La imposible conciliación entre la mística femenina y el Fantasma masculino.

Lilia Pérez Amador

"...la mujer para el hombre es un síntoma, el hombre para la mujer un estrago". Lacan.

Antes de entrar en la trama de las diferencias entre hombres y mujeres con relación a sus fantasmas y goces, me parece importante definir estos conceptos lacanianos para una mejor comprensión del tema, añadiendo también otros contenidos significativos como son los conceptos freudianos de síntoma y el de “sinthome”, tesis lacaniana que se agrega al nominativo de síntoma.

Me parece preponderante también señalar que si bien el síntoma es lo que a un sujeto le genera sufrimiento y lo que lo lleva a buscar a un analista, el fantasma es aquello que lo consuela, le da placer no obstante también le avergüenza e incluso le asusta, dado que suele estar en contradicción con los valores morales en tanto que es una condición que transgrede es decir, tiene tintes de perversión. Dicho de otra manera el fantasma viene a ser una producción imaginaria que despliega o se pone en marcha en ciertas situaciones que confrontan al sujeto y como decíamos es disarmònico en tanto
puede llevarlo a responder con acciones perversas sin que sea lícitamente un perverso el sujeto, como por ejemplo en el “masoquismo femenino” denominado por Freud, para significar la postura pasiva de entrega incondicional al otro, de las mujeres de su época, actitud que trasciende en nuestra modernidad en muchas madres o padres de familia.

En su texto de 1919 "Pegan a un niño “Freud hace una lectura del fantasma de hostigamiento es decir el fantasma de ser azotado o golpeado, que surge en el sujeto ante el espectáculo de ver golpear al semejante, mostrando la relación entre dicho fantasma y la satisfacción masturbatoria, fantasma común a hombres y mujeres, que pude posicionarlos como proclives a sufrir humillaciones y vejaciones con la fantasía de redención o expiación de culpas.

Con relación al goce, podemos decir que tiene varias definiciones: es la unificación de la libido (pulsiones sexuales) y la pulsión de muerte. Es una condición y al mismo tiempo, una contradicción interna e inherente a la subjetividad de cada uno es decir, su causa no viene de afuera sino de adentro de la subjetividad de cada uno, armado con sus propios significados y significantes. Es un nudo, un núcleo de insatisfacción y dolor y obviamente no tiene nada que ver con placer o con el gozo por el contrario, es una incomodidad o un malestar superlativo, en tanto va más allá del principio de placer, (Freud, 1920) o como lo define Lacan en el Seminario XX: "el goce es lo que no sirve para nada" y es dable añadir , pero detiene, estanca al sujeto en una postura por demás incomoda y sufriente pero conveniente, en el sentido de no enfrentarse al vacío, a la imposibilidad de sus deseos.

Freud fue el primero que se cuestiono acerca del significado de los síntomas de sus pacientes histéricas, antes de eso no se sabía, y aún ahora existen corrientes “psi” que no lo quieren saber o si lo saben lo niegan, de que el síntoma quería decir algo, que es un mensaje cifrado, que no se sabe, que no se conoce, “un saber que no se sabe” ( Mannoni,1984) pero que maniobra como formación del inconsciente es decir, que el síntoma es el significante de un significado reprimido en la conciencia y esto lo vemos cuando el sujeto viene en busca de ayuda, se sabe triste, incomodo, desorientado, sabe que lo que le pasa tiene una significación, pero no sabe cuál, por lo que va en busca de un “Sujeto supuesto saber” como lo denomina Lacan, es decir se dirige a aquel que cree que sabe lo que le pasa, que le dará un sentido a su sufrimiento. Es importante señalar aquí que en psicoanálisis, no se trata de mostrar lo reprimido o como lo dicen algunos pos- freudianos hacer consciente lo inconsciente, esto no basta no se trata de enseñar a vivir a las personas porque nadie tiene esa verdad en las manos, sino de enfrentar al sujeto con su vivir, responsabilizarlo de su goce y llevarlo a que tome una postura ante su fantasma, dejando de culpar a los otros por su padecer.

Ahora bien, si el síntoma es una formación del inconsciente, algo que tiene sentido y conlleva una significación, el “sinthome” en cambio, aparece como desabonado, desabrochado del inconsciente (como en la psicosis) como una estructuración lógica intrincada en sí misma y esto lo observamos en la clínica actual, en aquellos pacientes neuróticos donde no opera la pregunta por lo que les sucede, por lo que les pasa, no hay la implicación de sí mismos en su padecer. Y en este sentido la modalidad con la que se presentan es más bien del orden de un paciente orgánico con un síntoma orgánico es decir, piden que se les quite el síntoma que molesta, el cual conciben como algo ajeno a ellos, algo que viene de fuera de sí mismos, como un ente que irrumpe en su ser y del que no quieren saber nada, ni por qué se ha producido, ni cuál es la significación inconsciente del mismo, y mucho menos la parte que a cada cual le toca es decir, su responsabilidad en el malestar que padecen, por lo que se encuentran en una posición de indiferencia y de imposibilidad para subjetivar su propio conflicto y desde esta coyuntura su demanda es: “Quíteme esto que me estorba (depresión, angustia, miedos), que no es mío, que me llegó de fuera, ( como los virus) esto en lo que yo no tengo nada que ver”

Estos son los pacientes que justamente no se quedan, abandonan el tratamiento o como se dice, se curan en salud, dado que en tanto son escuchados establecen la transferencia necesaria para sentirse aliviados en tanto expusieron sus síntomas y esto les basta, el haber evidenciado su posición de victimas ante el Otro de la transferencia.

