La Femme d'à Côté. Francia (1981). Color 106 minutos.
Me disculpo ante ustedes por mandar hoy un comentario escrito y no compartir en la sala, el intercambio de experiencias y opiniones al final del filme, que son la parte más valiosa de este cine – debate del CPM, que celebra ya más de 10 años de actividad debido al impulso de nuestro querido amigo Pablo España.
Prometo estar la próxima vez con ustedes.
Hablar de esta película, nos obliga en este caso a balbucear ante ustedes algunas palabras sobre su autor, es decir, su director. Nos encontramos ante uno de los últimos trabajos de uno de los más importantes cineastas franceses contemporáneos: Françoise Trauffaut, lamentablemente fallecido en 1984 debido a un tumor cerebral. Se trata de una historia romántica y fatal surgida del corazón como las que siempre gustaron al director, obsesionado con indagar el sentido del amor y la pasión en la vida de los seres humanos.
La propia historia de Françoise, alimenta las tramas argumentales de su películas, al director le tocó ser un niño infeliz, sin amor y descuidado, en ese difícil período de la posguerra en el que Europa enfrentó la crisis económica y las consecuencias de una larga y desoladora época que aún ha dejado cicatrices en aquellos que no la vivimos. Sabemos que desde la edad de 7 años vivió refugiándose, sin metáfora de por medio, en algunos cines haciendo de la máquina de los sueños su realidad, frente a la desolación cotidiana que le esperaba fuera de las puertas de los teatros.
Su encanto y necesidad de ese mundo fantástico del cine, lo convirtió en la estrella de su destino y la cauda de ese esplendor, se refleja en uno de los filmes más extraordinarios realizados en homenaje al 7º arte: “La noche americana” (La Nuit Américaine, 1973), cuyo nombre deviene de la cantidad de iluminación artificial necesaria para que en un foro se simule la luz del día. El acento de dicha película está puesto en ingresar al espectador en el dominio ilusorio del cine, terreno al que accedemos por medio de un pago que nos franquea las puertas a un delirio que hace que el artificio y la fantasía ocupen el lugar de la cosa misma hasta poder llegarla a sustituir por completo. ¿Puede el cine ser incluso más real que la vida? Para Trauffaut lo fue sin ninguna duda y nos legó sus sueños inscritos en celuloide.
A los 14 años, Trauffaut abandonó por estas mismas razones la escuela y tan sólo un año más tarde, fundó un cineclub con algunos amigos que llamó la atención de un influyente crítico de nombre legendario: André Bazin; quien se convirtió en un padre para él, que le ayudó moral y financieramente a lidiar con el mundo, aún en períodos bastante difíciles, como cuando le salvó del arresto por no pagar su deudas o el momento en que salió a cobijarle después de su indecorosa deserción del ejército.
En 1953, Bazin extiende, aún más, su ala hacia su protegido, dándole un empleo como crítico en su revista Cahiers du Cinéma que le llevó a convertirse en un sañudo crítico del cine que se producía en Francia en aquella época. Françoise arremetía, con todo, contra el cine del star system y lo que en esos momentos se llamaba: realismo psicológico, cine con pretensiones de arte, que descuidaba la realización del filme por la inclusión de largos diálogos de acreditados dramaturgos. Los críticos de la revista, un grupo de jóvenes inquietos que serán llamados más tarde “la nueva ola” del cine francés, sostenían con furor un anti-intelectualismo y sustentarán lo que ellos llamarán “el cine de autor” frente a la puesta en escena y la máquina industrial del cine.
De hecho, gracias al azar, dicho movimiento tomó forma. La esposa de su amigo Chabrol recibe una herencia que es aplicada a la realización de dos películas, una de Chabrol que se llama Los primos y otra de Trauffaut y la que le atrajo el reconocimiento internacional: Los 400 golpes (1959) memoria de los difíciles años de una adolescencia marginal, pobre y acosada por la incomprensión de los adultos en la que Jean-Pierre Leaud representa en cierto modo a un joven Trauffaut que veía su futuro incierto, en un paisaje que diversas batallas habían arrasado. El mérito de esta “ola francesa” fue el abordar con franqueza situaciones que durante mucho tiempo fueron tabú y mostrar en su esplendor, la belleza del amor físico.
