, y otra muy distinta que les ceda
terreno.
Hace no mucho apareció un artículo firmado por un conocido
psicoanalista “lacaniano”. Jean Allouch, en el que nos anuncia la buena nueva
de que todos los psicoanalistas, desde el inicio mismo de esta experiencia,
coincidente casi con el despuntar del siglo XX, hemos estado equivocados con
respecto del verdadero objeto de nuestra experiencia: éste ya no debe ser la
“psique”, sino precisamente …¡el espíritu!
Buena nueva acompañada de otra: como todo renacimiento espiritual,
éste implica un rebautizo: lo que -aunque imposible- no dejamos de hacer
cotidianamente, ya no se llama psicoanálisis, sino ¡spichanalyse! En este, como
en otros terrenos, hay quienes están más cerca de la fuente viva de las nuevas
verdades, pues en lengua francesa no suena tan cacofónico como en un improbable
español: spicoanálisis. Y no se piense que la idea de que la experiencia del
análisis es propiedad exclusiva de los francoparlantes está tan alejada del
espíritu –aquí sí- del perpetrador de tal desmesura. Hemos tenido en el pasado
bellos ejemplos en este sentido.
Pues bien, un par de cosas en relación con los “argumentos” que según
ese autor abonan su propuesta. Su eje principal tiene que ver con un “darle
lugar a Foucault”, dado que éste habría realizado una “genealogía” del
psicoanálisis, una de cuyas consecuencias, a lo que parece, sería la de que
este autor, apoyado en ella, invitaría al psicoanálisis a una serie de
“trasformaciones” a las que habría que asentir. Según el citado psicoanalista,
sus colegas, o sea nosotros, no leemos a Foucault por un temor de que “tomarlo
en cuenta implicaría demasiados trastocamientos tanto en la teoría como en la
práctica psicoanalíticas”[6].
El terreno propicio para tomar en cuenta esta invitación es, según él, que el
psicoanálisis, desde hace más de un siglo, “llegó a ya no saber dónde está
parado ni lo que es”[7].
Lo que la aludida genealogía dibuja es que, con el psicoanálisis,
Freud se habría insertado, sin saberlo, en una larguísima tradición de más de
veinticinco siglos de una serie de prácticas que Foucault enfoca bajo los
precisos términos de la epimeleia heautou (cuyo equivalente latino sería la cura
sui): el cuidado de sí.
Desde una perspectiva amplia, es obvio que se puede acordar con esta
formulación, con la reserva de no descuidar lo que el citado analista mismo
señala como al pasar, pero sólo para borrarlo él mismo con las consecuencias
que pretende extraer de ella. Escribe que Freud “al seguir a la histérica,
inventó una inédita manera de cuidar de sí”[8].
Es decir, en lo que sigue de su texto justamente desdibuja ese inédito que señala como propio de la
apertura freudiana. Digamos por qué.
Uno de los argumentos fuertes en los que nuestro autor pretende
apoyar su proposición es el hecho irrecusable, al que ya nos referimos, y con
el cual desde otra óptica podríamos acordar, de que socialmente el
psicoanálisis ha estado a menudo marcado –y ¿por qué no?, también lastrado- por
los diversos discursos y prácticas “psi” que amenazan con diluirlo hacia uno u
otro lado. Desde ese ángulo, y sólo desde ése, pareciera que hay un acuerdo en
que el psicoanálisis puede encallar en esa Escila. Pero el acuerdo se desvanece
cuando vemos que el autor promueve al centro de las diversas prácticas y
ejercicios del cuidado de sí la noción de “espíritu”.
Una de las referencias importantes para el desarrollo que Foucault
realiza sobre este tema, es el libro de Pierre Hadot Ejercicios espirituales y filosofía antigua[9].
Pero aunque ya en su título aparece el término “espiritual”, una
lectura medianamente cuidadosa revela de inmediato que tanto en las profusas
citas de autores antiguos como en su mismo texto, vemos aparecer bajo la pluma
de Hadot no sólo ese vocablo, sino también el de “alma”.
A nadie se le escapa que la enorme distancia cronológica, cultural,
lingüística, que nos separa de las civilizaciones griega y latina hace que sea
sumamente complicado y riesgoso pretender precisar, aunque sea mínimamente, lo
que para alguien de entonces podrían significar las nociones de “psique”,
“ánima” “pneuma”, “espíritu”, etc.