Volviendo al tema que nos convoca, respecto de las diferencias en los impases del goce y el fantasma de hombres y mujeres, vamos primeramente a desplegar lo que tiene que decir el psicoanálisis de la sexualidad y lo que de ello se infiltra en la feminidad y la masculinidad de unos y otros.

No es ajeno al desarrollo del tema que aquí nos convoca, empezar por las damas y decir que la sexualidad femenina se formuló tardíamente en el psicoanálisis con Freud, quien desde sus primeros esbozos teóricos no tenía otra manera de pensar a las mujeres sino como histéricas sin embargo fue justamente esta condición que Freud le atribuyó a las mujeres, por lo que a través de sus pacientes femeninas descubrió el método de la asociación libre, los sueños y los actos fallidos y con ello, el nacimiento del psicoanálisis. Cuando quiso teorizar la sexualidad humana, Inicialmente estableció un paralelismo entre los procesos vividos por el niño, y la niña sin embargo, mas tarde sustentó la diferencia existente en dicho desarrollo para cada uno de los sexos, reconociendo el carácter inacabado de estas teorías y argumentando que la vida amorosa en el hombre era más asequible a la investigación, en tanto que la vida amorosa de la mujer era oscura y todavía impenetrable por lo que más tarde en su artículo “Tres Ensayos para una teoría sexual “ argumenta dos causas, una sería: “La atrofia cultural y la otra, la reserva y la insinceridad convencionales de la mujer” (Freud, 1905; 137) Dicho en otras palabras, Freud nos dice que las mujeres de su tiempo mentían modosamente para no evidenciar sus deseos o fantasías en este ámbito tabú de la sexualidad o bien su escasa cultura no les permitía tocar temas tan profundos, por lo que se le dificultó al autor conocer los vericuetos de la sexualidad femenina, sin embargo llegó a algunas conjeturas.

Una de estas conjeturas freudianas es que para las mujeres la asunción de su feminidad, es ciertamente problemática ya que exige un cambio de objeto de amor es decir, virar de la madre al padre y luego regresar a la madre con el fundamento de un reclamo que condicionará un elemento de conflicto en las relaciones madre-hija. A este respecto (Freud,1920), en su artículo “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina” sustenta que la madre es quien inhibe la sexualidad de la hija, en tanto ella como madre tiene a su vez inhibiciones inconscientes con relación a su propia sexualidad, hecho que no solo se acepta socialmente sino que se avala en la comunidad de tal suerte, que es trasmitido a través de las generaciones de mujeres, quienes en lo particular tendrán que superar esta consigna generacional y tomar una postura frente a la vivencia de su sexualidad, ya sea permitiéndose vivenciar el goce sexual o denegándolo.

Durante la etapa fálica en que tiene lugar la masturbación clitoridea, la niña fantasea una seducción de su madre o bien de la niñera, quienes ejercen la prohibición de este acto generando en la niña un resentimiento ante esta frustración que va a tener influencia en su desprendimiento con la madre. Ahora bien, en el caso de que la niñera (en tanto representación materna) llegue a satisfacer su conducta masturbatoria con tocamientos de índole sexual, puede darse una ligazón fantasmática con el objeto sexual femenino, al grado de que en la vida adulta se cuestionen angustiantemente, algunas mujeres, el por qué la fantasía recurrente de probar su sexualidad con otra mujer.

En el caso de que opere la prohibición del goce sexual auto erótico producido por la masturbación en la mujer, se van a desarrollar, de acuerdo con Freud, las siguientes líneas con relación a su sexualidad:

 El alejamiento de la masturbación clitoridea; dicha renuncia se debe a que la masturbación le recordará la castración. Así, el paso hacia el objeto padre se dará con el apoyo de las aspiraciones pasivas.

 El registro de una herida narcisista que como cicatriz puede derivar en un sentimiento de inferioridad, asumiendo la postura masculina (en lo imaginario) y compartiendo con el varón el menosprecio por el sexo en falta.

 Justamente una mayor propensión a los celos cuya fuente supone la envidia del pene, con relación a los privilegios que el varoncito tiene de acuerdo con la educación parental, lo que genera en la niña un sentimiento de inferioridad por la falta de ese cachito extra de carne que marca tan diferente educación y privilegios, y justamente esta falta este no tener ese cachito extra que tiene el otro, el varón, es lo que da origen a toda una serie de reacciones característicamente femeninas relacionadas con esto es decir, con esta ausencia o privación de órgano

Freud encontró que este apego de los niños de ambos sexos hacia su madre en la fase pre-edípica, adquiere mucha importancia para la niña, a diferencia del varoncito, en ella dice Freud, la estadía es más intensa y larga lo que puede condicionar que la niña quede detenida sin lograr una reorientación hacia el padre, que sería lo que abriría el camino a relaciones heterosexuales.

Como podemos ver entonces, esta primera relación estrecha y primordial de los niños y niñas con la madre, será el fundamento de sus vidas psíquicas posteriores y la base de una postura perjudicial o no en las relaciones amorosas, cuyas repercusiones evidenciamos a menudo en la clínica con parejas, toda vez que encontramos vinculaciones asentadas en esta fase pre-edípica, en ocasiones del lado de uno de los cónyuges o incluso, en ambos. Son parejas en las que nos percatamos que no permiten que nada demerite la intensidad del vínculo y de ahí que cualquier objeto real o fantaseado como por ejemplo, los intereses individuales de cada uno, el trabajo, el estudio, la familia de origen, etc. se percibe como un tercero que rompe la diada, constituyendo una verdadera amenaza para este tipo de vínculo tan exclusivo y por otra parte, imposible de sostenerse pues alude justamente a la postura del bebe en brazos maternos, condición que como sabemos tiene caducidad no obstante, parece ser la relación idílica de los amantes que sin embargo no puede re-hacerse.

