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“El hombre, expuesto a lo ajeno, lo ominoso, reconoce al terror en su forma más pura y en sus tres esencias primigenias: la invasión, el vacío y la pérdida”

Guillermo del Toro.

El espinazo de un demonio apellidado Del Toro

Julio Ortega Bobadilla

El espinazo del Diablo (México ? España 2001). Color. 106 minutos.

Guillermo del Toro representa una figura marginal dentro del cine mexicano por su trayectoria, obsesiones e intereses singulares que le han convertido en una de las figuras más interesantes y sobresalientes del cine contemporáneo, actualmente se encuentra en la mágica ciudad de Praga, filmando una secuela de nombre Blade 2, que pone nuevamente a Wesley Snipes en el irónico papel de un vampiro cazavampiros, esta vez, con el toque de quien podemos llamar sin reparos, el maestro mexicano del terror.

No debe olvidarse, que su primera película Cronos (1990) fue realizada a contracorriente de los intereses y criterios de los productores nacionales actuales que ?por considerarlo un género difícil?, han desalentado, la producción de filmes de corte fantástico y de ciencia ficción. De hecho, habría razones para evitar el tema, los productos de los años 60’s que abordaron en México el concepto, son en términos generales: patéticos. Lastima a los ojos, su mala factura y el desprecio de sus realizadores por el intelecto y la imaginación infantil.

Las numerosas películas de “Santo, el enmascarado de plata” del inverosímil género de luchadores, son de una comicidad involuntaria que hoy despierta repulsión. Los niños de un ayer más ingenuo, acudíamos en manada a constatar cómo las mujeres vampiros, las brujas, los zombies, Frankenstein, el Dr. Muerte y multitud de otros fantasmas, emplastados de maquillaje, eran fácilmente derrotados en escenarios de cartón por un héroe que por todo arsenal, hacía uso de su musculoso cuerpo inflado por la combinación de muchas tortillas y trabajo en el gimnasio. Ese género decadente, pletórico de escenarios forrados de aluminio de cocina y foquitos de colores, dio lugar a otras muchas desgraciadas aventuras fílmicas kitsch, protagonizadas por superhéroes mexicanos, entresacados de la subcultura de la pobreza: Kalimán, Chanoc, Blue Demon, Huracán Ramírez, El increíble profesor Zovek, Pepito Romay, etc.

Algunos cineastas mexicanos necios, intentaron ejercitar esta clase de cine y dieron a luz, productos que aspiraban a investigar el género y que el tiempo ha condenado ?tal vez por fortuna?, a permanecer enlatados y aparecer, de vez en vez, en funciones de cine a través de la inefable televisión mexicana. Cabe destacar entre tanta basura, la limpieza de dos nombres: Fernando Méndez y Juan López Moctezuma.

Méndez realizó cintas de bajo presupuesto como: Ladrón de Cadáveres (1956), El vampiro y El ataúd del Vampiro (1957), El grito de la Muerte (1958), Misterios de Ultratumba (1958), etc. películas que tuvieron éxito de público nacional (tratado de reencontrar a través de remakes a la vuelta de unos años) y que sólo valen la pena, debido a que, en algunas, aparece Germán Robles interpretando al Conde Karol de Lavud en una actuación de antología que nada pide al mismísimo Cristopher Lee (príncipe de los vampiros) y hubiera merecido el marco de una producción más decorosa. Por supuesto, sobresale la dignidad de estas películas entre filmes inicuos como: La momia azteca contra el Robot Humano (1957) de López Portillo.

Juan López Moctezuma, leyenda indiscutible de la cultura mexicana de los años 70’s, apasionado experto de jazz que educó a generaciones de radioescuchas, dirigió muy poco. La inspirada en Poe: Mansión de la locura (1972) que obtuvo diversos premios en festivales europeos; una historia de vampiros: Mary, Mary, Bloody Mary (1975); la previsiblemente interesante: Alucarda la hija de las tinieblas (1975), aparentemente influenciada por Jodorowsky, llevando en el rol estelar a la guapa y desaprovechada actriz Tina Romero. Cabe mencionar, también, sus últimos filmes: Secuestrada o Trampa Nocturna o Para matar a un extraño (1983) con un reparto de combinación extraña: Angélica María, Donald Sutherland y Dean Stockwell; la atípica en su filmografía y prescindible: Bienvenida María (1987); y la desconocida: El alimento del miedo (1993) basada en una historia popular sobre una tamalera que rellena ? a fin de hacerlos más sabrosos? con carne de niños, los ricos antojitos mexicanos. Los méritos de muchos de estos filmes, quedaron más en sus buenas intenciones que en una pulida factura, merced a ideas interesantes, que no alcanzan en su realización plástica a mostrar en pantalla, las obsesiones y el talento de un director caprichoso y obsesionado en una lucha ?difícil decir si real o supuesta? contra el sistema fílmico mexicano.

