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Una tormenta perfecta, una película perfecta

Julio Ortega Bobadilla

(The Perfect Storm. Estados Unidos 2000. Duración: 129 min)

— No nos va a dejar salir.

La cinta de Wolfang Petersen The perfect storm (los nombres propios no deberían traducirse jamás), vuelve con casi veinte años de diferencia sobre los pasos del creador de la magnífica película sobre el mar, la guerra desatada entre los hombres y la adversidad: Das Boot (1981). Está bien, traduciremos: El submarino. La película, dirigida y producida por el alemán, demuestra que la madurez del director nos puede ofrecer más de una sorpresa a partir de ahora. Su interesante concepción panteísta del mundo de que la esencia humana no es otra cosa más que una manifestación de la necedad y carácter caprichoso e inexplicable de la vasta naturaleza nos sorprende. Sus argumentos son ahora unas imágenes perturbadoras e inolvidables y que para los que no sabemos nadar, pueden alejarnos de las aguas profundas del mar para siempre y poblar nuestras pesadillas durante un decenio. Recordemos que ya Platón en el Timeo había juzgado que el mundo es un ser vivo y Giordano Bruno sintió que los grandes planetas eran como animales de sangre caliente, también Képler concibió al mundo como monstruo viviente cuya respiración de ballena correspondiente al sueño y la vigilia producía el flujo y el reflujo del mar.

El público debe acordarse de Petersen por la adaptación cinematográfica —lamentable para tomar en cuenta a Michel Ende— de La Historia Interminable, filme que marcó su debut cinematográfico en inglés en 1984 y que redujo uno de los más maravillosos libros de cuentos infantiles al estilo familiar de Disney con la inclusión sin piedad de muñequitos muppets que hacían semejar al dragón alado —compañero de Atreyu— un perrito french puddle y a la Nada como un alaskan teñido de negro.

También es el autor de la pasable cinta de ciencia-ficción Enemy Mine (1985) que impuso a Louis Gossett un rostro de cocodrilo que uno tiende a recordar cuando lo observa en otros filmes como el de su verdadero Yo. Vino la interesante In the line of fire (1993) cuya silla de director le cedió el siempre puntual Clint Eastwood, para producir un excelente thriller que mostraba que los viejos aún tienen algo que enseñar a los jóvenes. Después realizó Air force One (1997) simple vehículo para que Harrison Ford demostrara lo valerosos que suelen ser siempre los presidentes norteamericanos (¿lo sabrá el joven Bush?). El fracaso de esta cinta en taquilla y la producción de la espantosa Bicentennial Man (1999) —de la cual sólo me atreví a ver los cortos— no auguraban nada de verdad notable hacia adelante, sin embargo, para sorpresa de este crítico las cosas han cambiado y en buena forma.

El equilibrado guión de Goldman y Wittliff basado en un Best-seller de Junger, no ha sufrido la suerte de pasar a manos de un tal James Cameron (aficionado a los desastres) o de directores de filmes como Tornado o El Pico de Dante, que la hubieran convertido en una de esas cintas a las que uno asiste más bien para asombrarse con las imágenes de los efectos especiales o acompañar simplemente a los niños al cine a gozar de un buen fin de semana con palomitas de caramelo.

En su lugar, vemos un filme dramático y compasivo que jamás pierde la atención del espectador y que combina perfectamente la tensión alrededor de los ingredientes: mar, tempestad, miseria y grandeza humana. El género aventuras en el mar tiene una historia larga en el cine y su tema es la exposición de la difícil vida de los hombres apasionados por la basteza del océano y obsesionados por arrancar sus frutos a la naturaleza indómita que representa para ellos un reto de dominio en el que han de afirmar su coraje y valía sin importar el riesgo que conlleve.

Robert Flaherty mostró magistralmente en forma documental en Man of Aran (1934) la dura vida de los habitantes de la costa irlandesa que desafían por unos pocos peces, tempestades y tormentas. Luego vinieron memorables filmes como Mutinity on the Bounty (1935) de Franck Lloyd, dónde Charles Laughton atormentaba a sus hombres con una crueldad inaudita que les empuja a la rebelión, quizá sea más familiar para el lector el remake de Donalson que en 1984 enfrentó a Anthony Hopkins y Mel Gibson en una muy decorosa película que seguro se puede conseguir en el video. Sin embargo, el antecedente más cercano quizá sea Down the sea in ships (1949) de Henry Hathaway (director de varios filmes sobre marineros) dónde Lionel Barrymore es un capitán hecho en la mar que no encuentra en los manuales y libros sobre navegación ninguna utilidad, a despecho de su lugarteniente Richard Widmark y del joven navegante Dean Stockwell.

