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Monografía sobre martillos

Julio Ortega Bobadilla

Martillo para Brujas. Checoslovaquia (1969). Blanco y negro. 110 min. Título original: Kladivo Na Carodejnice. Director: Otakar Vávra.

El escenario de “Martillo para Brujas” es Checoslovaquia  a fines del siglo XVII en el borde de la época clásica y rumbo a la modernidad que aún habitamos. Importan las fechas, porque no pasará mucho tiempo antes de que los inquisidores desaparezcan de casi toda Europa, como efecto de las ideas humanistas de la Ilustración. El casi... obedece a que El Santo Oficio Español sobrevivió hasta prácticamente el siglo XIX. A diferencia del resto del continente, la Inquisición pervivió como símbolo mismo de la monarquía, la fe e identidad española, agreguemos, la defensa tardía de la propiedad feudal. La última ejecución por herejía [1] tuvo lugar en la península ibérica, el 26 de julio de 1826 cuando un pobre maestro de escuela intachable en su conducta de nombre Cayetano Ripoll, fue ahorcado por deísta e impenitente. Su cadáver, encerrado en un barril que solamente llevaba pintadas llamas rojas ¾que simbolizaban a las hogueras originalmente aplicadas a los infieles¾ fue enterrado en lugar profano.

Los dramáticos acontecimientos que no pueden sino horrorizarnos, se refieren a una historia  real en la que el pueblo de Moravia sufrió la pesadilla de los oficios de un inquisidor de apellido Bobling cuyos abusos vemos ejemplificados en el séptimo filme del experimentado cineasta checo Otakar Vávra. Las primeras imágenes, elocuentes y sensuales, nos muestran cuerpos de mujeres descalzadas de toda ropa en el ejercicio gozoso del baño y que en su alegre perfección evocan la codicia, la envidia y el deseo de venganza de quienes carecen de estas virtudes. La juventud, la belleza, la libertad de los cuerpos desnudos y limpios, aparece como estampa de todo lo que debe ser evitado por el temeroso de Dios y que fue visto como marca de incitación al pecado por  los ojos flamígeros de los inquisidores de la Iglesia Católica Romana. Ese rechazo por el cuerpo femenino revela, paradójicamente, una pasión amorosa loca por las mujeres y temor al abismo que ellas representan para el hombre, en el contexto de una sociedad patriarcal que ha tratado inútilmente a través de la historia, de borrar la impresión de la potestad femenina que confiere a las mujeres la maternidad.

En la tradición judeo-cristiana del Antiguo Testamento se nos muestra siempre a las Evas como un puente con lo diabólico. En ese discurso  el hombre está hecho a imagen  y semejanza de Dios y la mujer como un agregado, un artificio, un clon imperfecto sacado de la costilla de Adán. Dios Padre quiere profetas, habla a los hombres y no considera a las mujeres como sujetos autónomos aunque les reconoce estar inclinadas de suyo a la traición: Eva, Lot, Salomé, Judith son algunos de los nombres de esas mujeres equívocas, sensuales y castradoras que rodean a los hombres.

En la película de Vávra vemos aparecer algunos de los aparatos que usaban los inquisidores, Bobling observa los terribles instrumentos con verdadera fruición: son fetiches sadomasoquistas dispuestos para sevicia del magistrado que goza haciendo sufrir a sus víctimas, especialmente si son mujeres. En estricto sentido freudiano el torturador no es sino un perverso que disfraza su miedo a la castración a través del ejercicio de la crueldad que le muestra con el rostro de un Dios omnipotente y salvaje incapaz de temor.