En su artículo “Sobre la sexualidad femenina” (Freud, 1931) estructura las posibles rutas en el desarrollo de la feminidad, postulando que la niña puede optar por dos vías fundamentales ante el descubrimiento de la diferencia sexual anatómica y con relación al complejo de castración:

1.- Renuncia a la actividad fálica, a la sexualidad en general, llevando una vida ascética (inclinaciones espirituales) y por otra parte, declinación de conductas masculinas, adoptando las femeninas.

2.- Puede establecer un complejo de masculinidad que deslinde en una elección de tipo homosexual como una vuelta a la madre identificándose con el padre y como en ella no opera el complejo de castración ya que no teme perder lo que no tiene, pues... imaginemos el arrojo femenino. (Las itálicas son mías)

En el primer caso, de asumir la niña la feminidad, se toma al padre como objeto de amor, instaurándose en el complejo de Edipo, el cual se resuelve como habíamos dicho de forma incompleta, en el sentido de que no rompe el lazo amoroso hacia este progenitor como vía de realización del deseo de hijo, que oficiaría como sustituto peniano vía la compensación, y así la madre pasa a ser objeto de los celos, lo cual ayuda a que se separe de ella, en tanto rival, y de esta manera la niña deviene en mujer.

Ahora bien, este cambio de objeto amoroso y de pasaje a la feminidad no es tan sencillo, ya que si esta nueva ligazón fracasa o sufre contratiempos puede darse el segundo caso, el de tornar en una identificación masculina y volver a la madre como objeto amoroso, en franca rivalidad con el padre por esta mujer (madre) lo que la orientaría hacia el camino de la homosexualidad femenina.

Como podemos ver entonces esta primera vinculación materna de la niña, con su madre, deja huellas con relación a los destinos de la feminidad y de ahí que Freud nos dice que muchas mujeres eligen a sus maridos de acuerdo con el modelo del padre o lo colocan en el lugar de éste, pero en el vínculo repiten con la pareja su exclusiva relación con la madre es decir, que la impronta de la imago materna primordial determina que en la niña el complejo de Edipo sea una formación secundaria, dado que tiene lugar posterior al complejo de castración porque, mientras que en el niño la resolución del Edipo ocurre gracias al complejo de castración y su correspondiente amenaza de pérdida, en la niña este complejo de castración, esta amenaza de pérdida no resuelve el Edipo sino que constituye la base para éste es decir, que el vivenciar esta pérdida ya realizada, introduce a la niña en el Edipo el cual, como hemos venido diciendo será resuelto en forma incompleta ya que aceptar o negar esta falta es decir, la manera en que vivencia cada niña esta afrenta, redundará en resultados específicos que tienen que ver en el cómo se relacionan las mujeres con esta insignia de falta que a la postre, conlleva a diversas posturas subjetivas del lado de las mujeres.

De aceptar la falta, remarcamos, quedaría enlazada al amor paterno esperando la compensación simbólica sustitutiva a través del hijo, el apellido, el amor, en forma pasiva. De saberse castrada pero no aceptarlo quedaría siempre reclamando el cachito de carne que le faltó y quizás se ubicaría en el lugar de la victima esperando todos los privilegios o dones o incluso las no limitaciones o bien, como habíamos apuntado anteriormente, de acuerdo con Freud, otro derrotero, de negar la falta es decir no sentirse castrada sería un complejo de virilidad que la ubique del lado masculino con relación al deseo y los impases del goce sexual y la producción del amor del lado hombre.

En su texto de 1933, en la 33° conferencia sobre la feminidad, Freud, esboza que la evolución de la feminidad supone dos tareas; a) cambio de objeto amoroso y b) cambio de zona libidinal, agregando que “el enigma de la mujer” se deriva de esa manifestación de la bisexualidad en la vida femenina, en tanto ella cuenta con dos órganos sexuales: el clítoris, análogo al pene o falo y en este sentido un pene deficiente o inacabado, y la vagina, órgano propiamente femenino que remite a la castración.

En este mismo texto menciona que la feminidad se caracteriza por la preferencia de fines pasivos, lo que no alude precisamente a pasividad, ya que puede ser necesaria, de acuerdo con Freud, una gran actividad para conseguir un fin pasivo, lo que el autor relaciona con la agresividad escondida, detenida o controlada que se adjudica a las mujeres, que va favorecer el desarrollo de impulsos masoquistas, pues las tendencias destructoras se vuelcan hacia su interior, dado el impedimento condicionado por la cultura que conlleva a las mujeres a posturas y fines pasivos o como es común llamarlos modositas.

Posteriormente, Freud, plantea que esta contención femenina de impulsos agresivos, puede deberse en parte a condicionamientos sociales pero una mayor medida corresponde a su lugar en la asignación sexual es decir, que en la espera de la compensación paterna, la mujer asume una postura pasiva, por la vía de la seducción más que de la demanda, lo que origina, de acuerdo al autor algunas peculiaridades de la feminidad como son:

♦Un elevado monto de narcisismo que se ostenta en orgullo, soberbia, arrogancia y jactancia de una belleza impasible que pregona como escudo ante la necesidad de ser amada antes que de amar. Este atractivo de mujer, esta belleza casi “natural” atribuida a las niñas suele ser altamente estimado por ellas mismas, nos dice Freud, en tanto supone una compensación posterior de su inferioridad sexual original

♦ Extremada denotación de pudor, cuya intención primaria es cubrir la defectuosidad, la falta de la presencia expuesta (como en el caso del varón) de los genitales.