Recordamos también la impresionante y ahora clásica película de aventuras The Caine mutinity (1954) dónde presenciamos una de las más portentosas actuaciones del capitán Humphrey Bogart quien al enfrentar a Van Johnson lo amenaza diciendo: “Sr. Maryck puede decirle a la tripulación que hay cuatro maneras de hacer las cosas en este barco: la manera correcta, la manera incorrecta, a la manera de la Marina y a mi modo. Si hacen las cosas a mi manera nos vamos a llevar muy bien.” El director de la cinta, Edward Dmytryck pagó —por cierto—, cara su afrenta a la autoridad naval y desafió a los cazadores de brujas comunistas del Comité de Actividades Antinorteamericanas siendo incluido junto con Dalton Trumbo y Biberman en una lista negra de diez personas que debían ser expulsados de Holywood y no filmar nunca más debido al crimen de negarse a denunciar a otros compañeros de la industria fílmica.

La adaptación de la novela de Hemingway El viejo y el mar (1958) del hábil John Sturges con Spencer Tracy a la cabeza no hizo nada para aumentar el interés por este tema, pero demostró que la back projection estaba dejando de tener sentido en el cine.

Después vino Moby Dick (1964) de John Huston que mostraba a un soberbio Gregory Peck (después emulado por Patrick Steward) en el papel de Ahab en un guión del mismo director y de nuestro admirado Ray Bradbury, que no acaba de convencer cuando trata de ajustar la difícil y filosófica novela de Melville a los estándares del cine hollywoodense. La ballena blanca es el objeto inaccesible de deseo y también, la naturaleza indomeñable o el misterio de la creación misma, inviolable e inaccesible a la voluntad humana pero ante el cual el hombre no puede rendirse, simplemente, porque su condición humana se lo impide. El género sufrió entretanto, diversas transformaciones que desplazaron el acento protagónico a las criaturas del mar y llevaron a variantes que van desde Tiburón (Jaws, 1975) y sus interminables secuelas, hasta Free Willy (1993), productos comerciales que adjudican a los peces una inteligencia que ya quisiera más de un director de cine.

The perfect storm es un drama de la vida de mar que muestra a la naturaleza como un animal fantástico desencadenado de sus grilletes naturales y vuelto un Dios rabioso y vengativo en contra de los humanos que viven de explotar sus entrañas. Billy Tyne (George Clooney) es capitán del Andrea Gail, un barco pesquero que ha tocado fondo en sus excursiones marinas y no puede levantarse de la mala racha que le persigue. Su camarada Linda Greenlaw (Mary Elizabeth Mastroantonio) le pide en diversos tonos se deje más bien cuidar y siente cabeza, pero el mar es una obsesión y un desafío que él no puede rehusar y que ya le ha costado antes una familia. La planeada como última excursión del capitán Clooney siguiendo una corazonada de que habrá una pesca sin igual, expone a los tripulantes de la embarcación a las condiciones extremas del fenómeno climático que en 1991 fue llamado: “la tormenta del siglo”. Mark Wahlberg es el lugarteniente del barco en una magnífica actuación que nos expone la valentía, arrojo y pasión que nutre a los hombres de mar y que de seguro le dará más papeles. Destaca también John C. Reilly como un marino avezado que apuesta todo al mar y que ama profundamente a su hijo a pesar de la separación de su familia.

La película expone la vida de diferentes personajes característicos de las costas marinas y su concepción del mundo alrededor de ese monstruo azul, noble y generoso en ocasiones, impetuoso y despiadado verdugo en otras. El film jamás decae a ser un melodrama y la acción en el mar es tensa pero medida, sin bamboleos confusos de la cámara o una edición nerviosa. Siempre los efectos especiales están por debajo de las actuaciones y como un telón de fondo grandioso, pero contenido, de la dignidad y honor que pueden alcanzar algunos seres humanos en situaciones críticas.

 

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