Como hilo conductor de los desenfrenos del juez Bobling, vamos a oír en el filme, sentencias extraídas del manual redactado por los dominicos Kraemer y Sprenger [2] entre los años 1485 y 1486. El impresionante libro del que pude encontrar una edición en español y que es más conocido por los historiadores como el Malleus Malleficarum, es la célebre versión alemana de un manual práctico para combatir la herejía que lleva el sugerente subtítulo de: Para golpear a las brujas y las herejías con poderosa masa. El Malleus Malleficarum ha sido escrito evidentemente por hombres, y parecería ser un tratado de cómo relacionarse con las mujeres, siempre poniéndoles pruebas que demuestren que no son brujas o herejes sino fieles servidoras de Dios y del hombre. Esta obra ha sido tradicionalmente atribuida a dos autores, pero en las primeras ediciones el nombre de Kraemer, también conocido como Enrique Institoris, fue omitido y sólo  apareció por primera vez en la edición de 1490. Estos hombres no sólo fueron inquisidores sino ante todo teólogos y profesores que escribieron otros libros en los que su formación teológica está por encima de todo. De hecho, el libro que Bobling esgrime como arma amenazante ante los ojos del Deán Lautner como el único libro que ha leído y el único necesario para juzgar sobre el bien y el mal del mundo, es una obra teológica escrita en los límites de una escolástica decadente que ignora toda corriente de opinión que no sea la tradición y no hace referencia alguna a autores contemporáneos, asentándose firmemente sobre la lógica aristotélico ¾ tomista del siglo XIII.

Esta obra consta de tres partes dedicadas al tema de la brujería y su combate. Conviene abundar sobre su contenido. La primera, discute la posibilidad teórica de la presencia de brujas y los agentes del Maligno en la Tierra, sustentando su argumentación sobre la Filosofía, la Teología y sobretodo, las Sagradas Escrituras. La segunda parte, es un muestrario de casos prácticos y relatos de su experiencia como inquisidores que presenta, también, una pintoresca serie de remedios sobre como combatir los maleficios y sus efectos sobre los hombres, animales y cosechas. La tercera parte, farragosa y cruel, es un recetario de fórmulas de métodos de interrogatorio y procedimientos inquisitoriales y judiciales. Algunos de los nombres de los capítulos de la Primera parte, ilustrarán a Uds. brevemente sobre el contenido e intención del libro:

Cuestión VII. ¿Pueden los demonios llevar a los espíritus de los hombres hacia el amor o el odio?

Cuestión VIII. ¿Pueden los diablos impedir la potencia genital?

Cuestión XI. Las parteras que son brujas hacen morir de diversos modos lo concebido en el útero, procurando el aborto, y, cuando no hacen esto, ofrecen los niños a los demonios.

Cómo puede observarse, las debilidades y desdichas inherentes a la naturaleza  humana no son conferidas a la convivencia social, los abismos pasionales del propio Ser, ni a la degradación de la salud por efecto de la enfermedad o la vejez (Moiras fatales), sino  concebidas como obra de una fuerza extraña a nosotros que opera eficientemente para romper nuestra armonía con el mundo. Si odiamos o amamos sin freno: el demonio tiene la culpa; si nuestra aptitud sexual decae por efecto del cansancio o el abandono del deseo: el demonio tiene la culpa; si nuestros hijos mueren en el útero o durante el parto: el demonio tiene, una vez más, la culpa. El hereje, preferentemente de sexo femenino, es el intermediario de sus poderes y la vía por la cual el Mal se cierne sobre nosotros

Frente a la impotencia y la castración, simbólica y real, vemos levantarse la paranoia de los inquisidores, haciendo acusaciones hacia aquellos que por ser distintos se convierten en culpables. La herejía es la heterotopía, disparidad,  lo desconocido, aquello que nos atemoriza y que debemos erradicar en sus cimientos antes de que nos toque.

Rosencranz [3] considera al Mal y la fascinación que ejerce como un principio activo, una fuerza que no deja de tener algo siempre de cómico vista su empresa de luchar contra la omnipotencia divina. El Mal es a un mismo tiempo, obsesión por lo desconocido y expulsión de nosotros mismos del averno que nos habita. En ese arrojar al mundo de nuestros demonios para dotarles de vida propia y el citado temor al sexo femenino, se encuentra la clave de la esencia misma de lo intolerable del Maligno, tantas veces, representado con patas de cabra y senos. El Mal, por otra parte, es también una encarnación de la impureza, de la corrupción, de la anomalía, de la perversión, de la deformación, del contagio, de la locura. El Mal [4] es una voluntad de aniquilación ilógica que pretende disolverse en la Nada y en este sentido, una encarnación de la Muerte todopoderosa que doblega toda esperanza... ¡Curiosa paradoja! Se combate a la muerte mortificando a la Vida.