♦ Por lo general a la mujer se le atribuye poca participación en estudios y descubrimientos científicos a lo largo de la historia de la civilización, pero se le aduce la técnica de tejer e hilar. (Como las arañas) Aquí nos cuestionamos si verdaderamente es así por naturaleza o porque en distintos momentos de la historia de la humanidad se ha vetado la creatividad y el ingenio femenino de muchas formas.

♦ Imputación de un escaso sentido de justicia, relacionado con un superyó más laxo que en el caso del varón; esto relacionado con el predominio de la envidia fálica, como también con el arrojo y determinación de ir más allá de lo establecido ya que no tenemos nada que perder que no hayamos perdido ya.

♦ Adjudicación de una menor capacidad con relación a la sublimación de los instintos (Pulsiones) es más impulsiva, más arrojada, no se mide con palabras, acaso las expulsa en cascada vertiginosa y de esto se quejan la mayoría de los hombres.

♦ Elección del objeto amoroso conforme al ideal narcisista, y relacionado con el inquebrantable lazo amoroso al padre. Aquí nos cuestionamos si esto puede ser uno de los factores de la imposibilidad de la relación entre los sexos desde el momento en que la mujer escoge a un hombre que se parezca al padre y le recuerde a la madre y el hombre una que se parezca a la madre pero que no se la recuerde.

En su retorno a las estructuras Freudianas, como base de sus teorizaciones Lacan, añadió a la observación freudiana sobre lo impenetrable y oscuro de la sexualidad femenina en que se cuestionaba “que quiere la mujer” la pregunta ¿De qué modo gozan las mujeres? (Lacan, 1973) por lo que más tarde dirá que el goce de las mujeres no se restringe al falo sino que involucra un más allá es decir, un plus, un algo más en este goce femenino, que denominó: “la Otra Satisfacción” lo que constituye la satisfacción de la palabra ”Hay un goce de ella, de ella que no existe y nada significa. Hay un goce suyo del cual quizá nada sabe ella misma a no ser que lo siente; eso si lo sabe. Lo sabe, desde luego, cuando ocurre. No les ocurre a todas” (Lacan, J. 1973; 90)

En este mismo seminario XX, ratifica que hombre es, quien se ubica totalmente en la función fálica y mujer, la que no está del todo ubicada en ella. Que quien se coloca del lado hombre, podrá acotar su goce a un tiempo y un lugar mientras que quien se coloca del lado mujer, no localiza en sí misma un lugar del deseo del otro sino que la abarca totalmente, por lo que lo femenino es o se ubica en el lugar en donde la simbolización se vuelve imposible, por lo que más adelante dirá que “…las mujeres son locas, aunque no del todo “(Lacan, 1973:95)

Para hablar de la disimetría hombre-mujer Lacan expone las siguientes fórmulas en las que ejemplifica como se posicionan de un lado o del otro con respecto al falo y la diferencia sexual:

Significado de las nomenclaturas:
Φ (Fi) Significa una función: Tener o no tener el falo
X= Lugar Hombre o mujer
ΦX= Aduce que cualquier x tiene el falo o, no lo tiene lo que referiría negación de la función fálica (castración)
∀x Φx= Todo sujeto es fálico (o todos están bajo el rubro de la castración)
∃x Φx= Existe al menos un x que no tiene el falo. Existe al menos uno que no está castrado: el padre imaginarizado en la histeria (padre mítico de la horda primitiva), o la madre fálica

Como podemos ver las fórmulas de la sexuación se abren en Lacan dos nuevas vías para pensar la diferencia sexual a partir del goce: la lógica del todo y del no- todo, en donde el falo aparece como significante del goce que regula los lugares en que cada sexo va a ubicarse, y así vemos que del lado izquierdo se encuentra el x, lado hombre o posición masculina, en la cual aparece el sujeto dividido y el falo Φ que indica la lógica del todo y la excepción es decir, que en un primer momento, el niño está convencido de la primacía fálica. Para él, tanto hombres como mujeres están provistos del falo, lo que en el matema lacaniano se expresaría así: ∀xΦx. Todo hombre se inscribe en la función fálica.

Retroactivamente el niño se percata de que existe al menos una persona que hace excepción a la regla, para poder hacer la formulación de lo universal. Esto es lo esencial para asumir su propia castración: ∃x Φx, existe al menos uno x para quien la función fálica es negativa, es decir está castrado, no tiene el falo.

Ahora bien, del lado derecho de las fórmulas de la sexuación se encuentra la parte mujer, o la posición femenina. El x que se ubica en la posición femenina esté o no provisto de los atributos de la masculinidad y que puede elegir estar o no en Φx, impidiendo toda universalidad o el no todo es decir, que habrá hombres que estén ubicados en este lado y cuyos atributos masculinos no les estorben ni signifique, que se sientan o vivan como mujeres.