Cabe agregar, para complementar nuestro comentario, que las intenciones críticas de estos jóvenes se volvieron más tarde en su contra y el star – system se comió a los autores volviéndolos un mito más del cine. De hecho, la película que comentamos es estelarizada por dos luminarias del cine francés como lo son Gerard Deparidieu y la brava Fanny Ardant.
El filme fue desdeñado por la crítica francesa como un mediocre producto que nada nuevo ofrecía al espectador. Esta ceguera obedeció a no ver esta obra como parte del desarrollo perturbador y obsesivo de un autor sobre el tema del amor pasión. En realidad la película hace serie con las preocupaciones de Trauffaut que ya había expresado en la celebrada como su mejor película: Jules et Jim (1962). Allí Jeanne Moreau tiene un ménage à trois con dos amigos que en nombre del amor libre se atreven a jugar con éste y romper las reglas de la sociedad, para encontrar como castigo un final trágico que no se antoja moralizante, sino que revela la dificultad de sobrevivir al amor pasión.
Pero no es la única película de Trauffaut que toca el tema de la imposibilidad del amor y del desencuentro entre seres sedientos de recibir una gota de cariño. También está La piel suave (1964) en la que Françoise Dorlerac se conforma con las migajas que le ofrece su amante (Jean Desailly) y sufre la humillación de ser la otra, hasta que finalmente éste trata de rectificar su camino, para encontrarse rechazado y después muerto por una esposa celosa.
Domicilio Conyugal (1970), Two English Girls (1971) y la mucho más perfecta y conocida Historia de Adele H. (1975) exploran de distinta manera el tema de la posesión de un ser humano por ese sentimiento llamado amor. De hecho ésta última película coincide en temáticas, curiosamente, con el diálogo Fedro de Platón dónde se llegan a confundir retórica y amor como fondo del diálogo y ambas cuestiones son planteadas en el mismo espacio, porque seguramente atañen una a la otra, sin que podamos del todo establecer qué es lo que separa y liga a ambos campos. Platón en ese mismo diálogo concede al enamorado el ser favorito de los dioses e imbuido de una locura, de una manía que puede calificarse de divina, siendo uno de los pocos filósofos que valoran ese rapto positivamente. Adele escribe apasionada cartas que no llegarán jamás a su destino, escribe para sí misma, o para un Dios ciego y sordo que permanece indiferente ante el sufrimiento. Escribe para dejar huella, pero esa huella la borra y, finalmente, la mata.
La llegada de Fanny Ardant al universo quieto y feliz de Deparidieu se asemeja al de un aerolito que cae en picada sobre un campo labrado a punto de ser cosechado. Bernard Coudray es un tranquilo y diríamos satisfecho, padre de familia, que disfruta en la provincia de Grenoble del placer de llevar una vida en regla, hasta que la vecindad de su ex amante le va arrastrando sin que él pueda evitarlo demasiado, para llegar a un previsible final trágico.
La historia es completamente oscura y no podría ser más pesimista. No hay futuro ni salvación para estos amantes, ellos sólo tienen su fuego y éste acaba por consumirlos. Cierto es que la llama de este amor es tan intensa que deslumbra a los implicados ¾y de paso a los espectadores¾ quitándoles todo uso de razón y haciéndolos sujetos de una pasión que paradójicamente les concede poder, porque el amor es un sentimiento que no sólo se sufre pasivamente, sino que también constituye el ejercicio de una afirmación, de una positividad. El uso de la razón es desechado desde el primer encuentro, que los hace víctimas de una voluntad inconsciente que se maneja en términos atemporales y en la que no hay lugar para el pasado. Para ellos, eso que vivieron atrás, ha seguido siendo presente sin perder nada de su fuerza a través de la sucesión diacrónica. El inconsciente es atemporal nos señaló, con justeza, Freud. Y para refrendar este dicho, diremos que el amor al que se ven arrojados por ese inconsciente, tiene la marca de lo edípico, pues busca la emoción de probar el fruto prohibido, pero sobre todo, de lograr la imposible fusión absoluta y sostener, contra las limitaciones del mundo, la negación de la castración que afecta a cada uno de los seres humanos de carne y hueso.