Sin ser nuestro objetivo aquí profundizar demasiado en esa
discusión, precisemos sí un par de cosas.
El término “psique”, vertido al español como “alma”, designaba para
los antiguos griegos cierto principio, no ajeno a las nociones de soplo,
aliento, hálito de vida. Cuando éste faltaba, ocurría la muerte del ser vivo.
Era una noción contrapuesta a la de cuerpo o materia. Los diversos modos en que
ambas cuestiones se implicaban mutuamente y se relacionaban, forman parte de la
historia misma de la filosofía, por la diversidad de posturas mantenidas por un
autor u otro, y posteriormente retomadas por los discursos teológicos,
antropológicos, y más recientemente, psicológicos, no ajenos al suelo en que
Freud inventó el psicoanálisis. Tan es así que ese es precisamente el término
que elige para nombrar su práctica. Volveremos en breve sobre esto.
En cuanto al término “espíritu”, es el que se ha usado con más
frecuencia para verter el vocablo griego “nous”.
Aunque no hay que olvidar lo apuntado antes, acerca de la enorme diversidad y
complejidad con la que términos como éste han aparecido a lo largo de siglos de
elaboraciones de lo más diversas, parece haber una cierta línea que reparte
esta noción de nous más bien del lado
de una realidad o principio de actividad “pensante” e incluso “intelectual”. En
tanto que el término psique, al
definirse como un principio “vital”, estaría por ello más cerca de un registro
“emotivo” y “afectivo”. Ambos, por supuesto, como principios contrapuestos a la
existencia del cuerpo en su materialidad. Insistimos en que la larga historia
de la filosofía ofrece los más variados ejemplos de modos distintos en que se
han propuesto sus mutuas relaciones, interdependencias, e incluso intentos de
resolver lo que en principio aparece como un esquema dualista.
Entonces, volviendo a nuestra discusión, los llamados “ejercicios
espirituales” por Hadot y Foucault, remiten en línea directa a lo que los
antiguos ubicaban bajo el vocablo ascesis (justamente ejercicio). Hay que decir que algunos de ellos podían o no incluir
en primer plano la dimensión del cuerpo, es decir, un aspecto gimnástico, así
como una serie de consideraciones dietéticas (uno de los ejes del libro de
Foucault sobre el uso de los placeres).
Para Hadot es en las escuelas helenísticas donde se puede localizar
más claramente el lugar y la función de estos “ejercicios”. Escribe que para
los estoicos, por ejemplo, la filosofía misma es un ejercicio: “la filosofía
misma no consiste en la enseñanza de una teoría abstracta, menos aún en una
exégesis de textos, sino en un arte de vivir, en una actitud concreta, en un
estilo de vida determinado, que compromete toda la existencia. El acto
filosófico no se sitúa solamente en el orden del conocimiento, sino en el orden
del “sí” y del “ser”: es un progreso que nos hace ser más, que nos vuelve
mejores”[10]. Hay
muchas cosas que se pueden decir a propósito de una formulación como ésta, pero
centrémonos mejor en las consecuencias que nuestro autor psicoanalista,
siguiéndola de algún modo, extrae de ahí.
Es decir, que a partir de cierta constatación general de los
posibles puntos de contacto entre el psicoanálisis inaugurado por Freud y esas
prácticas que, desde la antigüedad atraviesan el helenismo y son retomadas
desde un sesgo mucho más focal y unilateral por Loyola y sus ejercicios
espirituales cristianos (de los cuales nuestro autor pretende resguardarse),
éste despliega una especie de extraña estrategia para convencernos de que,
mucho –y quizás lo esencial- de la invención freudiana está ya presente antes de ella en aquellas diversas
prácticas y ejercicios. Antes de ejemplificar esa estrategia, digamos ya que el
resultado de su proposición consiste lisa y llanamente en una absoluta dilución de la especificidad, no sólo
teórica, dimensión no tal vez la más esencial, sino sobre todo de la radical especificidad del dispositivo analítico,
centrado en la cuestión de la trasferencia, cosa que el mismo Freud, y después
Lacan sobre todo, dedicaron casi todos sus esfuerzos por delimitar.