Del lado femenino, en tanto mujer, una parte de sí misma está fuera es decir, no está toda del lado de la función fálica y de su goce, por lo que según Lacan se expresaría como ∃xΦx es decir, no existe ninguna mujer que no esté en la función fálica y por otra parte, ∀xΦx que significa; no toda mujer está en la función fálica, no-todo en la mujer pasa por la castración. La mujer en tanto madre, como sabemos, es el objeto originario y causa de deseo para los dos sexos, y por otra parte, es el Otro para el sujeto y en tanto Otro (A), no existe, dado que no hay Otro del Otro y ese Otro, solo existe en tanto tachado, dividido.

A diferencia de Freud, Lacan no relaciona la feminidad en correspondencia biunívoca con la castración, ya que en la parte de sí misma como mujer, es ahí donde no opera la función fálica, no opera la prohibición que ejerce con su ley el Nombre del Padre, lo que llevó a Lacan a hacer una conexión entre feminidad y psicosis, como lo mencionamos más arriba.

Ahora bien con relación al hombre, (Lacan, 1958) devela la castración del padre; si el padre está siempre en falta, se abre la posibilidad de develar también el semblante masculino del que deben apropiarse los hombres, perfil de potencia, de virilidad, de fortaleza, en una palabra: poder; semblante que al aceptar su falla los desvaloriza ante sí mismos y ante los otros. Para Lacan la posición del varón es difícil, en tanto tiene que cargar con el correspondiente real del significante falo, denotando su potencia (erección) tanto de manera simbólica (presencia, inteligencia, carácter) como imaginaria (fuerza física, riqueza, poder, política, etc.) por lo que en este sentido, establece una articulación entre las preguntas por el padre, la mujer, y el goce, aduciendo que tanto el hombre como la mujer están castrados, y paradójicamente es la castración paterna la que abre dicha posibilidad.

Lo femenino o el lado mujer como posición femenina, existe porque es una parte de la mujer o del hombre, no atravesada por la Función-del-Nombre-del-Padre y de ahí que Lacan diga que del lado de la mujer hay algo que escapa al significante fálico es decir, a lo simbólico, y es esto lo que determina su goce como del orden del más allá de la castración, más allá del falo. Ahora bien del lado hombre este, no todo dentro de la función fálica, de acuerdo con Lacan, estaríamos hablando de un místico, aquel hombre que va más allá de su falo, como el autor nos dice, “… ser macho no obliga a colocarse del lado ∀xΦx (falo). Uno puede colocarse también del lado del no-todo. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico” ( Lacan, 1973:92)

Es importante señalar que la lógica del no-todo planteada por Lacan permite situar a la mujer de manera diferente de cómo Freud la ubicó, con relación a la pregunta “Qué quiere la mujer”, cuestionamiento que Freud situó en el deseo de hijo es decir, un hijo del padre como sustituto del pene que no le otorgo como al hijo varón. Para Lacan en cambio lo que quiere una mujer va más allá de eso, más allá del hijo y más allá del falo. De acuerdo con Lacan entonces, la verdadera feminidad tiene una dimensión de coartada, un algo de extravió, aludiendo con ello a la mascarada de la feminidad donde la mujer va a pretender ubicarse como el significante del deseo del otro siendo lo que no es, o haciendo semblante de falo, efecto de potencia o semblante de, propiciando de esta manera ser deseada al mismo tiempo que amada. En este punto es importante mencionar la asociación de la mujer entre deseo y amor que no es lo mismo para el hombre, aspecto que desarrollaremos más adelante.

En "La Significación del Falo" (Lacan, 1966), reubica la cuestión de la diferencia de los sexos en términos de "ser o tener el falo". La cuestión de lo femenino toma entonces el rumbo del desvío, como habíamos señalado en el párrafo anterior, en donde los caminos para la posición femenina, estarán dados en el orden de tener o ser el falo. En ”El atolondradicho” (Lacan, 1972) dirá “Llamamos heterosexual por definición, a lo que gusta de las mujeres, cualquiera sea su propio sexo” (Lacan, J. 1972;37) Como podemos notar ya en este texto dice las mujeres y no la mujer, por lo que más tarde dirá que “La” mujer, en cuanto castrada no está toda en la función fálica, y por tanto no hay constitución de un todo del que la mujer formaría parte, y es por esta lógica que en este mismo seminario Aún, Lacan dirá, como habíamos señalado, que “ La mujer no existe”

Es importante aclarar que a lo que Lacan apunta no es a que no existieran las mujeres sino que lo que no existe es “La” mujer es decir, aquel significante universal que las unificara como en el caso del hombre cuyo significante fálico es lo que los universaliza como “El hombre” , siendo que en el caso de las mujeres lo que pudiera unificarlas seria la falta, lo que no hay, y en ese sentido, sería la inexistencia; de modo que para no borrarlas, apuntó Lacan, lo mejor sería tomarlas de una por una en la diversidad de lo que no hay, de lo que falta, y de ahí que más tarde declarará por otra parte y yendo aún más allá del espanto de muchos : “No hay relación sexual”, poniendo de manifiesto en este punto que no se refiere a que no existe el coito sino a lo que hace alusión es al goce erótico, al goce del cuerpo y al goce del ser, goce que atañe a cada uno y en donde uno no es responsable del goce del otro porque, incluso si se diera un orgasmo en el coito al unísono, no por ello estaría significando que uno produce el goce del otro o en el otro.

