PSICOANÁLISIS EN MÉXICO

José Perrés, del Cairo a México
Obituario
Guillermo Delahanty


La versatilidad de Perrés se muestra en su múltiple obra que traza un abanico del psicoanálisis clínico a la epistemología. Sus intereses culturales lo enviaron a incursionar arqueológicamente dentro del ajedrez, del cine, era un hombre el libro. Su autor preferido evidentemente fue Freud y estableció lazos con personajes ilustres como Baremblitt, Suárez, Marie Langer y Kaës. Obtuvo una sólida formación en psicología lo que le permitió indagar en la obra de Piaget. Tal vez el auditorio que conoce nuestro libro compilado de Piaget y el psicoanálisis, tenga la expectativa de que mi disertación trataría sobre nuestro trabajo en colaboración, sin embargo, he decidido incursionar sobre otro tema relacionado con la esfera estética: la ópera.

Permitan una pequeña digresión previamente a focalizar sobre el objetivo de mi intervención. En este sentido me atreveré a mencionar aspectos relacionados con el mundo subjetivo de José. La primera esta vinculada con que fue un hombre de controversia, suscitaba y provocaba dos tipos de reacciones: admiración y aversión. El par amor-odio fue una tensión persistente que lo acompañó durante los años en que nos conocimos. Fue un objeto de escarnio y al mismo tiempo, recibió un reconocimiento notable por su enorme capacidad de producción. Sin embargo es necesario subrayar un fenómeno social de la memoria colectiva con el significado de que para honrar su presencia en este homenaje, he de adherirme a una posición de respeto a su dignidad humana, hablar con la verdad con cuidado y sostén. Con otras palabras, admitir lo amenazante que es mencionar el lado negativo de un personaje que ya no puede defenderse de las interpelaciones. Pero una sugerente interpretación de seleccionarlo inconscientemente como chivo expiatorio era por su condición semita. Sin embargo, me parece que su "desinterés" por la gente no era con un propósito calculado, ni del atropello motivo de queja de sus "víctimas" no era por malicia, sino porque estaba demasiado orientado por una sed excesiva de conocimiento que no le permitía un sano respiro, sino una vida agitada. Su ansia por abarcar todo lo invadió, no pudo levantar a tiempo una saludable barrera protectora. A mí personalmente me preocupaba su estado de ansiedad y por su muerte he de mencionar públicamente como amigo, a quien le hubiese interesado escucharme, porque realmente apostaba a la verdad y a la ética. En rigor, su fallecimiento me provocó una confusión de emociones: el sufrimiento del dolor por la pérdida de mi amigo, con quien compartimos juntas múltiples actividades, reuniones académicas, sociales y hogareñas. El extrañamiento por la pérdida de un autor en la plenitud de su creatividad, de su generatividad, en el doble sentido eriksoniano de crear obras y en su nicho hogareño criar a dos encantadoras hijas Melisa y Nadina, junto con Lolita, compañera de avatares, que con su amor intentaba fijar el ancla a tierra. La otra emoción que me provocó fue de enojo. Realmente me molestó su deceso porque no cuidó su salud. Se dejó atrapar por el torbellino de la adicción al trabajo. Sin embargo, en pocas ocasiones expresaba su sentido del humor como un trovador de chistes, o de un extraordinario jugador de ajedrez. Como compartimos el interés por Sherlock Holmes, le obsequié un libro sobre el ilustre detective inglés y el ajedrez (como anécdota me contó en una ocasión que sí hubiese tenido un hijo le habría puesto el nombre de Sherlock). En el terreno de sus aficiones era sencillo donarle regalos. Un día de visita en una librería, me encontró un libro (estoy convencido que muchas veces los libros surgen entre los estantes para que sean vistos), pues bien, el texto que saltó en cuestión de segundos, me hizo recordar a José, que era un libro destinado para él. Un libro de colección, excepcional y exquisito, que resumía en un instante el crisol de sus intereses lingüísticos y académicos: el título era El sueño y la existencia, el autor: Ludwig Binswanger, el amigo de Freud, en una versión en francés, traducido del alemán al francés por la amiga Jacqueline Verdeaux y, con una introducción y notas de Michel Foucault.

¿Quién fue Pepe para mí? Un colega y un amigo quien sabía escuchar atentamente, posando sus ojos verdes que penetraban el alma y soltando con delicadeza comentarios sobre mis asuntos que le confiaba. Una persona con la virtud de la prudencia, guardando el secreto celosamente.

