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U-571, Un submarino que hace agua

Julio Ortega Bobadilla

(U-571. Estados Unidos, 2000. Duración: 116 min. Color).

La trama del filme que nos ocupa es realmente buena. Paradójicamente, la historia se encuentra muy cerca, aunque de manera antinómica, del argumento de cierta pésima cinta cómica (Three Little Sew and Sews, 1938) de aquel grupo de calabazas que se hacían llamar Los Tres Chiflados. En esta vieja película, esos curiosos representantes de la raza WASP (white, anglosaxon and protestant) protagonizaban a tres sastres que se disfrazan de altos oficiales navales a fin de impresionar a sus chicas y, en consecuencia, son asediados por espías nazis que tratan de robar el más nuevo submarino ofensivo de la marina norteamericana (¡un giro cómico más, esta vez: involuntario!).

El guionista y director, Jonathan Mostow, es conocido del espectador por su emocionante thriller Breakdown (1997), donde Kurt Russell es víctima de una excesiva confianza en su Jeep (¡triste metáfora de su Yo!) y de un grupo de resentidos habitantes del desierto americano que secuestran a su mujer y le hacen aparecer como desquiciado.

En esta ocasión, Mostow concibió un drama marino centrado en una batalla atlántica que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial entre las fuerzas aliadas y los alemanes, drama que posee tales momentos de tensión que conducen al espectador a llevar la mano más de una vez a la bolsa de palomitas.

La recreación del espíritu heroico de los marinos que se atreven a sumergirse en las entrañas del océano en esos botes claustrofóbicogénicos, que al parecer ya habían sido imaginados por Leonardo da Vinci, ha sido tema de innumerables películas. En una fecha tan lejana como 1928, el habilidoso Frank Capra filmó Submarine, rehecha en 1937 con el sugestivo nombre de El jardín de juegos del diablo (Devil’s playground). El mismo John Ford hizo su aportación al tema en Submarine (1938), en que puso como capitán al siempre envaselinado George Bancroft, especialista en representar papeles de buen chico. Sin embargo, el género creció con Operation disaster (1951) y Above us the waves (1956), películas inglesas que protagonizaba el digno capitán John Mills. La más famosa de ellas es la segunda, en que bajo la hábil dirección de Ralph Thomas se describen las aventuras de un pequeño submarino inglés encargado de hundir al acorazado de bolsillo Tirpitz (el autor de esta crítica —que también tuvo infancia alguna vez—armó pacientemente un modelo del mismo durante unas vacaciones de la escuela primaria, pegando una a una las infinitas piezas de plástico).
Otros capitanes de submarinos famosos han sido Pat O’Brien; William Holden; James Caan; Curt Jurgens, en el papel de un inolvidable oficial alemán que traba soberbio duelo con el capitán de corbeta Robert Mitchum (The enemy below, 1957); James Gardner; ¡Cary Grant!; Cliff Robertson (inolvidable en Charlie, 1968), Gene Hackman y Walter Pidgeon en Viaje al fondo del mar (1961), que dio origen a una de las más estúpidas series de televisión jamás filmadas, donde la cámara captaba cada quince minutos a los actores arrojándose como trapos dentro del set, sucesivamente a derecha e izquierda, mientras las paredes de cartón del submarino atómico sacaban chispitas y plantaban en los niños la duda de por qué se tambaleaban si supuestamente estaban hechas de acero.

Recordamos como variantes del tema la estupenda comedia ¡Ahí vienen los rusos! (1966), que desvelaba de manera gozosamente irónica el terror de la guerra fría, y Viaje fantástico, del mismo año, con el guapote —según la estética de los años sesenta— Stephen Boyd al mando de una nave microscópica que se interna en el cuerpo humano y crea la oportunidad para que la semidiosa Raquel Welch sea atacada por una turba anhelante de anticuerpos.

No olvidemos, en el límite del género, dos filmes: la costosísima película de Cameron El abismo (1989), donde Ed Harris enfrenta a los aliens en una cinta sumamente espectacular, y Esfera (1998), de Levinson, que nos presenta a un equipo interdisciplinario de especialistas, tan en boga en empresas y universidades, encabezado por el coordinador y psicólogo Dustin Hoffman, quien, a semejanza de esos grupos, se encuentra totalmente despistado y sin idea de qué hacer en una situación crítica.

En el recuento de estos marinos, sería una grosería olvidar a la estrella rutilante del cine: Sean Connery, como Ramius, el viejo lobo de mar, en The hunt for Red October (1990), de John McTiernan, basado en un best-seller de Tom Clancy; allí, traba un combate feroz con Scott Glenn —otro comandante de submarino que no debe olvidarse—, quien al final comprende el gesto de humanidad que anima a su adversario. Ambos actores, en esta lucha soberbia, dejan opacado por completo al supuesto protagonista, el siempre correcto Alec Baldwin.