Con relación a la asunción fálica denominada por Lacan como ”no toda” , en el caso de las mujeres, En su texto Posiciones femeninas del ser, (Laurent, E. 1999) nos dice que el goce de la privación, es el goce particular que puede tener una mujer al despojarse del registro del tener, y esto nos hace pensar en ese amor particularmente atribuido a una mujer-madre que “Se quita el pan de la boca para darlo a su hijo” argumentando que las posiciones femeninas del ser, tomadas a partir de la lógica de la sexuación están en referencia a diferentes formas de goce en que se posicionan las mujeres:

En la Psicosis El goce sería: ser La mujer que falta a todos los hombres.- Aquí estaríamos hablando de un imposible, de una ficción de mujer que solo es posible en el fantasma masculino y si una mujer se lo cree, si cree encarnar a La Mujer, esto estaría del lado del delirio psicótico o acaso locura histérica, como aquellas mujeres que se levantan media hora antes que el marido para maquillarse y que al despertar el señor lo primero que encuentre sea su rostro de muñeca perfectamente maquillada y perfumada, de nariz operada delicadamente respingada. Por supuesto que tampoco permiten las vea envejecer o arrugarse en una sonrisa mas allá de mostrar unos dientes perfectos tras cirugía de implantes. ¡Algunas llegan a tal delirio!, desde luego apoyadas por ellos y un buen cirujano

En el masoquismo: sería la fantasía de ser todo para un hombre, toda para él, darle todo, darse toda también. Postura usual que ocupan muchas mujeres aún hoy día, en su idea de lo que es un verdadero amor, concepto transmitido a través de generaciones de mujeres como el ideal de una buena madre-esposa pero sobre todo, madre y de ahí que muchas terminan convirtiendo a su marido en un hijo es decir “hacen al hombre”

El Superyó femenino dirigido a los hombres: sé todo para mí, sé el Otro del Otro, o como dice Laurent: “Canto de las sirenas” Aquí encontramos a las mujeres castradoras en más de un sentido con el hombre, aquellas que creen merecerlo todo y embaucan a un hombre que les rinda pleitesías toda la vida y no solo por su real belleza- Ahora, ¿existen hombres en esta postura de servilismo ante una mujer? ¡Por supuesto que sí!, por lo que en este tipo de vínculos encontramos la doña que se impone sobre el “varón domado”

La verdadera posición femenina “Ser el Otro sexo, el que no se define como Lo Uno, representante de la alteridad radical. Se trata de ser el Otro para un hombre, que no se define por tener un objeto sino por ser el Otro sexo, alteridad que abre las vías de un goce no fálico, que interroga al hombre y divide a una mujer” (Laurent. 1999; 85)

De acuerdo con el autor, en esta posición están hombres y mujeres y en el caso de la mujer, “el hombre sirve de relevo para que una mujer se convierta en otra de sí misma, como lo es para él” ( Laurent, 1999; 86) por lo que en “La disparidad en el amor” (Laurent, 2006) plantea que del lado femenino viene el goce de la palabra pero que esto no significa hablar para no decir nada sino que es necesario que eso, el amor, hable para gozar porque para ella, la palabra de amor, le posibilitará en el mismo punto donde la palabra desfallece, alcanzar su propio goce enlazado al amor, por lo que advierte que del lado del hombre, se encuentra la amenaza, la angustia de castración, y del lado de las mujeres, “…la certidumbre de saber lo que se quiere, simplemente con una amenaza muy particular, que a la mujer le es necesario el amor del otro, aquél de quien va a extraer lo que le falta…” (Laurent, E. 2006; 15), y en consecuencia el lado femenino está fijado a un objeto y a la presencia de la angustia y de ahí la vulnerabilidad de los sentimientos en el discurso femenino, evidenciado por el llanto fácil que avergüenza a muchas mujeres y que algunos hombres interpretan como chantaje o manipulación, hecho que sin estar del todo equivocados tampoco constituye por supuesto una regla.

Siguiendo a este autor, decimos que define el falo como el significante del deseo, significante de la falta, con lo cual ser el falo sería encarnar, personificar aquello que al otro le falta, aquello que puede despertar su deseo. Esta posición en la mujer, como sabemos, está marcada por la “mascarada femenina” , dónde como habíamos señalado con anterioridad, la mujer hace de su cuerpo el falo y se ofrece al otro como objeto de deseo. "El peinado, las joyas, el vestido, el perfume son los ropajes esenciales que bordean este agujero. Envoltorio de una vacuidad, la vestimenta de lo femenino trata indefinidamente si no de dar una respuesta, al menos de hacer mascarada a una cuestión insoluble...” (Pommier, G. 1995; 35).

Ahora bien, ubicarse en este lugar de ser el falo, la causa del deseo para el otro, no es sin consecuencias, ya que las mujeres que se ubican totalmente o solamente en esta postura, corren el riesgo de cierta fragilidad con relación a la vivencia de fragmentación corporal es decir, están más proclives a la pérdida de control, a la falta de identidad o incluso, a la pérdida de límites, lo que nos remite a un deslizamiento entre feminidad y locura, como habíamos apuntado anteriormente con Lacan, siendo evidente muchas veces los estados de “locura histérica”(Maleval, 2003) en que algunas mujeres caen cuando la pareja las abandona o las traiciona, o como cuando se emparentan con un hombre obsesivo al que no logran satisfacer en su deseo, aun colocándose en este lugar, por lo que sufren atrozmente, gozando en el lugar de lo imposible o de la erotomanía (Laurent, 2006).