El hereje, como vemos en esta impresionante película, paga con el encierro, la tortura y la muerte, el pecado de ser diferente. Debe, sobretodo, proclamar esa diferencia y arrepentirse de ella, confesar su pecado. No profundizaremos aquí, pero no deja de ser interesante,  recordar la evolución  misma del rito confesional. Al principio,  esa práctica se realizaba de forma espontánea y ante toda la comunidad, como parte del discurso  evangélico. Sólo más tarde, se transformará en una comparecencia ante el representante de Cristo, la salvación a través de la confesión, en este caso, acarreó el plus de que el secreto confesado, confería poder a los sacerdotes sobre los fieles. 

La inquisición medieval fue establecida de manera formal con delegados pontificios en el siglo XII [5] su nacimiento va al parejo de la invención del Purgatorio [6] , como si el Reino de los Cielos y la religión de la esperanza no fuesen suficientes para asegurar la convicción de la fe y la necesidad aparentemente fuera de lógica de un fondo pagano de castigo, proveniente del antiguo mundo oriental hitita y fenicio, fuera inexcusable al sentimiento  religioso cristiano. El rastro arqueológico de la naturaleza  del mismísimo infierno [7] , demuestra sin dificultad cuánto deben los fieles cristianos al paganismo.

El oficio inquisitorio existió primero en forma episcopal: en 1184 Lucio III recomendaba que no habría que sentarse a esperar a los acusadores de herejes sino que éstos debían ser buscados y condenados en dónde pudieran existir. En el concilio de Letrán en 1215 se dio carácter universal a las disposiciones contra los herejes para que finalmente Gregorio IX le diera su forma acabada a dicho Santo Oficio. Por influencias de Federico II, en el pontificado de dicho Papa, se decretó la pena de muerte contra los herejes, por el delito de lesa majestad. La Constitución Imperial de 1224 confirió a la inquisición la forma que tuvo hasta la edad Moderna. La pena de muerte por el fuego, la confiscación de bienes y la cárcel perpetua, son sólo algunas de las penas impuestas contra los herejes contumaces.

Esta Santa Inquisición nació como un instrumento para borrar diferencias y encauzar la fe cristiana, pero debemos siempre tener en cuenta que, el anatema es consustancial a cualquier doctrina religiosa sin importar su signo. Los historiadores trazan mapas de implantación de la Santa Inquisición, confeccionan las listas de condenas, enumeran las víctimas de la hoguera diferenciando minuciosamente a los previamente estrangulados y a los quemados en efigie de los que no corrieron tal suerte. Elaboran tablas de las confesiones, y estudios comparativos. Pero, por cada hereje quemado en la hoguera por orden de la Inquisición romana, hay un número similar de brujas quemadas o ahogadas en la Alemania protestante, igual número de judíos víctimas de pogroms en casi todos los países, igual cantidad de católicos enviados a muerte por decreto de Enrique VIII de Inglaterra, etc.

La conclusión parece inevitable: ¿La Santa Inquisición? Un tribunal como los demás y hasta menos eficiente que los que determinaron el terror en la Alemania Nazi o aquellos otros que instituyeron la represión a la disidencia en la Patria roja del padrecito Stalin; como sus similares, su misión es asegurar mediante astucias argumentativas cuestionables y en nombre de un Principio de Unidad, un paralogismo que podríamos enunciar: nada une tanto como lo que divide. Todo grupo social necesita a un enemigo especular para constituirse internamente y justificar su brutalidad hacia propios y extraños. Los ejemplos para apuntalar este razonamiento sobran: Miterrand primer jefe de estado socialista en Francia en calidad de jurado y juez acusando al Ayatolá Jomeini de “Mal absoluto”, el mismo Ayatolá acusando a los Estados Unidos de “Satán”, y más recientemente, los Estados Unidos empeñados en una venganza furiosa en contra de “las fuerzas del Mal” que ha devastado sin compasión a uno de los países más pobres del planeta con la complicidad de las grandes potencias del mundo.

Estos ejemplos no restan importancia al estudio de las políticas y métodos del Santo Oficio. Nos concierne el Tribunal de la Inquisición porque es un ejemplo cercano a nosotros pues forma parte de la historia  que conformó lo que ahora somos.

En primer lugar, por ser instrumento de gestación del estado moderno y el poder de la religión a través de la lucha en la Edad media contra los apóstatas y los judíos.