Esa dilución, abanderada además por la palabra “espíritu” –con todos
los espinosos problemas que ya hemos apuntado- consiste en desdibujar los límites
-problemáticos siempre, ¿por qué no repetirlo?- del psicoanálisis, para
apoltronarlo cómodamente en una larga tradición de varios siglos.
Cito la siguiente afirmación de nuestro autor, pues concentra de
modo ejemplar la estrategia que recusamos: “Lo más cautivante de las aproximaciones que constatamos entre esta cultura
de la preocupación de sí que presenta Foucault y el psicoanálisis es, sin duda,
la manera en que se va a lidiar con lo que se puede llamar “flujo asociativo”. Freud no inventa la asociación libre”[11] ¡¡¡!!! ¿¿¿??? Esperamos que estos signos sean más elocuentes de lo que ni
siquiera podemos intentar trasmitir como asombro frente a una afirmación
semejante[12].
Pero no contento con ello, y quizá para ayudarnos a localizar y
nombrar aunque sea un poco ese nuestro asombro, por no decir pasmo, el autor
añade en nota a pie de página lo siguiente: “Pensamos en Breton: ‘El psicoanálisis, más allá de lo que podría
esperarse, consiguió cargar de sentido penetrable esas especies de
improvisaciones que antes de él uno se sentía demasiado conforme tomándolas por
gratuitas, y les confirió, fuera de cualquier consideración estética, un valor
de documento humano muy suficiente’.”[13]
Lo ilustrativo de esta cita es que revela por su recurso a un
escritor y poeta de la talla de Breton esa misma labor de dilución del
psicoanálisis en prácticas afines de otros campos, algunas anteriores, y otras
posteriores. Bajo la pluma de Breton ello puede consistir en un elogio y
reconocimiento de lo que seguramente acepta como un hallazgo capital de Freud
que lo conecta con experiencias creativas en las que los surrealistas
experimentaron del modo que sabemos. Pero ni las palabras de Breton –cuya
intención no creemos que sea esa- , ni las de nuestro autor, pueden borrar el
hecho, crudamente histórico, de que fue el hallazgo freudiano el que los
surrealistas retomaron para anudar algo de su experiencia y no a la inversa. Y
no decimos esto por un huero prurito de prioridad de los descubrimientos e
invenciones, ni por un purismo vacío que desconocería todo aquello en lo que el
psicoanálisis se toca íntimamente y se traba con las experiencias subjetivas
más diversas entre las cuales el arte ocupa un lugar de privilegio. Pero eso es
una cosa, y otra muy diversa pretender fundamentar la especificidad de la
experiencia y la teoría del psicoanálisis en el vasto territorio de la
filosofía, por delimitado que se pretenda presentar bajo esa consideración y
localización de la tradición de las diversas ascesis –ejercicios-. Ya calificarlas de “espirituales” es una toma
de posición no carente de consecuencias, pues como ya sugerimos, y ahora
enfatizamos, tanto en el libro de Hadot, como en las fuentes antiguas que cita,
esos ejercicios son atribuidos a veces al “espíritu”, a veces al “alma”, de
manera indistinta, incluso por un mismo autor en diversos pasajes.
Pensamos que la cuestión es mucho más compleja. Pertenece a la
historia de la filosofía y también tal vez al horizonte de propuestas
filosóficas más recientes, e incluso contemporáneas, y aún de pensadores (¡?)
como Foucault que proponen algo como una ética basada en la reconsideración y
reubicación de esas antiguas prácticas en la construcción de cierta
subjetividad moderna, entramadas en su caso con la crítica del orden del poder
y por tanto, necesariamente con el orden político.
Pero por entrañable y “cautivante” que pueda ser esa
reconsideración, planteamos nuestro
desacuerdo en la medida en que ella acarrea el desdibujamiento del
psicoanálisis ya aludido, además de proponer, por sugerente, seductora o
disfrazada que sea la forma, que la fundamentación de su campo habría que
buscarla fuera de él mismo, en una tradición o un autor que en cierto momento
de su propia trayectoria le otorga un sitio central.