Yendo un poco más a fondo en esta conjetura, podemos remarcar con
(Lacan , 1973) que hay hombre que pueden ubicarse en este lugar también, de la erotomanía o de ser todo para el otro, sin menoscabo de su identificación como hombres masculinos es decir, hombres en toda la extensión de loa palabra que van más allá del falo posicionándose como no todos en la relación fálica, y dándose todo a una mujer, lamentablemente estos hombres al parecer suelen relacionarse con mujeres que asumen el lugar de tener el falo y son ellas quienes dictan las normas y reglas de una relación en la dialéctica de amo y el esclavo en el despliegue de la relación amorosa.

El tener el falo, como decíamos se asume como característico de la posición masculina, en tanto que el varón debe subjetivar su órgano en un "tener”. Freud argumentó a lo largo de su teoría de la sexualidad, como ya habíamos mencionado, que el varón va a estar siempre traumatizado por esta falta que lo deja expuesto a la posibilidad de perder lo que tiene, fantasma de castración que (Laurent, E. 2006) denomina en su artículo “la disparidad en el amor” tanto como en el de el Fantasma y la mística: fantasma de pérdida en hombre y mística de ser todo para el otro, en la mujer.

Con relacion a la diferencia de tener el falo (pene) del lado masculino, en el sentido de poder o privilegio, de acuerdo con (J.A Miller, 2008) esto tambien correlaciona con tener o no tener derecho a, y en este sentido nos dice: “De la misma forma que hay en torno al falo el brillo del privilegio, hay también la cuestión de la falta de derecho del lado femenino. Eso no quiere decir que el hombre este tan privilegiado por su privilegio. Como decía lacan este privilegio es sobre todo un peso. No tenerlo parece conferir a las cosas de la vida y al propio deseo una perspectiva más adecuada. El hombre queda un poco “embarazado” por su privilegio. Las mujeres pueden “embarazarse” pero el hombre ya está “embarazado” (Miller J.A 2008; 36) Y aquí añadimos nosotros, de por vida, es más, nace embarazado.

De acuerdo con lo que nos dice Miller, podemos comprender entonces esta "angustia de castración", este fantasma de pérdida (imaginaria), ya sea de bienes, dinero, posesiones, mujeres, etc., que siempre acompañará, a quienes se ubiquen en la posición masculina, llevándolos a experimentar cautela, recelo y desconfianza por lo que tienen o han conseguido y no quieren perder y en otros casos, verdadera angustia de perder , llámese: patrimonio, dinero, logros, mujeres, salud, trabajo, etc. Como sabemos, esto parece ser una de las condiciones de la conducta posesiva y control que ejercen algunos hombres sobre quien o quienes consideran suyo: hijos, esposa, auto, posesiones, etc. Es decir, el control y posesión absoluto de todo aquello que este situado en el orden de los objetos fálicos u objetos que conformen el falo (imaginario) en otras palabras, su poder.

En este mismo orden de la angustia de perder, nos cuestionamos si es lo que se presentifica también en las situaciones de enfermedad crónica o de pérdida de empleo, que llevan a algunos hombres a resentirse y celar excesivamente a su mujer cuando ella sale a trabajar para sostenerlo en su padecimiento o problema de desempleo, imaginándose castrados en tanto débiles y postrados y por tanto con la certeza obsesiva y comúnmente infundada, de que su mujer va a buscar otro portador de falo que se erija bien firme en posesiones y logros y en este orden del tener, tendrían también a su mujer.

Ahora bien, de acuerdo con Laurent E., es importante señalar que también con relación al goce de la palabra se marca la disimetría entre hombres y mujeres, evidenciándose en la clínica las quejas de unos y otros en este sentido con el ya conocido rasgo social de que las mujeres hablan mucho y los hombres no quieren hablar ,por lo que ellas se lamentan que: “él no me habla” o, “No me habla lo suficiente”, “Yo hablo, y hablo y él, sólo calla” Y del lado de ellos: “Ya cállate”, “Eso ya me lo dijiste” , “¿Por qué siempre sales con eso?”, “¡Ay, otra vez con lo mismo!” ¿Ya vas a empezar? “Te pones “histórica”, histérica, etc."

Podemos ver aquí la no concordancia, la no relación entre los sexos, en tanto uno es hombre, la otra mujer y sus goces, deseos y expectativas son diferentes. Del lado mujer el goce de la palabra, intentando rastrear en el partener su deseo y si en éste ella está contenida es decir, indagando su deseo cree adivinar qué lugar tiene ella en este; si te afecta, te duele, entonces te importo, me amas; si no dices nada no me contienes no me escuchas, “no te importo”

Del lado de los varones, la clínica con parejas nos muestra que los sujetos ubicados del lado hombre, necesitan silencio para pensar y meditar, por lo que las palabras de quien se ubique del lado mujer, y la presión por que hablen les genera confusión y desconcierto, experimentando al mismo tiempo una urgencia, una demanda de ella porque le resuelva algo en ese momento, lo que no es así y sin embargo esta idea de que se les pide lo que no pueden dar, los repliega y los lleva a la confusión y algunas veces a la culpa, lo que genera a su vez, coraje o desesperación.