Mención muy aparte merece el estimabilísimo James Mason, quien encarna a Nemo, el capitán del Nautilus en la magnífica adaptación del clásico de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino (dirigida por Richard Fleisher en 1954), tal y como lo hubiese imaginado el mismo autor, en una memorable película que merecen ver todos los niños. Igual mención cosecha, por supuesto, la cantarina y beatle tripulación de Yellow submarine (1968), que no sólo salva al mundo de los malvados azules, sino que produce uno de los mejores soundtracks de la historia del cine.

Es difícil emitir un juicio sobre cuál de las películas puede representar mejor la cumbre del género. Empero, hemos dejado para el final la mejor de ellas: Das Boot (1981). Hasta ahora, nadie en el cine ha mostrado con tanta espectacularidad y certeza la mezcla de heroísmo y desdicha en la vida de los submarinos como lo ha hecho Wolfang Petersen. Es también quizá una de las películas de guerra más emocionantes y más filosóficas, preñada de un espíritu antibélico, que en un tono casi homérico de resonancias trágicas se atreve a mostrarnos a los jóvenes soldados alemanes como seres humanos que pelean una guerra con apego al deber, sin estar convencidos de ella ni de los oscuros motivos de Hitler, señalemos como detalle curioso que, el único nazi convencido es un mexicano.

Jürgen Prochnow, en el papel de su vida, comanda el submarino de la serie U, que patrulla el Atlántico y el Mediterráneo por un camino de espinas que parece alejarlos de la vida a cada braza. La estrella del film es, pese a los enormes méritos de los actores, el fotógrafo Jost Vacano, que ha creado mediante un manejo perfecto del espacio la claustrofobia y la tensión de esos hombres sumergidos en un verdadero sarcófago. La obra maestra dura 145 minutos en su versión cinematográfica y dos horas y media en la serie televisiva. A lo largo de todo ese tiempo, el espectador sufre y se angustia con los protagonistas al comprender el estúpido horror de la guerra y la miseria de la levedad del ser.

Frente a este panorama, la película de Mostow resulta ser una producción decente, pero modesta, que no alcanza los altos estándares de otras películas del género. El primer problema del film —que evidentemente ha tratado de copiar la laboriosidad de Petersen pero que ha quedado muy por debajo de su maestría— es el trabajo de los actores, que se mueven como torpes marionetas a través del escenario. Matthew McConaughey, en el papel del teniente Andrew Tyler, jamás da la talla de los capitanes que hemos mencionado, y su rostro duro, cual ídolo azteca, no deja asomar ninguna expresión de humanidad. De hecho, en la trama se comenta una y otra vez que no está preparado para dicho papel, cosa que se comprueba a lo largo de todo el film. Su antagonista Bill Paxton hace lo que puede para inyectarle pasión a la cinta, pero el trabajo actoral de ambas tripulaciones es flojo, y hasta el mismísimo Harvey Keitel, vehemente en gran parte de sus películas, se encuentra autocontenido, en una labor que habla de su profesionalismo como actor (fácilmente podría haber eclipsado a todos los demás compañeros del barco) pero que no aporta nada a la película.

Las mejores escenas suceden en la segunda parte de la película, misma que tarda en calentar motores y que naufraga al final como el mismo bote. La larga escena del salón de baile pudo haberse evitado, pues no establece más que el carácter un poco histérico del personaje principal. El caro montaje de esta secuencia es, por otra parte, una copia triste de otras películas de los 40’s que francamente hacen mejor uso de ese tipo de ambientes. Cabe destacar que el hundimiento de la cinta se debe, en muy buena parte, al pésimo soundtrack, que más recuerda al Titanic y a Leonardo di Caprio jugando a volar en su proa, que al dramático ambiente de guerra y desventura que genera un encierro absurdo, largo y tenso. No en balde se trata de una producción de Dino de Laurentis, de esas en las que se nota que las manos del productor han atado la creatividad del director.
Lamentamos mucho que este director de indudable talento haya hecho una película que mucho hubiera ganado con otros actores con más experiencia y más pasión por su trabajo. Su guión es bastante bueno —ya lo hacíamos notar—, pero la cámara se mueve lenta y de un modo que deja bastante que desear, incluso la edición pudo haberse trabajado de manera más fina. El desarrollo de la trama remite a una operación secreta destinada a apoderarse de una máquina de códigos llamada Enigma, que efectivamente existió en la antesala de un mundo en el que la globalidad y la microfísica del poder ligada a ésta, hace que la esfera de información de lo público y lo privado se confundan (¡Salinas!). La maquinita aparece en la trama una y otra vez, sin que por ello se beneficie demasiado el resultado final de la secuencia temática, cuando el codificador pudo haber jugado un papel importante como elemento de tensión en la trama. Desgraciadamente el desarrollo cinematográfico de la película le acerca más a algunas de las más planas producciones de televisión de la compañía Hallmark que al cine, echando por la borda una historia que está basada en hechos tan increíbles como auténticos. Deseamos a Mostow la suerte de encontrar otro productor en su próximo film.

 

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