Es difícil pensar que una obra como la de Guillermo del Toro se haya gestado de estas cenizas extinguidas, para evolucionar hasta convertirse en la obra original y fascinante que será pronto de culto y que hoy, desemboca en una formidable película de extraño nombre. Este filme, le coloca automática, y más que decorosamente, en un lugar junto a otros autores ?reconocidos por la crítica como especialistas del género?, tales como John Carpenter, Wes Craven y David Cronenberg. A diferencia de éstos directores, su cine se destaca no sólo por proporcionar sustos y descargas de adrenalina al espectador, sino por la calidad poética de sus propuestas que cuentan historias verosímiles y melancólicas en dónde la influencia del terror británico se hace patente en sus imágenes. Los fantasmas, parecieran no ser para Del Toro maléficos seres exóticos a nuestro mundo, pendientes de colarse por una rendija para vengarse de su exclusión del universo de los vivos. Más bien, se trata de un cosmos paralelo de criaturas atormentadas por la soledad de lo infinito y dispuestas a ocupar el sitio que les corresponde entre los vivos.

Dos son las películas que conocíamos de Del Toro:

Cronos, que revivió la carrera del excelente actor maduro Luppi, relanzando su nombre al plano internacional, pesadilla singular dónde se cuenta una historia de vampiros situada en nuestro México moderno que prescinde de los charcos de catsup, y a cambio nos nutre de un terror gótico con un saborcillo a chile xalapeño.

La interesante y bien facturada Mimic (1997), realizada en Hollywood con Mira Sobrino en el estelar y limitada por los estándares de esa industria que forzaron un desenlace convencional, que no dejaba de detallar una inquietante historia de revancha del inframundo de los insectos de la manipulación humana (¡Algunas curas son peor que la enfermedad!), que a pesar de ser exhibida con un éxito moderado, ha posibilitado que el nombre del director circule en la industria del primer mundo.

Esta vez, Del Toro cuenta una historia cargada de melancolía y tristeza, una obra maestra dónde se combinan mágicamente la obra de algunos nombres formidables sin aparente relación: Juan Rulfo, Jean Vigo, M. R. James, Luis Buñuel, y ¡Ernest Hemingway!

La historia de esta película, se remonta al encuentro con los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar en el Festival de San Sebastián de 1994 dónde le habrían ofrecido su ayuda para el día en que quisiera hacer una película en España. Unos años después, Memo del Toro se cruzó en el Festival de Sitges con Antonio Trashorras, quien le dio algunos guiones a leer. Uno de ellos se complementaba perfectamente con un viejo proyecto (¿10 años?) que no acababa de aterrizar, una historia de fantasmas ambientada en la revolución mexicana. De la fundición de ambos guiones, nació El espinazo del diablo, una pequeña obra maestra que cuenta el drama de un huérfano, hijo de una familia acomodada, y su encuentro con un niño fantasma en un ambiente insólito y que Del Toro había planeado originalmente como una historia de fantasmas en la revolución mexicana.

La imaginación mezclada de un español y un mexicano ha construido una historia digna y heroica sobre un internado de hijos de republicanos españoles, que va complicándose para mostrarnos, una situación insólita en la que el materialismo marxista choca contra una realidad invadida por los sueños y la sin razón del vacío, frente a la cual, nada ni nadie prepara. No se pierden esta paradoja, la grandeza de esas figuras que lucharon por sus ideales, en contra del fascismo y la indiferencia de las democracias occidentales.