En segundo lugar, porque en América en el siglo XVI fue un instrumento privilegiado de represión de las religiones nativas. La religión católico romana que nos caracteriza a los mexicanos, no se erigió solamente sobre el sacrificio de Cristo, sino también sobre la muerte de los impíos, el pillaje desenfrenado, el martirio de muchos inocentes y la desaparición de la cultura indígena a manos de tribunales inquisitorios que en la práctica eran una extensión  de la feroz madre de la península española.

El oficio de inquisidor corrió diferentes  suertes, en las culturas latinas generalmente dentro de la Madre Iglesia, entre los católicos de otras fuentes se toleró y hasta promovió el carácter secular de ese oficio. Bobling es un posadero profano elevado a la categoría de juez por obra y gracia de un azar que brinda a las fuerzas de las tinieblas la oportunidad de venganza en contra de los cristianos acomodados y trabajadores. Sus modales de cerdo y sus fantasías de poder cobran vida merced al celo por la verdadera fe. El ejemplo disgusta sobremanera, uno podría poner en duda que la espiritualidad cristiana haya necesitado de tales engendros para afirmarse. Sin embargo, Caro Baroja [8] nos ilustra en su ensayo sobre el oficio de Inquisidor casos como el de Fernando Valdés en que la ambición y la venganza fueron el único motivo para ciertos procesos. Corresponde también, a este santo varón durante su encargo del  obispado de Oviedo haber conjurado y procesado, como lo había hecho con los luteranos, a una plaga de ratones que por “fuerza de censuras” corrieron ahuyentados hasta los montes.

El Malleus Malleficarum no es el único libro que fue usado por la Inquisición. Un texto más antiguo es el Manual de Inquisidores [9] debido al dominico Nicolau Eimeric y posteriormente enriquecido con las anotaciones y comentarios de Francisco Peña [10] que le otorgan una categoría de manual oficial al texto a finales del siglo XVI. La salvaguarda de pureza de la verdad está a cargo de los detentores del lenguaje, de la verdad y del poder. El inquisidor [11] debe ser un hombre de 40 años de edad como mínimo y pertenecer al clero secular o regular. Ha de ser un hombre previsor, prudente, ejemplar en sapiencia y costumbres y con poderes casi plenipotenciarios que pueden poner tormento no sólo a los herejes sino a los testigos. No existe la imprenta, los libros son objetos raros y no accesibles a la mayor parte de la población que es analfabeta sin importar su posición social. La cultura de la mayor parte de la gente es oral y los códigos que regulan la vida secular y religiosa son en más de un sentido extraños y provistos de una magia vigorosa que concede a quienes dicen comprenderlos un poder sobre la vida y la muerte inimaginable. Frente a la pregunta  de si el inquisidor puede proceder contra los muertos la respuesta es enfática: Sí.

En derecho civil se admite en general que al morir el culpable se anula toda posibilidad de persecución por un delito. Pero este principio general  no es válido en caso de lesa majestad divina, o humana (...) Hay delito de lesa majestad cuando hay herejía [12] .

A un hereje difunto:

a)      Se le condena para confiscar sus bienes ¾o, con más exactitud, para declarar que sus bienes quedan confiscados ipso facto¾ enajenándoseles a los herederos que los poseen y cediendo al Santo Oficio su pertenencia.

b)      Se lanza anatema sobre la memoria del difunto, declarando que ha muerto en herejía y que por ello merecía las penas previstas para los herejes: el efecto de esta condena es la exhumación y la combustión del cadáver o la expulsión del cuerpo del cementerio sagrado.

¿Quiénes son sospechosos de herejía? Hay tres tipos de sospecha: leve, fuerte o vehemente, grave o violenta. En el primero de los casos, la sospecha leve recae sobre los que se reúnen en secreto y los que adoptan una conducta distinta a la de todos... estoy seguro de que muchos de los presentes en este auditorio,  según esta clasificación, serían sospechosos de herejía.

¿Cuál es la finalidad de los procesos? Peña [13] es elocuente:

La finalidad de los procesos y de la condena a muerte no es salvar el alma del acusado, sino mantener el bienestar público y aterrorizar al pueblo. El papel del abogado es presionar al acusado para que confiese y se arrepienta, y solicitar una penitencia por el crimen que haya cometido.

¡No somos verdugos!

Que se haga todo lo necesario para que el penitente no pueda proclamarse inocente para no dar al pueblo el menor motivo de que piense que la condena es injusta. Aunque sea lastimoso enviar a la hoguera a un inocente... Alabo la costumbre de torturar a los acusados.