Un personaje clave que hace las veces de bisagra entre ambos personajes, y que parece desempeñar un papel más protagónico que sus mismas infortunadas parejas, es Madame Jouve (Veronique Silver) una dueña minusválida de mediana edad y gran encanto que intenta prevenirlos de que el amor atropella, mostrando a quien quiera verlo, que su cuerpo acusa las huellas del accidente de la pasión, del amor ¾ catástrofe que tanto fascinó a Trauffaut. Inútiles son sus advertencias, ellos no desean ser perturbados por minucias del mundo, cuando lo que tienen entre los dos, es un universo entero que no se detiene en la vida, sino que se ensancha hasta la franja de la muerte. Todos hemos tenido un amor novelesco así y casi todos, hemos retrocedido del borde mismo del precipicio. Estos amantes vehementes que el espectador mira con envidia, fascinación y espanto, preferirán el fuego del infierno a la salvación del pío.
Nuestro autor Trauffaut, parece decirnos que el amor que tanto buscamos en la vida no es más que una invitación a la muerte y al sufrimiento, que la felicidad es efímera y no es posible sino a costa de sudor y sangre.
La posesión por el afecto amor es interpretado de acuerdo al camino corriente que ha seguido la filosofía occidental más clásica que pondera siempre a la razón por encima de la pasión. Para la mayoría de los filósofos, y ya exceptuamos a Platón, el amor es una insensatez fatal de la que nos infectamos como de una enfermedad contagiosa.
De hecho, Descartes, Spinoza y Kant no hacen sino repetir de diferentes maneras que la fundación de la razón y la vida en ella es la premisa de una vida libre y no enajenada, desechando el camino del amor como ruta de liberación para el hombre, quedando éste del lado de la pasión y de la enajenación. El acto de autoconciencia tan caro a ciertos filósofos (Kant, Fichte y finalmente Hegel) que deviene a ser condición de toda realidad es un acto de entendimiento que supone la abolición de toda determinante previa y la asunción de un Yo perceptivo y objetivo que guiado por la razón deviene fundamento universal.
Tenemos razones para pensar que a Freud estos argumentos le parecerían cómicos. El vienés concibe al hombre siempre ligado a los afectos e incluso la propia conformación del entorno estaría ligada a un ejercicio siempre presente de la libido. Para el psicoanálisis el amor y la pasión no son un defecto de una acción superior, sino la base sobre la que se constituyen todos los valores y acciones posteriores. Traducido a otros términos: sólo a través del binomio amor ¾ odio podemos conocer el mundo. Necesitamos de los afectos para relacionarnos con las personas y las cosas, no podemos prescindir de éstos porque son parte esencial de nuestra naturaleza. De hecho la pasión no es negativa de la acción sino la positividad misma que funda la acción, no un obstáculo al conocimiento, sino la base efectiva en la que se puede realizar cualquier acercamiento a la realidad. Así la pasión y los afectos concomitantes, son el principio mismo de toda comunidad y sociedad pues en su afirmatividad son la clave sobre la cual se relacionan los sujetos. Todos estos problemas, por cierto, han sido excluidos de un plumazo por la psicología académica que basa su aproximación al estudio del hombre en los estudios de laboratorio y el método científico tal y cómo se entiende en las ciencias empíricas o duras.
No quiero desviarme demasiado en esta dirección y quisiera volver a la propuesta de Trauffaut de que el amor desemboca siempre en una catástrofe y plantear a ustedes las siguiente preguntas: ¿Es el amor una desgracia siempre?¿Fuera del amor ¾ pasión existe posibilidad de amar? ¿Acaso hay un solo estatuto ontológico del amor?