¿Qué detectaba en Pepe? Detrás de su fachada, de su armazón de intelectual sólido, al estilo que propone Benjamin, a un ser humano vulnerable, frágil, con una mirada melancólica, preocupado por el genero humano. Era un excelente redactor de cartas, pero en ocasiones cuando estabamos juntos levantaba una barrera de silencio y ensimismado, como sí en esos momentos, las ideas ocuparan sus pensamientos. Admito que me conecté empíricamente con su fibra interior.

Después de la digresión me permito centrar mi tema sobre el trabajo de Perrés en la esfera de la música. Voy a contar una anécdota interesante. Cuando organicé la mesa de debate sobre el psicoanálisis y la epistemología, invité a quienes en esos entonces eran representantes dignos por sus estudios sobre el tema y pertenecientes a las diversas escuelas procedentes de Freud e insertos en distintas instituciones académicas y psicoanalíticas. Como organizador del evento planee una reunión preparatoria, en un Restaurante, con el propósito de departir amistosamente entre los invitados y que se conociesen personalmente antes del suceso. Lo que me impresionó de manera agradable, es que el tema de la conversación no fue ni el psicoanálisis ni la epistemología. La plática se centró en el tema de la música. Un vínculo común adicional nos enlazaba. Todos de una manera u otra teníamos relación con este arte específico, yo mismo comprendía el lenguaje en la mesa de los comensales, por mis estudios de armonía y piano: Miguel Kolteniuk, pianista de conservatorio; Pedro Michaca, hijo de músico, interpretaba de oído cualquier melodía que uno tararease, con cualquier instrumento; Nestor Braunstein, melómano conocía con profundidad sobre autores y piezas; y, José Perrés un conocedor especializado en la ópera. Esto lo comprobé empíricamente cuando lo consulté sobre qué área se interpretó en una película de Woody Allen, y sin titubear, mencionó el nombre, el autor, los interpretes y el director.

He leído prácticamente toda la obra de Perrés. Lanzo una sugerencia para que alguno de sus discípulos establezca sus escritos dispersos en revistas y los compile en un volumen o en varios según sea el caso. Una tarea titánica por su enorme producción, que se realice con cuidado y esmero en la edición.

Uno de sus libros que me fascinó fue Freud y la ópera (1985) editado por el Fondo de Cultura Económica. Ambos mantuvimos dos tesis opuestas sobre el interés de Freud por la música. Su hipótesis era que sí le gustaba la música y acudía a las funciones de ópera por ese motivo. Mi suposición es de que era sordo para la música, basado en su epistolario y en autores que lo confirmaban. Para mí, su interés por asistir a la ópera estaba relacionada a su vocación de escritor, a su permanente lectura de los literatos como Goethe, Heine, Schnitzler (su alma gemela), etc. Por fortuna nunca nos convencimos uno al otro de lo contrario.

Aunque el tema de mi disertación no es el comentario sobre el libro de Perrés, sino que mi intención es mostrar una faceta de Pepe en la cual demostró su sensibilidad estética, un estilo literario lírico, sin rodeos, ni abigarrado como sus textos académicos, mostrando en realidad un conocimiento de alguien que gozó como espectador y escucha la ópera.

En esta esfera musical intento analizar algunos artículos puntuales que publicó en la revista Pauta. Un material de difícil acceso para un público amplio. Mi intención es demostrar como enlaza los temas de la ópera con la esfera psicoanalítica. Interpretaciones que denotan delicadeza y pertinencia. Textos en los cuales se deslizan suavemente, con ritmo, cadencia musical, las frases elegidas y elogiosas.

En su artículo "Cherubino o la circulación del deseo en las bodas de Fígaro" (Pauta, # 11, 1984), describe con maestría el contexto el imaginario social y musical de las vicisitudes de la composición de la ópera, desfilan Mozart y Da Ponte, entre otros. Su propósito es analizar a Cherubino, un adolescente hermoso de quien se enamoran las damas de la corte. "Este personaje, deseante y deseado, funciona simbólicamente como el máximo exponente del deseo que circula a través de los personajes, los que se convierten tan sólo en su soporte", encuentra en el espectador el mecanismo identificatorio: la emergencia de su propio deseo adolescente. La interpretación psicoanalítica lo conecta con la forma del aria, el canto y la música. "Es una atmósfera íntima y vaporosa la que crea Mozart, en la que los violines en sordina y la dulzura de los clarinetes introducen difusas pinceladas de color en un clima de ternura que se combina, sin embargo, perfectamente con la excitación y perentoriedad afectiva". Frase que expresa una sensibilidad artística sorprendente. Sensibilidad que lo invita a seleccionar estrofas del aria como "Siento un afecto lleno de deseo que a veces es placer y a veces martirio".