Por nuestra parte, y en una dirección opuesta a la de nuestro autor,
planteamos que lo que delimita y conforma la experiencia y la teoría del
psicoanálisis –indisolubles aunque ello pueda leerse desde el lugar común-, es
la pregunta siempre abierta y problemática acerca de aquello que Freud habría
llamado inconsciente –ausente como tal del horizonte de la tradición de los
ejercicios, espirituales o no, anímicos o no-. El prefijo “psique” al que Freud
recurre para nombrar la experiencia por él inaugurada, por problemático que
pueda ser y aún aceptando con Lacan que pudiera ser un “residuo religioso” no
puede ser delimitado al margen del enorme esfuerzo de aquél por fundarlo y
fundamentarlo con las diversas nociones que, se quiera o no fue, acuñando,
desechando algunas, reformulando otras: tales la de inconsciente, como eje
organizador, pero también la de pulsión –en la que el registro biológico es
insoslayable-, ¿y qué decir de la trasferencia, nudo del análisis?
Pero no por nada nuestro mismo autor había ya decretado la caducidad
de la metapsicología freudiana[14].
Pero su propuesta espiritual no sólo deja caer lo esencial de la
invención y la especificidad propias del campo del psicoanálisis fundado por
Freud, sino que incluso diluye y confunde los mismos avances de Lacan.
Digamos algo en torno a esto para terminar.
Sabido es que Lacan se reivindicó freudiano hasta el final; pero
ello no constituyó una pose o una bandera política –aunque desde cierta
perspectiva su explícita posición se inserte en el terreno de cierta política
teórica del psicoanálisis-, sino un ejercicio permanente de lectura y puesta a
prueba de las nociones acuñadas por Freud para dar fundamento a la experiencia
del análisis.
Nadie como Lacan, después de Freud, supo leerlo de manera tan
acuciosa para encontrar en sus escritos esa fundamentación que nunca le
escatimó, aunque sus propios avances le hayan hecho en ocasiones –algunas
cruciales- ir más allá o más acá de sus planteamientos.
Hemos citado ya algunos de sus pronunciamientos acerca de la
insoslayable relación del psicoanálisis con la ciencia. Y aunque él mismo se
ocupó de proponer una nueva lectura y articulación de algunas nociones
capitales del corpus freudiano, para
lo cual se sirvió de su ternario real, simbólico e imaginario, eso no anula el
hecho de que esa articulación fue posible por la simultánea delimitación del
campo freudiano.
Podemos discutir –como de hecho ha ocurrido- acerca de la
problemática relación Freud-Lacan, o del destino de algunas nociones freudianas
bajo el tratamiento a que las sometió Lacan, pero no podemos desconocer tampoco
el hecho de que, sea cual sea nuestra posición al respecto, la subjetividad,
nudo de la experiencia del análisis, se sostiene, a partir de cierto momento
del recorrido de Lacan, del anudamiento, siempre singular, de los registros
real, simbólico, imaginario.
Para Lacan no se trató, seguramente, de sustituir, con sus registros, los fundamentos nocionales y técnicos
ubicados por Freud como soporte del psicoanálisis. Su pretensión fue, más bien
la de avanzar en esa fundamentación echando mano de algunas herramientas con
las que él sí contó y Freud no, por meras razones históricas, pero sin negarle,
como hemos dicho, el justo título de haber sentado firmemente sus bases, aunque
ello no excluyese al mismo tiempo su discusión y su posible reformulación.
Y en esta perspectiva, lo repetimos, nunca propuso al psicoanálisis
como una empresa atemporal o concernida por una pretendida “naturaleza humana”.
Siempre lo consideró en el horizonte localizado del sujeto de la ciencia, cuyo
origen ubicó -de acuerdo en ello con Foucault, por ejemplo, entre otros- en el
giro cartesiano. Nada más lejano, en su aproximación a Freud, de un desdén por
los referentes que éste situó ya como sustento, ya como límite, de la práctica
y la teoría analíticas. Por ejemplo la biología; si bien podemos ahora intentar
reubicar la afirmación reiterada por Freud acerca de que un posible avance de
ella podría contribuir a resolver la compleja cuestión de las pulsiones, ello
no alcanza para desconocer el hecho de que en el psicoanálisis el tema del
cuerpo, por delimitado que sea su abordaje bajo la noción localizada de libido,
se encuentra en su centro enraizado en el terreno biológico. Es esa inspiración
y vocación científica de Freud la que Lacan reconoce de punta a punta, más allá
de discusiones bizantinas y hasta teológicas acerca de la “cientificidad” del
psicoanálisis.