Menudo problema entonces, que matiza los singulares des-encuentros al interior de la vida conyugal donde mentes ingenuas dicen que lo que les falta es “mayor comunicación” Y aquí nos cuestionamos ¿Acaso no es suficiente comunicación el que ella hable y él se calle? Claro que si, pues el mensaje aparente para ella es como decíamos: “No me importa lo que dices” ante lo cual muchas mujeres responden con un enojo mayúsculo agravando aún más el problema, dado que por lo común un hombre no aguanta la agresividad femenina, el “bla, bla” de los reclamos, el “ahora no me toques “de la irritación o el enojo. Menudo problema de las posiciones en ser de uno y otro, “que hacen las delicias de la vida conyugal” (Braunstein, 1999; 17)

Ahora bien, siguiendo con la diferencia, tenemos que Laurent, en concordancia con Lacan, nos dice que esta disimetría entre los sexos, marca también distintos estilos de relación amorosa denominando una categoría fetichista para el hombre y una condición erotomaníaca para la mujer, argumentando que el fetichismo masculino permite elegir al hombre ropajes con precisión y en este punto refiere que si la mujer denota fetichismo con las telas no es por la tela en sí, sino por lo que esta representa al envolver su cuerpo que se ofrece como objeto causa de deseo ante la mirada masculina, planteando aquí la necesidad de la palabra de amor para las mujeres, por lo que nos dice que ”La erotomanía es, en un gran porcentaje, femenina (…) El estilo Erotomaníaco, es, que no solamente es él quien me ama, sino que es él quien me habla” ( Laurent, E. 2006; 20)

De esta manera pudiéramos decir que la erotomanía lleva a una mujer a enamorarse de un hombre inaccesible del que espera o bien, está convencida de que éste también la ama, de modo que cualquier señal, el menor signo o rasgo de simpatía, un atisbo de mirada de éste, lo va a interpretar como señal de amor. A fin de cuentas una postura delirante y sin embargo, de acuerdo a diversos autores que siguiendo a Lacan han abordado este tema, tampoco podríamos considerarlo una perversión o psicosis, del lado de las mujeres o de algunos hombres quienes en esta postura más allá del falo, con relación al amor y el goce, entran también en este cuadro Erotomaníaco.

Retomando entonces las posturas del deseo, los fantasmas y fantasías eróticas en los hombres y las mujeres, basados en el fetichismo de ellos y la erotomanía de ellas, nos vamos a encontrar con que del lado hombre eso, goza en silencio Laurent (2006) es decir, que el fantasma opera en silencio y aquí podemos encontrar, de acuerdo con el autor, toda una patología en la masculinidad. “Para decirlo claro: el hombre que no debe ser perturbado por el ruido o por la palabra que, no anda, mientras él está en sus asuntos… si hay palabras, éstas tendrían que formar parte del vocabulario en juego en la sexualidad” (Laurent. 2006; 21), es decir, todo aquel lenguaje que hable de su instrumento, sí, sí, más, qué grande lo tienes ( las itálicas son nuestras) como objeto de goce exclusivo que hace gozar a su partener, y ninguna otra. A fin de cuentas, pudiéramos entonces decir que existe una frágil sensibilidad del lado masculino, y necesariamente también del lado femenino, desde el momento en que “…es que el ser amado hable: háblame. La mujer no puede consentir a la sexualidad sino después de una larga preparación que consiste esencialmente en ser envuelta con palabras” (Laurent, E. 2006; 21) definitivamente como podemos observar, no existe la relación entre los sexos (Lacan, 1973)

En este sentido, (Verhaeghe, 2001) nos dice que en lo que respecta al hombre, si hay un producto típicamente masculino, esto es la pornografía, donde aparece siempre el mismo tipo de mujer, aunque ataviada de personajes ordinarios, la maestra, la enfermera la doméstica, etc., invariablemente con vestimenta reveladora y con senos generosos ordinariamente de silicona; por otra parte, terriblemente seductora y exageradamente deseosa de experimentar el sexo en múltiples formas es decir, la mujer ideal para todo hombre, subordinada, y lujuriosamente ávida del goce sexual que él le pueda proporcionar “En otros términos ella es la perfecta proyección del deseo del hombre ya que como nos corrobora el autor y nos devela la clínica ( ) La sexualidad masculina es visual, está centrada en sus genitales y tiene como finalidad el orgasmo. Después de eso, el hombre guarda su material y se da media vuelta” (Verhaeghe, P. 2001; 26).
Del lado femenino, el autor, asevera que su sexualidad es menos evidente y que no existe una pornografía femenina, aunque si un deleite por las historias rosas, revistas del corazón y otras fotonovelas y series del tipo “Ana y el rey de Siam” “La novicia rebelde” etc., donde el protagonista masculino tiene múltiples formas sin embargo, algunas constantes se desprenden: es un hombre especial no por bello pero si en cuanto a posición, no están comprometidos amorosamente y desde hace tiempo, llevan una vida bastante retirada de lo social y son ciertamente tímidos por lo que desean ser conquistados; por otra parte el autor conviene, que aunque el sexo tiene un lugar en la historia, nunca será un papel preponderante. “De la misma manera que la mujer lujuriosa es la proyección perfecta del deseo masculino, un hombre semejante a ella misma, es la proyección perfecta del deseo de una mujer. Tampoco los fantasmas mutuos son intercambiables. Una mujer no llega a comprender lo que puede atraer a su marido de la pornografía ¡Es siempre lo mismo! Y el hombre no puede comprender lo que ella encuentra en esas historias rosas ¡Es siempre lo mismo! (Verhaeghe.2001;28) Concluyamos entonces, parafraseando nuevamente a Lacan ( Lacan, 1973): "No hay relación posible entre los sexos” y de acuerdo con Laurent tampoco la concordancia entre el fantasma masculino y la mística femenina sin embargo, nos dice Lacan está el amor como el único puente que posibilita los encuentros y el sostenimiento aunque no perenne de los partenaires pero eso, es otra historia que a cada cual le tocará escribir una, dos, o acaso muchas más veces o, ninguna.

Bibliografía
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