Cabe preguntarse: ¿La Inquisición es una reliquia del pasado? Desgraciadamente no.

Las cárceles siguen siendo instrumentos de castigo, la tortura prevalece entre los métodos policíacos como un recurso para inculpar al acusado. La ley aún condena a quienes se ostentan como diferentes del resto de los “normales”. La pena de muerte y las mutilaciones no se ha abolido en la legislación de todos los países. Los cautivos de la guerra de Afganistán se apilan en Guantánamo sin que se les de el estatuto  de prisioneros de guerra que corresponde en respeto a sus derechos humanos.

Michel Foucault nos ha mostrado, también, como estamos presos en un orden disciplinario que se ejerce en la prisión, en la fábrica, en la escuela, el hospital, la familia, y cómo los dispositivos de vigilancia y el orden disciplinario se multiplican y sofistican en nombre del bienestar social, la higiene y el desarrollo de la colectividad. No por casualidad, el antiguo edificio de la Inquisición en México pasó después a ser la Escuela de Medicina en los tiempos del Virreinato.

El poder político es la nueva Inquisición que se ocupa ahora de los locos, la sexualidad infantil y adulta, la vida privada y los bienes públicos. La prisión es un medio de control social que usa sólo el nombre de la justicia para oprimir a los condenados, su misión no es la rehabilitación del delincuente y el encierro prepara al infractor de la ley para un reingreso todavía más violento a la sociedad.

Nos negamos a pensar que seguimos viviendo de una manera u otra en los tiempos de la Inquisición. Nuestra ilusión es que hemos alcanzado una sociedad de libertades y que la libertad la compartimos todos. Muy por el contrario,  el orden disciplinario es cada vez más sutil y eficiente, jugándose no sólo a través de la vigilancia policíaca del Estado, sino  ejercitándose en los programas de televisión de chismes, los talk¾shows de los animadores, los noticieros salpicados de comentarios torcidos, las encuestas con preguntas que inducen la respuesta y las experiencias voyeuristas estilo Big Brother.

Quisiera terminar este comentario con una observación más sobre el film de Vávra. La película fue realizada en 1968, año de la Primavera de Praga en que los soviéticos aplastaron la democracia incipiente de los checos e invadieron el país teniendo como fondo la apatía de las naciones occidentales. El consentimiento de los censores prosoviéticos debió de ser dado con  aplauso hacia una crítica tan aguda a la Iglesia Católica Cristiana. La miopía intelectual de esos dignos herederos de  la Inquisición no les permitió apreciar más allá de sus narices y verse retratados en esos personajes funestos. Luego, en 1970, Vávra fue removido de su puesto por permitir como miembro de la Escuela de Praga de Cine la realización de una película crítica al sistema socialista, que como todos sabemos: hoy ya no existe. Todos esos datos tienden a olvidarse y perderse por completo debido a la fragilidad de la memoria.


[1] Turberville A. S. La inquisición española. F.C.E. Quinta edición. México 1965. P. 129.

[2] Kramer y Sprenger. El martillo de las Brujas. Traducción de Miguel Jiménez Monteserín. Ediciones Felmar. España 1976.

[3] Aestethic des Häslichen (1853). Op. Cit. Duque Félix et al. La vuelta al demonio y el sueño de la razón. En:  El mal: irradiación y fascinación. Ediciones del Serbal. P. 50.

[4] Ídem. P. 52.

[5] Mariel de Ibáñez Yolanda. El tribunal de la Inquisición en México. Ed. UNAM. México 1979. P. 9 y 10.

[6] Ver: Sichère Bernard. Historias del Mal. Cap. 5: La metamorfosis del espíritu  maligno. Ed. Gedisa. España 1995.

[7] Ver: Arqueología del Infierno. Xella  Paolo et al. Editorial AUSA. España 1987.

[8] Caro Baroja Julio. El señor Inquisidor y otras vidas por oficio. Alianza Editorial. Madrid 1968. P. 33.

[9] Manual de Inquisidores. Eimeric Nicolau. Editorial Fontamara. Barcelona 1974

[10] Manual de Inquisidores. Eimeric Nicolau y Peña Francisco. Muchnik Editores. España 1983.

[11] Ídem. Institución del comisario inquisitorial. P. 126.

[12] Ídem. P. 232.

[13] Ídem. P. 9.

 

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