Para probarlo, citemos las siguientes palabras de Lacan, espigadas
de entre muchas otras de sus escritos, en las que podemos constatar lo que
acabamos de decir: “No es de ninguna manera que lo imaginario sea para nosotros
lo ilusorio. Bien al contrario le damos su función de real al fundarlo en lo
biológico”[15].
Referencia directa al terreno de la etología, central en su articulación del
registro imaginario.
En cuanto al registro simbólico recordemos que empieza a formularlo
a partir del reconocimiento de la fundación de la lingüística científica
moderna –aunque obviamente más allá del monismo metodológico positivista- por
Saussure, centrado, como lo repite innumerables veces, en el “algoritmo”
significado sobre significante.
En esta misma perspectiva insiste una y otra vez en la
“materialidad” del significante; pero hemos escuchado un avance de nuestro
autor, en una conferencia reciente, en la que, para abonar su lectura
“espiritual”, esta vez de Lacan, nos habla de una “trascendencia” del
significante, pero elidiendo simplemente el hecho irrecusable de que hay en
Lacan, efectivamente, una trascendencia del significante o del simbólico, pero que
dicha trascendencia no la propone con respecto al sujeto, mucho menos al
“individuo” o a una supuesta “humanidad”, sino con respecto de los otros dos
registros: real e imaginario.
Pero es toda esa especificidad de la articulación lacaniana –ternaria-
de Freud la que también queda diluida en ese recurso ambiguo de lo
“espiritual”, promovido por el autor que nos ocupa.
Resumiendo para concluir, no vemos el menor avance –antes al
contrario- en pretender sustituir el problemático prefijo “psi” relativo a
psique, versión moderna de “alma”, por el de “spi” relativo a “espíritu”.
Además de las dificultades que venimos de señalar, y de la dilución
correlativa de la especificidad del análisis que hemos apuntado como central, está
también el hecho de que con ello se abre la puerta, de modo ineludible a una
tendencia nada nueva, desde una perspectiva más amplia, que consiste en querer
acercar la experiencia del psicoanálisis a las más diversas técnicas y
discursos esotéricos, oscurantistas y hasta espiritistas.
En el escrito que hoy nos convoca, Lacan recurre a la narración de
Poe sobre el señor de Valdemar para equiparar el hecho de que éste muera bajo
el trance hipnótico, lo que detiene el inevitable proceso de descomposición de
su cuerpo, con la situación de la IPA que denuncia como igualmente hipnótica
respecto del nombre de Freud.
Pero después de lo que acabamos de decir sobre la situación actual
del psicoanálisis, se nos ocurre que esa imagen resulta ya insuficiente. Y esta
vez es otra narración de Edgar Allan Poe la que parece venir a cuento para
ayudarnos: se trata de “La máscara de la muerte roja”. Para protegerse de la
amenaza mortal de la peste que asolaba cierta comarca, peste cuyo terrible
signo distintivo era precisamente el color rojo de la piel de sus innumerables
víctimas, el príncipe se fortifica en un castillo, rodeado de su corte más
selecta, y pertrechado con los víveres y las condiciones de sobrevivencia más
opulentas que se puedan imaginar; ello con la intención de burlar los temibles
y devastadores efectos de la amenaza.
Un día que, como tantos otros, daba una fiesta de disfraces en su
magnífico castillo, descrito magistralmente por el autor, aparece de pronto un
personaje cuyo rostro está precisamente cubierto con la máscara de la muerte
roja. El príncipe monta en cólera, pues, nos dice Poe, a pesar de su carácter liberal
y aún en ese ambiente de desenfreno, hay cosas y situaciones con las que no se
puede jugar. Tal el tema de la muerte roja. Presa de la ira, el príncipe grita
a su guardia para detener al personaje y desenmascararlo antes de hacerlo morir
ahorcado por su osadía. Pero he aquí que nadie se atreve a tocarlo y el
enigmático personaje avanza impunemente entre la multitud hasta que, al
acercarse revela su terrible identidad: la de la mismísima muerte roja. La
peste había penetrado en el palacio, a pesar de todas las medidas y
disposiciones tomadas para evitarlo.
Concluye Poe: “Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo
dominaron todo”.
México,
D.F., noviembre de 2006