Les daré una respuesta simple y con esto concluiré mi comentario. No existe una sola manera de amar y el amor, del amor se puede decir algo similar a lo que se dice del Ente: hay múltiples formas de éste... y por supuesto, el amor no tiene que terminar en desgracia, ni suponer primariamente dolor. Si bien es cierto que la ambivalencia no puede ser fácilmente resuelta en la vida de pareja o en una relación de enamorados, también creo que hay maneras de lidiar con ella y vivir sin culpa la posibilidad de estar ligado a alguien con predominio del Eros. El psicoanálisis se pronuncia siempre por la vida y en contra del sufrimiento que aqueja la existencia de las personas. Nos dice que es posible vivir sin tener que cargar con las culpas de los demás, el odio y la carga de pendientes de nuestros padres. Así pues, es posible amar y encontrar medianamente la felicidad sin ideales. El camino para llegar a esta conclusión me ha tomado gran parte de mi vida y un largo, larguísimo camino por el análisis.
El amor, utilizando una metáfora vial, es un autopista con dos rutas que conducen al jardín del Edén o bien al Infierno. A veces confundimos las señales y tomamos una ruta equivocada. La completud total que ofrece el amor ¾ pasión subyuga, pero como todas las promesas que el hombre se hace sobre la felicidad eterna y sin fracturas, conduce siempre a una desilusión que es evitada por los amantes, a veces, a costa de su propia muerte. La vida en común impone la renuncia a buena parte de nuestro narcisismo para crear vínculos estables que conducen a la familia y a la tribu. Esta forma de amar es menos fascinante porque va en contra de ese deseo desenfrenado de completud que habita en los seres humanos, pero constituye, a final de cuentas, la apuesta más segura. No todos pueden elegir. Las historias que de niños vivimos, empujan a muchos de nosotros a tomar una y otra vez el mismo camino difícil de la pasión desenfrenada, que generalmente es un lost highway hacia ninguna parte. La vida es breve y los retornos, desvíos y salidas a ese destino escasean, pero se puede salir... una de esas desviaciones dice: Al psicoanálisis.
Desde hace un rato que tengo la impresión de que la mayoría de las personas viven de manera muy infeliz y eluden su situación con multitud de sedantes y remedios falsos: pastillas para dormir, televisión e internet, religiones new age, curas de sugestión, y un desbocado empuje a la autoafirmación que contradice completamente la división y fractura constitutiva del Yo de la que nos habló Freud al final de su vida.
El pronóstico para el psicoanálisis en este siglo XXI es bastante malo y los psicoanalistas, tal vez seamos una especie en extinción. En una sociedad que cultiva la rapidez (la eficiencia y la eficacia), las personas tienden a pensar dos veces el entrar a una terapia que sin duda es costosa, no tiene objetivos definidos de antemano y no puede asegurar resultados en un tiempo determinado. El consumidor quiere garantías de que paga por un producto que le será beneficioso y le reportará utilidades... de hecho vivimos en una época que nos hace pensar con lógica de máquina la constitución misma de nuestro ser: “Dígame doctor, qué debo de cambiar, cómo puedo hacer para mejorar en mi desempeño, qué hardware o qué software necesito para ser mejor persona”.
Todo esto nos hace cada día nuestras vidas más vacías y mecánicas. El psicoanálisis es una oportunidad para mirarse a sí mismo fuera de estos espejos deformados y al mirarnos desnudos verificar con humildad nuestras imperfecciones.
Con esto quiero decirles que los personajes que interpretan Fanny Ardant y Depardieu se hubieran beneficiado mucho entrando en análisis. Tal vez, habrían sobrevivido a su amor, quizá se habrían alejado uno del otro, con la conciencia de que cada uno representaba para sí la destrucción ¿Quién lo sabe?
¿Y ustedes? Querido público que hoy acude a esta función: ¿Pueden elegir su forma de amar?