En el artículo "Barbazul o de la curiosidad sexual" (Pauta # 13, 1985), que incorporó ulteriormente en su libro antes mencionado, elabora una interpretación psicoanalítica semejante a la emprendida por Bettelheim sobre los cuentos de hadas. Sin duda es evidente el enfoque interpretativo que asume Perrés, ubicado en ese entonces en el tránsito de Klein a Lacan, pero sobre la base constante de Freud. Este texto lo abordaré desde las vertientes de la música y del psicoanálisis.

Desde el punto de vista de la ópera describe el argumento en un apéndice, texto que dejaremos de lado para centrar el asunto en los personajes. Ariadna, la heroína, exige de la soprano la tesitura de una mezzo en el aria de los diamantes del primer acto, sin embargo, su voz alcanza el tono de la, que significa de la interprete un talento para los sonidos graves. Barbazul, cargado imaginariamente de una sexualidad sádica mientras que en Ariadna entra el juego de la escoptofilia. "La fantasía fundamental que expresa la obra. Se trata de la búsqueda de diferenciación sexual por la que todo ser humano debe atravesar, ya que todo sujeto se constituye psíquicamente en la diferencia". Como sujetos cognoscentes representan la pulsión epistemofilica, "la pasión del saber, la fuerza que empuja al conocimiento". Y es interesante la manera en que nos conduce, con su bagaje cultural al mismo San Agustín. De más está el señalar la riqueza del imaginario social de la atmósfera de la producción de la ópera, de una clasificación de las representaciones en escena, directores, interpretes, tiempos y espacios.

En el último artículo revisado contiene un tinte de corte académico.

"El mito de Edipo en la historia de la música" (Pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical. # 57-58, 1996, p. 152-185). El rastreo de la representación del complejo de Edipo en la ópera. El complejo es motivo de inspiración y de elaboración que por su característica de presentación, conviene remitir al lector para explorar el rico material que complementa desde el arte a otro artículo precedente: "El complejo de Edipo en la obra de Freud" (La nave de los locos, # 9, 1985, p. 11-25), en el cual trazó la trayectoria de la noción del complejo en los escritos del creador del psicoanálisis.

El método es genealógico, explora el encuentro del mito con la tragedia en el epistolario de Freud para conectarlo enseguida con el Edipo como complejo, un asunto psíquico.

En el tratado de la música, su abordaje es arqueológico, comienza con una obertura, develando la inspiración del mito en la obra de los compositores de música en general y de compositores de la ópera en particular, desde el siglo XVII a la actualidad. Ambos textos invitan a sumergirnos en el detalle del descubrimiento de las piezas. Ensayos como guías que nos orientan y nos descubren la rica cobertura cultural de su autor.

Permitan que comparta con ustedes un acontecimiento relacionado con el origen y destino de José Perrés. Soy un testigo histórico de un testimonio biográfico cuando le pregunté ¿por qué su familia emigró a Uruguay y no a otro país? Como el José bíblico habitó Egipto, en efecto, nació en el Cairo en el seno de una familia judía sita en una agrupación francesa. Cuando tenía nueve años, emigraron a América. No obstante que la meta inicial era México, embarcaron en el puerto de Montevideo. Tuvieron que aprender el castellano y obtuvo ulteriormente su matrimonio y su formación profesional. Por razones políticas se asiló en México. Exclamé: "Se cumplió a través tuyo el deseo de tu padre". Él se quedó pensativo y en silencio…

José Perrés, hoy, se encuentra en nuestra tierra milenaria para siempre. En este sentido, expreso un gesto de hospitalidad para nuestro distinguido huésped con una frase de Lévinas, un filósofo lituano, que vivió en Francia, exclamando con palabras llenas de sabiduría lo siguiente:

"¿Abrigar al otro hombre en casa de uno, tolerar la presencia de los sin-tierra y de los sin domicilio sobre un ‘suelo ancestral’ tan celosamente - tan malvadamente- amado, es lo criterio de lo humano? Indiscutiblemente".

17 de octubre del 2000