La historia transcurre al final de la guerra civil española y en un rincón apartado de los campos de batalla en dónde una viuda roja (Marisa Paredes) hace las veces de directora de un orfanato, auxiliada por su enamorado, el profesor Casares (Federico Luppi); una maestra joven (Irene Visedo) con amoríos con un portero resentido y cruel de nombre Jacinto (Eduardo Noriega); y una ayuda de cámara. El ambiente de jóvenes en ese internado nos remite a la magistral Zero de conduit (1933), las imágenes de Del Toro no niegan su inspiración, pero no tocan el mismo tema. De la mano del director, vamos a enfrentarnos con el miedo a lo siniestro y familiar, ya provenga de una bomba congelada pero viva y dispuesta a entregar su mensaje de muerte, o del más allá dónde las almas pueden vagar sin rumbo.

Luppi está sublimado en su actuación de idealista de la ciencia y la razón que lucha contra la ignorancia, desde la ignorancia de lo que efectivamente habita en el corazón humano; el personaje de Paredes proyecta una belleza singular que la equipara a la Tristana que personificó la diosa Denueve; Noriega cumple con creces su papel de villano; e Irene Visedo planta verosimilitud a una mujer que antepone la decencia a una vida sin orgullo. Mención aparte merece el aún niño Fernando Tielve, en un rol de gallardía plena que debería lanzarlo a una carrera actoral por un camino de rosas.

Este es, aunque no lo parece a primera vista, un film sobre la lucha contra la adversidad y la valentía de ciertos hombres que han combatido con lanzas a los mamuts, a los dictadores, o los asesinos. Pareciera que la historia es, también, un reclamo por la supervivencia de la dignidad en un mundo difícil y reacio a valores como la amistad, el amor, y la solidaridad.

Nos encontramos frente a una obra original, de la que esperamos oír mucho más en el futuro.

Por ahora, el resultado de sus empeños, lo podemos ver en Cinemark, a pesar de las mieles de dificultades puestas por los directivos de esta trasnacional. Se trata de la más importante película mexicana de terror jamás realizada, poco importa que sus actores sean casi en su totalidad españoles, este cuento híbrido le debe mucho, casi todo, a Pedro Páramo... reto aún imposible de llevar cabalmente a la pantalla. El relato es, suave y fuerte a la vez, lleno de imágenes estéticas singulares destinadas a demoler los lugares comunes del cine de terror. El fondo de las historias está atravesado por la pasión de vivir, esa fuerza que puede traspasar la muerte y convierte a los fantasmas en seres virtuales atrapados en un mundo al que no pertenecen ya, pero del cual no desean desprenderse. El amor, el deseo y la voluntad de subsistir son las constantes de este guión que brillan cual cristal facetado ofreciendo al espectador un alternativa a ciertas producciones nacionales correctas fílmicamente hablando, pero que no salen de los lugares comunes y procuran imitar en todo al cine español del destape.

Del espinazo de Memo del Toro ha salido una película que no es sólo un filme de horror más, sino una pequeña obra de arte sobre la inquietud y los temores que pueden generarse en un grupo de espíritus encarcelados, poco importa si están vivos o muertos, y su lucha por liberarse ?a cualquier precio?, de la opresión del destino. Este filme ha cumplido con los criterios comerciales hasta poder ser considerada una película taquillera, lo que debe complacer a los productores y también a los espectadores que estaremos pendientes de los próximo proyectos del director, aún y cuando éste decida tomarse con calma las cosas. En una entrevista al diario El País (15/04/01) contesta ante la pregunta por sus nuevos proyectos con mesura y despertando nuestras simpatías:

Planear la vida no funciona. Hay que vivirla. Y una carrera cinematográfica es igual. Yo había jurado no filmar fuera de México y ahora lo que me apetece es rodar en el mundo. Llevo dos años fuera de casa. Sólo sé que me gustaría hacer una película en español o, por lo menos, una producción pequeña para ir intercalando una grande y una pequeña. El cine tiene que ser una aventura.


¡Enhorabuena para el cine español y el mexicano! Gracias, Memo, por desoír los consejos y las críticas bienintencionadas que alguna vez pudieron detener tu carrera. Damos la bienvenida a un nuevo creador del séptimo arte y esperamos que su talento nos regale más, mucho más, de su torcida imaginación.

 

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